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Recuadros:

Crímenes para evitar atrocidades

Existe una definición del terrorismo como "el arma de los débiles", pero se trata, al contrario, del recurso más frecuente de quienes tienen las mejores armas y el poder de inducir el olvido de sus crímenes, aun en las sociedades abiertas. La actual campaña militar de Estados Unidos reincide en la lógica de su tradicional política exterior predatoria, que incrementa los niveles de terror a escala mundial en lugar de reducirlos. La toma de conciencia por parte de la opinión pública estadounidense del verdadero rol de su país en el mundo sería vital para una reelaboración de la estrategia contra el terror. La sociedad reaccionó de ese modo durante la guerra de Vietnam.

Es preciso partir de dos postulados. Primero: los acontecimientos del 11 de septiembre pasado constituyen una atrocidad espantosa, tal vez la pérdida instantánea de vidas humanas más importante de la historia, si excluimos las guerras. Segundo, nuestro objetivo debiera ser reducir el riesgo de que atentados de esa naturaleza se repitan, seamos los estadounidenses las víctimas o cualquier otro. Si usted no acepta estos postulados lo que sigue no le concierne. Si los acepta, se plantean muchas otras cuestiones.

Empecemos por la situación en Afganistán. Allí habría varios millones de personas amenazadas por la hambruna. Ya era cierto antes de los atentados; sobrevivían gracias a la ayuda internacional. El 16 de septiembre, Estados Unidos exigió a Pakistán que detuviera los convoyes de camiones que hacían llegar alimentos y otros productos de primera necesidad a la población afgana. Esta decisión no despertó ninguna reacción en Occidente. La retirada de personal humanitario hizo todavía más problemática la asistencia. Una semana después del comienzo de los bombardeos las Naciones Unidas evaluaban que la llegada del invierno haría imposible el acceso a los alimentos, ya reducidos a lo estrictamente indispensable debido a las incursiones de la aviación estadounidense.

Cuando organizaciones humanitarias civiles y religiosas y el vocero de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para la Alimentación y la Agricultura (FAO) pidieron el cese de los bombardeos, esta información no fue registrada siquiera por The New York Times; el Boston Globe le dedicó una línea, dentro de un artículo que se refería a la situación de Cachemira. El pasado mes de octubre, la civilización occidental se había resignado al riesgo de ver morir a cientos de miles de afganos. Al mismo tiempo, el jefe de la susodicha civilización hacía saber que no se dignaría responder ni a las propuestas afganas de negociación sobre el tema de la entrega de Osama Ben Laden, ni a la exigencia de una prueba que permitiera fundar una eventual decisión de extradición. Sólo aceptaría una capitulación sin condiciones.

Pero volvamos al 11 de septiembre. En la historia del crimen, ninguno lo igualó en cantidad instantánea de víctimas. Los hubo más mortíferos, pero en un lapso más prolongado. Y esta vez las armas apuntaron a un blanco inusual: Estados Unidos. La analogía que se tiende a hacer con Pearl Harbor no es apropiada. En 1941 el ejército japonés bombardeó bases militares en dos colonias de las que Estados Unidos se había apoderado en condiciones poco recomendables; los japoneses no atacaron territorio estadounidense.

Desde hace aproximadamente doscientos años los estadounidenses expulsamos o exterminamos a las poblaciones nativas, millones de personas; conquistamos la mitad de México, saqueamos las regiones del Caribe y América Central, invadimos Haití y Filipinas, matando en esa oportunidad a 100.000 filipinos. Después de la Segunda Guerra Mundial, extendimos nuestro poderío en la tierra con los métodos por todos conocidos. Pero casi siempre los que matábamos éramos nosotros, y el combate se libraba fuera de nuestro territorio nacional.

En general, el planeta aparece bajo otra luz según se esgrima el látigo desde hace tiempo o se hayan padecido los golpes durante siglos. Tal vez sea por eso que el resto del mundo, aun manifestándose horrorizado por la suerte de las víctimas del 11 de septiembre, no reaccionó del mismo modo que nosotros a los atentados en Nueva York y Washington.

Para comprender los acontecimientos del 11 de septiembre hay que distinguir por una parte a los ejecutores del crimen, y por otra, la reserva de comprensión de que goza ese crimen, incluso entre quienes se oponen a él. ¿Los ejecutores? Suponiendo que se trate de la red de Ben Laden, nadie sabe más sobre la génesis de este grupo fundamentalista que la CIA y sus asociados: lo alentaron desde su nacimiento. Zbigniew Brzezinski, director de seguridad nacional de la administración Carter, se felicitó por la trampa tendida a los soviéticos desde 1978, que consistía en atraerlos al territorio afgano a fines del año siguiente1 mediante atentados de los mujaidines (organizados, armados y entrenados por la CIA) contra el régimen de Kabul. Sólo después de 1990, con la instalación de bases estadounidenses permanentes en Arabia Saudita, sobre una tierra sagrada para el islam, esos combatientes se volvieron contra Estados Unidos.

