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Globalización a marchas forzadas

El ingreso de China en la Organización Mundial de Comercio, con la aprobación de los 142 países miembros de ese organismo internacional, culmina un esfuerzo de 15 años por parte de la economía más grande y de más rápido crecimiento de los países en desarrollo, la cual se compromete a acelerar sus reformas orientadas a ajustarse a las pautas de los mercados globales y, a cambio, no se verá amenazada por sanciones a sus transgresiones de los derechos humanos. Este ingreso tal vez constituya el hecho más significativo de la cuarta conferencia de la OMC, y un factor de profunda transformación del comercio mundial. Algunos acuerdos afectarán la prestación de servicios estatales.

Los comentarios de la prensa anglosajona, que ha hecho del librecambio su dogma principal, reflejan muy bien la naturaleza de los resultados de la Cuarta Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC), celebrada en Doha (Qatar) del 9 al 14 de noviembre pasados: primero, un suspiro de alivio, luego la certeza de que la liberalización de los cambios y de las inversiones va a acelerarse, a pesar de algunos frenazos ocasionales. Para el New York Times, lo importante es que la reunión haya podido terminar con un acuerdo, al que no es totalmente ajena la elección del país en que se celebró: “No hubo manifestaciones masivas de protesta, como en Seattle y en Génova, porque Qatar limitó estrictamente el número de visitantes”1. Y al final, las negociaciones “podrían culminar en una inapreciable cantidad de reformas que contribuirán a la apertura de los mercados”, lo que significa que “representan una victoria para Robert Zellick, patrón de la diplomacia comercial estadounidense”. Sin embargo, tanto para él como para Pascal Lamy, comisario europeo de Comercio, “ambos librecambistas convencidos” y entre los que existen “estrechas relaciones personales”, el trabajo no ha terminado: “les quedan tres años para espolear a sus colegas y transformar la agenda de Doha en reformas reales”2.

Estas luminosas perspectivas bien merecían algunas concesiones formales. En efecto, para el Washington Post, “los asuntos más sensibles han quedado menos resueltos por acuerdos de fondo que por sutilezas lingüísticas”3, sentimiento del que se hacía eco el Financial Times: “Llegar a un acuerdo requiere tal cantidad de compromisos y reservas que la agenda final casi carece de significado”; pero, por otra parte, “no hay nada que bloquee un nuevo ciclo que se centre en el acceso al mercado”4.

Muy distinta, sin duda, es la apreciación que los movimientos ciudadanos y las Organizaciones no Gubernamentales más comprometidas en este terreno hacen del balance de Doha, y que puede resumirse así: “Aunque algunos se alegran de un nuevo ciclo, incluso reducido, la OMC se ha descalificado al proponerse contribuir a la globalización liberal”5. Por supuesto, la OMC y sus portavoces afirman que encarna un sistema comercial multilateral basado en reglas. Pero lo que no dicen es que esas reglas se han elaborado, y funcionan, sólo al servicio de las grandes sociedades multinacionales. Y no se extienden más sobre el catecismo de ese sistema pretendidamente multilateral: privatizaciones, desregulación y absoluta libertad de movimiento de capitales; destrucción de los Estados de bienestar, de los servicios públicos y de lo que queda de los patrimonios nacionales, capaces de frenar la puesta en práctica de ese catecismo. En realidad, no es el multilateralismo lo que caracteriza a la OMC, sino un unilateralismo neoliberal desenfrenado.

Difícilmente la OMC hubiera sobrevivido a un fiasco del tipo del de Seattle en noviembre de 1999, porque habría sido cuestionada toda la lógica del sistema multilateral, que ya es objeto de múltiples críticas internas y externas (entre otras, las de Joseph Stiglitz, ex economista jefe del Banco Mundial y reciente Premio Nobel de Economía). Los librecambistas, que ven en el comercio una panacea capaz de responder a todos los problemas de la pobreza y el desarrollo, no tienen motivo para lamentarse: aunque sólo con plazo (en la mayor parte de los casos al término de la quinta conferencia ministerial, a celebrarse dentro de dos años) “nuevos temas” entran a formar parte del campo de referencia de la OMC: competencia, mercados públicos, “facilidad” de intercambios (entre otras cosas, aceleración de los procedimientos aduaneros), y sobre todo inversiones.

El Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI), expulsado por la puerta de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) en 1998, podría volver por la ventana de la OMC en los próximos años6. En lo que se refiere a las negociaciones en el marco de acuerdos ya adoptados (la “agenda incorporada”, en la jerga de la OMC), entre otros el Acuerdo General sobre el Comercio de los Servicios (AGCS), se les ha alentado vehementemente a seguir adelante. Sin embargo, este AGCS, que sólo es objeto de unas pocas líneas en la declaración ministerial, es una potencial máquina de guerra contra los servicios públicos (allí donde existen), y en particular contra los de salud y educación. Eso es lo que quisieron expresar los participantes en las decenas de manifestaciones que se convocaron en Europa, y muy particularmente en Francia, el pasado 10 de noviembre.

