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Recuadros:

¿Guerra de religiones?

La organización terrorista Al Qaeda, a la que se sospecha detrás de los atentados de septiembre último en Estados Unidos, representa una forma inédita de terrorismo y también de politización del islam. Desautorizado por las autoridades religiosas islámicas, el llamado de Ben Laden a la guerra santa toca una cuerda sensible de las poblaciones musulmanas por su sentido político, pero no unifica la extrema diversidad del activismo islámico, cuya evolución dependerá del desarrollo del conflicto.

Las exhortaciones de los dirigentes occidentales llamando a diferenciar el islam del terrorismo no bastarán para extirpar el gusano de la manzana. Existe un verdadero peligro de que el racismo, consciente o inconsciente, aumente en una opinión pública atemorizada y desconcertada. Prejuicios islamófobos, estereotipos, ignorancia y un vocabulario belicoso se conjugan para dar crédito a la tesis de una confrontación de tipo religioso y cultural. El sentimiento difuso es que “Occidente”, “las democracias civilizadas” se han lanzado a una “guerra” (o a una “cruzada”) contra “musulmanes fanáticos” y “totalitarios”. Esta visión parece aun más plausible teniendo en cuenta que los terroristas proclamaron la yihad (guerra santa) contra los “cruzados infieles” que estarían oprimiendo a la comunidad musulmana. Esa inquietante simetría profundiza peligrosamente la brecha entre dos civilizaciones y dos mundos, entre ricos y pobres, víctimas estos últimos de frustraciones y de resentimientos acumulados.

En Occidente, los responsables políticos y los medios de difusión –con notables excepciones, felizmente– contribuyen a esa polarización de dos maneras: ocultando las motivaciones políticas de los terroristas para centrarse en su identidad religiosa; recurriendo a un vocabulario que genera todas las confusiones que se pretenden evitar. La utilización indistinta de los términos islam, fanatismo, terrorismo, fundamentalismo, integrismo e islamismo, como si fueran intercambiables, produce en el mejor de los casos confusión; en el peor, un sentimiento de racismo anti musulmán. Así es como el 50% de los franceses admite asimilar fanatismo e islam, según una encuesta del IFOP1.

No se eluden contrasentidos corrosivos cuando se habla de “fundamentalismo” o de “integrismo”, dos fenómenos extraños al islam, por ser uno de esencia protestante y católica el otro. Lo mismo ocurre cuando se hace referencia al islamismo, término adaptado por ciertos islamólogos a falta de otro mejor, mientras que algunos más cuidadosos de la precisión prefieren utilizar el concepto de “islam político”. En efecto, la confusión que lleva a mezclarlo todo reaparece cuando se hacen generalizaciones sobre los movimientos o los partidos islamistas. Ahora bien, éstos son muy diferentes, y a veces lo único que tienen en común es la referencia a la religión del Profeta, que por otra parte interpretan de manera divergente o contradictoria, al punto de ocupar el abanico político desde la extrema derecha a la izquierda.

Irán ofrece un puesto de observación ejemplar de los conflictos interislamistas. La más temible oposición a la que se vio enfrentado el imán Jomeini poco después de acceder al poder en 1979, no estaba constituida por los partidos laicos sino por formaciones islamistas, algunas liberales (apoyadas por importantes ayatolas), otras de inspiración socialdemócrata o marxista. Luego de la liquidación de los adversarios del jomeinismo, en los últimos años el conflicto se cristalizó entre dos tendencias: una totalitaria (muy minoritaria), representada por el ayatola Jamenei, el “guía supremo”; la otra, mayoritaria, conducida por el presidente de la República, Mohamed Jatami, democrática y laicizante2. Espejo de la sociedad, el clero iraní está a su vez profundamente dividido entre conservadores y reformistas, apoyados unos y otros en lecturas contradictorias de los libros sagrados.

