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Dilemas frente al pasado soviético

Ante la irrupción de las consecuencias sociales del derrumbe de la Unión Soviética, historiadores, sociólogos y políticos de las más diversas latitudes afrontan la necesidad -y la dificultad- de interpretar la verdadera significación histórica de la Revolución de Octubre. Los cambios que transfiguraron el sistema surgido en 1917 y la tendencia a extrapolar determinados rasgos -positivos o negativos, según el autor- para denigrarlo o ensalzarlo, plantean exigencias de rigor científico y ubicación histórica negadas a priori por las posturas propagandistas.

Dos errores oscurecieron permanentemente la reflexión sobre la Unión Soviética, y es necesario disiparlos de entrada. El primero consiste en tomar al anticomunismo como un análisis de la URSS; y el segundo en “stalinizar” todo el fenómeno, que de esa forma pasaría a ser un “gulag” del principio al fin.

El anticomunismo no es un método de investigación: es una ideología que trata de hacer creer en su carácter científico. No sólo no ve ciertas realidades, sino que, al agitar permanentemente el estandarte de la democracia, lo que hace en realidad es utilizar el régimen dictatorial del enemigo para favorecer las causas conservadoras. Así, en Estados Unidos el macartismo se apoyó en el espantapájaros del comunismo. Las maniobras de ciertos intelectuales alemanes que ponían de relieve las atrocidades de Stalin para blanquear a Hitler, se valían del mismo procedimiento. Y el hecho de que, en la defensa de los derechos humanos, Occidente haya sido tan indulgente respecto de unos y tan severo respecto de otros, no contribuyó a una comprensión justa del mundo soviético.

¿Pero, en qué parte del gran álbum de la historia habría que ubicar al sistema soviético? El problema es aun más complicado teniendo en cuenta que ese sistema existió –fuera del período de la guerra civil, durante el cual fue sólo un campamento militar– en dos o tres versiones.

La historia de Rusia es un formidable laboratorio que permite estudiar toda una variedad de sistemas autoritarios y sus crisis, hasta nuestros días. ¿En qué consistía el sistema soviético luego de la muerte de Stalin en 1953? ¿Era socialismo? ¡De ninguna manera! Para que exista socialismo es necesario que los bienes económicos sean propiedad del socium y no de una burocracia. Además, el socialismo siempre fue concebido como una profundización de la democracia política y no como su negación. El socialismo supone la socialización de la economía y la democratización del régimen político, mientras que la URSS solo conoció una estatización de la economía y una burocratización de lo político.

El hecho de que el debate sobre el problema soviético se haya desarrollado durante tanto tiempo (y a veces, aún hoy en día) en esos términos, sugiere la siguiente pregunta: ¿se le puede confiar la cátedra de zoología a alguien que al ver un hipopótamo afirma que se trata de una jirafa? ¿Acaso las ciencias sociales deberían ser menos exigentes que la zoología?

Toda esa confusión viene del hecho de que la URSS no era capitalista, dado que la propiedad de los bienes económicos de la nación había sido atribuida al Estado y a su alta burocracia. Eso lleva a clasificar al sistema soviético en la misma categoría que esos regímenes tradicionales donde la posesión de un vasto patrimonio territorial daba poder sobre el Estado. Así se formó la Moscovia autocrática. Esta también disponía de una burocracia influyente, pero era el soberano quien tenía el poder absoluto. En el caso soviético, la burocracia había alcanzado un poder indiscutible, que no compartía con nadie. Ese “absolutismo burocrático”, pariente de los antiguos “despotismos agrarios”, era mucho más moderno que el del zar o el de Stalin, pero aún pertenecía a la misma especie.

A pesar de reclutar su personal en las clases inferiores, el Estado burocrático soviético era el heredero directo de muchas instituciones del zarismo: por lo tanto se situaba en la continuidad de la tradición zarista de construcción del Estado. El propio Lenin había lamentado que sectores enteros de la administración zarista siguieran funcionando bajo el nuevo régimen. De hecho, ese nuevo régimen debía aprender a funcionar en todos los terrenos, y se veía obligado a utilizar la experiencia de los servicios gubernamentales que seguían manejando las cosas con los viejos métodos. Se había creado un nuevo Estado, pero sus funcionarios seguían siendo los del régimen anterior, y Lenin se preguntaba cómo hacerlos más efectivos.