En Doha nadie se ha preguntado sobre la contradicción existente entre la expansión de los intercambios comerciales (a la que no se le ha puesto ningún límite) y cuya consecuencia es la proliferación del transporte, y el carácter no renovable de los recursos energéticos del planeta. En cuanto al impacto medioambiental del comercio (contaminación atmosférica, degradación de los medios naturales, efecto invernadero, etc.), la declaración ministerial se centra en promesas de futuras negociaciones, que sólo serán obligatorias para los Estados que forman parte de los acuerdos existentes en la materia. De manera que Estados Unidos, que se niega obstinadamente a firmar el protocolo de Kioto sobre el clima, o el convenio de Cartagena sobre bioseguridad, está de antemano dispensado de toda sanción7. Algo que, sin duda, va a hacer escuela y va a animar a otros Estados a no firmar más acuerdos multilaterales sobre medio ambiente.

Se ha dado a conocer el avance que representa el acuerdo sobre los aspectos del derecho de propiedad intelectual que afectan al comercio (ADPIC) y a la salud pública, en lo que se refiere al acceso a los medicamentos. En Doha se validó la interpretación de este acuerdo que permite a los países producir medicamentos genéricos. Pero ¿y los que no los producen y quieran importarlos? No se ha regulado nada, dado que la declaración se limita a dar instrucciones al Consejo de los ADPIC en el sentido de que “encuentre una solución rápida al problema”. Sobre esto, podemos confiar en que las compañías farmacéuticas estadounidenses y suizas no cederán. De todas maneras, esta declaración constituye un punto indiscutiblemente positivo de Doha para los países del Sur, tal vez el único.

Tampoco se trata de creer que en todos los terrenos haya un “buen” Sur y un “mal” Norte. La totalidad de los gobiernos del Sur, con India a la cabeza, hicieron causa común con Estados Unidos contra la Unión Europea (UE), para impedir cualquier avance en materia de normas sociales y medioambientales, presentadas como otras tantas coacciones suplementarias para sus exportaciones, en momentos en que su endeudamiento los obliga a conseguir divisas a cualquier precio.

Por otra parte, se trata del único objetivo de los planes de ajuste estructural que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) imponen a los países con problemas de crédito: es preciso que el país “beneficiario” exporte cada vez más para no dejar de pagar los intereses de su deuda. Y así se ve obligado a reorientar su producción agrícola o a explotar al máximo sus recursos naturales en dirección a los mercados exteriores, en detrimento del consumo local y del respeto al equilibrio ecológico. Algunas situaciones desafían el sentido común. Por ejemplo la de Brasil, cuyo gobierno lucha por la apertura de los mercados agrícolas europeos, mientras 60 millones de brasileños padecen de desnutrición, y en algunos casos mueren por esa causa.

Es comprensible entonces que las nociones de soberanía y seguridad alimentaria8, defendidas por las organizaciones campesinas de 70 países agrupados en “La Vía Campesina”, no encuentren ningún eco entre los medios dirigentes de sus países. Tampoco en la posición de la Unión Europea que, por presiones de Francia, sometida a su vez al poderoso lobby de la Federación Nacional de Sindicatos Agrícolas (FNSEA) y de los organismos que controla, mantuvo a sangre y fuego la defensa de sus subvenciones a las exportaciones (que Estados Unidos practica igualmente, bajo otras formas). Esas subvenciones son verdaderas primas al productivismo agrícola y a la destrucción de la agricultura campesina de todos los países, incluidos los del Norte. La lección que se extrae de todo esto es que no hay que confundir los intereses de las sociedades de los países del Sur con las posiciones de sus gobiernos, que atados de pies y manos por el FMI, suelen ser meros portavoces de las oligarquías, de los exportadores locales y de las multinacionales extranjeras instaladas en su territorio. La segunda lección es que la cancelación de la deuda pública de los países en desarrollo es el único medio para rebajar la presión sobre el “todo para la exportación”, al que se ven sometidos por las instituciones financieras internacionales. Sus economías podrían reorientarse entonces más fácilmente hacia la satisfacción de la demanda interna, en primer lugar la alimentaria, y la progresiva imposición de normas sociales y medioambientales, sin que se agite sistemáticamente el espantajo del “proteccionismo”.

