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Por qué Putin se alía a Bush

La crisis internacional que se inició el 11 septiembre pasado mostró que el presidente ruso, Vladimir Putin, no tiene nada de impulsivo: consciente tanto de las ventajas como de las debilidades de su país, fue uno de los primeros en presentar sus condolencias al presidente estadounidense George W. Bush, y en proponer su colaboración en la lucha contra el terrorismo internacional. Pero Rusia cuida al mismo tiempo sus tradicionales relaciones con el mundo árabe.

Algunos analistas internacionales y rusos concluyeron, de manera apresurada, que Putin estaba dispuesto a dar un cheque en blanco a la “cruzada” antiterrorista de Washington. Eso sería olvidar que Rusia no tiene ningún motivo para lanzarse ciegamente a una aventura cuyas consecuencias padecería sin tener su control.

En realidad, Putin comprendió inmediatamente que el mundo cambió el 11 de septiembre y que Rusia debe adaptarse si pretende conservar la iniciativa. Mientras la población colocaba flores y velas en la vereda de la embajada estadounidense –otrora punto de reunión de los rusos que denunciaban los ataques contra Serbia– el Presidente se retiraba a la residencia veraniega de Sotchi. En su equipaje llevaba los comentarios y análisis de los últimos días, el apoyo de las dos cámaras del Parlamento y de las agrupaciones políticas y el contenido de sus contactos con los dirigentes de todo el mundo. En un gesto eminentemente simbólico, la residencia que había ocultado las sucesivas convalecencias del ex presidente Boris Yeltsin fue transformada en la versión rusa de Camp David. Como su homólogo estadounidense, el Presidente ruso sintió que su actitud ante esa crisis constituía un test decisivo para su carrera política.

En el espacio de dos intervenciones televisivas, quedaron definidos la posición rusa y sus límites. El 22 de septiembre Putin declaraba que “Rusia no puede dejar de participar en la coalición contra el terrorismo, un fenómeno que sólo puede ser derrotado por medio de un frente común de todas las fuerzas del mundo civilizado”, agregando que de ninguna manera se enviarían hombres sobre el terreno. Dos días más tarde, en vísperas de una visita muy mediatizada a Alemania, enunciaba los “cinco principios”1 de la participación rusa en la coalición internacional contra el terrorismo, dirigida por los estadounidenses. Cada palabra había sido cuidadosamente calculada para no cerrar ninguna puerta, manteniendo a la vez una posición de repliegue si Estados Unidos decidía actuar de manera excesiva y unilateral.

Como regalo de bodas, Moscú abrió su espacio aéreo para vuelos humanitarios y, sobre todo, ofreció información y su experiencia del terreno en Afganistán. Estas dos últimas cosas lo incitan a predicar la prudencia y a dar prioridad a la ayuda exterior, que debería bastar a los afganos para liberarse por sí mismos de los talibanes. Los expertos rusos dicen estar convencidos de que cualquier intervención extranjera directa nucleará a los afganos en torno del mullah Omar y hasta puede llevar a la Alianza del Norte a enfrentarse a los “intrusos”2. Estos especialistas sugieren moderación en los medios a utilizar y reclaman una atención permanente a las consecuencias políticas a largo plazo de operaciones armadas que fueran más allá de ataques limitados y precisos. Por último, temen una reacción solidaria en los países musulmanes miembros de la coalición en caso de operaciones que causen muertes civiles3.

En contrapartida de su cooperación, Rusia obtuvo el apoyo político de Occidente a la guerra que libra en Chechenia: un gesto importante, pues en su orden de prioridades Chechenia está mucho antes que Afganistán. Los occidentales reconocieron la función que cumplen los fundamentalistas religiosos y el terrorismo internacional en el conflicto checheno, y además prometieron cortar la ayuda financiera que alimentaba a los combatientes. Moscú hasta se dio el lujo de concluir un contrato de venta de equipos militares a Irán, convencido de que Estados Unidos optaría por guardar silencio, con tal de no resquebrajar la sacrosanta alianza. Según un diario ruso, los equipos en cuestión permitirán a Teherán “controlar de facto los oleoductos del golfo Pérsico”4.

