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El estallido de la política

Somos una dirigencia de mierda, en la que me incluyo”. Esta asombrosa declaración1 proviene de Eduardo Duhalde, el candidato más votado en las últimas elecciones legislativas argentinas. Intendente, diputado, vicepresidente de la República, gobernador de la provincia de Buenos Aires y ahora senador, Duhalde tiene suficientes antecedentes como para saber de qué habla, aunque su acto de contricción resulte sospechoso de oportunismo: casi uno de cada dos votantes expresó su rechazo al conjunto de la dirigencia política votando en blanco, impugnando el voto o, sencillamente, no concurriendo a las urnas, a pesar de la obligatoriedad del sufragio2. Las elecciones de 2003 están a 18 meses; una consulta anticipada no es en absoluto descartable y en esos votos ausentes estará la clave. Duhalde es el primer “arrepentido” de una dirigencia cuya única esperanza actual es alguna forma de perdón u olvido.

Pero la miga de esa afirmación está en otra parte. El calificativo empleado, elocuente y popular, habla de las categorías de análisis de los políticos argentinos y de sus recurrentes omisiones. “La gente dice cosas peores de nosotros: nos llaman corruptos, delincuentes, incapaces, mediocres, vendepatrias…”, continúa Duhalde. “La gente” dice de manera más precisa y menos vulgar “cosas peores” que los dirigentes nunca dirán de sí mismos, porque después de eso sólo les quedaría abandonar la política. Tal vez el flamante senador utilizó el vocablo en más de una o en todas las acepciones del diccionario de la Real Academia: 1. Excremento humano; 2. Por extensión, el de algunos animales; 3. Grasa, suciedad o porquería que se pega a la ropa o a otra cosa; 4. Cosa sin valor o mal hecha; 5. Persona sin cualidades ni méritos; exclamación vulgar de contrariedad o indignación; “vete a la mierda”: vete a paseo.

No obstante, conviene atribuir la expresión al resultado de un autoexamen descarnado para comprobar que en realidad expresa un dato objetivo: la dirigencia argentina ha estallado. En primer lugar hacia adentro, puesto que actualmente no existe un solo partido, o alianza de partidos, capaz de ofrecer a la ciudadanía no ya un programa, sino siquiera una imagen coherente o un líder con respaldo. El peronismo y el radicalismo están fracturados, del mismo modo que la alianza en el gobierno. Están fracturadas las relaciones entre el poder ejecutivo y el legislativo, entre el poder central y los gobernadores provinciales, entre políticos y sindicalistas, entre sindicalistas… En segundo lugar, se ha producido el estallido hacia fuera: ya no hay diálogo ni confianza entre la dirigencia política tradicional y la sociedad. Si se suman los votos en blanco, los impugnados y las abstenciones a los que obtuvo lo que genéricamente se denomina la izquierda (ver pág.7), alrededor del 50% del padrón electoral, unos 11 millones de personas, ejerció el bien llamado “voto bronca” contra el conjunto de la dirigencia que se ha alternado en el poder desde la recuperación de la democracia, en 1983.

Una encuesta posterior a las elecciones3 indica que aunque el 90% sigue confiando en la democracia, “siete de cada diez argentinos están insatisfechos con el funcionamiento de las instituciones (…) el 63% entiende que debe cambiarse el rumbo económico y el 85% reclama al Estado asumir un papel activo en la distribución equitativa de la riqueza”. Es decir, exactamente lo contrario de lo que la dirigencia repudiada ha hecho sistemáticamente cuando le tocó actuar, más allá de sus declaraciones electorales o desde la oposición.

