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¿Qué Islam para qué nación?

Los atentados del 11 de septiembre y el contraataque militar lanzado por Washington tienen profundas consecuencias en Pakistán, país idealmente cimentado en la identidad islámica, pero al mismo tiempo complejo mosaico de etnias y lenguas. Al gobierno pakistaní se le plantea qué política llevar a cabo con los islamistas a los que instrumentó y con el disputado territorio de Cachemira, que actualiza su conflicto con la India; también el rol del ejército y su definición nacional misma, desgarrado como está entre concepciones nacionales e internacionales del islam.

La nación, el islam, la guerra: en la delicada coyuntura que atraviesa, Pakistán se vuelve a encontrar cara a cara consigo mismo y su joven pasado. Después de haber utilizado a los islamistas y fomentado a los talibanes, ¿cómo pueden el ejército y sus servicios secretos (Inter Services Intelligence, ISI) gestionar la nueva línea, cuando utilizan grupos armados islamistas para mantener las presiones en la zona india de Cachemira? ¿Cómo manejar el antiamericanismo despertado por los bombardeos sobre Afganistán, cómo afrontar el sentimiento de solidaridad musulmana que favorece a algunos partidos religiosos y a grupos partidarios de la yihad? Reunidos en el nuevo Consejo de Defensa afgano-pakistaní, estos últimos denuncian, al igual que Osama ben Laden, la “traición” del régimen.

Nacido en 1947 de la voluntad de la Liga Musulmana de crear un Estado propio para los musulmanes del antiguo Imperio de las Indias1, Pakistán es el fruto de la teoría de las dos naciones formulada en 1933 por Rahmat Ali, quien afirmaba que hindúes y musulmanes no podían cohabitar en situación de igualdad. Ratificada en 1940 por la Liga, esta voluntad separatista derivó en la creación, dentro de los territorios indios de mayoría musulmana, de un Pakistán ciertamente musulmán, pero bicéfalo, dividido en dos partes, occidental y oriental, separadas por la nueva India. Cuando en 1971 los bengalíes del Pakistán oriental, mayoritarios en número pero alejados del poder por Islamabad, se independizaron para fundar Bangladesh, con el apoyo militar indio, eso significó un fracaso para Pakistán.

Purgado de su población hindú al día siguiente de las matanzas de la partición, y habiendo recibido a millones de mohajires (musulmanes que abandonaban o escapaban de la India recientemente independizada), Pakistán es musulmán en un 97%. Esta preponderancia absoluta, razón de ser del país, funda la nación sobre una identidad indeleble, profundamente vivida, constantemente invocada, alimentada por la escuela, las celebraciones públicas y los medios gubernamentales, pero mal definida en su relación con el islam. Aunque islámico, el Estado no es islamista y el mismo islam se divide. Bajo el efecto de la radicalización del sunismo militante a favor de la guerra de Afganistán (1979-1988), luego del ascenso de los talibanes (a partir de 1995), la tradicional cohabitación entre los sunitas (75%) y los chiítas se ve turbada en adelante por los atentados cometidos por los grupos extremistas de ambos bandos.

El islam no fue el cimiento nacional ideal invocado por los fundadores, ya que no borró las pertenencias etno-lingüísticas, como demostró la secesión de Bangladesh. Dentro del mosaico pakistaní posterior a 1971, los penjabíes (56% de la población) superan a los sindhis (17%), los pathans (16%) y los baluches (3%), sin contar las lenguas tribales del extremo norte. Su hegemonía es más que aritmética. Es decisiva en el ejército y las otras estructuras del poder: la burocracia permanente, el Parlamento aleatorio, el control del agua, esencial para la economía del país. Este dominio penjabí afecta particularmente a los sindhis y baluches, así como a los mohajires de Karachi. Así, la insurrección baluche de 1973 fue violentamente reprimida por el ejército.

La distribución geográfica de las principales comunidades también cuenta: todas se superponen en las fronteras, y el río Indo, eje estructural del país, constituye también una línea de división lingüística. Los idiomas del este, penjabí y sindhi, se extienden hacia India. Los del oeste, pashtú y baluche, hacia Afganistán e Irán. De hecho, al tiempo que reivindica una historia milenaria que se remonta a la civilización del Indo, Pakistán sigue atrapado dentro de fronteras coloniales.

