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En el pantano

"Buenos Ayres llegó a ser la ciudad más pestilente del globo y tuvo que llamar a ingenieros de Inglaterra para hacer algo que salvara a los habitantes de la extinción"
William Henry Hudson 1

Las inundaciones en la Pampa Húmeda, la suerte de Sergio, un chico de 11 años que falleció por falta de asistencia del PAMI, y el fallo de la Corte Suprema que liberó de responsabilidades al ex presidente Carlos Menem por su presunta implicancia en el tráfico de armas, constituyen metáforas de la Argentina de hoy. Un territorio abandonado a los vaivenes de la naturaleza, una población librada a su suerte y una dirigencia rapaz, estólida, corrupta y con mecanismos de casta, o de mafia.

La barbarie otra vez, como si desde el paisaje que aquel angloargentino del siglo XIX pintara con cariño y gratitud de colono integrado, lucidez de hombre civilizado y ojo de naturalista, no hubiese transcurrido un siglo y medio de luchas y conquistas políticas, económicas y sociales.

Argentina está de nuevo en el punto en que se encontraba al cabo de sus guerras civiles consecutivas a la independencia, con la diferencia de que todo el diseño de país moderno que entonces debía concretarse –y se logró, con sus más y sus menos– ahora ha sido demolido. Con la desventaja, además, de que las reservas morales e intelectuales que en la segunda mitad del XIX hacían de este país una caldera bullente de ideas y proyectos, ahora no aparecen por ninguna parte2. Con el distingo, por último, de que el planeta ya no ofrece amplias posibilidades de inserción, sino apenas delgadísimos resquicios por donde sólo pasarán los fuertes, decididos y capaces: la disgregación y el atraso será el destino, por mucho tiempo, de los demás.

La sintomatología de la situación actual es estremecedora. Que a esta altura del desarrollo tecnológico y al cabo de casi 30 años de cambios climáticos verificables el corazón del campo argentino se encuentre bajo el agua es suicida, pero más grave aun es la indiferencia de las autoridades: en cualquier país mínimamente consciente de sus intereses y prioridades esto hubiese motivado una movilización general de recursos humanos, técnicos y económicos, pero aquí nada de eso ocurre. Mientras productores, trabajadores, ganado y mieses se hunden, el Presidente, togado, choca las copas de su honoris causa en una universidad extranjera, ofende a la inteligencia y se burla de la humillante situación de millones de sus compatriotas al afirmar que la recesión se debe a que “ahorran demasiado” y su ministro de Economía trota de la Asociación de Bancos Argentinos a Wall Street, prometiendo garantías a usureros y buitres de las finanzas. Se pagará, cueste lo que cueste, la deuda ilegal (ver pág. 10). Entretanto, autoridades y población de las regiones afectadas se enfrentan como tribus enemigas: el problema no es de todos, la solución no es percibida como global, sino como descarga al vecino. En términos de civilización, retroceder, envilecerse, es eso.

Desde octubre pasado, “el PAMI recortó los subsidios a 42 chicos derivados desde el interior del país”3. ¡Recortados 6,50 pesos por día “para medicación y alimentos” a chicos desvalidos y enfermos! Pero el ministro de Salud, Héctor Lombardo, considera que no hay solución posible y que esa clase de problemas no son de su incumbencia: “Igual se van a morir chicos, aunque tengamos el mejor sistema”, declaró4. Da pudor hablar de metáforas ante una realidad tan brutal: si las instituciones funcionaran mínimamente, si la sociedad no estuviese a tal punto desmadejada, un ministro de Salud que hace esas afirmaciones debería ser despedido y procesado por dejación de deberes de funcionario público. ¿Pero es Lombardo una excepción? Luis Barrionuevo, un dirigente sindical y ex ministro que hace pocos años respondió a una pregunta sobre el origen de las fortunas de políticos y sindicalistas que “en este país nadie se hace rico trabajando”, acaba de ser electo senador. ¿Corresponden estas actitudes sólo a funcionarios o dirigentes de radicales o peronistas, los grandes partidos que se han repartido el gobierno o lo han compartido con las dictaduras militares a lo largo del siglo pasado? La estrella ascendente del progresismo nacional, el joven jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, despidió el mes pasado de modo fulminante a un funcionario que se atrevió a decir lo que cualquier ciudadano verifica día a día en la calle: que la Policía Federal se financia por medio de la prostitución5.

Es que en esta atmósfera de fin de época, políticos, gremialistas, empresarios, financistas, jueces y “fuerzas del orden” de un sistema mafioso conformado a lo largo de décadas y resquebrajado por la crisis, se enfrentan por los desarticulados espacios de poder y las migajas de unas arcas exhaustas, pero al cabo se apoyan y absuelven entre sí, porque se necesitan, porque les va en ello la supervivencia. El último y más notorio ejemplo de los mecanismos de esta casta que usurpa la democracia es el fallo de la Corte Suprema que liberó de responsabilidades al ex presidente Carlos Menem en el caso de contrabando de armas a Croacia y Ecuador. No importan para el caso las consideraciones leguleyas, esenciales en un contexto de mínimas garantías legales, justamente porque éstas no existen6. El 76% de los argentinos sospecha que el fallo de la Corte Suprema fue el resultado de un acuerdo político entre el gobierno y la oposición7, un juicio compartido por la mayoría de los analistas8.

En el agobio de la crisis, algunos sectores han instalado un debate sobre el costo de la política, sin advertir algunos que éste es irrelevante en un contexto de eficacia y honestidad. Un funcionario puede resultar barato a 10.000 dólares mensuales; carísimo a sólo 500. Otros advierten muy bien el problema, pero sus intenciones no apuntan al costo de la política sino a su vigencia. La sociedad, por suerte –aunque quizá no por mucho tiempo más– sigue confiando en la democracia. Lo que en realidad está generando la crisis es una recomposición política impulsada por el establishment económico y financiero, que ya ha desechado a los dos partidos tradicionales como aptos para enderezar el rumbo según sus intereses. La campaña electoral y el resultado de las elecciones legislativas de octubre pasado mostraron hasta qué punto los partidos de todos los tamaños y tendencias se encuentran atomizados y, al mismo tiempo, dan pistas de la caótica pero firme recomposición en curso.

La decidida aparición en la palestra de los sectores financieros y empresarios muestra una preocupación honesta y genuina por una parte; el desolador vacío de alternativas y fuerzas políticas en el campo de los intereses nacionales, democráticos y progresistas por la otra. En ausencia de una fuerza política que las respalde, las interesantes proposiciones del llamado Grupo Productivo de la Unión Industrial Argentina9 derivan inevitablemente hacia una componenda híbrida con los sectores causantes de todos sus males y los del país: el financiero nacional e internacional y los grandes grupos transnacionales privatizados. No hay problemas –qué remedio– con los tímidos planes sociales propuestos, pero la generalización del impuesto a las ganancias, a la rentas petrolera y financiera y a la compra y venta de paquetes accionarios serán rechazados o no se cumplirán, a falta de una reforma institucional profunda. De los dos principales problemas de la economía argentina, el pago de la deuda y la convertibilidad, no se habla, al menos seriamente. En esta publicación se ha demostrado hasta el hartazgo que la primera podría renegociarse en forma más prolija y favorable a los intereses del país que de la caótica manera actual. En cuanto a la segunda, ya nadie discute que es necesaria e inevitable; sólo se trata de quién asumirá los también inevitables costos10.

En suma, que la crisis continúa y se profundiza; que el país afronta la alternativa de una debacle súbita y generalizada –un caos de imprevisibles consecuencias– o de una progresiva recomposición económica y política del establishment, que continúa su maltrecha andadura a falta de otra opción. El llamado a la concertación del gobierno y otros sectores, de concretarse en estas condiciones, confirmaría la segunda. Su fracaso abriría tal vez las puertas a la primera. Es difícil elegir, con vistas a una salida favorable para la democracia, el progreso, la soberanía y el futuro de un país moderno e igualitario, por alguno de esos dos males. Pero la dialéctica de la historia es implacable y todo fenómeno genera su contrario más tarde o más temprano. Que lo vean y quizá hasta disfruten las generaciones actuales de argentinos depende exclusivamente de ellas.

  1. W.H. Hudson, Allá lejos y hace tiempo, Emecé editores, Buenos Aires, 1999.
  2. Oscar Terán, “Vida intelectual en el Buenos Aires fin de siglo”, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2000.
  3. "Protestas por el recorte de prestaciones en el PAMI", Clarín, Buenos Aires, 28-11-01.
  4. Ibid.
  5. “Contra la policía no se habla”, Página 12, Buenos Aires, 17-12-01.
  6. Gerardo Young, “La justicia no quiere o no puede…”, Clarín, Buenos Aires, 25-11-01.
  7. Clarín, Buenos Aires, 26-11-01.
  8. Por ejemplo, en el informe especial “El pacto de Don Torcuato” (por la lujosa residencia donde Menem pasó sus días de arresto domiciliario), en Página 12, Buenos Aires, 25-11-01.
  9. Maximiliano Montenegro, “Una mesa servida con un menú que no es el habitual”, Página 12, Buenos Aires, 27-11-01.
  10. Alfredo Eric y Eric Calcagno, “El precio de la convertibilidad”; “Alternativas al neoliberalismo”; “Modelo argentino, tercer acto” y “¿Por qué no una moratoria?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, febrero
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:3
Temas Agricultura, Corrupción, Desarrollo, Políticas Locales
Países Argentina