En Turquía, otro país musulmán no árabe, el movimiento islamista presente en la escena política bajo diversas denominaciones desde hace medio siglo, respetuoso de la legalidad kemalista, adhiere a la laicidad del Estado a la vez que le reprocha no observar el principio de neutralidad, en vigor en Francia o en Estados Unidos. Los “islamo-demócratas”, como se los llama a veces en Turquía por analogía con los cristiano-demócratas europeos, están masivamente representados en el parlamento y en los consejos municipales; participaron en varios gobiernos de derecha o de izquierda, y su líder histórico, Necmettin Erbakan, fue Primer Ministro de un gabinete de coalición en 1996-1997, antes de ser privado de sus derechos cívicos. Considerándose víctima de discriminación, esta agrupación está paradójicamente a la vanguardia del combate por la democratización de la república turca –cuya adhesión a la Comunidad Europea apoya– y de la defensa de los derechos individuales…

Egipto, por su parte, cuenta con varias organizaciones islamistas, de orientación y objetivos diferentes. Salvo una o dos, las demás proponen reformas a ser instrumentadas por medios pacíficos. Es el caso de la más antigua y la más importante de ellas, la de los Hermanos Musulmanes, que condena la violencia y la “dictadura” islámica en Sudán tanto como los “crímenes” del GIA en Argelia. Ello no impidió que los “cuarentones” de la cofradía, que la consideraban demasiado conservadora, hicieran secesión para fundar el partido del Wasat (el medio)3. Éste milita a favor del pluralismo político y de los derechos individuales. Para marcar bien la diferencia, su comité directivo incluye una mujer y un copto (cristiano). En cambio, el Yihad Islámico del doctor Zawahiri se unió a Al Qaeda, la organización terrorista de Osama Ben Laden.

Cabría apelar a muchos otros ejemplos que ilustran la diversidad del islam político en los países arabe-musulmanes, desde el Atlántico al Golfo. Más aun teniendo en cuenta que el movimiento islámico pasó por notables evoluciones, y hasta mutaciones, desde la fundación en 1928 en Egipto de los Hermanos Musulmanes, cofradía que se propagó por toda la región, pero que luego perdió su supremacía. La derrota árabe en la Guerra de los Seis Días, en junio de 1967, marcó el primer cambio importante a raíz del derrumbe de las formaciones nacionalistas y socialistas, consideradas responsables de la catástrofe. El pueblo, humillado, desesperado y desorientado, sólo encontró refugio a su desamparo en la fe. Obligados a la clandestinidad por la mayoría de los regímenes vigentes, los islamistas utilizaron las mezquitas como tribunas, y la cohorte de sus asociaciones caritativas y corporativas como correas de transmisión de su mensaje.

Por convicción o por oportunismo, adaptaron su discurso político al de sus desaparecidos competidores. La retórica islámica, instrumento de movilización, sirvió de alguna manera de envoltorio a un contenido nacionalista, antiimperialista, pero también social, bajo la forma de la denuncia de injusticias, de la corrupción y del despotismo de las oligarquías reinantes. El islam político se convirtió así en uno de los pocos canales disponibles de protección y de reivindicación. Las declaraciones del imán Jomeini, por ejemplo, amputadas de sus referencias teológicas, se parecerían como dos gotas de agua a las de un tercermundista como el difunto presidente egipcio Gamal Abdel Nasser. El líder de la revolución iraní ocupa así el espacio que el Sha le había legado luego de haber destruido las formaciones democráticas de oposición, tanto de derecha como de izquierda.

Religión y nacionalismo

Evidentemente, el programa político y social de los islamistas, por demagógico que sea, tuvo más alcance en la opinión pública que su mensaje religioso, generalmente retrógrado, misógino y represivo en el terreno de las costumbres. De otra manera no se explicaría el auge alcanzado por los islamistas luego y no antes de su metamorfosis en militantes de la causa nacional. Es cierto que estos últimos gozaron por otra parte de una ayuda multiforme, fundamentalmente financiera, de parte de los Estados que se reclaman del islam, como Arabia Saudita y otros países del Golfo, que esperan así consolidarse luego de la desaparición de los regímenes que le eran hostiles. La mansedumbre de esos regímenes –como se vio posteriormente– no fue recompensada por no haber comprendido que el islam político, en su nueva forma, no les era necesariamente favorable.

