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Recuadros:

La guerra de Washington

Semanas después del inicio de los bombardeos sobre Afganistán, Estados Unidos no había capturado a Ben Laden ni a sus cómplices. La Alianza del Norte no había desatado una ofensiva significativa. El régimen de Kabul no había caído. ¿Una simple postergación? Como todas las informaciones están censuradas, resulta difícil evaluarlo. Pero se sabe que los bombardeos provocan cada vez más víctimas civiles, generando una radicalización de las poblaciones musulmanas. Con la excusa de buscar a los responsables del asesinato del ministro de Turismo abatido el 17 de octubre, el ejército enviado por Sharon mató alrededor de 50 palestinos en nueve días en Cisjordania. Para que cesara este baño de sangre, hicieron falta las presiones de la Casa Blanca, temerosa de que la nueva aventura comprometa la participación árabe-musulmana en su coalición. Dificultades que intensifican el debate sobre la estrategia elegida por el presidente George W. Bush a partir del 11 de septiembre.

Su designación –se decía– ilustraba la coartada racial y social con que deseaba contar la nueva administración. Desprovisto de experiencia internacional propia, el presidente Bush buscaba un hombre que sí la tuviera, lo suficientemente independiente del Departamento de Estado como para ejercer autoridad sobre él. Durante la Guerra del Golfo de 1990-1991, Powell no vaciló en contrariar los deseos del presidente Bush padre, exigiéndole tiempo para reunir todas las fuerzas necesarias para derrotar a Irak, aunque ello obligara a postergar las operaciones hasta enero de 1991. En los testimonios de quienes frecuentan a Powell suele repetirse la misma expresión: “Espíritu racional”1.

Sin embargo, durante los primeros ocho meses prevaleció la impresión de que su autoridad no se afirmaba. Partidario de continuar la normalización entre Washington y Pyongyang, Powell vio cómo el presidente Bush se pronunciaba en un primer momento contra cualquier cosa que pudiera reforzar al régimen norcoreano. En cambio, Powell cumplió una función esencial en marzo pasado en la solución del difícil tema de la confiscación de un avión estadounidense por parte de China. Sobre todo, pudo imprimir su marca en la gestión de la política estadounidense en Medio Oriente.

Convencido de que la herencia recibida de la administración precedente no dejaba en lo inmediato ninguna posibilidad para nuevas iniciativas de paz, el secretario de Estado no deseaba comprometer su autoridad implicándose imprudentemente en ese tema siempre explosivo en la escena interna. Sin embargo, consiguió que el Presidente emitiera varias declaraciones de condena contra la implantación de nuevas colonias israelíes. Igualmente intervino, luego del atentado contra la discoteca de Tel Aviv, el 1 de junio, para bloquear la operación preparada por el jefe del Estado Mayor israelí, Shaul Mofaz, que se preparaba a retomar los territorios palestinos y a liquidar la Autoridad Palestina. Posteriormente, Powell favoreció la misión del ex senador George Mitchell al igual que la de George Tenet, director de la CIA, quien confirmó a Yasser Arafat que la Casa Blanca seguía considerándolo como el único representante de la causa palestina, mientras que la prensa y hasta algunos ministros de Israel lo cuestionaban personalmente…

Por lo tanto, al iniciarse la actual crisis, el peso del Secretario de Estado en el seno del ejecutivo era considerable. Aun más si se tiene en cuenta que como ex presidente del comité de jefes de Estado Mayor no teme la tradicional rivalidad de la secretaría de Defensa. Ni la del Consejo Nacional de Seguridad: cierto que Condoleezza Rice mantiene relaciones a nivel personal con el Presidente; es reconocida en su capacidad2, pero no por eso deja de considerar al Secretario de Estado como jefe de fila.

La prioridad es Pakistán

Así es que Powell estaba en condiciones de hacer adoptar las opciones estratégicas post-atentado. Ben Laden había sido identificado como el inspirador del fallido atentado de 1993 contra el World Trade Center, al igual que de los cometidos en 1998 contra las embajadas estadounidenses en Nairobi y en Dar es-Salam. A falta de pruebas formales, muchos indicios coincidían para responsabilizarlo de los hechos del 11 de septiembre. Desde hacía tiempo se procuraba ubicar sus posiciones en Afganistán y también neutralizar su capacidad financiera. Además, durante un conflicto conviene “personalizar” al enemigo, aun a sabiendas de que Al-Qaeda cuenta con una dirección colegiada. En cuanto al régimen talibán, su impopularidad universal generaba el deseo casi unánime de su derrocamiento. Por último, el territorio afgano, que ya era escenario de la sublevación armada de la Alianza del Norte, quedaría estratégicamente aislado si se garantizaba la neutralidad o el apoyo de sus vecinos. De esta manera, parecían estar reunidas las condiciones políticas y militares para la victoria, a la vez que descartado el peligro de un empantanamiento.