Por otra parte, las nociones de “proteccionismo” o “librecambio” no se definieron con más claridad que la de “terrorismo”. Después de haber definido a los manifestantes de Génova de julio de 2001 como una “pandilla de granujas”, George Bush declaró que “todos los que están contra el librecambio están contra los pobres”. Esta prédica recuerda el fervor fanático del primer gobernador de Hong Kong, y gran industrial del textil británico, Sir John Bowring: “Jesucristo es el librecambio; el librecambio es Jesucristo”9. Esto ocurría en 1840 en el Reino Unido, en el apogeo del movimiento librecambista contra las leyes proteccionistas del trigo de 1815 (Corn Laws), finalmente abolidas en 1846 por el primer ministro Robert Peel. Pero a la India, colonia que competía con la producción textil de la metrópoli en su propio mercado, se le negó esta “libertad” de comercio, lo que supuso la destrucción de ese sector industrial en el subcontinente. A este respecto, cabe recordar lo que decía Gandhi, cuando lo encarcelaron en 1942: “No puede haber igualdad y libertad entre dos socios desiguales”.

Hay dos cifras que dicen mucho sobre el libre cambio. Los países capitalistas desarrollados dedican cada año 360.000 millones de dólares a la protección de su agricultura y 450.000 millones de dólares a la de su industria; es decir, 810.000 millones de dólares. No se trata de cantidades que se asignan de una vez, sino de una especie de Eldorado permanente. ¿Cómo pueden tener la hipocresía de exaltar los paradisíacos beneficios de un sistema multilateral de libertad de comercio frente a un intervencionismo estatal que se traduce en subvenciones tan astronómicas? Joseph Stiglitz va al fondo de la cuestión cuando declara, aludiendo directamente a Bush, tentado de cerrar el mercado estadounidense a las importaciones de productos siderúrgicos procedentes de Asia y Europa del Este para salvar a los productores de acero estadounidenses: “No podemos impedir plantearnos algunas preguntas cuando alguien nos dice que cree en el librecambio y en la economía de mercado y anuncia después su intención de crear un cártel del acero”.

Hay que tener en cuenta que la cifra de 810.000 millones de dólares constituye tan sólo uno de los elementos de la máquina de guerra, abiertamente proteccionista, de los países desarrollados. El Departamento de Comercio de Estados Unidos, y su dispositivo de espionaje industrial (que comprende el sistema Echelon y la National Security Agency)10, alientan acuerdos entre grupos oficialmente competidores, para conquistar los mercados extranjeros. Lo mismo ocurre en los demás países industrializados, donde se concentran las sedes de las 200 empresas mundiales más importantes. En vísperas de la reunión de la OMC en Doha, el Banco Mundial anunció alegremente que la supresión de todos los obstáculos para el comercio (el librecambio) aumentaría la riqueza mundial en unos 2.800 millones de dólares para el año 2015, y sacaría de la pobreza a 320 millones de personas. Sin demorarnos en la falta de rigor científico de estos cálculos, hay que señalar que no existe ninguna correlación histórica entre el crecimiento del comercio y el de la riqueza mundial, como lo han demostrado los trabajos del economista suizo Paul Bairoch.

Por lo demás, suponiendo que se desmantelaran todas las barreras proteccionistas ¿va a disminuir el poder de las 200 empresas transnacionales que rigen el mundo? La competencia mata a la competencia, lo mismo que un capitalista elimina a otro. La competencia y el monopolio no son polos antagónicos: la dominación monopólica se inscribe en la lógica misma de la competencia.

  1. International Herald tribune, París, 16-11-01.
  2. Ibidem.
  3. Ibidem.
  4. Financial Times, Londres, 16-11-01.
  5. José Bové, François Dufour, Yannick Jadot y Bruno Rebelle, “Oublier Doha”, Le Monde, 23-11- 01.
  6. Bernard Cassen, “Vers un nouvel AMI?”, Le Monde diplomatique, París, diciembre de 2000.
  7. Agnes Sinaí, “El clima, rehén de los lobbies industriales”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, 02-2001.
  8. Ambas nociones no son idénticas. La seguridad alimentaria se refiere a la conquista de la autosuficiencia y la independencia en materia de aprovisionamiento. La soberanía alimentaria implica el derecho a aceptar, o rechazar, las importaciones, cuando tengan efectos destructivos (Léase Campagnes solidaires, mensual de la Confederación campesina, Bagnolet, octubre de 2001).
  9. Citado en Karl Marx, Miseria de la filosofía, Siglo XXI, México, 1980.
  10. Nicky Hager, “Del anticomunismo al antiterrorismo”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2001.
Autor/es Bernard Cassen, Frédéric F. Clairmont
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:12,13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Mundialización (Economía), Nueva Economía, Derechos Humanos, Estado (Política)
Países China