Ante la amenaza que enfrentaban, los regímenes árabes trataron de neutralizar a los islamistas: unos, persiguiéndolos, muchas veces con poco común brutalidad, otros, integrándolos en el seno de instituciones estatales, y reservándose a la vez la facultad de instrumentalizarlos. Los islamistas fueron cooptados exitosamente, entre otros países, en el Líbano, Jordania, Kuwait y Yemen, donde están representados en el Parlamento, y en algunos casos en el gobierno. En cambio, fueron aniquilados en Siria, a través de espantosas masacres; en Túnez y en Irak por medio de una implacable represión; mientras que en Argelia, los “erradicadores” que tratan de eliminarlos, sólo lograron prolongar un conflicto particularmente sangriento.

Sería erróneo pensar que los enfrentamientos entre los regímenes establecidos y los islamistas oponen partidarios y adversarios de la laicidad. Algunos Estados hostiles al islam político se dieron constituciones y legislaciones conformes a las enseñanzas de los libros sagrados; otros ponen tanta pasión en islamizarse como sus adversarios, al punto de parecérseles. Arabia Saudita o Egipto, por caso, son en ese sentido ejemplares. Con muy raras excepciones, en uno u otro momento los gobiernos de la región pactaron con los islamistas, con el objetivo de utilizarlos contra adversarios más temibles. En los años ’70, el entonces presidente egipcio, Anuar el Sadat, los cobijó para neutralizar a los naseristas de izquierda y a los comunistas, para luego –ironía del destino– ser asesinado por un islamista en 1981. Su sucesor, Hosni Mubarak, dejó de perseguirlos cuando comenzaron a participar en la campaña anti-soviética en Afganistán, siendo luego también él blanco de un atentado en 1995. El rey Husein de Jordania se apoyó muchas veces en los islamistas para enfrentar a las formaciones que cuestionaban su poder. El presidente yemenita Abdallah Saleh se aseguró de su colaboración para combatir a los marxistas de Yemen del Sur. El ex presidente sudanés Gaafar Nemeyri hizo lo mismo para derrotar la resistencia de los partidos políticos hostiles al absolutismo y de los rebeldes autonomistas, cristianos o animistas, en las provincias meridionales del país.

El caso de Israel es apenas diferente: los sucesivos gobiernos del Estado judío apoyaron discretamente a los Hermanos Musulmanes en los territorios ocupados en la época en que sólo atacaban a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasser Arafat, a la que consideraban una pandilla –nacionalistas y marxistas incluidos– de traidores al islam. Los dirigentes israelíes tomaron conciencia de su miopía cuando los “Hermanos” engendraron en 1987, a comienzos de la primera Intifada, la actual organización Hamas, consagrada a la liberación de Palestina por medio de la lucha armada y del terrorismo.

El papel de Estados Unidos

Estados Unidos actuó de manera semejante a la de Israel y los Estados árabes. Desde siempre Washington consideró a los islamistas como interlocutores naturales: enemigos irreductibles de los “ateos comunistas” y firmes partidarios de la economía de mercado, estaban destinados –se pensaba en Washington– a alinearse en la esfera del “mundo libre”. De allí la indulgencia o las connivencias del Tío Sam para con ellos. La alianza de Estados Unidos con Arabia Saudita, patria del wahabismo riguroso, nunca se desmintió desde la Segunda Guerra Mundial. En los años 1950 y 1960, países musulmanes y movimientos islamistas militaban juntos en el campo estadounidense, contra el nasserismo y el “imperio del mal” soviético. En síntesis, era “el combate del Bien contra el Mal”en su primera versión.

Tres acontecimientos sucesivos cambiarían completamente esa situación: la expulsión del Ejército Rojo de Afganistán, la guerra del Golfo y la caída del imperio soviético. Ellos aportaron los ingredientes de una nueva variedad de islamismo, que germinaría en las montañas afganas. Los mujaidines no se consideraban vulgares suplentes locales de las tropas estadounidenses. Estaban persuadidos, como Osama Ben Laden y sus futuros partidarios, de haber liberado una tierra islámica gracias a su valeroso combate, a sus sacrificios y al martirio aceptado que muchos de ellos aceptaron. Su decepción luego de la victoria, estuvo a la altura de la idea que se hacían de su función. A pesar de que casi ninguno de ellos tenía empleo ni recursos, no recibieron ningún reconocimiento, ni compensación, indemnización o plan de readaptación. Agradecido a pesar de todo, Estados Unidos ejerció discretas presiones sobre ciertos gobiernos reticentes para que acogieran a quienes a su vez habrían de consagrarse a la violencia en Argelia, Cachemira, Palestina, Líbano o Egipto, y luego en Bosnia y en Chechenia. Ante la persistente negativa de Egipto a recibir al jeque Omar Abdel Rahman, que había estado involucrado en el asesinato del presidente Anuar el Sadat, el gobierno estadounidense le dio asilo político en 1991. Dos años más tarde, el jeque ciego dirigía a distancia el primer atentado contra el World Trade Center, siendo condenado entonces a una pena de prisión de varias décadas…

Si la guerra del Golfo (1990-91) provocó manifestaciones de protesta en el mundo árabe-musulmán, no fue por simpatía con Saddam Hussein como se llegó a escribir, sino como protesta contra la parcialidad de Washington, contra su política de medir con dos varas diferentes los acontecimientos según la conveniencia. ¿Por qué –se indignaron los medios islamistas y nacionalistas al unísono– sancionar sólo a Irak por su agresión contra Kuwait, mientras que Israel ocupaba impunemente desde hacía décadas territorios árabes? ¿A qué lógica respondía el embargo que a lo largo de los años costaría la vida a cientos de miles de niños iraquíes? ¿Y por qué, una vez terminada la guerra, los estadounidenses tenían que instalar bases en varios países del Golfo, en particular en Arabia Saudita, tierra santa entre todas, sino para proteger regímenes impopulares y a veces tambaleantes? La única superpotencia mundial, que luego del desmantelamiento de la URSS anunciaba el despuntar de un nuevo orden internacional, se convertía así en el blanco preferido de los islamistas de todas las tendencias, incluidos aquellos que se identificaron con Ben Laden.

¿“Antiamericanismo primario”? La hostilidad respecto de la política exterior de Washington no está inscripta en la genética de los árabe-musulmanes, como se pretendería hacer creer: los resentimientos ahora son mundiales, y se manifiestan en África, en América Latina, en Asia o en Europa, en el seno de poblaciones musulmanas o no. Ese rechazo tampoco es inmutable. Los estadounidenses conocieron picos de popularidad en el mundo árabe en diversos momentos de la historia reciente: cuando el presidente Wilson, al cabo de la Primera Guerra Mundial, prometía la emancipación a todos los pueblos colonizados; en 1944, a raíz del compromiso del presidente Roosevelt ante el rey Ibn Saud de solucionar el problema palestino con la ayuda de los Estados árabes; luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos era visto como el adversario del colonialismo británico y francés; en 1956, cuando el presidente Eisenhower intimaba al Reino Unido, a Francia y a Israel a que pusieran fin a su expedición militar contra Egipto y a que retiraran sus tropas inmediatamente. En esos momentos, un Ben Laden no hubiera tenido razón de ser.

Dudosa autoridad teológica

¿El terrorismo es una práctica indisociable del islam? Algunos medios lo sugirieron, al no dudar en remontarse al siglo XI para recordar las actividades criminales de una secta, la de los “hashashin” (los asesinos). Sin embargo cualquier historiador riguroso no tendrá ningún problema en demostrar el carácter falaz del paralelo establecido con la empresa de Osama Ben Laden. En realidad, el flagelo del terrorismo es un fenómeno mundial, que se manifestó en todas las latitudes, en países tan distintos como Alemania, Japón, Italia, Argentina o Grecia. Antes de germinar recientemente bajo la forma llamada islámica, fue sucesiva o simultáneamente palestino, israelí, egipcio o yemenita, endémico u ocasional, de carácter individual, nacionalista o estatal, dirigido generalmente contra la población autóctona.

