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El desfasaje de los dirigentes del Golfo

Los Emiratos del Golfo se muestran como aliados incondicionales de Washington en su campaña antiterrorista "Libertad duradera". Pero el financiamiento de actividades delictuosas tanto a partir de las asociaciones caritativas como del lavado de dinero no ha sufrido la menor mella. Además, en sus opiniones personales los dirigentes alientan posiciones anti estadounidenses afines con las de sus respectivas poblaciones: desaprueban la campaña militar contra Afganistán, priorizan la solución del conflicto entre israelíes y palestinos, y temen la extensión del ataque militar occidental a otros países musulmanes.

Tres Estados del Golfo –Bahrein, los Emiratos Árabes Unidos y Qatar– figuran en el podio de los aliados incondicionales de Washington. Los tres reúnen todas las condiciones requeridas. Estimándose vulnerables, se colocaron bajo la protección del Tío Sam, acogiendo sus bases militares, sus soldados, los agentes de la Central Intelligence Agency (CIA) y del Federal Bureau of Investigations (FBI), y al mismo tiempo, a sus traficantes de armas y expertos de todo tipo. Campeones de la mundialización, se dotaron de una economía neoliberal y confiaron a Wall Street miles de millones de dólares. Llegado el caso, sacrifican sus propios intereses a los de las industrias occidentales, manteniendo el precio del petróleo a niveles “razonables”. Se aprovisionan masivamente de productos made in USA. Sus dirigentes y sus elites, en general educados en universidades anglosajonas, en la intimidad viven a la occidental, aprecian el jazz de Nueva Orleans y las películas de Hollywood, y están fascinados por el pragmatismo innovador y por el dinamismo de la nación estadounidense. Como corresponde, al día siguiente de los atentados del 11 de septiembre esos Estados se alinearon tras el estandarte de la coalición “Libertad duradera” para luchar contra el terrorismo.

Sin embargo, el observador extranjero no tarda en comprobar que se trata de una apariencia engañosa, cuya transparencia permite ver en segundo plano el insondable abismo que separa esos pueblos árabe-musulmanes de Estados Unidos, más concretamente de la política exterior y de la estrategia planetaria de la hiperpotencia estadounidense. El consenso es impresionante: desde el jefe de Estado hasta la persona de menor importancia, las críticas, matizadas o no, son idénticas en el fondo, aun cuando haya diferencias de sensibilidad según se trate de un interlocutor de tendencia liberal, nacionalista o islamista. Sin embargo, es sorprendente escuchar al emir de Qatar, el sheik Hamad ben Khalifa, exclamar: “Mi país no es el surtidor de gasolina de Estados Unidos”; o bien, dirigiéndose a una alta personalidad francesa, insistir: “No soy y no seré nunca una marioneta de Washington”.

El príncipe reinante en ese riquísimo emirato, cuyo ingreso per cápita es virtualmente el más alto del mundo, regresó recientemente de la capital estadounidense profundamente decepcionado, y hasta humillado, por la recepción que se le reservó. Entre otras vejaciones sufridas, sus huéspedes lo conminaron a llamar al orden a la cadena televisiva Al-Jazirah, que antaño elogiaban, florón y símbolo de la liberalización iniciada por el emir con la bendición de Washington. Lo que es peor, se negaron categóricamente a suministrarle el menor elemento probatorio de la culpabilidad de Osama Ben Laden en los atentados del 11 de septiembre. “No he disipado ninguna de mis dudas”, nos confió en una entrevista informal, evocando luego otras hipótesis igualmente plausibles.

Su escepticismo es ampliamente compartido por la opinión pública. Los sondeos indican que la mayoría de las poblaciones de la región estima que el jefe de la organización Al-Qaeda no es el autor de los atentados, sin por ello reconocerle ninguna legitimidad religiosa. “Occidente hizo de Ben Laden un jefe espiritual islámico, cuando en realidad es sólo un impostor”, nos declaró el vice primer ministro del Emirato de Abu Dabi, el sheik Sultan ben Zayed. Mientras tanto, el director de un gran diario de Dubai afirma que Ben Laden no es creíble ni siquiera cuando la emprende contra el Estado de Israel: nadie ignora que ese millonario saudita nunca dio ni un dólar ni hizo llegar una bala a las organizaciones de resistencia palestinas o libanesas.

Nadie piensa tampoco que Ben Laden tenga un proyecto político creíble, salvo el de desestabilizar a los regímenes árabes, en primer lugar el de Arabia Saudita, al que detesta por encima de todo. La paradoja es impresionante: a pesar de todo, el “impostor” es inmensamente popular. Apodado “Robin Hood” o “Che Guevara árabe”, fascina a la opinión pública –según se dice– por ser el único que desafía a la mayor potencia mundial, y le reprocha su hipocresía, su parcialidad y sus injusticias. “¿Acaso el Che Guevara no había seducido a millones de no comunistas en todo el Tercer Mundo?” interroga a modo de explicación el sheik Saud, un político formado en las universidades estadounidenses e hijo del emir de Ras el-Kheima.