La fiesta ha terminado

El marasmo atónito en que se encuentra el país, la continuidad de un modelo que sin la menor duda conduce a término a un caos económico, político, social y probablemente institucional de proporciones sólo se explican por este doble estallido de la política. Que un mediocre economista y político como Domingo Cavallo continúe ensayando sin ton ni son “recetas” destinadas a prolongar la agonía del modelo y a proteger los intereses del grupo de rentistas y usureros que de él se beneficia, únicamente es posible por el descrédito y la debilidad política, conceptual, propositiva, de una dirigencia que desprovista por la crisis de sus recursos tradicionales –clientelismo, reparto, componenda, corrupción– sólo atina a desvariar y no tiene otro remedio que fracturarse.

El conflicto con los gobernadores es un buen ejemplo. Al cabo de décadas de operar como verdaderas satrapías funcionales a un modelo político centralista y clientelar que enriquecía a los dirigentes y los enquistaba en el poder –al mismo tiempo que empobrecía a sus sociedades– mediante mecanismos de componenda sistemática4, los dirigentes de provincia se han constituido en uno de los principales obstáculos a la política actual. La razón es simple: no hay dinero y acabar con las transferencias a las provincias es una de las principales exigencias de los organismos financieros internacionales. La paradoja es que los gobernadores tienen más razón que Cavallo, quien distorsionó los hechos al afirmar5 que “el manejo irresponsable y el endeudamiento caro de las provincias es el que provocó la pérdida del crédito público”: en el año 2000, la deuda externa del gobierno central y otros entes públicos nacionales era de 79.186 millones de dólares, mientras la deuda externa total de los gobiernos locales (que incluye a los provinciales) era de 3.545 millones. La pérdida del crédito externo se debería a los 3.500 millones provinciales y no a los 79.186 millones nacionales6

La grave crisis argentina va dejando desnudos, uno a uno, a todos sus actores. La corrupción política, gremial, empresaria e institucional, el atraso conceptual, tecnológico y de gestión de la dirigencia corporativa, la ineficacia y mafistización de los organismos de seguridad, los “socios y amigos” internacionales… Pero todo final supone un principio, y definir sus características es el desafío que enfrenta el conjunto de una sociedad que después de escuchar demasiado tiempo cantos de sirena, empieza a reformular la idea que tiene de sí misma. Después de todo, en democracia los dirigentes no levitan sobre el conjunto ni constituyen un fenómeno de la naturaleza; son la expresión de una cultura ciudadana.

La doble crisis, nacional e internacional, augura un largo período de dificultades, quizá mucho más graves que las soportadas hasta ahora, pero también constituye una oportunidad. Nunca se dirá lo suficiente que, por muchas razones, Argentina sigue siendo un país viable, dotado para darse a sí mismo un modelo político, económico y social a la vez autónomo e integrado al resto del mundo según sus intereses. La situación exige un acuerdo nacional de emergencia en ese sentido, pero la crisis ha llegado a la dirigencia política, que se hunde con ella, y el recambio parece lejos. Este vacío es hoy por hoy la única garantía de continuidad del modelo, que de continuar avanzando en tierra de nadie generará compromisos más graves aun (reestructuración de la deuda en condiciones leoninas; confiscación de la recaudación tributaria) y acabará alterando el tejido económico y social de modo irreparable.

Ha llegado la hora de que los argentinos, como sugiriera Ortega y Gasset, dejen de creer que Dios está envuelto en su bandera, que la explicación la tienen los psicoanalistas o que la salvación depende de un hombre providencial, para dedicarse a las cosas.

  1. Francesc Relea, El País, Madrid, 21-10-01
  2. “Calling for change –but in which direction?”, The Economist, Londres, 20-10-01.
  3. Radiografía del “voto bronca”, Graciela Römer y Asociados, en La Nación, Buenos Aires, 28-10-01
  4. Dossier “La crisis del interior argentino”, Le Monde diplomatique edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2000.
  5. Clarín, Buenos Aires, 27-10-01
  6. Ministerio de Economía, Secretaría de Política Económica, Indec, La posición de inversión internacional de Argentina a fines del año 2000.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Páginas:3
Temas Desarrollo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina