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El “politicidio” de los palestinos

El pasado 2 de mayo, un 60% de los afiliados del partido Likud rechazó en un referéndum interno el plan unilateral de retirada israelí de la Franja de Gaza presentado por Ariel Sharon. Según el autor, el premier israelí intenta resolver las contradicciones del “sionismo revisionista” partidario del “Gran Israel” mediante la disolución del pueblo palestino como entidad económica, social y política legítima e independiente.

Los problemas políticos del primer ministro israelí Ariel Sharon comenzaron hace años, cuando surgió en Israel un movimiento popular que exigía la construcción de un muro de separación alrededor de los principales centros urbanos. Sus defensores creían que impediría a los kamikazes penetrar en Israel. Los colonos y la mayoría de los israelíes de la derecha dura se opusieron a ello por varias razones: se corría el riesgo de crear una frontera entre Israel y Palestina y de abandonar a numerosas colonias del otro lado del muro; podría significar también el fin de la ideología del "Gran Israel".

Por tal motivo, la mayoría del Parlamento, del comité central del Likud e incluso del gabinete de Sharon se opuso a este proyecto. Por su parte, los defensores del muro -en construcción desde la primavera de 2002- se basaban no en motivaciones ideológicas sino en el hecho de que el ejército no lograba impedir los atentados suicidas. Pero el Primer Ministro comprendió rápidamente las ventajas que podría obtener de la separación y de la ruptura de compromisos y las agregó a su programa de aniquilamiento de los palestinos. Así, para eludir a su oposición, celebró un referéndum interno en el Likud, procedimiento sin precedentes en la cultura política de Israel. Sharon pensaba que su popularidad bastaría para convencer a los electores. Su maniobra fracasó: el 2 de mayo, alrededor del 60% de los militantes que votaron rechazó su plan.

Este abismo entre Sharon y los suyos no resulta nada sorprendente. El general surgió del "sionismo laborista" y no del "sionismo romántico revisionista", antepasado histórico del Likud. Los sionistas revisionistas querían un Estado judío en las fronteras del Gran Israel (incluyendo la actual Jordania). Pero no precisaban ni la manera de lograrlo ni lo que convendría hacer con los árabes del país y de la región. Su postulado: los judíos tienen un derecho histórico y moral incuestionable sobre su tierra hereditaria, derecho que debe ejercerse individualmente. Desde hace tres décadas, este movimiento mesiánico secular, hasta ahora alejado de la realidad política y social, encontró primero aliados en los movimientos mesiánicos nacionales y, más tarde, en los sectores religiosos ortodoxos.

Muy diferente era el enfoque del sionismo laborista respecto de la fundación de una nación judía en Palestina. Invocaba en menor medida los derechos que los hechos consumados progresivamente en el territorio y tenía más en cuenta los cambios de la relación de fuerzas locales e internacionales entre judíos y árabes. La estrategia básica consistía en apoderarse a través del dinero -sin descartar las armas- de la mayor cantidad de territorios con un mínimo de árabes. El sionismo laborista no establece límites sagrados o fijos; la cantidad de territorios bajo control judío siempre fue flexible, en función de una combinación compleja de aspectos territoriales, demográficos, políticos y sociales. Esta actitud pragmática y sofisticada contribuyó en gran medida al increíble éxito del proyecto sionista, que sin embargo parecía condenado al fracaso. Si bien la distinción entre estos dos enfoques se tornó confusa a lo largo de las cuatro últimas décadas, no es por ello menos importante.

Contradicciones internas

Desde la guerra de 1967 el Estado de Israel y su sociedad se encuentran inmersos en una crisis cada vez más profunda, originada en las contradicciones internas provocadas por la absorción progresiva de los territorios ocupados y de su población. Esto produjo un crecimiento económico sin precedentes y aumentó la movilidad social, ocultando la crisis y al mismo tiempo alimentándola. La apertura de las fronteras de Cisjordania y la Franja de Gaza inundó en efecto el mercado laboral israelí con una mano de obra barata y abrió el mercado palestino -e, indirectamente, árabe- a los productos israelíes, amén de la colonización.

