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Causas y perspectivas de una derrota

El tercer fracaso electoral del ex presidente Daniel Ortega, pese al calamitoso impacto social de las políticas aplicadas por los partidos conservadores desde 1990, parece indicativo de la honda frustración provocada por la dirección sandinista en la sociedad nicaragüense.

“¡Sin Somoza, Nicaragua será libre!”. El 17 de julio de 1979, luego de más de diez años de lucha contra la dictadura de los Somoza (apoyada desde 1936 por Estados Unidos), el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) llega al poder. La flamante revolución pone en marcha una reforma agraria, una campaña para alfabetizar a 400.000 personas y un programa de salud que abarca todo el país. Nacionaliza las propiedades del clan Somoza. Se trata de una revolución original, despojada del dogmatismo de las precedentes, que atrae incontables simpatías y genera una dinámica regional. “¡Si Nicaragua ha vencido, El Salvador vencerá!”, cantan los insurrectos del país vecino. En América Central, ha nacido una gran esperanza.

Washington ve con malos ojos el apoyo de La Habana –y el de la Unión Soviética, aunque éste se ubique en un segundo plano– a un país que estuvo durante mucho tiempo bajo su control. Por esta razón, en su lucha contra el “imperio del mal” a partir de 1980, Ronald Reagan ordena un embargo, organiza, equipa y entrena, por intermedio de la CIA, a una oposición armada compuesta por ex guardias somozistas refugiados en Honduras, que conforman lo que sería denominado la contra. Pese a que en 1984 Daniel Ortega gana las elecciones presidenciales (63% de los votos; más de 500 observadores extranjeros garantizan la regularidad del escrutinio), la agresión prosigue. El 27 de julio es condenada por la Corte Internacional de Justicia de La Haya, cuya competencia Washington se apura a censurar. Esta agresión, revestida de escándalos –en particular, el Irán-contragate, venta ilegal de armas estadounidenses a Irán para financiar a la contra– causará 29.000 muertos y desestabilizará el país.

A fines de los años 80, el proyecto revolucionario se desmorona. El embargo norteamericano lo ahoga, el país se ve obligado a militarizarse, la presión de la economía mundial impone medidas de austeridad. Si bien la reforma agraria favoreció a los campesinos sin tierra, ésta olvidó a un sector del pequeño campesinado, que ofrecerá una base social a la contra (ver artículo de Raphaëlle Bail). Pese a la presencia de tres sacerdotes en el gobierno, la Iglesia, representada por Monseñor Obando y Bravo, arzobispo de Managua, y apoyada por el papa Juan Pablo II, demoniza el régimen y margina a los cristianos comprometidos con él.

Para sorpresa del Frente Sandinista, que no estaba preparado para ello, en febrero de 1990 los sandinistas son derrotados en las elecciones. A pesar de los considerables logros sociales (educación, propiedad de las tierras, alimentación, salud, seguridad social, vivienda), los ciudadanos ya no soportan la guerra, el reclutamiento forzado de una parte de los jóvenes, las medidas de austeridad y el aumento del costo de vida. La oposición prometió la paz, el fin del embargo norteamericano y prosperidad. Los votantes eligen a Violeta Chamorro (54,2% de los votos). Vencidos, el FSLN y su candidato, Daniel Ortega, aceptan entregar el poder democráticamente1.

Elecciones y piñata

A pesar de las dificultades de la posguerra, un acuerdo implícito entre Chamorro y los dirigentes sandinistas permite una transición relativamente pacífica. Pero además de la puesta en marcha por parte del nuevo gobierno de una política socialmente devastadora, este período se ve marcado por la piñata –juego popular donde se rompen vasijas y se recoge su contenido. Para evitar que caigan en manos de la clase dominante de regreso en el poder, en compensación de los sacrificios aceptados en el transcurso de la lucha revolucionaria, pero también, en ciertos casos, por la atracción del lucro, algunos dirigentes del Frente se apropian de los bienes del Estado2. A estas faltas éticas se agrega una crisis interna entre “renovadores” y “ortodoxos”, acusados de métodos autoritarios. El ex presidente Sergio Ramírez, gran número de dirigentes e intelectuales, entre ellos los hermanos Fernando y Ernesto Cardenal, sacerdotes, ex miembros del gobierno, abandonarán el partido, conducido con mano de hierro por Ortega. Aunque las bases del sandinismo sigan siendo fieles al FSLN, los descarríos de este período permiten que el ultraconservador Arnoldo Alemán consiga el triunfo para el Partido Liberal Constitucional (PLC) en la elección presidencial del 20 de octubre de 1996.