El “mundo del siglo XXI”

Pero Estados Unidos también agitó el sonajero de las compensaciones financieras, proponiendo su apoyo a una rápida adhesión de Rusia a la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el reconocimiento por parte de ésta de la economía rusa como economía de mercado. Otros tantos logros para acopiar, aunque secundarios: Moscú desea ante todo utilizar políticamente la actual crisis internacional –que a su entender modificó totalmente los equilibrios estratégicos– para ocupar un lugar activo de primera línea en la creación del “mundo del siglo XXI”. En el teatro europeo, ello supone una integración acelerada de Rusia en la Unión Europea (UE), y sobre todo un nuevo tipo de cooperación con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La señal no vino de la UE, como los rusos esperaban (aunque sin grandes ilusiones) sino de la OTAN. Luego de los atentados, bajo la presión de sus respectivos gobiernos, los embajadores ante la organización aprobaron por unanimidad la aplicación del artículo 5 del tratado, según el cual un ataque contra un país miembro es un ataque contra todos. Al asimilar un ataque terrorista a un acto de guerra sin debate previo alguno, la OTAN dejó de ser una organización de defensa para convertirse en una organización de seguridad. Una victoria para los estadounidenses, pero también para los rusos, que por razones diferentes deseaban tal evolución.

Para Rusia, desde el momento en que participa en una coalición dirigida por Estados Unidos, y dado que el secretario general de la OTAN reconoce que el terrorismo es una cuestión de seguridad, lo importante es hallar nuevos mecanismos que le permitan participar más directamente en las decisiones de la organización. Esto sitúa en una nueva perspectiva el tema del ingreso a la OTAN de los países ex comunistas, idea que Rusia nunca aceptó. Esos países terminarán seguramente integrando la OTAN, pero será otra OTAN. Algunos hablan incluso del ingreso de Rusia, como por ejemplo Vladimir Lukin, ex embajador en Washington y actual vicepresidente de la Duma, según quien “ello crearía nuevas condiciones de seguridad”. Por otra parte, si la OTAN evoluciona, la Unión Europea también deberá hacerlo, pues no es posible que existan en el teatro eurasiático tres entidades sin coordinación directa (la UE con su estructura militar, la OTAN, y Rusia).

Esos éxitos no impiden que los rusos manifiesten sus dudas respecto de la finalidad de la coalición y de la capacidad de Estados Unidos para controlar una crisis con facetas múltiples.

Mientras el Presidente estadounidense adopta un tono de cowboy o de cruzado para dinamizar el patriotismo de un pueblo que ignora lo que es la guerra en su propio territorio, el Presidente ruso habla a un país donde no hay generación que no haya conocido matanzas y devastaciones, incluida la actual en Chechenia. Sin embargo, Moscú desconfía de los cambios de política de Washington y de la versatilidad de la opinión pública estadounidense; a la vez que no cree que el pueblo de Estados Unidos esté dispuesto a ver a sus soldados regresar de Asia o de otro lugar en ataúd. Si los ataques contra Afganistán terminan mal, o si las operaciones se quedan a mitad de camino luego de haber generado múltiples daños políticos pero sin llegar a “terminar” con el problema, Rusia no puede, como Estados Unidos, retirarse del otro lado del océano.

Por cierto, Moscú tiene interés en que se acabe con los talibán –más que con la persona de Ben Laden– para poder contar en su frontera sur con un régimen estable, y de ser posible democrático. Pero también teme que Washington propague su cruzada a otros países como Irak, Siria, Líbano o Libia, a los que Estados Unidos considera bases del terrorismo internacional.