Esta prosperidad dependía sin embargo de la cooperación de los palestinos de los territorios ocupados, y especialmente de su disposición a aceptar que Israel los integrara económicamente, excluyéndolos por completo de las otras esferas. De hecho, una generación de palestinos aceptó estas reglas coloniales aprovechando una relativa prosperidad económica, pero sufriendo una total privación de derechos humanos y cívicos elementales, contra la cual comenzaron a rebelarse, especialmente a partir de 1973. No tenían derecho a la autodeterminación ni al uso de símbolos colectivos, ni siquiera al ejercicio de una identidad étnica o nacional. Enfermas de esta situación asimétrica, ambas sociedades se desarrollaron en un vínculo de interdependencia. Y la mayoría de los israelíes y palestinos, que creció en esta situación anormal, la considera normal y no puede imaginar otras relaciones.

Fue necesaria la primera Intifada palestina, que comenzó el 9 de diciembre de 1987, para hacer tambalear este sistema, que se derrumbó completamente con la segunda. Los acuerdos de Oslo perpetuaron sin embargo la situación económica, pacificando a la población palestina mediante una promesa de autodeterminación. Desde el primer levantamiento Israel adaptó su política económica recurriendo a trabajadores inmigrantes.

Independientemente de su interés económico por los territorios palestinos, Israel debió hacer frente, después de la guerra de 1967, a otra complicación: el deseo de la sociedad, tanto a la izquierda como a la derecha, de anexar el centro histórico del judaísmo en Cisjordania, pero sin sus residentes árabes: en caso de anexión formal, ya no tendría una mayoría judía. Aunque los palestinos no obtuvieran la plena ciudadanía, la evolución demográfica bastaría para destruir la identidad judía del propio Estado. Enfrentados a este desafío mayor, los israelíes no lograron tomar las decisiones políticas necesarias para la solución del conflicto, pero tampoco para la reconstrucción económica, la educación, la calidad de vida, las relaciones entre la sinagoga y el Estado, la democratización y la desmilitarización de la sociedad. Con el tiempo la crisis se tornó más explícita, los intereses contradictorios coincidieron cada vez más con los partidos políticos y se integraron a las identidades individuales y colectivas.

Angustias existenciales

En 1977, cuando el bloque nacionalista de derechas dirigido por el Likud asumió el poder, se esperaba que anexara inmediatamente Cisjordania y la Franja de Gaza, consideradas parte integrante de la tierra de Israel, conforme a su programa de siempre. Es además por esta razón que el general Sharon, tras haber abandonado el ejército en 1973, había incitado a algunos partidos del centro y de derechas a unirse detrás del jefe del heredero del sionismo revisionista, Menahem Begin. Pero salvo la meseta del Golán en Siria, incorporada en diciembre de 1981, los demás territorios no fueron anexados.

Este viraje se debe al rápido crecimiento demográfico de la población árabe de los territorios ocupados. Sumada a los ciudadanos árabes de Israel, ésta transformaría inmediatamente al Estado judío en una entidad binacional, aun cuando la población anexada no gozara de la plena ciudadanía, del derecho de voto o del acceso a los programas de asistencia social. A pesar de la ola inmigratoria sin precedentes que conoció Israel estos últimos años -con más de un millón de habitantes, judíos y no-judíos, de la ex Unión Soviética- el equilibrio demográfico sigue siendo frágil: aproximadamente 5 millones de judíos (y no-árabes) y 4,5 millones de palestinos (ciudadanos y no-ciudadanos). Las proyecciones demográficas invocadas señalan que en 2020 vivirán en esta tierra 15,1 millones de personas, entre ellas una minoría de 6,5 millones de judíos.

Dos angustias existenciales se arraigan en lo más profundo de la cultura política israelí: el aniquilamiento físico del Estado, que sirve como herramienta de manipulación emocional a muchas personalidades políticas e intelectuales; y la pérdida de la frágil mayoría demográfica judía, percibida como el preludio de la eliminación física del Estado judío. Israel se enfrenta así a dos imperativos contradictorios: la posesión de la "tierra sagrada" impediría la preservación de una mayoría judía masiva en esta tierra. Una gran parte del electorado, proveniente de ambas escuelas sionistas, votó en dos oportunidades por Sharon para que encuentre una solución adecuada a estas contradicciones existenciales internas y acabe con la segunda Intifada.

Sharon tenía en efecto su "solución" al problema palestino: el "politicidio", un concepto que data de la guerra de 1948. Se trata de una estrategia político-militar, diplomática y psicológica que tiene como objetivo la disolución del pueblo palestino como entidad económica, social y política legítima e independiente. Esto puede incluir -pero no necesariamente- su limpieza étnica progresiva, parcial o completa, del territorio conocido con el nombre de tierra de Israel, o de Palestina histórica. El "bando de la paz" e incluso Itzhak Rabin -al final de sus días- quería resolver este problema restituyendo territorios y preservando su unidad espacial y demográfica. Por eso fue asesinado. En las elecciones siguientes, la mayoría de los electores judíos rechazó esta solución, considerada un desvío del enfoque sionista laborista. Y el gobierno conducido por Sharon optó por una inversión del enfoque de Oslo.