La frontera en litigio con Afganistán es la línea Durand. Creada en 1893, atraviesa las tierras pashtun, último frente de la soberanía británica en tiempos del Gran Juego, que ya oponía a rusos y occidentales en los confines de Asia Central y el Océano Índico en el siglo XIX. Frontera abierta, que ha dejado pasar armas, drogas, mujaidines y luego refugiados a partir de 1980, y talibanes en 1995. Demarcación casi cerrada con la India, la línea de la Partición, trazada por Sir Cyril Radcliffe en 1947, deja en suspenso la cuestión de Cachemira. Y sobre la línea de control (LOC), se infiltran en Cachemira, desde Pakistán y bajo disparos de artillería, no sólo los militantes cachemiros en lucha contra el régimen indio, sino también los movimientos islamistas con pretensiones internacionalistas.

Algunos de estos grupos, con sede en Pakistán, están orgánica o ideológicamente vinculados a la esfera de Al Qaeda. Éste es el caso del Ejército de los Puros (Lashkar-e-Taiba), emanación del Centro de Invitación a la Escucha de la Palabra Divina (Markaz ad-dawat wal Irshad), movimiento que preconiza la guerra santa internacional; y de Jaish-e-Mohammad, nueva versión del Movimiento de los Partidarios del Profeta (Harkhat-ul-Ansar), él mismo emanación de la Agrupación de los ulemas de Pakistán (Jamiat-i-Ulema-i-Pakistan)2.

El fracaso de la experiencia democrática –Pakistán vive su cuarto régimen militar, aunque el actual no haya recurrido a la ley marcial– remite en gran parte a la sociología del país. Los mohajires llegados de India provenían en muchos casos de medios socio-económicos avanzados. Pero tuvieron que vérselas con el peso del feudalismo constitutivo de Pendjab y con el de las estructuras tribales que dominan las tierras pashtun de la provincia fronteriza del noroeste y las de Baluchistán. En suma, la vida parlamentaria se nutrió menos de la implicación de los grupos mayoritarios de la sociedad, incluso de la clase media, que de los juegos de la elite, el clientelismo y la acusación recíproca de corrupción, pese a la popularidad de los dos principales partidos, la Liga Musulmana de Nawaz Sharif y el Partido del Pueblo Pakistaní de Benazir Bhutto. Esto significaba entregar el papel decisivo a los militares, sea entre bambalinas, o bien a cielo abierto, cuando el ejército, insatisfecho con los gobiernos civiles, tomó el poder (como lo hizo el general Pervez Musharraf en octubre de 1999, sin encontrar resistencia)3.

Las consecuencias del 11 de setiembre y la “guerra contra el terrorismo” lanzada por Washington modifican profundamente el escenario político regional y tienen repercusiones esenciales en Pakistán, en cuatro terrenos críticos.

Fuentes de incertidumbre

Se plantea en primer lugar la cuestión de la instrumentalización del islamismo por el Estado. Esta política fue puesta en marcha a partir de los años ’80 por el general Zia-ul-Haq, los servicios secretos del ISI y la CIA estadounidense, para fortalecer a los mujaidines afganos contra el ocupante soviético. Bajo el gobierno de Bhutto, en 1995, el apoyo a los talibanes respondió a la misma lógica militar. Islamabad, decepcionada por la incapacidad para controlar el país del dirigente del Hezbi-i-Islami, Gulbuddin Hekmatyar, aceptó favorecer un régimen aliado a Kabul con el fin de asegurar su fuerza estratégica frente a India (menos necesaria de todos modos después de los ensayos nucleares de mayo de 1998) y de evitar quedar atrapado entre Afganistán e India4. Se trataba también de estar presente en el damero energético, donde bregaban por entonces las compañías petroleras estadounidenses, dispuestas a tratar con los talibanes, “fuerza estabilizadora”, para llevar el gas turcmeno a las costas pakistaníes.