Sobre esa base, el presidente Bush, apoyado por el vicepresidente Dick Cheney, adoptó las medidas que el secretario de Estado Powell puso en marcha. La prioridad era la adhesión de Pakistán, resultante de una intervención conminatoria ante el presidente Pervez Musharaf. Nadie dudaba de que la misma sería criticada por muchos sectores pakistaníes, pero se podía contar con la obediencia del ejército, de los servicios y de la policía, cuya disciplina se vio reforzada por espectaculares mutaciones en sus jefaturas. Cuanto antes sea reemplazado el régimen de Kabul, menores serán los riesgos de perder el control de la situación, pues un eventual cuestionamiento de la autoridad presidencial en Pakistán podría comprometer toda la operación.

Por eso resulta importante disponer de otras bases de retaguardia, en particular en Tayikistán, país limítrofe de los territorios afganos controlados por la Alianza del Norte, cuya base es de origen tayika. Ahora bien, la influencia de Moscú sobre el gobierno de ese país sigue siendo preponderante, pues el mismo no sólo se apoya en el ejército ruso para contrarrestar a la oposición armada de los movimientos islamistas, sino que además la División 501 provee los cuerpos de guardias fronterizos. Para no depender íntegramente de Rusia, el gobierno estadounidense decidió desplegar otras fuerzas en Uzbekistán, república mucho más independiente, cuyo territorio limita con regiones pobladas por la comunidad uzbeka de Afganistán, que también está en disidencia. En Washington se sabe que las facilidades ofrecidas por el presidente Vladimir Putin (ver pág. 12) tenían como contrapartida la suspensión de los estímulos directos o de la ayuda indirecta a la rebelión chechena, y la “apertura de un paréntesis” en la política dirigida a reducir sistemáticamente las posiciones rusas en Asia Central.

Una vez asegurado el compromiso de los países europeos en la coalición antiterrorista, Washington se preocupó de que sus futuras decisiones no se vieran trabadas por objeciones de los gobiernos aliados que no respalden todos sus objetivos. Es preciso recordar, por ejemplo, que durante los bombardeos contra Serbia el presidente Jacques Chirac objetó la elección de ciertos blancos, como la sede de la televisión en Belgrado. Por lo tanto, la diplomacia estadounidense seleccionó a sus interlocutores. Durante la reunión de ministros de Defensa de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) realizada el 26 de septiembre pasado, el representante estadounidense prácticamente no pidió nada, aunque se supo que unidades británicas ya se encontraban sobre el terreno. Gran Bretaña, cuya aviación participa en las incursiones estadounidenses contra Irak, es un aliado del cual Washington no espera ni objeciones ni reticencias. De otros, espera sólo un aporte simbólico… y algunas informaciones.

En Medio Oriente, las opciones estratégicas de la Casa Blanca exigen más precaución. Hay que evitar cualquier explosión en esa zona, y de ser posible iniciar una solución de los conflictos. Primero, Washington intentó obtener de los gobiernos de la región una condena a los atentados y la aprobación de una respuesta contra Afganistán. Por ahora, eso le alcanza. En contrapartida, no debe haber nuevos ataques contra Irak. Y para reducir al máximo el riesgo de enfrentamientos, se iniciaron trámites imperativos a fin de detener la escalada de violencia entre israelíes y palestinos. El secretario de Estado Powell así lo propuso, y el presidente Bush dio su aprobación.

Precisamente contra esas opciones emergió de inmediato una oposición interna, que sostiene que en el escenario del terrorismo internacional, Afganistán ocupa apenas una posición marginal. Ben Laden reclutó a los hombres de Al-Qaeda en los países árabes, de donde provienen también todos los otros grupos terroristas hostiles a Washington, apoyados a veces por gobiernos árabes. Por lo tanto, es allí donde Estados Unidos debe librar y ganar la nueva guerra. Quienes sostienen esa tesis temen particularmente que los intereses israelíes, tal como los concibe el propio gobierno israelí, sean sacrificados a la nueva estrategia estadounidense.

