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El adversario

Los atentados terroristas contra Washington y Nueva York del último 11 de septiembre calzaron a la perfección en la mentalidad de guerra fría del equipo de gobierno del presidente de Estados Unidos George W. Bush. En efecto, colocaron en el lugar que dejó vacío el derrumbe del bloque soviético la invalorable presencia estratégica de un adversario: el islamismo, susceptible de inspirar nuevas cruzadas macartistas.

Era el 11 de septiembre. Desviados de su misión habitual por pilotos resueltos a todo, los aviones vuelan hacia el corazón de la gran ciudad, decididos a abatir los símbolos de un sistema político detestado. Todo sucede muy rápido: las explosiones, las fachadas que vuelan en pedazos, los desmoronamientos en medio de un ruido infernal, los sobrevivientes aterrados que huyen cubiertos de escombros. Y los medios que difunden la tragedia en directo…

¿Nueva York 2001? No, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973. Con la complicidad de Estados Unidos, golpe de Estado del general Pinochet contra el socialista Salvador Allende y bombardeo del palacio presidencial por la fuerza aérea. Decenas de muertos y el comienzo de un régimen de terror que duró 15 años…

Más allá de la legítima compasión que despiertan las víctimas inocentes de los execrables atentados de Nueva York ¿cómo no reconocer que Estados Unidos no es –no más que ningún otro– un país inocente? ¿No participó acaso en acciones políticas violentas, ilegales y a menudo clandestinas en América Latina, África, Medio Oriente, Asia, cuya consecuencia es una cohorte trágica de muertos, “desaparecidos”, torturados, encarcelados, exiliados…?

La actitud de los dirigentes y medios de comunicación occidentales, sus exagerados pujos proestadounidenses, no deben enmascarar la cruel realidad. En todo el mundo, y sobre todo en los países del Sur, la sensación que la opinión pública manifiesta con mayor frecuencia a propósito de los condenables atentados es: “Lo que les pasa es muy triste, pero se lo merecen”.

Para comprender semejante reacción, tal vez resulte útil recordar que durante todo el curso de la “guerra fría” (1948-1989), Estados Unidos se había lanzado ya en una “cruzada” contra el comunismo, que en ocasiones tomó la forma de una guerra de exterminio: millares de comunistas liquidados en Irán, doscientos mil opositores de izquierda eliminados en Guatemala, casi un millón de comunistas aniquilados en Indonesia… Las páginas más atroces del libro negro del imperalismo estadounidense se escribieron en el curso de esos años, marcados también por los horrores de la guerra de Vietnam (1962-1975).

Ya entonces era “el Bien contra el Mal”. Pero en esa época, según Washington, apoyar a terroristas no era necesariamente inmoral. A través de la CIA, Estados Unidos preconizó atentados en lugares públicos, desvíos de aviones, sabotajes y asesinatos. En Cuba contra el régimen de Fidel Castro, en Nicaragua contra los sandinistas, o en Afganistán contra los soviéticos. Allí, en Afganistán, con el apoyo de dos Estados muy poco democráticos, Arabia Saudita y Pakistán, Washington alentó en la década de 1970 la creación de brigadas islamistas reclutadas en el mundo árabe musulmán y compuestas de lo que los medios denominaban freedom fighters (combatientes de la libertad). Se sabe que fue en esas circunstancias que la CIA reclutó y formó al ahora célebre Osama Ben Laden.

Desde 1991, Estados Unidos se instaló en una posición de superpotencia única y marginó de hecho a las Naciones Unidas. Prometió instaurar un “nuevo orden internacional” más justo, en nombre del cual libró la guerra del Golfo contra Irak. Pero en cambio mantuvo una parcialidad escandalosa a favor de Israel, en detrimento de los derechos de los palestinos1. Además, pese a las protestas internacionales, sostiene un embargo implacable contra Irak, que no afecta al régimen y mata a miles de inocentes. Todo eso ha incidido en la opinión del mundo árabe-musulmán y abonado la expansión de un islamismo antiestadounidense.

Como el Dr. Frankenstein, Estados Unidos ve ahora erguirse ante él su antigua creación –Osama Ben Laden– con violencia demencial. Y se dispone a combatirlo apoyándose en los dos Estados (Arabia Saudita y Pakistán) que más contribuyeron a difundir en el mundo redes islamistas –con ayuda de métodos terroristas cuando hizo falta– en los últimos treinta años.

Veteranos de la guerra fría, los hombres que rodean al presidente George W. Bush tal vez no estén disconformes con el rumbo que han tomado los hechos. Tal vez incluso consideren que se trata de una ganga. Caídos del cielo, los atentados del 11 de septiembre pasado les restituyen un elemento estratégico primordial, del que se vieron privados hace diez años con el derrumbe de la Unión Soviética: un adversario. ¡Por fin! Bajo el nombre de “terrorismo”, ese adversario señalado es ahora el islamismo, como todos habrán comprendido. Ahora se corre el riesgo de que se produzcan todas las desviaciones temidas. Incluida una versión moderna del macartismo, que apuntaría a los adversarios de la mundialización. ¿A usted le gustaba el anticomunismo? ¡Entonces va a adorar el antiislamismo!

  1. Alain Gresh, Israël, Palestine. Vérités sur un conflit, Fayard, París, 2001.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 28 - Octubre 2001
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Terrorismo, Derechos Humanos, Estado (Justicia), Islamismo
Países Estados Unidos