En este punto se manifiestan también fuertes reticencias respecto de la utilización del espacio aéreo ruso, incluso para operaciones humanitarias. La inmediata oposición de los militares rusos a esa posibilidad no se debe únicamente a su rigidez. Temen que al no limitar el sobrevuelo del territorio a los aviones civiles, el Presidente haya subestimado la complejidad técnica y el precio a pagar por una compatibilización de los equipos de detección de la OTAN y de la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

Frágil equilibrio

El tema de Asia Central es aun más sensible. Por supuesto que Putin debió aceptar lo que no podía impedir. El líder ruso insistió en que los presidentes de los países de Asia Central “actúen en el marco de la CEI y utilicen las instituciones de la CEI para sus consultas y decisiones”. Pero a partir del 24 de septiembre los presidentes de las cinco repúblicas propusieron sus servicios a los estadounidenses sobre una base bilateral. Y el 5 de octubre, cuando un millar de soldados estadounidenses partió en avión para Uzbekistán, Washington cumplía simultáneamente dos de sus sueños: imponer a ese país como líder regional y como contrapeso de la influencia de Moscú y hacer pie en Asia Central, luego de diez años de esfuerzos, gracias a la coalición antiterrorista.

Moscú y los vecinos de Uzbekistán temen que esos sueños se conviertan en una pesadilla. Al colocar centros de informaciones y de escucha en las puertas de Rusia, Irán y China, los estadounidenses ponen en peligro el equilibrio geoestratégico de toda una región sensible. La instalación de tropas estadounidenses en el interior de un país frágil como Uzbekistán o Tayikistán puede producir a largo plazo una radicalización parecida a la ocurrida en Arabia Saudita debido al acantonamiento de 7.000 soldados estadounidenses desde la guerra del Golfo. Entonces estarían provocando lo que supuestamente iban a combatir.

Hasta ahora, la versión oficial que prevalece en Moscú es que Estados Unidos no quiere ir demasiado lejos y que el presidente Bush y el secretario general de la OTAN se comprometieron sucesivamente a no instalar tropas a largo plazo en Asia Central. De todas maneras, se dice, los países de Asia Central y Rusia siguen estando ligados por una serie de tratados (económicos, aduaneros, militares, antiterroristas) que ninguno de los firmantes está dispuesto a denunciar.

En realidad, detrás de la unanimidad de principio sobre la participación rusa en la coalición contra el terrorismo, existe la convicción de que no era posible quedarse a mitad de camino y que inevitablemente, “A lleva a B y B lleva a C”. Al mismo tiempo, recuerda Irina Zviagelskaia –orientalista y directora del Instituto de estudios estratégicos de Moscú– muchos rusos creen que a pesar de las declaraciones oficiales, el espíritu de la guerra fría persiste. Para convencerse de ello alcanza con leer a los numerosos editorialistas estadounidenses, que tan fácilmente recaen en la idea fija de que hay que aprovechar cualquier ocasión para limitar la influencia rusa en el espacio post-soviético. Ese lugar común, ampliamente difundido en la Unión Europea, consiste en pretender “defender la independencia” de los nuevos Estados, mientras que a menudo -sobre todo en materia económica- se trata de cambiar esa dependencia por otra.

Quienes dudan de las tonterías que los occidentales pueden cometer en nombre del viejo principio “los enemigos de mis enemigos son mis amigos”, no necesitan remontarse a la ayuda brindada a los mujaidines afganos o a la promoción de grupos religiosos extranjeros como factor de “pluralismo” en los regímenes musulmanes de la exURSS. Menos de una semana antes de los atentados, senadores estadounidenses habían visitado Asia Central, donde incitaron a sus homólogos de Kirguiztán, atónitos, a seguir el modelo afgano para defender cada centímetro de su territorio, comparando el combate que Kirguiztán debería desarrollar contra Rusia al que libraron los estadounidenses contra los colonizadores británicos5.