Apoyo contra el terrorismo

Sin embargo, los gobiernos del Golfo intentaron aplicar rigurosamente las consignas de Washington sobre la lucha contra el terrorismo. Dieron todo tipo de facilidades a las fuerzas armadas estadounidenses; instauraron una estrecha colaboración con la CIA y el FBI, y también con los servicios de inteligencia de Francia y Gran Bretaña. Luego de romper sus relaciones diplomáticas con el régimen de los taliban, los Emiratos Árabes Unidos realizaron cientos de detenciones –oficiosamente calificadas de “internaciones preventivas”– un centenar de las cuales afecta a militares; efectuaron enérgicos interrogatorios conjuntamente con agentes de seguridad estadounidenses; expulsaron residentes afganos y paquistaníes sospechosos de simpatizar con Ben Laden; algunos imanes que no respetaron la censura de sus sermones fueron privados de tribuna. El consejero particular del príncipe heredero de Ras el-Kheima, el doctor Hassan Alkim, un notorio islamista, fue despedido de la universidad, donde enseñaba relaciones internacionales, a pesar de sus creencias resueltamente democráticas. Diplomado en universidades británicas y estadounidenses, Alkim continúa sin embargo publicando una crónica semanal en el diario semi-oficial Al-Ittihad.

Los gobiernos de Bahrein y de Qatar no necesitaron recurrir a métodos enérgicos. Los movimientos islamistas de Bahrein, sunitas o chiitas, son por principio hostiles al terrorismo, que por otra parte nunca practicaron. La mayoría de ellos milita, desde hace un cuarto de siglo y junto a partidos laicos, en favor del pluralismo democrático, manifestando a la vez una perfecta lealtad al emir reinante, que a comienzos de este año inició la liberalización del sistema político. País de turismo, tolerante y abierto a las costumbres occidentales, Bahrein recibe cientos de miles de musulmanes, sobre todo sauditas, que acuden a disfrutar de las libertades que no tienen en sus países de origen.

En Qatar no existen movimientos que se reclamen de la religión del Profeta, mientras que los individuos pertenecientes al movimiento, “los islamistas que manejan Mercedes”, como se los llama irónicamente, son totalmente inofensivos. Sin embargo, están muy presentes en los pasillos de los despachos oficiales. Por ejemplo, el sheik Fahd, hijo menor del emir reinante, tiene en su entorno “afganos árabes”, mujaidines que en los años ’80 combatieron contra la ocupación soviética. La familia del príncipe está dividida, y cuenta con varios “modernistas”, cuyo líder es el propio monarca, famoso por su francofilia. Lo respaldan una esposa militante, la sheika Moza al-Misnad, y su ministro de Relaciones Exteriores, el sheik Hamad ben Jassem. Otro miembro de la familia, el ministro del Interior, considerado demasiado conservador, fue alejado de su puesto para poder acelerar la liberalización de las costumbres. En ese país que se reclama de un islam wahabita, el velo es optativo para las mujeres, y el alcohol accesible a los nativos en los lugares públicos.

Si bien la represión de las actividades islamistas tuvo éxito, el problema del financiamiento secreto de organizaciones terroristas está lejos de solucionarse. El bloqueo de las cuentas bancarias consideradas dudosas resultó muy difícil de implementar en Bahrein, donde operan decenas de bancos extranjeros off shore que escapan al control del Estado. En Qatar, las instituciones financieras –muchas veces dirigidas por amigos de la familia del príncipe– aseguran que sus clientes, salvo unas pocas excepciones, están más allá de toda sospecha. En los Emiratos Árabes Unidos se pusieron “en observación” 149 cuentas bancarias de sociedades y particulares, pero sólo se ordenará su bloqueo si se detectan operaciones sospechosas.

En cuanto a las riquísimas asociaciones caritativas, sospechosas ante los estadounidenses de vehiculizar fondos hacia los movimientos subversivos, las autoridades tienen en cuenta el doble papel prestigioso que cumplen. Por una parte, ayudan a la población pobre del mundo musulmán financiando fundamentalmente la edificación de infraestructuras de interés público, y entregando subvenciones a las familias necesitadas. Por otra, suministran una ayuda variada a los “mujaidines de la libertad” en diversos países: en Chechenia, en los Balcanes, en el Cáucaso y en Palestina. Aparentemente, algunos fondos son desviados en beneficio de causas inconfesables, pero es muy difícil saberlo y más aun probarlo. Ante ese arduo dilema, los gobiernos bajaron los brazos, cosa que deplora el aliado estadounidense.