Si se pretende explicar la simpatía de que gozan las redes de Ben Laden, incluso entre las capas dirigentes de los países del Sur, es preciso partir de la furia que provoca el apoyo de Estados Unidos a toda clase de regímenes autoritarios o dictatoriales; es preciso recordar la política estadounidense que destruyó la sociedad iraquí al tiempo que consolidaba el régimen de Saddam Hussein; es preciso no olvidar el apoyo de Washington a la ocupación israelí de territorios palestinos desde 1967. En momentos en que los editoriales del New York Times sugieren que “ellos” nos odian porque defendemos el capitalismo, la democracia, los derechos individuales, la separación entre Iglesia y Estado, el Wall Street Journal, mejor informado, después de haber interrogado a banqueros y cuadros superiores no occidentales, explica que “nos” odian porque trabamos la democracia y el desarrollo económico, y apoyamos regímenes brutales, incluso terroristas.

En los círculos dirigentes occidentales, la guerra contra el terrorismo se presentó como “una lucha librada contra un cáncer difundido por bárbaros”. Pero esos términos y esa prioridad no datan de hoy. Ya los enunciaban hace 20 años el presidente Ronald Reagan y su secretario de Estado Alexander Haig. Y para librar este combate contra los adversarios depravados de la civilización, el gobierno estadounidense instauró entonces una red terrorista internacional de una amplitud sin precedentes. Si esta red cometió atrocidades incontables de un extremo a otro del planeta, reservó lo esencial de sus esfuerzos para América Latina.

El caso de Nicaragua es indiscutible. Lo zanjaron la Corte Internacional de La Haya y las Naciones Unidas. Preguntémonos cuántas veces los comentaristas dominantes evocaron este precedente indiscutible de una acción terrorista a la que un Estado de derecho quiso responder mediante recursos legales. Sin embargo se trataba de un precedente todavía más extremo que los atentados del 11 de septiembre: la guerra de la administración Reagan contra Nicaragua provocó 57.000 víctimas, entre ellas 29.000 muertos, y la ruina tal vez irreversible de un país (ver páginas 14 a 16).

En esa oportunidad Nicaragua reaccionó. No haciendo estallar bombas en Washington, sino recurriendo a la Corte de Justicia Internacional, que falló el 27 de junio de 1986 a favor de las autoridades de Managua, condenando “el empleo ilegal de la fuerza” por parte de Estados Unidos (que había minado los puertos de Nicaragua), y ordenando a Washington que pusiera fin a los crímenes, sin olvidar el pago de indemnizaciones e intereses considerables. Estados Unidos contestó que no se plegaría al juicio y que no reconocería más la jurisdicción de la Corte.

Nicaragua pidió entonces al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que adoptara una resolución exigiendo a todos los Estados el respeto del derecho internacional. No mencionó a ninguno en particular, pero todos comprendieron. Estados Unidos vetó la resolución. Hasta hoy, es el único Estado que al mismo tiempo haya sido condenado por la Corte de Justicia Internacional y se haya opuesto a una resolución que exige… el respeto del derecho internacional. Nicaragua se dirigió entonces a la Asamblea Nacional de Naciones Unidas. La resolución que propuso se topó con tres oposiciones: las de Estados Unidos, Israel y El Salvador. Al año siguiente, Nicaragua reclamó el voto de la misma resolución. Esta vez Israel fue el único en apoyar la causa de la administración Reagan. Para entonces Nicaragua ya no disponía de ningún recurso legal. Todos habían fracasado en un mundo regido por la fuerza. Este precedente no deja dudas. ¿Cuántas veces hemos hablado de esto en la universidad, en los medios?

Esta historia pone en evidencia unas cuantas cosas. Primero, que el terrorismo resulta eficaz. La violencia también. Segundo, que es un error creer que el terrorismo sea el instrumento de los débiles. Como la mayoría de las armas mortíferas, el terrorismo es sobre todo el arma de los poderosos. Si se pretende lo contrario, es exclusivamente porque los poderosos controlan también los aparatos ideológicos y culturales que permiten que su terror pase por ser otra cosa. Uno de los medios más corrientes de que disponen para conseguir ese resultado es hacer desaparecer la memoria de los acontecimientos perturbadores; así ya nadie los recuerda. Mientras tanto, el poder de la propaganda y de las doctrinas estadounidenses es tal que se impone incluso a sus víctimas. Vayan a Argentina y recordarán lo que acabo de evocar: “Ah sí, pero nos habíamos olvidado”.