El temor de los rusos a que sus intereses sean sacrificados en cuanto dejen de coincidir con los de Occidente se debe también al traumatismo creado por la experiencia yugoslava. Moscú no quiere servir de “diplomacia Kleenex”, que se usa y se tira: teme que Washington abandone la cooperación luego de haberle sacado provecho. “Si Rusia se une al combate internacional contra el terrorismo, deberá apoyar a Occidente y por lo tanto perturbar sus tradicionales relaciones con los países árabes; si se mantiene a un lado, no tendrá disputas con los países árabes, pero entrará inevitablemente en conflicto con Occidente” explica Andrei Fedorov, uno de los directores del eminente Consejo de Política Exterior y de Defensa6. El mismo día otro diario ruso, el Vremia Novostei, sugería que una alianza con el Oeste “moriría con Ben Laden”: los caminos de Moscú y de Occidente volverían a separarse7.

Sin embargo, y a pesar de todo, Rusia supo aprovechar inmediatamente la ocasión que se le presentaba. Sus diplomáticos comprendieron desde un principio que los acontecimientos del 11 de septiembre anunciaban una reacomodación geopolítica. Horrorizados ante la idea de que a Moscú se le escapara esa ocasión de reubicarse, maldijeron las tergiversaciones del ministro ruso de Relaciones Exteriores y las declaraciones contradictorias de militares y civiles. La actitud del Presidente rápidamente les devolvió la calma, en particular su decisión de reescribir completamente el discurso que debía pronunciar ante el parlamento alemán. La gran mayoría de la población apoya esa opción y la prensa dio muestras de un profesionalismo poco habitual, evitando las coberturas que toman partido, características desde que Putin asumió el poder.

Las dificultades propias de Rusia, la complejidad de la tarea y las reservas enumeradas más arriba explican la insistencia de Rusia a favor de una “instrumentalización” de la coalición, que garantizaría su lugar en el futuro. Al mismo tiempo, Moscú considera al terrorismo internacional como una enfermedad provocada por la globalización salvaje, a la que desea poner reglas. Es notable que luego de los atentados se haya oído más frecuentemente la palabra “globalización” que las alusiones al “mundo multipolar”, que hasta entonces ocupaban el centro del pensamiento ruso.

Sin duda, el Kremlin actuará en adelante en función de los acontecimientos, presentándose como la voz de la sensatez ante la política de línea dura de Estados Unidos. No tiene otra opción, dada la relativa debilidad de su país, su historia, la psicología de su pueblo y la complejidad de sus relaciones con el mundo árabe-oriental, que de ninguna manera habrá de sacrificar a favor de la nueva coalición. Desde el 7 de octubre, cuando cayeron las primeras bombas, al Presidente ruso le alcanza con reiterar su apoyo a la lucha contra el terrorismo internacional, y esperar la evolución de los acontecimientos…

  1. Intercambio de informaciones; autorización a las misiones humanitarias para sobrevolar el espacio aéreo ruso; participación en eventuales operaciones de extracción en Afganistán; utilización de bases militares en Asia Central; aumento de la ayuda a las fuerzas de la Alianza del Norte dirigida por el presidente Burhanuddin Rabbani.
  2. El 25-9-01 combatientes de la Alianza del Norte declararon a un corresponsal de la ORT que “cualquier tropa extranjera que entre sin bandera de las Naciones Unidas en el territorio que nosotros controlamos, será recibida a los tiros”.
  3. Ver, por ejemplo, Yuri Vorontsov, ex embajador en Kabul y en Washington, en Vremia Novostei, Moscú, 27-9-01.
  4. Nezavissimaya Gazeta, Moscú, 4-10-01.
  5. Delo No, Bishek, 5-9-01.
  6. Nezavisimaia Gazeta, Moscú, 14-9-01.
  7. Vremia Novostei, Moscú, 14-9-01.
Autor/es Nina Bachtatov
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Páginas:12,13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos, Rusia