Esta preocupación podría dar a los “disidentes”, conforme se desarrollan los acontecimientos, un peso que no tuvieron hasta ahora. Su objetivo inmediato es Irak, al que habría que derribar lo antes posible para modificar la fisonomía de Medio Oriente. Pero quienes así piensan son minoritarios. En el Departamento de Estado se afirma que todos los servicios apoyan las posiciones del Ejecutivo y que solo hay un alto funcionario que se opone a ellas. En el Pentágono, se considera a menudo al secretario de Defensa Donald Rumsfeld como indeciso, pero su número dos, Paul Wolfovitz, es el líder de la oposición, llegando incluso a manifestarse públicamente a favor de la confrontación con Irak. Esa idea vuelve a aparecer prácticamente cada día en la pluma de tal o cual editorialista célebre. La alimentan también las informaciones difundidas a propósito de los contactos que mantuvieron ciertos organizadores de los atentados con los servicios iraquíes, de cuya implicación no hay sin embargo ninguna prueba. Otros retoman las acusaciones rituales respecto de la fabricación por parte de Bagdad de armas de destrucción masiva.

Es sobre el tema israelí-palestino donde sin lugar a dudas la oposición a las decisiones del Ejecutivo comenzaron a manifestarse de manera un poco ruidosa. Dado que el 1 de octubre el presidente Bush se pronunció abiertamente a favor de un Estado palestino, el 5 de octubre el primer ministro israelí, Ariel Sharon, comparó ese comportamiento con el de las democracias europeas que retrocedieron ante Hitler en Munich: palabras “inaceptables”, replicó la Casa Blanca. Las excusas de Sharon no cambiaron nada al respecto. Tanto más teniendo en cuenta que en Washington se sabe que el Presidente, luego de su declaración pública sobre el Estado palestino, dio a entender oficiosamente que su visión incluía una división de Jerusalén.

La controversia así creada no deja de generar nuevas repercusiones. El departamento de Estado pudo movilizar a 28 ex altos funcionarios o embajadores, entre ellos el ex director de la CIA, Richard Helms, o ex subsecretarios de Estado, como Joseph Sisco y Thomas Pickering, que enviaron una carta abierta al presidente Bush pidiéndole que mantenga los vínculos establecidos con los países árabes y musulmanes durante esta guerra que se anuncia prolongada. Pero el ocupante de la Casa Blanca, ante las presiones ejercidas por los adversarios de su estrategia, calificó al presidente Saddam Hussein de evil man (hombre diabólico). Asimismo, el 12 de octubre el alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani rechazó abruptamente una ayuda de 10 millones de dólares enviada por el príncipe saudita al-Walid bin Talal, que osó invitar a Estados Unidos a “sacar conclusiones” de la situación en Palestina: el departamento de Estado hizo saber que comprendía la reacción de Giuliani.

El principal factor que puede consolidar o debilitar las posibilidades de la estrategia estadounidense es evidentemente lo que ocurra en Medio Oriente. El Departamento de Estado había pedido encarecidamente a Yasser Arafat pruebas de su voluntad y capacidad para poner término a la violencia de origen palestino. La respuesta de Arafat fue dispersar una manifestación de Hamas, al precio de dos muertos. A cambio de ello, la diplomacia estadounidense había obtenido de Sharon la retirada de las fuerzas israelíes de los barrios que ocupaban en Hebrón y, más discretamente, la suspensión de los asesinatos de responsables palestinos.

Prolongación del conflicto

Pero el asesinato de otros dos dirigentes islamistas hizo presentir que la “pacificación” estadounidense corría riesgo de fracasar. La renuncia de dos ministros israelíes, representantes de partidos de extrema derecha, subrayó el 17 de octubre la fragilidad del gobierno Sharon. El asesinato, el mismo día, de uno de ellos, Rehavam Zeevi –en respuesta al de Abu Alí Mustafá, dirigente del Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP), el 27 de agosto– provocó un dramático agravamiento de la crisis. Una vez más, la intención de reunir a todos los gobiernos de Medio Oriente en una coalición antiterrorista, chocaba contra el sangriento resurgimiento del conflicto israelí-palestino.

