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Objetivos de guerra

La primera guerra del siglo XXI es un conflicto asimétrico, donde el insuperable poderío militar de la primera potencia mundial no le asegura sin embargo el objetivo declarado de la captura de Osama Ben Laden, aun cuando tarde o temprano logre la caída del régimen talibán. Uno de los aspectos más controvertidos del conflicto planteado es su costo en el área de las libertades y derechos elementales.

Ahora que Estados Unidos se lanzó en el primer conflicto del siglo XXI en Afganistán ¿cómo no preguntarse sobre los objetivos de esta guerra? Un primer blanco fue anunciado al día siguiente de los odiosos atentados del 11 de septiembre: desmantelar las redes de Al Qaeda y capturar “vivo o muerto” a Osama Ben Laden, responsable probablemente de crímenes –varios miles de muertos– que ninguna causa puede en ningún caso justificar. Este designio, fácil de formular, no es sencillo de cumplir. Sin embargo, a priori, la desproporción de fuerzas entre los dos adversarios se diría abismal. Se trata incluso de una situación militar inédita, puesto que es la primera vez que un imperio hace la guerra, no a un Estado, sino a un hombre…

Recurriendo a sus aplastantes medios militares, Washington volcó en esta batalla todas las fuerzas y debería alzarse con la victoria. Sin embargo, abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de imponerse sobre adversarios más débiles. La historia militar enseña que en un combate asimétrico el más poderoso no necesariamente puede al más débil. “Un ejército como el IRA se mostró capaz de tener en jaque al poder británico durante cerca de 30 años; claro que el IRA no se impuso, pero tampoco fue vencido”, recuerda el historiador Eric Hobsbawn1.

Como la mayor parte de las fuerzas armadas, las de Estados Unidos están entrenadas para combatir a otros Estados y no para enfrentarse a un “enemigo invisible”. Pero en el siglo que empieza, las guerras entre Estados están a punto de devenir anacrónicas. La aplastante victoria en el conflicto del Golfo, en 1991, resultó engañosa. “Nuestra ofensiva en el Golfo fue victoriosa porque tuvimos la suerte de encontrarnos con el único malvado en el mundo lo bastante estúpido como para aceptar enfrentarse con Estados Unidos en un combate simétrico”, reconoció el general de los marines Anthony Zinni2. Otro tanto podría decirse de Milosevic cuando la guerra de Kosovo, en 1999.

Los conflictos de nuevo tipo son más fáciles de empezar que de terminar. Y el empleo de medios militares, aun masivo, no supone forzosamente alcanzar los objetivos buscados. Basta con recordar el fracaso en Somalia en 1994. Al atacar a Afganistán, con el pretexto admisible de que este país protege a Ben Laden, el gobierno estadounidense sabe pues que emprende la etapa más fácil del conflicto. Y que debiera imponerse, con escasos costos, en las próximas semanas. Pero esta victoria contra uno de los regímenes más odiosos del planeta no garantizará el logro del objetivo principal de esta guerra: la captura de Osama Ben Laden.

El segundo objetivo parece demasiado ambicioso: acabar con el “terrorismo internacional”. En primer lugar, porque el término “terrorismo” es impreciso. En los dos últimos siglos ha sido utilizado para designar indistintamente a todos los que recurren, con razón o sin ella, a la violencia para tratar de cambiar el orden político. La experiencia muestra que en algunos casos esta violencia era necesaria. “Todos los medios son legítimos para luchar contra los tiranos”, decía, ya en 1792, Gracchus Babeuf. Muchos ex “terroristas” se convirtieron en hombres de Estado respetados. Por ejemplo, y por no citar a los procedentes de la Resistencia francesa: Menahem Begin, ex jefe del Irgun, que llegó a ser primer ministro de Israel; Abdelaziz Buteflika, ex fellagha, que llegó a ser presidente de Argelia, o Nelson Mandela, ex jefe del Congreso Nacional Africano (ANC), que llegó a ser presidente de Sudáfrica y Premio Nobel de la Paz.

La guerra y la propaganda actuales pueden llevar a creer que no existe otro terrorismo que el islamista. Evidentemente, es falso. En el mismo momento en que tiene lugar este conflicto, otros “terrorismos” están actuando en buena parte del mundo no musulmán. El de ETA en España, el de las FARC y los paramilitares en Colombia, el de los Tigres tamules en Sri Lanka. Hasta ayer, el del IRA y los unionistas en Irlanda del Norte.

Como principio de acción, el terrorismo ha sido reivindicado por casi todas las familias políticas, en distintos grados según las circunstancias. El primer teórico político en proponer una doctrina del terrorismo, en 1848, fue el alemán Karl Heinzen, en su ensayo Der Mord (El asesinato), donde estima que todos los medios son buenos para apresurar el advenimiento de… la democracia. En su calidad de demócrata radical, Heinzen escribió: “Si es necesario hacer saltar la mitad de un continente y extender un baño de sangre para destruir al partido de los bárbaros, no tengáis ningún escrúpulo de conciencia. No será un verdadero republicano quien no sacrifique alegremente su vida a cambio de la satisfacción de exterminar a un millón de bárbaros”3.

Mediante el absurdo, este ejemplo demuestra que ni siquiera los mejores fines justifican los medios. Los ciudadanos tienen todo el derecho de temer a una República –laica o religiosa– construida sobre un baño de sangre. Pero ¿cómo no temer también que la cacería de todos los “terroristas”, que anuncia Washington como último objetivo de esta guerra, pueda provocar temibles deslices y atente contra nuestras principales libertades?

  1. La Repubblica, Roma, 18-9-01.
  2. El Mundo, Madrid, 29-9-01.
  3. Citado por Jean-Claude Buisson en Le Siècle rebelle. Dictionnaire de la contestation au XXe siècle, Larousse, París, 1999.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 29 - Noviembre 2001
Páginas:40
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Tecnologías, Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Derechos Humanos
Países Estados Unidos