Segunda cuestión: Cachemira. ¿Poner término al aventurerismo pakistaní en Afganistán obliga a hacer lo mismo en Cachemira? De mayoría musulmana pero con un soberano hindú, el principado se alió a la India en 1947, como reacción a la avanzada de francotiradores, vanguardia del ejército pakistaní. Esta primera guerra desembocó en 1965 en la fragmentación de facto del territorio, preservado después de la segunda guerra. La tercera, en 1971, no cambió en nada el trazado de la Línea de control que divide al Estado. La última intervención pakistaní, decidida por el general Musharraf, jefe de estado mayor en ese momento, culminó en la guerra enmascarada de Kargil, en 19995.

En la actualidad el general Musharraf distingue la cuestión afgana de la de Cachemira. Hace hincapié frente a sus conciudadanos en la redefinición de su política afgana en nombre de los cuatro principales intereses pakistaníes, entre ellos el de la “causa de Cachemira”6. Es que, en efecto, en la construcción de la nación pakistaní, como en la vulgata geoestratégica dominante, Cachemira cuenta más para Pakistán que Afganistán: está en el centro de su relación conflictiva con la India.

Tierra india para Nueva Delhi, que invoca el carácter multirreligioso de la nación, territorio musulmán cuestionado cuya suerte debe ser definida en referéndum para Islamabad, Cachemira cristaliza imágenes opuestas de la nación y alimenta rencores recíprocos. Permite también que Islamabad imponga al gran vecino una guerra de baja intensidad, apoyando en primer lugar a los cachemiros insurrectos desde 1989, introduciendo luego a unos “hermanos invitados”, los grupos yihadíes formados, financiados y establecidos en Pakistán.

De todos modos, esta política de intervención se volverá cada vez más difícil de sostener. India llama a Washington y a la comunidad internacional a proseguir la guerra contra el terrorismo más allá de Al Qaeda con el propósito de apuntar a los grupos islamistas armados establecidos en Pakistán y que operan en Cachemira. Estados Unidos hace lo posible para evitar que la India desestabilice a Pakistán atacando allí –como ellos mismos lo hacen en Afganistán– los campamentos de las organizaciones que la atacan. Oscilando entre los dos vecinos con armamento nuclear, la administración estadounidense envía señales a Nueva Delhi: Jaish-e-Mohammad y Lashkar-e-Taiba están en vías de ser declarados grupos terroristas. Por lo demás, Islamabad admitió por primera vez que el atentado suicida del 1-10-01 contra el Parlamento de Srinagar, que causó 35 muertos en la Cachemira india, había sido un acto terrorista.

En tercer lugar, se plantea la cuestión de la identidad de la nación misma, tironeada entre nacionalistas e islamistas radicales. El general Musharraf estima que los partidarios de los movimientos islamistas son muy minoritarios. Sin duda tiene razón. Los partidos religiosos nunca obtuvieron más del 6% de los votos en las elecciones y su capacidad de movilización contra la nueva línea política consiguió tan sólo un moderado éxito. Pero su influencia, nutrida por las lagunas del desarrollo económico y social, puede aumentar con el argumento de los bombardeos estadounidenses a Afganistán y de una guerra de Occidente contra el islam. La identidad musulmana de Pakistán, que Jinnah, padre de la nación, quería moderada, debe precisarse: ¿qué islam, para qué nación?

Tan crítico de Musharraf como los otros, el principal partido religioso, la Jamaat-e-islami, tiene como proyecto nacional transformar a Pakistán en un verdadero Estado islamista, que se convertiría en motor de la Umma, comunidad trasnacional de los creyentes. Pero en el fondo, se trata de un proyecto nacional. Para los más radicales, fundamentalistas internacionalistas del yihad, la Umma cuenta en cambio más que la nación, y el proyecto ideológico de los talibanes aparece como más esencial que los compromisos modernistas del Estado pakistaní, o el juego estéril de los partidos mayoritarios hoy alejados del poder7.