El futuro dependerá de los resultados obtenidos por esa estrategia, que en primer lugar podría salirse de cauce en Afganistán si la instauración de un nuevo régimen se demorara demasiado. Cada día aumentan los bombardeos contra un país que, sin embargo, presenta muy pocos objetivos militares. Es que el objetivo es político: “Si se quiere formar un nuevo poder y por lo tanto debilitar el de los talibán, no hay que aflojar la presión ni un solo día”, afirma Washington3. De allí la organización de una intervención terrestre para prevenir a la vez la fuga de Ben Laden y el riesgo de desestabilización del régimen pakistaní.

Pero aunque Washington tenga éxito en su operación en Afganistán, seguramente su guerra no terminará allí. Así lo anunció ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas: “Podríamos llegar a la conclusión de que nuestra autodefensa necesita de una acción extra dirigida contra otras organizaciones o Estados”4. Contrariamente a lo que la mayoría de los observadores dieron a entender, sus próximos objetivos podrían situarse en el sudeste asiático. Luego de la reciente ejecución de uno de los rehenes de Abu Sayyaf, Estados Unidos exigirá al gobierno filipino que elimine a ese grupo, para lo cual le daría los medios. Washington actuaría de la misma manera en Malasia, de donde son originarios algunos grupos terroristas. Y también llamaría al gobierno indonesio a combatir el crecimiento de las corrientes islamistas, que ya manifestaron su oposición a la intervención en Afganistán y podrían ampliar su base popular: una tarea de largo aliento.

A más breve plazo, Washington pedirá a los gobiernos de Yemen y de Sudán (con el cual mantiene actualmente buenas relaciones), que liquiden lo que queda de los campos de entrenamiento, de las bases y recursos que antaño sirvieron a grupos considerados “terroristas”. Mucho más arduo será el caso de Arabia Saudita. La revelación de la verdadera identidad de los terroristas del 11 de septiembre así lo prueba: la mayoría de ellos eran sauditas. Luego de esos atentados Estados Unidos detuvo a 173 ciudadanos de ese país, 54 de los cuales estaban aún detenidos un mes después para ser interrogados. Los dirigentes estadounidenses ya no dudan de que desde los más altos niveles de Riyad se dejó que funcionaran las redes financieras que permitieron a los grupos ahora bautizados “terroristas” actuar en el exterior: en Afganistán, en Egipto, en Argelia, o –con la simpatía de los Estados occidentales– en Bosnia y el Cáucaso. En contrapartida, esos grupos se habrían comprometido a que nunca se reprodujeran acontecimientos comparables a la revuelta de La Meca de 1979, que hizo tambalear al reino.

Washington decidió no tolerar más ese comportamiento de parte de la dinastía wahabita. El sentimiento que prevalece está expresado en un artículo del New York Times5, evidentemente inspirado: “Con el consentimiento de Riyad, dinero y hombres de Arabia Saudita contribuyeron a la creación y al sostén de la organización terrorista de Osama Ben Laden (…) Riyad rechazó los llamados de Washington para congelar sus bienes y los de sus asociados (…), y hasta ahora se negó a cooperar con las investigaciones sobre los sospechosos del desvío de los aviones (…) Washington debe dejar de cerrar los ojos (…) Pretender que Arabia Saudita no es uno de los apoyos del terrorismo, sólo sirve para agravar los problemas.”

¿Se trata simplemente de facilidades que por precaución la dinastía concede a grupos que aceptan operar fuera del reino; o bien de una oposición nacional que impugna la subordinación del país a los imperativos estratégicos y económicos de Washington, y que algún día podría expresarse en el interior mismo de esa pieza clave del dispositivo estadounidense?

Ya sea al Este del Golfo –en Afganistán y en Pakistán– o al Oeste –en Arabia Saudita y Yemen– o quizás incluso al Norte –en Irak– Estados Unidos se propone recuperar el control sobre los Estados que escapan a su influencia, aunque sea parcialmente, y eliminar todas las fuerzas políticas y sociales susceptibles de oponerse a sus intereses por medio de la violencia. Tal es la “guerra” que decidió librar. Por racionales y calculadas que sean hoy sus opciones estratégicas, los determinantes serán los azares de ese combate. ¿Acaso Washington no admitió por adelantado que la batalla sería larga? Aunque solo prevé victorias, Estados Unidos se lanza a una aventura cuyo horizonte nadie puede vislumbrar.

  1. Entrevistas en el Departamento de Estado.
  2. Desde Henry Kissinger, fue la primera en viajar a Moscú para entrevistarse con el jefe de Estado ruso.
  3. Entrevistas en el Departamento de Estado.
  4. Comunicación del representante estadounidense ante el Consejo de Seguridad, John Dimitri Negroponte.
  5. 14-10-01.