Diez años de política neoliberal, programas de ajustes, apertura del mercado, dejaron a las clases populares al borde del agotamiento. Como explica el sociólogo Oscar René Vargas: “La privatización de las empresas, la liberalización del comercio y la destrucción de las pymes locales, la de la producción rural de alimentos para el mercado interno, la tendencia a la anulación de la reforma agraria mediante la suspensión del crédito a las cooperativas agrícolas y la progresiva pérdida o el debilitamiento del pensamiento progresista en los principales dirigentes del sandinismo, engendraron una Nicaragua totalmente distinta a la que había nacido con la revolución sandinista y permitieron que los gobiernos consolidaran una restauración conservadora en la década del ’903.

A nivel político, en el transcurso de esos diez últimos años, el FSLN actuó como un partido de oposición. Después de las elecciones de 1996, se dedicó a manejar las difíciles relaciones entre el apoyo a las reivindicaciones populares, el respeto de las normas de una democracia parlamentaria, pero también la preservación de los intereses de aquellos de entre sus miembros que pasaron a constituir la “nueva clase” burguesa.

Durante la última legislatura, se cerró un “pacto” político entre los liberales en el poder y los dirigentes sandinistas. Este acuerdo se refiere a las alianzas electorales, las cuotas de votos necesarias para los partidos chicos (23 en las elecciones de 1996), la supresión de la presentación de candidaturas fuera de los partidos y el restablecimiento de una “mejor representación sandinista” en los organismos del Estado. También se decidió bajar de 45% a 40% el mínimo requerido para ganar una elección en la primera vuelta e incluso al 35%, si la diferencia con el siguiente es superior al 5%. Los ex presidentes –y por ende Arnoldo Alemán y Daniel Ortega– al transformarse automáticamente en miembros del Parlamento Nacional, gozarán de impunidad4.

Muchos estiman que el pacto debilita a la democracia por concentrar demasiado poder entre los dos principales partidos y porque les garantiza una impunidad recíproca. Muchos sandinistas ven en él una deslealtad a los ideales revolucionarios y un compromiso con un partido que representa la corrupción. En las elecciones del pasado 4 de noviembre, en la campaña compitieron el oficialista PLC, el Partido Conservador (PC) y el Frente Sandinista (FSLN). El candidato del PLC, Enrique Bolaños, que representa al capitalismo agrario, en una posición difícil por los niveles de corrupción sin precedentes alcanzados por el gobierno de Alemán5 –de quien fue vicepresidente durante cuatro años–, se alió al principal partido cristiano protestante y a una sección de los contras. El Frente Sandinista, nuevamente conducido por Ortega –su designación como candidato suscitó una fuerte oposición en el partido– se alió con la Democracia Cristiana, eligiendo como vicepresidente a Agustín Jarquín, ex presidente de la Corte de Cuentas encarcelado por el presidente Alemán a quien había acusado de corrupción (también había pasado seis meses en prisión bajo gobierno sandinista a causa de la organización de una manifestación prohibida).

Extraña alianza

La coalición, que abarcaba mucho, comprendía también a varios partidos chicos, un grupo minoritario de ex combatientes de la contra e incluso a Steadman Fagoth, siniestro personaje que en los años 80 llevó a los indios Miskitos de la costa atlántica a una guerra contra los sandinistas6. A último momento, los sandinistas disidentes del Movimiento de Renovación Sandinista (MRS) se unieron a esta coalición (Convergencia Nacional), al igual que la alianza conservadora popular de Myriam Argüello. ¡Llegaron incluso a establecer contactos con miembros de la familia Somoza!