Por último, el cuarto elemento en juego: el ejército. Los islamistas no podrían derribar el régimen sin el apoyo de los militares. ¿Pero cuánto peso tiene el islamismo en el ejército? Algunos generales pudieron utilizar a los grupos islamistas para conducir la guerra en Afganistán y su estrategia anti india en Cachemira, sin adherir por ello a su ideología. También hay otros que lo hicieron por convicción. El 7 de octubre pasado, justo antes de los primeros ataques de Estados Unidos, Musharraf separó de sus puestos a algunos integrantes de su entorno, como el general Mahmoud Ahmed, jefe del ISI. Un mes después, ex responsables jerárquicos militares se convertían en tema de controversia8.

Los dirigentes indios no creen que el presidente Musharraf desee aprovechar las circunstancias para operar la gran transformación que Pakistán necesita. Aunque ése fuera su deseo, ¿podría realizarlo en un clima de tensión que se agrava, cuando están en discusión el tema emblemático de Cachemira, el poder del ejército, nutrido por cincuenta años de tensión con la India, y el desafío del islamismo radical? El retorno al poder de los civiles, que se sigue anunciando para octubre de 2002, no es en sí la garantía de una modificación de las prioridades nacionales9 y de la política regional, ni de estabilidad política. En un Pakistán que se busca a sí mismo, lo que prevalece es la incertidumbre.

  1. Fundada en 1909 en Dhaka, la Liga Musulmana se convirtió en los años ‘40, bajo la dirección de Mohammad Ali Jinnah, en una fuerza ineluctable favorable a la División del Imperio.
  2. Sheik Mir Hamza, secretario del Jamaat-i-Ulema-i-Pakistan, fue uno de los cinco signatarios de la fatwa lanzada por Osama Ben Laden contra Estados Unidos, el 23-2-1998.
  3. Pakistán había sido directamente dirigido por los militares entre 1958 y 1971 y de 1977 a 1988.
  4. De donde surge la oposición pakistaní a la Alianza del Norte, que goza del apoyo de Rusia e India. Después de la toma de Mazaar-i-Sharif por la Alianza, el 9-11-01, la reticencia estadounidense al verla marchar sobre Kabul, en el momento en que Musharraf se reunía con Bush en Washington, responde a la misma lógica.
  5. Philip S. Golub, “Inde-Pakistan, le bras de fer”, in “Atlas 2000 des conflits”, Manière de voir, Nº 49, París, enero-febrero 2000.
  6. Discurso del 20-9-01. Las otras tres prioridades son: 1) la seguridad del país y la amenaza exterior (la India, y tal vez a Estados Unidos, si Washington definiera a Pakistán como un país que alberga a grupos terroristas); 2) la indispensable reactivación de la economía, que se verá favorecida por el levantamiento de las sanciones impuestas por Washington, nuevos préstamos y refinanciación de la voluminosa deuda y; 3) las fuerzas nucleares, que se estiman amenazadas en caso de conflicto.
  7. Comentarista muy escuchado en Pakistán, Imtiaz Alam ve en la conexión de los pashtun pro talibanes y algunos islamistas de obediencia deobandí (escuela creada en India en el siglo XIX) y wahabita (corriente nacida en Arabia en el siglo XVIII) el germen de una posible guerra civil entre los partidarios del Estado-nación y los del panislamismo radical. The News, Islamabad, 20-10-01.
  8. El general Minuddin Haider, Ministro del Interior, criticó públicamente, el 8 de noviembre pasado, al general Hameed Gul, ex jefe del ISI, y al general Mirza Aslam Beg, ex jefe de estado mayor, por haber creado y financiado por iniciativa propia en 1998 un partido islamista, el Islami Jhamoori Ittehad, para desestabilizar a Benazir Bhutto. Todos comprenden las reglas en Pakistán: “Gul” y “Beg” jugaron un rol fundamental en la política afgana de Islamabad y se cuentan en las filas de los partidarios de la fuerza más críticos de Musharraf.
  9. Indispensable a nivel social y económico: el servicio de la deuda y el presupuesto del ejército cubren cerca de las tres cuartas partes del gasto público.
Autor/es Jean-Luc Racine
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:25,26
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Islamismo