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Recuadros:

El nuevo rostro del mundo

El crimen de esa humanidad perpetrado en territorio de Estados Unidos el 11 de septiembre último inaugura un nuevo período histórico en que la globalización financiera coexiste con su reverso: la globalización del terror y la de múltiples formas de la criminalidad, favoreciendo el vaciamiento de los Estados débiles. Al comando de una coalición a la que se han sumado potencias hasta hace poco esquivas a su influencia, como Rusia y China (e incluso, contra lo previsto por Ben Laden, Pakistán, que sacrifica Afganistán a sus otras prioridades estratégicas), la supremacía militar de Estados Unidos se torna aplastante.

A casi tres meses de los acontecimientos del 11 de septiembre, es hora de hacer un primer balance de todo lo que ha cambiado en la geopolítica planetaria y va afectar nuestras vidas. Sucediendo al ciclo iniciado el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín, es indiscutible que empieza a despegar un nuevo período histórico.

Todo comenzó ese fatídico martes 11 de septiembre con el descubrimiento de un arma nueva: un avión de línea, cargado de combustible y convertido en misil destructivo. Desconocida hasta entonces, esa monstruosa bomba incendiaria golpea varias veces, por sorpresa y en el mismo momento a Estados Unidos. El impacto es de una violencia tal que sacude al mundo entero.

Lo que se modifica de entrada es la percepción misma del terrorismo. Enseguida se habla de “hiperterrorismo”1, para significar que ya no será como antes. Se ha franqueado un umbral impensable, inconcebible. La agresión es de una tal desmesura que no se parece a nada conocido. Hasta el punto de que no se sabe cómo designarla. ¿Atentado? ¿Ataque? ¿Acto de guerra? Los límites de la violencia extrema se extienden. Y ya es imposible volver atrás. Todos sabemos que los crímenes inaugurales del 11 de septiembre se van a reproducir2. Tal vez en otra parte, y sin duda en circunstancias diferentes, pero se van a repetir. La historia de los conflictos enseña que cuando aparece un arma nueva, por monstruosos que sean sus efectos, siempre se la vuelve a usar. Así fue con el uso del gas de combate después de 1918, con la destrucción de ciudades mediante bombardeos después de Guernica en 1937. Por otra parte es el miedo que alimenta el terror nuclear, cincuenta y seis años después de Hiroshima…

La agresión del 11 de septiembre revela en sus autores una crueldad fantástica y un alto grado de sofisticación. Quisieron pegar fuerte, en el corazón y en los espíritus. Y se propusieron generar al menos tres tipos de efectos: daños materiales, un impacto simbólico y un gran impacto mediático.

Los daños materiales ya se saben: destrucción de unas 4.000 vidas humanas, las dos torres del World Trade Center, un ala del Pentágono, y si el cuarto avión no se hubiera estrellado en Pensilvania, la Casa Blanca. Es evidente sin embargo que estas depredaciones no apuntaban a un objetivo principal. Porque entonces los aviones se hubieran dirigido por ejemplo a centrales nucleares o embalses, provocando devastaciones apocalíptícas, con decenas de miles de muertos…3

El segundo objetivo apuntaba a impactar en la imaginación, envileciendo, ofendiendo y degradando los principales signos de la grandeza de Estados Unidos, los símbolos de su hegemonía imperial en materia económica (el World Trade Center), militar (el Pentágono) y política (la Casa Blanca).

Menos destacado que los dos anteriores, el tercer objetivo era de orden mediático. Mediante una suerte de golpe de Estado televisivo, Osama Ben Laden, supuesto cerebro de la agresión, buscó ocupar las pantallas, imponer desde allí sus imágenes, las escenas de su obra de destrucción. Para mal de la administración estadounidense4, se apropió del control de todas las pantallas de televisión de Estados Unidos, y del mundo entero. Así pudo poner al descubierto la insólita vulnerabilidad estadounidense, exhibir en el seno de los hogares su propio maléfico poder y poner en escena la coreografía de su crimen.