Pidiendo perdón, a través de los discursos de Ortega, “por los errores del pasado”, el Frente apareció para algunos como reformista y sin referencia al proyecto inicial de transformación social. A ésto, sus dirigentes respondieron que las medidas proyectadas eran las únicas posibles para mejorar la situación de los medios populares, sin abandonar los objetivos a más largo plazo. A nivel económico, el FSLN afirmó que respetaría la economía de mercado, estimularía las inversiones nacionales y extranjeras, que defendería la propiedad privada, crearía un “Banco de la tierra” para los campesinos, restablecería el crédito para los pequeños agricultores y empresarios, y lucharía contra la corrupción.

Los sondeos preelectorales, favorables a los sandinistas, dan la alarma. En una carta a la Santa Sede, el Cardenal Obando y Bravo deplora las actuaciones de ciertos sacerdotes que “arrojan confusión en el pensamiento de los fieles, cuando el peligro de un regreso al poder de la izquierda se perfila en el horizonte” y solicita una intervención del Vaticano. En contrapartida, Enrique Bolaños es objeto de elogios hasta en las homilías televisadas.

Washington en la campaña

En cuanto a Estados Unidos, el regreso al poder de los ex revolucionarios y la eventual aparición de un triángulo Fidel Castro (Cuba), Hugo Chávez (Venezuela), Daniel Ortega (Nicaragua) hacen que se vuelva a ver en ello los reflejos de antaño. Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington proveen las armas soñadas. “Estamos seriamente preocupados por una historia sandinista hecha de violación de los principios democráticos y de los derechos humanos, de expropiación de propiedades sin indemnización, y de vínculos con los padrinos del terrorismo”, declara el subsecretario de Estado Marc Grossman, en un discurso sobre el impacto del 11 de setiembre. Oliver Garza, embajador de Estados Unidos en Nicaragua, multiplica las declaraciones en el mismo sentido, y algunos días antes del escrutinio, Jeb Bush, gobernador de Florida y hermano del presidente estadounidense, envía a Bolaños una carta de apoyo que fue ampliamente difundida: “Daniel Ortega es un enemigo de todo lo que Estados Unidos representa. Es también un amigo de nuestros enemigos”7.

Los responsables de la campaña del PLC se apresuraron a recuperar y exhibir viejas fotos de Ortega con Mohammar Khaddafi y Saddam Hussein. En un tiempo en que “quien no está con nosotros está en contra de nosotros”, el mensaje fue claro. El 4 de noviembre, en un acto reflejo de supervivencia, los indecisos viraron, e hicieron posible la elección de Enrique Bolaños. Sin duda, serán cinco años más de dificultades para la gente modesta…

  1. En desmedro de la verdad histórica, este período es curiosamente resumido en algunos casos, a imagen y semejanza de ese título difamatorio recogido por la prensa francesa, en la víspera de las recientes elecciones: “El ex dictador sandinista Daniel Ortega intenta retornar al poder”, Le Monde, 4-11-2001.
  2. Véase Maurice Lemoine, “Le Nicaragua tenté par un retour au passé” , Le Monde diplomatique, 10-1996.
  3. Oscar René Vargas, Once años después del ajuste, Edición del autor, Managua, 2001.
  4. La impunidad acordada al presidente Alemán no fue en realidad otra cosa que un agregado a la que de todos modos disponía como miembro de derecho del Parlamento Centroamericano.
  5. Según Sergio García, diputado disidente del PLC y durante mucho tiempo vinculado a Alemán, éste habría acumulado una fortuna de 250 millones de dólares (su capital declarado era de 1 millón de dólares en 1996).
  6. Véase Maurice Lemoine, “L’autonomie perdue des Miskitos du Nicaragua”, Le Monde diplomatique, 9-1997.
  7. El nuevo Herald, Miami, 2-11-01.
Autor/es François Houtart
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:14,15
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Corrupción, Desarrollo, Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Nicaragua