De carácter militar, la primera etapa del "politicidio" comenzó el 29 de marzo de 2002 con la operación "Muralla de defensa", cuyo objetivo consistió en desarticular toda fuerza de seguridad palestina organizada, pero también y sobre todo en destruir las principales bases del régimen de Yasser Arafat. Por las mismas razones, el ejército destruyó sistemáticamente la mayor parte de la infraestructura, de los servicios públicos y ministerios, incluidas importantes bases de datos como la Oficina Palestina de Estadística.

Aniquilar la resistencia

Las incursiones y sitios frecuentes a ciudades, pueblos y campos de refugiados palestinos -y las ejecuciones extrajudiciales de militares y dirigentes políticos de todas las tendencias- obedecen a otra razón: demostrar la fuerza del ejército israelí y su capacidad para utilizarla. Era necesario que los palestinos sintieran cuán vulnerables e indefensos son, en caso de que intentaran cometer una agresión contra cualquier entidad israelí. Más aun cuando los Estados árabes y la comunidad internacional sólo manifestaron formalmente su interés por los palestinos. ¿No parece Israel, bajo el paraguas de una administración Bush impregnada de fundamentalismo cristiano, una extensión moral de Estados Unidos? En todo caso, goza del apoyo político y militar casi incondicional de la única superpotencia.

Durante esta primera etapa del "politicidio" Sharon logró una enorme popularidad entre los judíos israelíes. Luego de haber destruido toda posibilidad de resistencia palestina organizada pasó a la fase política de su proyecto, a saber el plan de ruptura de compromisos. El viejo general es pragmático. Sabe que las normas internacionales no le permitirán lograr que se acepte ni una limpieza étnica a gran escala ni la transformación de Jordania en un Estado palestino, su enfoque inicial. Por eso emprendió la construcción del muro y, más recientemente, anunció el desmantelamiento de todas las colonias judías de la Franja de Gaza así como de otras cuatro pequeñas colonias, aisladas, de Cisjordania. A cambio de este retiro de 7.500 colonos de la Franja de Gaza, solicitó al presidente George W. Bush -y al Likud- su apoyo al mantenimiento de las principales colonias de Cisjordania, que poseen aproximadamente 95.000 colonos, más Jerusalén-Este.

El Primer Ministro no oculta sus intenciones. La aplicación de la Hoja de Ruta del Cuarteto debe permitirle crear en Cisjordania un sector contiguo, separado de Israel y de las colonias judías por el muro en construcción. El "Estado palestino" incluiría cuatro o cinco enclaves alrededor de las ciudades de Gaza, Jenín, Naplús y Hebrón. Y el proyecto destinado a unirlos por túneles y puentes -con el fin de que los palestinos no pasen por los puestos de control- implica una fuerte presencia israelí en la mayoría de los demás sectores de Cisjordania. A semejanza de la Franja de Gaza, donde Israel, tras la ruptura de sus compromisos, seguiría controlando las fronteras terrestres y marítimas así como el espacio aéreo. En comparación con esto, los bantustanes sudafricanos parecen símbolos de libertad, soberanía y autodeterminación...

Todas estas medidas fueron concebidas por Sharon para acabar con la esperanza de los palestinos, aniquilar su resistencia, aislarlos, someterlos a las condiciones israelíes y, a término, incitarlos a abandonar masivamente Palestina. Si bien el plan del Primer Ministro es compatible con el enfoque pragmático del sionismo laborista, indudablemente no lo es con el enfoque revisionista y el sueño mesiánico religioso del "Gran Israel". De ahí el fracaso del referéndum en el seno del Likud. Pero la mayoría de los ciudadanos israelíes apoya el plan y muchos, en el extranjero, ven en él un camino hacia una solución del conflicto. El "politicidio" no terminó. 

Autor/es Baruch Kimmerling
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 60 - Junio 2004
Páginas:22,23
Traducción Gustavo Recalde
Temas Ciencias Políticas, Conflictos Armados, Geopolítica
Países Gaza (ver Autonomías Palestinas), Israel, Palestina