Un modo de narcisismo que completa la otra imagen dominante del comienzo de esta crisis: la del mismo Ben Laden. Contra un fondo de caverna afgana, el autorretrato de un hombre de mirada curiosamente dulce… Ampliamente desconocida la víspera del 11 de septiembre, de la noche a la mañana esta imagen hizo de él el hombre más famoso del mundo.

Desde que un dispositivo técnico global permite difundir imágenes en directo sobre el conjunto del planeta, se sabía que todo estaba preparado para la aparición de un “mesianismo mediático”. El caso Lady Di en particular nos había enseñado que los medios, mucho más numerosos que antes, en realidad están más unificados y uniformizados que nunca. Y que algún día una suerte de profeta electrónico lo capitalizaría5.

Ben Laden fue el primero. A través de su agresión del 11 de septiembre, tuvo acceso a todas las pantallas del mundo y pudo emitir su mensaje planetario. Genio del mal o moderno Mabuse para unos, Ben Laden apareció como un héroe ante los ojos de millones de personas, especialmente en el mundo árabe-musulmán. Más que como héroe en realidad, como un mesías, “el que enviado por Dios viene a liberar a la humanidad del mal”…

Con ese objetivo, y por paradójico que resulte, no vacila en inventar un nuevo tipo de terrorismo6. Todos hemos comprendido que en adelante nos las tenemos que ver con un terrorismo global. Global en su organización, pero también en su alcance y objetivos. Que no reivindica nada muy preciso. Ni la independencia de un territorio, ni concesiones políticas concretas, ni la instauración de un régimen en particular. Ni siquiera reivindicó oficialmente la agresión del 11 de septiembre. Esta nueva forma del terror se manifiesta como una suerte de castigo contra un “comportamiento general”, sin mayores precisiones, de Estados Unidos y en general de los países de Occidente.

Tanto el presidente George W. Bush (al hablar de “cruzada” antes de retractarse), como Ben Laden, describieron este enfrentamiento en términos de un choque de civilizaciones, y aun de una guerra de religiones: “El mundo está dividido en dos campos, afirmó Ben Laden, uno bajo la bandera de la cruz, como dijo Bush, el jefe de los infieles, y el otro bajo la bandera del islam”7.

Supremacía absoluta

Atacado por primera vez en su territorio8, en el santuario de su propia metrópoli y de una manera particularmente mortífera, Estados Unidos decidió reaccionar trastornando la situación política internacional. En un primer momento el mundo contuvo el aliento, temiendo una respuesta precipitada e impulsiva de su parte. Sin embargo, bajo la influencia del secretario de Estado Colin Powell, que ha resultado ser la personalidad más lúcida de la administración estadounidense9, Estados Unidos logró conservar su sangre fría. Y supo capitalizar la conmoción internacional y la solidaridad manifestada por casi todas las cancillerías (con la notoria excepción de Irak) para consolidar su hegemonía planetaria.

Desde diciembre de 1991 y el derrumbe de la Unión Soviética, sabíamos que Estados Unidos era la única superpotencia. Pero algunos recalcitrantes como Rusia, China, a su manera Francia, vacilaban en admitirlo. Los acontecimientos del 11 de septiembre barrieron las dudas: Moscú, Pekín, París y muchos otros reconocieron explícitamente la supremacía estadounidense. Muchos dirigentes, el primero de ellos el presidente francés Jacques Chirac, se abalanzaron a Washington, oficialmente para expresar sus condolencias, en realidad para aliarse incondicionalmente… Todos comprendieron que el momento no se prestaba a sutilezas. “El que no está con nosotros está con los terroristas”, había advertido Bush, añadiendo que se acordaría de todos los que permanecieran pasivos en esa coyuntura…

Una vez confirmada esta alianza universal, que incluyó a la Organización de Naciones Unidas (ONU) y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Washington se comportó de manera soberana, es decir, sin tener en cuenta en absoluto las recomendaciones o deseos de los países aliados. La coalición constituida obedece a una geometría variable. Washington siempre elige a su socio, le fija unilateralmente la misión a cumplir y no le deja ningún margen de maniobra. “La participación de Europa en esta guerra, constata un analista estadounidense, se hace sobre bases unilaterales que suponen la clara aceptación de una sola autoridad: el comando de Estados Unidos”10.