Nicaragua, Haití y Guatemala son los tres países más pobres de América Latina. Se cuentan entre los países que sufrieron intervenciones militares de Estados Unidos. La coincidencia no es necesariamente azarosa. Todo esto tuvo lugar en un clima ideológico marcado por las proclamas entusiastas de los intelectuales occidentales. Hace unos años la autocongratulación hacía furor: fin de la historia, nuevo orden mundial, estado de derecho, ingerencia humanitaria. Eran moneda corriente al mismo tiempo que dejábamos que se cometieran innumerables atrocidades. Peor aun, contribuíamos activamente con ellas. ¿Pero quién hablaba de eso? Una de las hazañas de la civilización occidental tal vez sea la de hacer posible este tipo de inconsecuencias en una sociedad libre. Un Estado totalitario no dispone de ese don.

“Contra terror”

¿Qué es el terrorismo? En los manuales militares de Estados Unidos se define como terror la utilización calculada, con fines políticos o religiosos, de la violencia, la amenaza de violencia, la intimidación, la coerción o el miedo. El problema de esta definición es que se aplica con bastante exactitud a lo que Estados Unidos denominó guerra de baja intensidad, reivindicando este tipo de prácticas2. Por otra parte, en diciembre de 1987, cuando la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución contra el terrorismo, Honduras se abstuvo y Estados Unidos e Israel se opusieron. ¿Por qué? Debido a un parágrafo de la resolución que indicaba que no se trataba de impugnar el derecho de los pueblos a luchar contra un régimen colonialista o contra una ocupación militar.

Ahora bien, en ese momento Sudáfrica era un aliado de Estados Unidos. Además de los ataques contra sus vecinos Namibia y Angola, que provocaron la muerte de cientos de miles de personas y destrucciones evaluadas en 60.000 millones de dólares, el régimen de apartheid de Pretoria afrontaba en su interior a una fuerza calificada como “terrorista”, el African National Congress (ANC). En cuanto a Israel, ocupaba ilegalmente algunos territorios palestinos desde 1967, otros en el Líbano desde 1978, combatiendo en el sur de este país contra una fuerza que él y Estados Unidos calificaban de “terrorista”: Hezbollah. En los análisis habituales sobre terrorismo no es frecuente este tipo de información o evocación. En efecto, para que los análisis y artículos de prensa se consideren respetables, les conviene situarse del lado correcto, es decir, del lado de los que están mejor armados.

En los años ’90 los peores atentados contra los derechos humanos se registraron en Colombia. Este país fue el principal destinatario de la ayuda militar estadounidense, a excepción de Israel y Egipto, que son casos aparte. Hasta 1999 el primer lugar le correspondía a Turquía, a quien Estados Unidos entregó una cantidad creciente de armas desde 1984. ¿Por qué ese año? No era que ese país miembro de la OTAN tuviera que enfrentar a la Unión Soviética, ya en vías de desintegración, sino para que pudiera librar la guerra terrorista que acababa de iniciar contra los kurdos. En 1997 la ayuda militar estadounidense a Turquía superó la que ese país había conseguido durante todo el período de la guerra fría, 1950-1983. El resultado de las operaciones militares fueron entre 2 y 3 millones de refugiados, decenas de miles de víctimas, 350 ciudades y aldeas destruidas. Conforme se intensificaba la represión, Estados Unidos seguía proveyendo alrededor del 80% de las armas usadas por los militares turcos, acelerando también el ritmo de las entregas. La tendencia se revirtió en 1999. El terror militar, naturalmente calificado como “contra terror” por las autoridades de Ankara, ya había alcanzado sus objetivos. Es el resultado habitual cuando los que recurren al terror son sus principales aplicadores, los que tienen el poder.

Gratitud

Turquía no fue ingrata con Estados Unidos. Washington le había entregado F-16 para que bombardeara su propia población, y Turquía los utilizó en 1999 para bombardear Serbia. Unos días después del 11 de septiembre, el primer ministro turco Bulent Ecevit hacía saber que su país participaría con entusiasmo de la coalición estadounidense contra la red de Ben Laden. En esa oportunidad explicó que Turquía había contraído una deuda de gratitud para con Estados Unidos, que se remontaba a su propia “guerra antiterrorista” y al apoyo inigualado que Washington había aportado entonces.