El terrorismo de Al Qaeda, organización fundada por Osama Ben Laden al término de la guerra antisoviética en Afganistán, es de un tipo totalmente diferente, inédito hasta ahora. Está dirigido casi exclusivamente contra los intereses estadounidenses; es transnacional en su reclutamiento y en su identidad, pues actúa en nombre de la umma, la “nación musulmana” dispersa en los cinco continentes; es “mundial” en la medida en que se despliega a través de todo el planeta –en más de 80 países según el Departamento de Estado estadounidense– y recurre a prácticas y a tecnologías generadas por la mundialización; sus adeptos, reclutados en las clases medias y a menudo nutridos de cultura occidental, integran grupúsculos que funcionan de manera casi autónoma, a pesar de inspirarse en las directivas del “centro”; esa “nebulosa” no está instrumentalizada por ningún Estado, y sólo cuenta para su financiamiento y su logística con apoyos privados, de asociaciones caritativas o de ricos prestamistas; por último, contrariamente a los terroristas de antaño, que actuaban en nombre de organizaciones que paralelamente mantenían actividades políticas no violentas, los discípulos de Ben Laden, por lo que se sabe, no disponen de ninguna base popular estructurada. Son de alguna manera desarraigados que pretenden expresarse y actuar en nombre de más de mil millones de musulmanes de diferentes obediencias.

Pero, contrariamente a lo que ciertos medios afirmaron, las más altas autoridades del islam, tanto sunitas como chiitas, denunciaron de manera casi unánime los atentados suicidas del 11 de septiembre, sin que ello tuviera un eco notable en los medios occidentales. Por medio de declaraciones solemnes o de discursos en las mezquitas, condenaron la matanza de inocentes como contraria a la letra y al espíritu de los libros santos, al igual que el suicidio (de los kamikaze), formalmente prohibido por las tres religiones monoteístas. A partir de ese momento, ¿qué valor se le puede atribuir a las fatwas lanzadas por Ben Laden y los suyos, que llaman a la guerra santa, si su autoridad teológica es dudosa si no nula? ¿Qué se puede decir del comportamiento tan poco islámico de los aeropiratas, dos de los cuales habrían sido vistos consumiendo bebidas alcohólicas en bares de Florida poco antes de cometer su fechoría?

Los movimientos islamistas del mundo árabe, salvo contadas excepciones, tampoco se mantuvieron en silencio. Entre otros, Al-Nahda, el grupo tunecino (clandestino) de Rached Ghannuchi, difundió un comunicado en el cual “condena sin reserva el terrorismo (…) esos actos bárbaros que nada justifica” y que “no pueden ser atribuidos a musulmanes”. Menos explícitos pero igualmente categóricos sobre el principio, ciertas organizaciones islámicas prefirieron desaprobar “toda violencia, venga de donde venga”.

En consecuencia, en lugar de focalizarse en el islam y sus supuestas relaciones con el fanatismo y el terrorismo ¿no sería más oportuno analizar el equilibrio mental de los asesinos del 11 de septiembre? ¿No convendría interrogarse sobre la fascinación por la muerte que cultiva Ben Laden, a imagen y semejanza de sectas tristemente célebres en Europa o en Estados Unidos, y sobre el mórbido regocijo manifestado por los autores de los atentados suicida?

Desaprobado a la vez por los islamistas y por las autoridades religiosas musulmanas, considerado implícitamente como un hereje, Ben Laden parece despertar la indulgencia o la simpatía de algunas poblaciones, musulmanas o no. Pero la paradoja es sólo aparente: ávidos de justicia y de consideración, los olvidados de la mundialización, considerándose víctimas de la arrogante hegemonía del poder estadounidense, seguramente no adhieren a la logomaquia religiosa y a los métodos escandalosamente atroces de Al Qaeda, pero se muestran sensibles a su mensaje político. Mensaje que los “erradicadores” embarcados en la campaña militar “libertad duradera” decidieron ignorar, a riesgo de acreditar la tesis de una guerra de religiones.

  1. Le Monde, París, 3-10- 2001.
  2. Eric Rouleau, “Irán: la modernidad al acecho del islam”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto 1999.
  3. Wendy Kristianasen, “L’Islam bousculé par la modernité”, Le Monde diplomatique, París, abril de 2000.

¿África quedó olvidada?

Leymarie, Philippe

Estados Unidos, Medio Oriente y Asia son protagonistas de la gran ofensiva contra el “terrorismo mundial“. ¿Pero dónde quedó África? Este continente ya no parece siquiera digno de figurar en el menú del “nuevo Yalta“ que se perfila para después de la guerra de Afganistán. Apenas si se le pide que se encargue de sus propios “ultras“, y se amenaza a esos “bandidos“ patentados –Libia, Sudán, Somalia– con futuras incursiones de represalia.