Y no solamente en el terreno militar. En el terreno de la información –la “guerra invisible”– más de cincuenta países pusieron sus servicios a las órdenes de la Central Intelligence Agency (CIA) y del Federal Bureau of Investigations (FBI). En todo el mundo se detuvo a más de 360 sospechosos, acusados de tener vínculos con la red Al Qaeda y Ben Laden11.

Si la supremacía de Estados Unidos era grande, ahora es aplastante. A su lado, las otras potencias occidentales: Francia, Alemania, Japón, Italia e incluso el Reino Unido, son liliputienses. El impresionante poder de intimidación que ejerce Estados Unidos dio su prueba más contundente a partir del 11 de septiembre.

Al ordenar el asesinato del jefe militar de la Alianza del Norte afgana comandante Masud el 9 de septiembre, Ben Laden creyó eliminar una baza decisiva que podría usar Washington después de los atentados. Creyó que Estados Unidos ya no podría apoyarse en la Alianza del Norte. Si persistía en ese intento para derrocar al régimen taliban, su protector, se toparía con Pakistán, una potencia militar temible, con 150 millones de habitantes y en poder del arma nuclear. Ben Laden supuso que Islamabad no aceptaría nunca el desmantelamiento del régimen taliban, gracias al cual Pakistán había logrado su ambición ancestral: controlar por fin Afganistán y reducirlo de hecho al rango de protectorado.

Más al norte, Rusia, distanciada de Washington debido al grave desacuerdo sobre el proyecto del escudo antimisiles caro al presidente Bush, tampoco colaboraría con los estadounidenses, ni ofrecería ninguna facilidad entre sus aliados de Asia central, Uzbekistán y Tayikistán. Según este razonamiento, acuñado en el troquel del sentido común, después del 11 de septiembre Estados Unidos debería resignarse a bombardear de muy lejos, con ayuda de misiles crucero. Una respuesta espectacular tal vez, pero sin consecuencias reales…

El Estado vacío

Tal como lo demostraron los acontecimientos ulteriores, Ben Laden se equivocó. En menos de veinticuatro horas, ante la opción de ayudar a Estados Unidos o asumir los considerables riesgos en los terrenos estratégicos prioritarios que son Cachemira, la rivalidad con India y la posesión de poder nuclear, el alto comando pakistaní no vaciló. Como sabemos, sacrificó a Afganistán…

En cuanto a Rusia, tampoco dudó un segundo. Vladimir Putin fue el primero en contactar a Bush el 11 de septiembre para manifestarle su solidaridad. Solidaridad que en Asia Central llegó tan lejos que conmovió a la jerarquía del ejército. Ahora hasta es posible que Rusia se sume a la OTAN12

Esta nueva actitud de Rusia significa que a escala planetaria ya no hay ninguna coalición militar suspectible de constituirse que esté en condiciones de funcionar como contrapeso de Estados Unidos. Su dominio militar es ahora absoluto. En este sentido, el “castigo” que inflige a Afganistán desde el 7 de octubre bombardeándolo día y noche representa una advertencia aterradora a todos los países del mundo. Quien esté contra Estados Unidos se encontrará solo frente a él, sin ningún aliado, y se expondrá a ser bombardeado hasta ser remitido a la edad de piedra… La lista de los próximos eventuales objetivos se anuncia públicamente en las columnas de los diarios de Estados Unidos: Irak, Irán, Siria, Yemen, Sudán, Corea del Norte…

Otra lección posterior al 11 de septiembre es que la globalización continúa y se afirma como la principal característica del mundo contemporáneo. Pero la crisis actual puso en evidencia su vulnerabilidad. Es la razón por la cual Estados Unidos sostiene que es urgente instaurar lo que cabe denominar el aparato de seguridad de la mundialización. Con la alianza de Rusia, el ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el pretexto de la lucha mundial contra el terrorismo, que permite restringir en todas partes las libertades y el perímetro de la democracia13, parecen haberse reunido las condiciones para que ese dispositivo global de seguridad se instale rápidamente, y sea confiado sin duda a la nueva OTAN14.