Más aun, cada vez que había que crear un nuevo servicio se designaba una comisión especial para supervisar su organización. Por entonces era costumbre solicitar a un historiador de la administración o a un funcionario experimentado que estudiaran cómo funcionaba un servicio análogo bajo el régimen zarista. Y cuando no existía ningún precedente zarista, se buscaba entre los modelos occidentales.

Regresión stalinista

Stalin iría aun más lejos, retomando casi oficialmente el modelo del Estado monárquico. Ese mantenimiento de la tradición definía la esencia misma del sistema: el absolutismo de una jerarquía burocrática. Aun la función aparentemente “nueva” de secretario general conservaba varias características de la función de zar. De la misma manera, las imponentes ceremonias de los regímenes zarista y soviético obedecían a la misma cultura, la que daba prioridad a los íconos y a la ostentación de una imagen de fuerza e invencibilidad (a fin de exorcizar lo más posible su fragilidad interna).

En las últimas décadas del sistema, el término preferido para designar al Estado fuerte, edificado a partir del fin de los años 1920, sería el de “gran potencia” (dzerjava) tomado del vocabulario zarista y particularmente afecto a los medios conservadores. Mientras que en la época de Lenin dzerjavnik era un término peyorativo que designaba a los partidarios del nacionalismo más brutal, la palabra seducía ahora por su correlación con la esencia misma del poder del zar: samodzerjets, el autócrata. Por supuesto que la hoz y el martillo habían reemplazado al globo de oro coronado por una cruz, pero era apenas una reliquia del pasado revolucionario.

La propiedad estatal de todas las tierras, confiada a un soberano absoluto, había sido la característica de varios antiguos regímenes de Europa central y oriental. En la URSS, en nombre del socialismo, esa propiedad se había extendido a toda la economía y a muchos otros sectores. En realidad, bajo una apariencia más moderna, era el antiguo modelo de monopolio sobre la tierra (antaño principal recurso económico) el que se trataba de preservar y aun de reforzar.

Pero aunque el sistema se alineaba en la vieja categoría de las autocracias propietarias de la tierra, no por ello dejaba de cumplir una tarea histórica propia al siglo XX: la del “Estado como factor de desarrollo”, que existió –y que existe todavía en varios países– en particular en Oriente y en Cercano Oriente, en las antiguas monarquías rurales (China, India, Irán). En la construcción del Estado stalinista, esa racionalidad histórica es particularmente activa, aun si su transformación en “stalinismo” representaba una peligrosa distorsión. Pero esa transformación en un modelo despótico no constituye una patología incurable, como lo prueba la eliminación del stalinismo en Rusia y del maoísmo en China. Y, a pesar de las dificultades, la presencia de un Estado capaz de dirigir el desarrollo económico sigue siendo una necesidad histórica.

En la década de 1980 la URSS había alcanzado un alto nivel de desarrollo económico y social, pero su sistema se había hundido en un pantano. El tipo de reformas que consideraba un Yuri Andropov le habrían podido dar lo que tanto necesitaba: un Estado reformado y activo, que conservara la capacidad de dirigir el desarrollo, pero apto para liberarse de su autoritarismo obsoleto a medida que avanzaba la transformación del paisaje social.

Sin embargo, la utilización del viejo simbolismo de la dzerjava, expresión de un sector importante de las capas dirigentes, mostraba el debilitamiento del aparato, que ponía su poder político al servicio exclusivo de sus intereses personales, y restaba sustancia al “Estado factor de desarrollo”. En lugar de agregar la computadora a la hoz y el martillo, los dirigentes se refugiaron en un conservadurismo contrario a las aspiraciones de los ciudadanos, los cuales no vivían en el siglo XVIII sino en el siglo XX: respecto de ellos, el Estado había acumulado un retraso fatal.