¿Será porque el continente también está, a su manera, en el ojo de la tormenta, que se muestra así mudo y ausente? En Kano, una de las metrópolis del norte de la federación de Nigeria, donde la sharia (ley canónica musulmana) está en vigor, los choques entre musulmanes y cristianos causaron más de cien muertos a mediados de octubre, luego de una manifestación contra los ataques a Afganistán. “Ben Laden es su Che Guevara“, comenta el corresponsal regional de Radio France Internacional.

El África saheliana, que en general practica un “islam negro“, apaciguado, apoyado en poderosas cofradías, sigue atravesada por viejas líneas de fractura: en el norte, el islam árabe; en el sur, los cristianos y los animistas. El ministro maliano de Defensa reconoce por Radio France Internacional que –si bien no hay que temer una radicalización en “esas viejas tierras islámicas“– es posible que predicadores itinerantes, a menudo pakistaníes ingresados clandestinamente desde Níger, Mauritania o Argelia, hayan llamado a la guerra santa.

En Níger, las autoridades no dijeron una palabra, pero un partido de oposición y algunos imanes tomaron firmemente posición a favor de Ben Laden, al igual que los quince ulemas de Marruecos, cuya fatwa (decreto religioso) califica de “apostasía“ la participación del país en una alianza dirigida por Estados Unidos contra el terrorismo.

Ciertos jefes de Estado, sobre todo magrebíes, aprovecharon los recientes acontecimientos para justificar a posteriori la dura política antiterrorista que desarrollan desde hace tiempo, amordazando de paso cualquier oposición; pero evitaron asociarse concretamente a una respuesta contra un país musulmán para no ganarse la ira de la calle. La cual, en el mejor de los casos, se muestra inclinada al fatalismo, y en el peor dispuesta a considerar a Ben Laden como un nuevo Che Guevara, héroe de una “guerra de los pobres“. “¡Qué grande que es Osama…!“ se oyó decir a menudo en ciertos barrios periféricos franceses poblados por familias norafricanas.

Ante la posición “expectante“ de la mayoría de los dirigentes del continente, y los riesgos de una marginalización aun mayor de África, el número uno senegalés, Abdulaye Wade –un viejo liberal proocidental, más bien orgulloso de que su país, musulmán en un 90%, haya sido dirigido durante más de veinte años por Leopold Senghor, un presidente cristiano “quien nunca fue atacado en el plano religioso“ por ninguno de sus opositores– en ocasión de una cumbre convocada por él mismo el 17 de octubre de 2001 en Dakar, asumió un “pacto africano contra el terrorismo“, que sin embargo puede quedar en letra muerta, como muchos compromisos de la clase dirigente africana.

¿Se trata realmente de “una guerra del ‘bien’ contra el ‘mal’ “? se preguntaba inmediatamente después de los atentados de septiembre el editorialista del diario Sud, de Dakar. Se necesita sobre todo “más justicia y humildad, menos arrogancia e insolencia“ de parte de las grandes potencias, se queja en privado un ministro oeste-africano de Relaciones Exteriores. El portavoz de los ex secretarios generales de la Organización de la Unidad Africana (OUA) comprueba desde Abidján que “la pobreza generalizada, la negativa a solucionar los problemas cruciales (como la cuestión palestina) y el déficit de democracia, crearon las condiciones objetivas para el desarrollo del terrorismo“. Mientras tanto, en la mezquita central de estudiantes en Uagadugu (Burkina Faso), se explica que “los problemas de injusticia en el mundo no se van a resolver con bombardeos“.


La ausencia del Consejo de Seguridad

Chemillier-Gendreau, Monique

Anunciado desde la guerra del Golfo, el naufragio del derecho internacional se acelera. Luego de oscilar durante años entre la pasividad y la sumisión ilimitada a los dictados estadounidenses, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas firmó su abdicación a favor de Washington con la resolución 1368 del 12 de septiembre de 2001. Ese texto parece únicamente declamatorio, pero debe leerse en relación con las disposiciones de la Carta.