La misma impotencia se verifica en la lucha contra el lavado de dinero sucio. Pieza clave del comercio triangular, del contrabando y de todo tipo de negocios realizados por las mafias internacionales, con una zona de influencia que va desde Moscú a Ciudad del Cabo, de Texas al subcontinente indio, paraíso fiscal codiciado por los inversionistas y los especuladores, el puerto de Dubai tiene fama de ser un santuario y una correa de transmisión para los capitales de origen dudoso. “¿Por qué se ensañan contra Dubai?”, exclama indignado el jefe de la diplomacia de los Emiratos, el sheik Hamdan ben Zayed. “En la era de la mundialización, prosigue, ese puerto es apenas un eslabón más de una larga cadena de contactos financieros, que va desde Nueva York a Ginebra, de Singapur a Londres, pasando por Hong Kong”. Dicho en otras palabras, los terroristas de todo tipo no tienen por qué preocuparse por el financiamiento de sus actividades, sea cual fuere la suerte de Ben Laden y sus cómplices.

Si bien existe un desprecio unánime por el régimen de los taliban, la campaña militar estadounidense en Afganistán despierta tanto el rechazo de la opinión pública (80% de oposición, según una encuesta), como las reservas de los dirigentes locales. Ninguno de ellos apoyó públicamente la intervención de Estados Unidos, y todos están convencidos de que aunque logre la victoria, no acabará con el mal que pretende extirpar.

En Doha, el jefe de la diplomacia de Qatar aseguró en una entrevista que “comprende la necesidad imperativa de los estadounidenses de vengar a sus muertos”, pero dijo temer las “catastróficas” consecuencias de una guerra prolongada. La desestabilización de los regímenes de Pakistán y de Arabia Saudita en particular, precisan sus colaboradores, arrastrará a los países vecinos en la vorágine.

En Abu Dabi, el ministro de Estado de Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos emitió un juicio aun más fundamental: “Para nosotros es una cuestión de principio, dijo el sheik Hamdan ben Zayed, pues nos parece inaceptable que una potencia, sea cual fuere, se ocupe de derrocar el régimen de un tercer país, así sea el más detestable del mundo, creando así un peligroso precedente en las relaciones internacionales”. Por su lado, el sheik Sultan ben Zayed, vice primer ministro, lamenta “el comportamiento unilateral de Estados Unidos, que marginaliza así a la ONU en una cuestión que ella habría debido y podido tratar de otra manera, y mejor”.

En Manama, el canciller de Bahrein, el sheik Mohamed ben Mubarak, al igual que sus homólogos de todo el mundo árabe, insistió en que Estados Unidos cumpliría una tarea mucho más útil ocupándose antes de tratar las causas políticas del terrorismo. Claro que son múltiples, admitió, pero las frustraciones generadas por el interminable conflicto de Medio Oriente tienen una importancia capital.

Sobre ese punto el consenso es tal, que los altos responsables expresan argumentaciones idénticas, susceptibles de resumirse así: es urgente que Estados Unidos actúe en estrecha concertación con Europa y las Naciones Unidas para resolver el conflicto palestino-israelí, y en lo inmediato poner término a la sangrienta represión de la Intifada, rebelión legítima de un pueblo ocupado y oprimido. La demagogia del jefe de Al Qaeda, que trata de legitimar sus crímenes denunciando la parcialidad de Washington, no debe servir de pretexto para ignorar la creciente rabia de la opinión pública árabe, generadora de todo tipo de extremismos. En cambio, un arreglo logrará abrir el camino para una total normalización de relaciones entre Israel y los Estados de Cercano y Medio Oriente.

Sin duda, no es por azar que todos nuestros interlocutores recuerden espontáneamente que “la paz con Israel es un objetivo estratégico de los países miembros de la Liga Árabe”, retomando los términos de una resolución adoptada inmediatamente después de los acuerdos de Oslo. “Permanentemente insistimos en asegurarle a Estados Unidos que estamos dispuestos a reconocer al Estado judío y a normalizar nuestras relaciones con él en cuanto consienta evacuar todos los territorios ocupados”, declara por ejemplo el canciller de los Emiratos Árabes Unidos. Qatar confirmó su buena disposición al no cerrar la “oficina comercial” de Israel en Doha. Sólo “suspendió” sus actividades, lo que autoriza a los diplomáticos israelíes a mantenerse en sus puestos a la espera de tiempos mejores.

A pesar de las declaraciones del presidente de Estados Unidos George W. Bush y de su secretario de Estado Colin Powell, que se pretenden tranquilizadoras, predomina el escepticismo en cuanto a la voluntad de Washington de instaurar una solución justa en Medio Oriente y de circunscribir su “guerra contra el terrorismo”. La prueba es la petición firmada por 89 senadores (sobre cien) que solicita al presidente Bush que no se oponga al combate de Ariel Sharon “contra el terrorismo palestino”. Los dirigentes del Golfo temen más que nada que Washington la emprenda contra las organizaciones palestinas como Hamas, Yihad Islámica o el Frente Popular, consideradas como movimientos de resistencia, y contra países calificados de subversivos, Irak en primer lugar. Si tales son las intenciones de Estados Unidos, declaran al unísono, el abismo entre Occidente y el mundo arabo-musulmán se hará todavía más profundo, y habrá que esperar lo peor.

Autor/es Eric Rouleau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:22,23
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Estados Unidos