La fórmula “absolutismo burocrático”, que caracteriza bien al sistema soviético, fue tomada de los análisis de la monarquía prusiana del siglo XVIII, en la cual el soberano, a pesar de ser el jefe de la burocracia, era dependiente de ella. De la misma forma, los altos dirigentes del Partido en la URSS, supuestos soberanos del Estado, habían perdido de hecho todo poder sobre sus burócratas. Los ex ministros soviéticos, cuyas Memorias reflejan la nostalgia de ese super Estado, no comprendieron que su pasión por el término dzerjava coincidía precisamente con el periodo en que el Estado había dejado de cumplir sus tareas anteriores. Un Estado que ya no era más que la sombra de sí mismo, un último suspiro antes de caer en la fosa común de una vieja familia de regímenes con la cual conservaba demasiados lazos.

Lo que, paradójicamente, hace del fenómeno soviético un típico capítulo de la historia rusa, es el papel que jugó en el mismo el entorno internacional. Esa Rusia, con su historia tan accidentada, constantemente comprometida en relaciones de amistad o de hostilidad con sus vecinos, se vio obligada a desarrollar sus relaciones por todos los medios posibles, incluidos los ideológicos. Y ya sea tomando prestadas sus ideas del exterior, ya sea oponiendo a las mismas sus propias concepciones, los soberanos rusos debían orientar permanentemente sus antenas tanto sobre el mundo exterior como sobre su país. El exterior también tuvo un gran peso en la historia de la URSS: el fenómeno leninista y la Rusia soviética de los años ’20 tuvieron mucho que ver con la Primera Guerra Mundial, mientras que la Segunda Guerra Mundial y la crisis de los ’30 ejercieron un impacto directo sobre la URSS de Stalin.

La imagen que la población y sus dirigentes se hacían del otro campo era el producto de “espejos deformantes”. Si el stalinismo de los años ’30, en el momento de su mayor pujanza, gozaba de un gran prestigio en el Oeste a pesar de las persecuciones sufridas por los ciudadanos soviéticos, se debía en gran medida a la imagen negativa de la crisis en Occidente. Rusia daba la impresión de generar un poderoso impulso industrial, y resultaba tentador minimizar la miseria del país pensando que esa impresionante dinámica la liquidaría rápidamente. Stalin y el stalinismo se beneficiarían del mismo efecto de contraste al vencer a Alemania en 1945, cuando el país estaba nuevamente sumido en una gran miseria que los estragos de la guerra no alcanzaban a explicar.

Carrera armamentista

Viene luego la guerra fría. Según las memorias de Berejkov, intérprete personal de Stalin, la misma comenzó con la irritación de Stalin por el retraso de los estadounidenses en desembarcar en Normandía y abrir así un segundo frente: el dictador soviético veía allí un cálculo político de Franklin D. Roosevelt para posponer lo más posible su entrada efectiva en la guerra, esperando que los dos grandes beligerantes estuvieran agotados. Posteriormente, en Moscú se interpretó el lanzamiento de las dos bombas atómicas contra Japón como la confirmación de que Estados Unidos pretendía anunciar a la URSS y al resto del mundo el comienzo de una nueva era en las relaciones internacionales; y no hay que descartar que tal haya sido el razonamiento estadounidense de entonces. En todo caso, esos acontecimientos instalaron a la Unión Soviética en una situación de superpotencia y en una carrera armamentística que perpetuaría los aspectos más abominablemente conservadores de su sistema estatal y disminuiría su capacidad para reformarlo.

Paralelamente, en la mente de los dirigentes soviéticos Estados Unidos pasa a reemplazar al “Occidente de antaño” (Inglaterra, Francia, Alemania) que hasta entonces servía de modelo. Estados Unidos se convirtió, en secreto, en el instrumento de medida de los logros soviéticos en todos los terrenos. Así, ciertos dirigentes tomaron conciencia del creciente retraso de su país, mientras que otros se negaban a ver esa realidad. Luego de la derrota soviética en la carrera (inútil) hacia la Luna, la incapacidad del país para concretar su revolución informática generó probablemente un sentimiento de desesperanza en algunos círculos dirigentes, a la vez que los conservadores se aferraban a su inmovilismo. Por otra parte, esa misma obsesión respecto de Estados Unidos llevó a muchos miembros de la antigua nomenklatura a implorar los favores de Washington desde el instante en que tomaron –a la sombra de Boris Yeltsin– el control del Kremlin.