Pero también se hacen escuchar voces que responsabilizan en parte a la mundialización liberal de los acontecimientos del 11 de septiembre. Porque agravó las injusticias, las desigualdades y la pobreza a escala planetaria15. Y fortaleció en consecuencia la desesperación y el rencor de millones de personas dispuestas a rebelarse y, en el caso del mundo árabe-musulmán, a aliarse a los grupos radicales islámicos, entre ellos Al Qaeda, que recurren a la violencia extrema.

Al debilitar a los Estados, al devaluar la política y desmantelar las reglamentaciones, la mundialización favoreció el surgimiento de organizaciones de estructura flexible, no jerárquica, no vertical, reticular. Tanto las firmas globales como las ONG capitalizaron esta nueva situación y se multiplicaron. Pero en las mismas condiciones también proliferaron organizaciones parasitarias, capitalizando de manera caótica los espacios así abiertos: mafias, redes delictuosas, críminales de todo tipo, sectas, grupos terroristas16.

En este sentido, Al Qaeda es una organización perfectamente adaptada a la era de la mundialización, con sus ramificaciones multinacionales, sus redes financieras, sus conexiones mediáticas y de comunicación, sus filones de abastecimiento, sus polos humanitarios, sus emisoras propagandísticas, sus filiales y subfiliales…

En el curso de la historia, el mundo conoció ciudades-Estado (Atenas, Venecia), regiones-Estado (en la época feudal) Estados-nación (en los siglos XIX y XX), pero con la mundialización vemos surgir la red-Estado, incluso el individuo-Estado, cuyo primer ejemplo evidente es Ben Laden. Aun cuando por el momento todavía necesita como el cangrejo ermitaño la caracola vacía, un Estado vacío (ayer Somalia, hoy Afganistán) para ocuparlo y ponerlo al servicio de sus ambiciones.

La mundialización favorece eso, así como mañana alentará la aparición de empresas-Estado que a la manera de Ben Laden ocuparán un Estado hueco, vacío, desestructurado, presa de un desorden endémico, para utilizarlo a su antojo. También en este sentido Ben Laden habrá sido en cierta medida un precursor terrorífico.

  1. François Heisbourg, Hyperterrorisme: la nouvelle guerre, Odile Jacob, París, 2001. También Pascal Boniface, Les guerres de demain, Seuil, Paris, 2001.
  2. ¿Cómo no preguntarse, después del 11-9, si es razonable persistir en la construcción del futuro super Airbus gigante, aberración ecológica que en manos de un piloto enloquecido se convertiría en arma demencial?
  3. En esta oportunidad se supo que ni las centrales nucleares ni los embalses están construidos a prueba de aviones-bomba…
  4. Washington comprendió enseguida la importancia del desafío y trató de responder –equivocadamente en nuestra opinión– con la prohibición de exhibir los cuerpos de las víctimas, para no dar a los autores del atentado el placer de contemplar el aspecto más trágico de la vulnerabilidad estadounidense.
  5. Ignacio Ramonet, La tiranía de la comunicación, Madrid, Ed. Debate, 1999.
  6. Jean Baudrillard, “L’esprit du terrorisme”, Le Monde, 3-11-01.
  7. Le Monde, 3-11-01.
  8. Pearl Harbor, el 7-12-1941, se situaba en Hawaï, la que todavía era una colonia de Estados Unidos.
  9. Paul Marie de la Gorce, “La guerra de Washington”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, noviembre de 2001.
  10. International Herald Tribune, París, 21-11-01.
  11. International Herald Tribune, 24-11-01.
  12. Ibidem.
  13. “El estado de derecho se detuvo un momento después del 11 de septiembre en Estados Unidos y Europa”, declaró Freinmut Duve en Le Monde, 7-11-2001. Leer también Patti Waldmeir y Brian Groom, “In liberty´s name”, Financial Times, Londres, 21-11-01.
  14. International Herald Tribune, 21-11-01.
  15. Véase la entrevista a Kofi Anan, Le Figaro, París, 5-11-01. También Financial Times, Londres, 21-11-01, El País, Madrid, 19-11-01, y la entrevista a Joseph Stiglitz, nuevo Premio Nobel de economía, Le Monde, 6-11-01.
  16. Geopolítica del caos, Le Monde diplomatique Edición Española, Temas de Debate, Madrid, 1999.