Por supuesto que otros países habían apoyado la guerra de Ankara contra los kurdos, pero ninguno con tanto celo y eficacia como Estados Unidos. Este apoyo se benefició del silencio, o mejor dicho del servilismo, de las clases educadas estadounidenses. Porque no ignoraban lo que pasaba. Estados Unidos es después de todo un país libre; los informes de las organizaciones humanitarias sobre la situación en Kurdistán eran del dominio público. En ese momento optamos entonces por contribuir con las atrocidades.

Nuestra coalición contra el terrorismo entraña otras adhesiones calificadas. El Christian Science Monitor, sin duda una de las mejores publicaciones en lo que hace al tratamiento de la actualidad internacional, confió que algunos pueblos que no quieren a Estados Unidos empiezan a respetarlo más, felices de verlo librar una guerra contra el terrorismo. El periodista, un especialista en África, mencionaba como ejemplo principal de ese vuelco el caso de Argelia. Debía saber que Argelia libra una guerra terrorista contra su propio pueblo. Rusia, que libra una guerra terrorista contra Chechenia, y China, autora de atrocidades contra aquellos a quienes califica de secesionistas musulmanes, también se han incorporado a la causa estadounidense.

¿Pero qué hacer en la actual situación? Un radical tan extremista como el Papa sugiere que se busque a los culpables del crimen del 11 de septiembre y se los juzgue. Pero Estados Unidos no quiso recurrir a las formas judiciales normales, prefirió no presentar pruebas y se opone a la existencia de una jurisdicción internacional. Peor aun, cuando Haití reclamó la extradición de Emmanuel Constant, responsable de la muerte de miles de personas después del golpe de Estado que derribó al presidente Jean Bertrand Aristide el 30 de septiembre de 1991 (y presentó pruebas de su culpabilidad), la solicitud no tuvo ningún efecto en Washington. Ni siquiera fue objeto de un debate.

Luchar contra el terrorismo obliga a reducir el nivel de terror, no a incrementarlo. Cuando el Ejército Republicano Irlandés (IRA) comete un atentado en Londres, los británicos no destruyen Boston, ciudad donde el IRA cuenta con muchos apoyos, ni tampoco Belfast. Buscan a los culpables y los someten a juicio. Un modo de reducir el terror sería dejar de contribuir a él. Y después reflexionar sobre las orientaciones políticas que generaron el apoyo que beneficia a los responsables del atentado. En las últimas semanas la toma de conciencia por parte de la opinión pública estadounidense de toda suerte de realidades internacionales, cuya existencia sólo sospechaban hasta el momento las elites, tal vez signifique un paso en esa dirección.

Texto extraído de una conferencia pronunciada en el MIT el 18 de octubre pasado.

  1. “Lamentos” en Le Monde diplomatique edición Cono Sur, octubre de 2001.
  2. Stella Calloni, “Las guerras de baja intensidad”, Le Monde diplomatique edición Cono Sur, septiembre de 2001.

Tres nuevos libros de Chomsky

Ante la súbita desestabilización de la situación mundial, el interés por las opiniones del célebre lingüista estadounidense se ha redoblado. He aquí tres libros recientemente publicados.

El terror como política exterior de Estados Unidos Libros del Zorzal; Buenos Aires, noviembre de 2001. 124 páginas, 12 pesos.

Minucioso observador de la realidad internacional, Chomsky no vacila en calificar a su país como “campeón mundial del terrorismo” y abunda en ejemplos: Nicaragua, Indonesia, Turquía, Afganistán. El autor rechaza la idea de que el terrorismo sea el arma de los pobres. Al contrario, dice, “es en primer lugar y por lejos el arma de los ricos” que atesoran para sí el monopolio de la violencia. Chomsky vislumbra un statu quo planetario en el que se enfrentan los “Estados iluminados” comandados por Estados Unidos, y los “Estados ilegales”, opuestos a la exportación del modelo neoliberal.

Cómo mantener a raya a la plebe Siglo XXI; México, julio de 2001. 240 páginas, 21,50 pesos.

En conversaciones con David Barsamian, el autor se explaya en este libro respecto de cuestiones económicas y comerciales y traza su opinión acerca del orden económico mundial que está surgiendo al compás de las múltiples turbulencias que sacuden al planeta.

El bien común Siglo XXI; México, junio de 2001. 216 páginas, 13 pesos.

A lo largo de siete largas entrevistas con David Barsamian, en las que trata temas como la deuda externa latinoamericana, la izquierda estadounidense, la situación en México, Cuba o Guatemala, para terminar con “Qué podemos hacer”, el autor desgrana su versátil erudición al servicio de un mundo mejor.


Autor/es Noam Chomsky
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:30,31
Traducción Marta Vassallo
Temas Militares, Terrorismo