Resulta natural que investigadores que estudian el estado de Rusia en los años ’90 partan de datos que remontan al último periodo del sistema soviético. Pero ello se torna irónico cuando ciertos sociólogos –que conocen muy bien dicho pasado por haber escrito en esa época textos muy críticos del sistema– describen actualmente a la difunta URSS como una especie de Eldorado, ya que el nivel de vida de la población rusa y su cobertura social no cesaron de empeorar desde comienzos de los años 1990.

Transformación de lo cotidiano

Se informa también de una fuerte baja en la asistencia a teatros, salas de concierto, circos y bibliotecas, al igual que en la lectura de obras literarias y en la suscripción a diarios. La mayor exigencia laboral contribuyó a fomentar un esparcimiento más pasivo, mientras que en los últimos años de la era soviética el tiempo libre era cada vez mayor, y estaba consagrado mucho más a la cultura. Además, para aumentar sus ingresos, o simplemente para sobrevivir, muchos rusos emprendieron en sus parcelas de tierra nuevas actividades agrícolas o de cría de animales, a expensas de una reducción de sus horas de sueño o de ocio.

El aumento de las libertades y derechos, al igual que la aparición de servicios costosos, sólo beneficiaron a los rusos más adinerados, a los que gozaban de una mayor preparación, y a los más dotados de espíritu de emprendimiento. Fuera de Moscú, la mayoría de la gente vio considerablemente reducidas sus posibilidades de acceso a la cultura. Nuestros sociólogos lamentan aun más la pobre calidad de los programas televisivos, teniendo en cuenta que la televisión se convirtió en el principal objeto de esparcimiento. Y eso sin hablar de la decadencia de la investigación científica, de la baja en la asistencia a establecimientos escolares, a servicios médicos y sociales, y sin mencionar tampoco la caída de los indicadores de vitalidad demográfica, signos todos ellos de que ahora está en juego la propia supervivencia de la nación.

Para distraer la atención de ese lamentable estado del país, los nuevos dueños del poder lanzaron una amplia campaña de propaganda contra el difunto sistema soviético, recurriendo a todos los trucos antaño utilizados en Occidente: así, aquél habría sido un sistema monstruoso, desde el pecado original de 1917 hasta el fallido golpe de Estado de agosto de 1991. Del fracaso de este último habría nacido una nueva era de libertad. Es decir, que la Rusia contemporánea, ya lamentablemente disminuida, padece además una “autodenigración” de su identidad histórica. No contentos con saquear los bienes económicos del país, sus “reformadores” la emprendieron también contra su pasado, bajo el signo de la ignorancia y no del análisis crítico.

A la vez, se pusieron a buscar frenéticamente otros pasados susceptibles de responder al deseo de la nación de forjarse una nueva identidad. Y ello en un doble movimiento: primero, volvieron a apropiarse de todo lo que fuera zarista y pre revolucionario; luego, sobre un fondo de rechazo a todo lo soviético y post revolucionario, rehabilitaron a los Blancos de la guerra civil. Ese amor por todo lo que los bolcheviques habían odiado es una muestra de debilidad intelectual. Tanto es así que más de un ruso percibió a las “elites” que se adueñaron del poder en 1991 como nuevos “invasores tártaros”, hostiles a los intereses de la nación. Y para algunas de sus mentes más lúcidas, Rusia no tendría ahora otra perspectiva que la pesadilla de una caída a nivel del Tercer Mundo.

A pesar de las desastrosas consecuencias del oscurantismo, se pueden ver algunos signos positivos. En una conferencia ofrecida en Moscú el filósofo Mejuev señalaba que “un país no puede existir sin su historia (…) Nuestros reformadores, sean ellos comunistas, demócratas, eslavófilos o fascinados por Occidente, cometen todos el error crucial de no hallar una continuidad racionalmente y moralmente justificada entre el pasado y el futuro de Rusia (…) Unos niegan el pasado, otros ven allí el único modelo; de manera tal, que para algunos el futuro solo podrá ser una mezcla de temas antiguos, y para otros, la aceptación pasiva de una fórmula opuesta y sin precedentes en la historia rusa. Ahora bien, el futuro debe ser concebido ante todo en su relación con el pasado, y en particular con el que acabamos de superar recientemente”.