La OMC alistada en la coalición

Cassen, Bernard

A pesar de que a partir del 11 de septiembre se acumulan las cancelaciones de grandes encuentros internacionales, hay uno sobre el cual Estados Unidos no quiere respetar el duelo: la conferencia ministerial de la Organización Mundial de Comercio (OMC), prevista del 9 al 13 de noviembre en Doha, en el Emirato de Qatar. Para acabar con las especulaciones sobre la peligrosidad del sitio elegido, puesto de avanzada de la guerra de Afganistán, el vicepresidente de Estados Unidos Richard Cheney lo confirmó personalmente en el curso de una conversación telefónica con el emir de Qatar el 20 de octubre último1. Washington ve con muy buenos ojos que esta conferencia se celebre en un país musulmán “amigo” porque es en cierta medida una manera de reclutar a la OMC en la coalición antiterrorista: para el representante especial del presidente de Estados Unidos para el comercio internacional, Robert Zoellick, “el comercio promueve los valores que están en el corazón de esta lucha prolongada”2.

El secretario de Estado Colin Powell, saliendo simbólicamente del área de su competencia directa, también fue categórico: en un artículo publicado en The Wall Street Journal indica que la promoción del comercio internacional viene inmediatamente después de la lucha contra el terrorismo en las prioridades estadounidenses, aunque más no fuera porque “obliga a los gobiernos a establecer normas dictadas por el mercado”3. De paso, el ex jefe de estado mayor del ejército pone toda su influencia en la balanza para que el Congreso otorgue al Presidente el poder de concluir negociaciones comerciales para someterlas después, sin ninguna posibilidad de enmienda, a un voto por sí o no4. Este poder, que le había sido negado a Clinton para las negociaciones de Seattle, sin duda le hubiera sido negado también a Bush de no ser por los ataques contra Manhattan y el Pentágono. Si el Presidente lo logra, completará su panoplia de jefe guerrero y aumentará la credibilidad de sus negociaciones, especialmente respecto del nuevo aliado estratégico que es China, llamada a ingresar en la OMC antes de fin de año.

¿Cuál es el objetivo al que apuntan Estados Unidos y también la Unión Europea (UE), aun cuando sus intereses sean a veces divergentes? Establecer en Doha el orden del día y el calendario de un nuevo ciclo de negociaciones globales después del lamentable fracaso del intento precedente del Ciclo del Milenio en Seattle, en noviembre de 1999. Se trata de poner sobre la mesa todos los temas clásicos: agricultura, servicios, entre ellos educación, salud, etc, propiedad intelectual, medidas anti dumping, como asimismo las cuestiones calificadas como “no comerciales”: derecho a la competencia, a la inversión, y temas altamente delicados como las cláusulas sociales y de medio ambiente. Todo en la perspectiva de una mercantilización generalizada. La complejidad de los legajos, las líneas de partición muy diferentes cuando se pasa de uno a otro, permiten presagiar negociaciones tensas, sin garantía de éxito.

Bajo la batuta estadounidense, con la UE como junior partner, los 142 Estados miembros de la OMC son invitados a instaurar un orden comercial mundial que corresponda exclusivamente a los intereses de las firmas transnacionales y que excluya todo camino de desarrollo alternativo a un librecambismo sin límites. Un modo de demostrar que el comercio es también la guerra económica, política e ideológica por otros medios. La gran diferencia entre Doha y Seattle es que allí no hay riesgo de manifestaciones callejeras…5.

  1. Financial Times, 22-10-01.
  2. Financial Times, 25-9-01.
  3. The Wall Street Journal, 16-10-01. .
  4. Este procedimiento conocido en los últimos tiempos con el nombre de fast track (vía rápida) se llama ahora Trade Promotion Authority (Autoridad para la promoción del comercio).
  5. En ocasión de las negociaciones de Doha, la oposición compartida por miles de movimientos ciudadanos y de sindicatos se traducirá en una jornada mundial de acción organizada por la Confederación Internacional de Sindicatos Libres (CISL) el 9 de noviembre, y en múltiples manifestaciones callejeras en Francia y otros países de Europa el sábado 10 de noviembre.


Autor/es Paul-Marie De La Gorce
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Páginas:10,11
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Terrorismo, Desarrollo, Neoliberalismo, Nueva Economía
Países Estados Unidos