Bibliografía reciente sobre terrorismo e islam

La Yihad. Expansión y declive del islamismo. Gilles Kepel. Península; Barcelona, mayo de 2001. 620 páginas, 29 pesos.

“Hemos llegado al final de un ciclo histórico: los movimientos islamistas han entrado en una fase de declive que se ha ido acelerando desde mediados de la década de los noventa”, afirma este calificado autor, director del CNRS, en un texto completado a mediados de 2000. Los acontecimientos en curso, que en modo alguno inhabilitan necesariamente aquella conclusión, otorgan más relevancia aún a sus fundamentos. Kepel remite el surgimiento explosivo de un islamismo extremista y reaccionario a un conjunto de factores, entre los cuales no es de menor peso el cuadro social común a los países subdesarrollados. “El carácter equívoco de su mensaje, con el que podían identificarse tanto el capitalista barbudo como el habitante de los barrios de chabolas, facilitaba su propagación”, afirma. La década de auge de este fenómeno “estuvo dominada por la lucha encarnizada entre la monarquía saudí y el Irán de Jomeini”. Según el autor “el principal terreno de este conflicto fue Afganistán. El objetivo de la yihad, financiada en este país por las petromonarquías de la península Arábiga y la CIA, era infligir a la Unión Soviética, que había invadido Kabul en diciembre de 1979, un ‘Vietnam’ que precipitara su caída. A escala del islam, también tenía la función de desviar a los militantes radicales de todo el mundo de la lucha contra el Gran Satán americano –a la que incitaba Jomeini– y canalizarla contra la Unión Soviética. La yihad afgana tuvo una importancia capital en la evolución mundial del movimiento islamista”.

Los Talibán. El islam, el petróleo y el nuevo “gran juego” en Asia Central. Ahmed Rashid. Península; Barcelona, octubre de 2001. 380 páginas, 26 pesos.

A partir de la hipótesis de que en Afganistán “el nuevo gran juego” se da “entre imperios que se expanden y contraen”, entre “una Rusia debilitada y en bancarrota” y Estados Unidos, que “se introduce en la región ofreciendo la construcción de oleoductos que no pasarían por Rusia”, el autor acomete una larga descripción de los talibán en su marco histórico, social, geográfico y cultural. El periodista pakistaní ubica al petróleo como eje fundamental del conflicto geopolítico en aquella región. Distante de un ensayo profundo de la política internacional y regional, el libro ofrece no obstante una pintura ilustrativa de un mundo difícil de aprehender para el lector latinoamericano. Un capítulo detalla la relación de la dirigencia talibán con el empresario petrolero argentino Carlos Bulgheroni que “imaginó la conexión de los campos de gas de su empresa en Turkmenistán con Pakistán y la India”.

Osama Bin Laden. El terrorismo del siglo XXI. Elaine Landau. Planeta; Buenos Aires, octubre de 2001. 150 páginas, 10 pesos.

La periodista estadounidense traza un retrato biográfico del hombre transformado en centro de interés mundial a partir del 11 de septiembre. Infancia, educación y evolución ideológica –desde el joven de hábitos disipados al riguroso musulmán, pasando por la escuela de la CIA– todo narrado con escasas fuentes, estilo apresurado y previsible sesgo conceptual. En el último capítulo, titulado “El reto que nos espera” –escrito antes del 11 de septiembre– la autora afirma que “Con la ayuda de un satélite de reconocimiento, las autoridades han conseguido escuchar las conversaciones telefónicas de Ben Laden desde sus escondites en Afganistán. En todos los casos fueron capaces de alertar a tiempo a las agencias de seguridad locales para que detuviesen a los agentes terroristas”.


Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:20,21
Traducción Marta Vassallo
Temas Mundialización (Cultura), Terrorismo, Mundialización (Economía), Estado (Justicia), Justicia Internacional, Estado (Política)
Países Estados Unidos