Mejuev critica luego al economista liberal Andrei Ilarionov, quien considera que Rusia desperdició el siglo XX: en su opinión, la revolución socialista habría desviado al país de su itinerario liberal, transformando al gigante de antaño en un ratón. Por lo tanto, la única salida consistiría en volver al liberalismo. Pero evidentemente resulta más fácil dárselas de sabio a posteriori que analizar lo ocurrido. Reprocharle a Rusia no haberse vuelto liberal a principios de siglo, es dar muestras de una profunda ignorancia de la historia rusa como del liberalismo. El advenimiento del liberalismo resulta de un largo proceso histórico, que pasa por la Edad Media, la Reforma, el Renacimiento y –a menudo– por revoluciones contra monarquías absolutas.

Para Mejuev, la clave de la historia rusa del siglo XX no se halla únicamente en la revolución bolchevique, dado que en doce años se produjeron tres revoluciones: la primera, la de 1905, fue derrotada; la segunda, la de febrero de 1917, dio la victoria a los revolucionarios moderados; y la de octubre, que vio el triunfo de los revolucionarios más extremistas, era apenas la última fase del proceso revolucionario. El filósofo Nicolai Berdiaev lo había visto claramente: los bolcheviques no eran los autores de la revolución, sino los instrumentos de su desarrollo. De nada sirve adoptar criterios fundamentalmente morales y criticar los actos de crueldad cometidos: son cosas que siempre ocurren en situaciones de guerra civil. Una revolución no es una acción moral y legal: es un despliegue de fuerza coercitiva. La revolución “buena” no existe: todas fueron sangrientas, siempre.

“Condenar las revoluciones, prosigue Mejuev, es condenar a casi toda la intelligentsia rusa y a toda la historia rusa, que constituyen el terreno del cual surgieron esos acontecimientos revolucionarios. Las revoluciones (…) siempre decepcionan las expectativas, pero inician una página verdaderamente nueva: lo importante es averiguar de qué página se trata, sin fiarse demasiado de lo que dicen los vencedores ni los vencidos (…) Nuestro socialismo era en realidad un ‘capitalismo a la rusa’ en su contenido tecnológico, y un anticapitalismo en su forma”.

Para Mejuev, a un país situado en la periferia del mundo occidental le resulta difícil combinar modernización y democracia. Durante un cierto tiempo, una de las dos debe ceder su lugar a la otra. Los bolcheviques lo habían comprendido claramente, y fue por esa razón que ganaron la guerra civil y que Rusia salió victoriosa de la Segunda Guerra Mundial. China también lo tuvo en cuenta cuando decidió combinar modernización acelerada, por medio de la economía de mercado, y mantenimiento de un sistema político no democrático. Cualquier régimen, del tipo que sea, debe tener la inteligencia de no recusar el pasado como si fuera un desierto estéril, y de considerarlo como un trampolín hacia nuevos avances, preservando a la vez la parte de real grandeza que poseía.

La Rusia de hoy en día, con su nostalgia de tiempos pre revolucionarios, está mucho más alejada de Occidente que otrora los bolcheviques. “Nuestros liberales –observa Mejuev– no pueden enorgullecerse de nada, salvo de haber destruido todos esos logros, mientras que el futuro de Rusia deberá construirse en base a la preservación de las realizaciones del pasado, de su desarrollo, y de una continuidad que incluya la definición de nuevos objetivos. Actualmente, el vínculo con el pasado está roto, pero algún día será restaurado. Sin embargo, no se trata de volver al pasado pre revolucionario o post revolucionario: pregúntese usted qué considera importante del pasado, qué habría que continuar o conservar, y ello lo ayudará a enfrentar el futuro (…) Los que quieren borrar el siglo XX, un siglo de grandes calamidades, es cierto, deben a la vez decir adiós a una gran Rusia”.

Autor/es Moshe Lewin
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 30 - Diciembre 2001
Páginas:18,19
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Historia, Sociología, Mundialización (Cultura), Mundialización (Economía)
Países Bielorrusia (Ex URSS), Estonia (ex URSS), Rusia