En efecto, el Consejo de Seguridad, al considerar los ataques del 11 de septiembre como “una amenaza a la paz y a la seguridad internacionales”, hace suya la confusión de nociones introducida por el presidente George W. Bush. Sin retomar literalmente la calificación de acto de guerra, utiliza su autoridad para presentar los atentados cometidos por personas privadas a partir del territorio estadounidense y por medio de aviones de compañías estadounidenses, como una acción internacional.

Pero sobre todo, por ese acto se declara competente, dado que en el artículo 24 de la Carta los miembros de las Naciones Unidas “confieren al Consejo de Seguridad la responsabilidad principal del mantenimiento de la paz y de la seguridad internacionales”. Por su parte, el Capítulo VII hace del Consejo el pivote de toda acción, fundamentalmente las militares, en ese terreno. Por lo tanto, dado que los actos ya fueron tipificados, habrá que esperar que el Consejo asuma su responsabilidad principal y diga qué medidas, entre las que están a su alcance, decide adoptar.

Si bien actúa en el terreno financiero –la resolución 1373 del 28 de septiembre, basada en el Capítulo VII, prevé un control (de difícil aplicación) sobre el financiamiento del terrorismo– en cambio, en el terreno militar se confirma su abdicación. Toma la forma de uno de los considerandos de la resolución 1368 sobre el “derecho a la legítima defensa individual o colectiva de acuerdo con la Carta” presentado como uno de los fundamentos legales de la acción militar preparada por Estados Unidos1.

Sin embargo, la expresión “de acuerdo con la Carta” invalida ese análisis. Si bien el artículo 51 reconoce el derecho a la legítima defensa individual o colectiva de los Estados, el mismo está estrechamente circunscripto en el tiempo. En efecto, rompiendo con cinco siglos de cultura de la soberanía ilimitada y del derecho de los Estados a declarar la guerra, la Carta les impone renunciar a la utilización de la fuerza. A cambio, los Estados, en caso de ser víctimas de una agresión, cuentan con la garantía de que el Consejo de Seguridad ejercerá en su beneficio la seguridad colectiva.

El uso de la fuerza no queda suprimido, pero se procura hacerlo más objetivo (y por lo tanto menos mortífero) organizándolo de manera colectiva. Si bien en ese dispositivo el derecho a la legítima defensa (inspirado por la subjetividad nacional del agredido o del que cree serlo) sigue vigente, sólo se puede ejercer muy brevemente. Ninguna disposición de la Carta atenta contra ese derecho cuando un Estado es agredido, pero ello vale “hasta que el Consejo haya adoptado las medidas necesarias para mantener la paz y la seguridad internacionales”. Es posible responder a una agresión, si se tiene capacidad para ello, pero a la espera de las medidas adoptadas por el Consejo de Seguridad.

El Consejo de Seguridad, liberado a partir de 1989 del bloqueo resultante del uso del veto durante la guerra fría, no ha cesado desde entonces de eludir sus responsabilidades. Durante el conflicto con Irak delegó en la coalición formada en torno de Estados Unidos el librar la guerra. Eso ya contradecía los términos de la Carta, cuyo artículo 46 prevé que el Consejo tiene la responsabilidad, únicamente compartida con el Comité del Estado Mayor, de establecer los planes militares. En 1998, en Kosovo, cubrió a posteriori con la legitimidad de la ONU las operaciones desarrolladas por Estados Unidos en nombre de la OTAN. Actualmente asoma la idea de que el Consejo no retomará el concepto de legítima defensa, y de que a pesar de considerar la situación como una amenaza para la paz, no tomaría ninguna medida colectiva en nombre de la Organización.

Haciendo suyo el análisis erróneo de Estados Unidos, las Naciones Unidas dejan que se desarrolle el odioso círculo de la guerra de venganza en respuesta a la violencia asesina. La idea de interrumpir ese ciclo mediante un mecanismo de seguridad colectiva que incluya también la seguridad alimentaria, sanitaria y ambiental de todos, está todavía por inventarse.

  1. Le Monde, París, 16/17-9-2001.


Autor/es Eric Rouleau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Páginas:22,23,24
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Terrorismo, Minorías, Iglesia Católica, Islamismo, Sectas y Comunidades
Países Estados Unidos, Irak, Irán