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Recuadros:

Y la sociedad dio un grito

Finalmente Argentina estalló. La mansedumbre de una sociedad con un nutrido historial de luchas y alto nivel de organización política, sindical y corporativa, iba resultando asombrosa. Por muchísimo menos que una tasa del 20% de desocupados, 14 millones de personas viviendo por debajo de los umbrales de pobreza y una pérdida de poder adquisitivo cercana al 50% en los últimos cinco años, los argentinos solían poner el país patas arriba.

Sin embargo, hasta ese día histórico en el que decenas de miles de ciudadanos salieron a las calles espontáneamente a decir basta, parecía que la sociedad se encontraba aturdida, impotente para manifestar su descontento ante una situación insostenible. Pero el miércoles 19 de diciembre los argentinos recuperaron su instinto vital.

Un dato diferencial respecto a otras sublevaciones del pasado es que los ciudadanos no sólo repudiaron un modelo económico, sino al conjunto de la dirigencia política y gremial, con poquísimas excepciones. Si antes acataban órdenes de huelga y salían a manifestar encolumnados y bajo las banderas de sus organizaciones sindicales y políticas, ahora lo hicieron espontáneamente, como ciudadanos de a pie. Es más: en las manifestaciones no hubo banderas partidarias y, por primera vez en más de medio siglo, ni siquiera los tradicionales bombos peronistas.

La sublevación empezó por donde tenía que empezar: miles de desesperados, en su abrumadora mayoría trabajadores en paro desde hace años y desprovistos de toda cobertura económica y social, se abalanzaron sobre los supermercados para procurarse comida. Y siguió por donde era lógico que siguiera: después de un absurdo discurso del estólido ex presidente Fernando de la Rúa, la empobrecida clase media inició un “cacerolazo” en todos los barrios de casi todas las ciudades del país y luego, tan espontáneamente como todo lo demás, salió a la calle y se dirigió a la Plaza de Mayo en Buenos Aires, o a las sedes de la máxima autoridad en otras ciudades.

El día siguiente, jueves 20, fue otra cosa. Junto a algunos grupos remanentes del día anterior, apareció y tomó la iniciativa en las calles una sospechosa mezcla de delincuentes comunes, provocadores profesionales de la policía y los servicios de seguridad e inteligencia, “punteros” políticos y gremiales y los tradicionales “revolucionarios” de izquierda infiltrados hasta el hueso por la policía. Ese día se vio con claridad, para quien conoce este país, la mano de la oposición peronista, que allí donde el radicalismo pone pusilanimidad, estupidez, ineficacia y violencia, ella pone ambición, ausencia de escrúpulos, organización, viejos y afinados contactos con el poder real y más violencia.

Bastaba verles las caras en el Congreso. Aquello no parecía una reunión de emergencia de las dos Cámaras para enfrentar una crisis social grave que había costado tres decenas de muertos y centenares de heridos y detenidos y enormes pérdidas materiales, sino un festejo. Abrazos, besos, euforia, frenéticas negociaciones. Si vas vos así, yo no puedo después y además eso sólo favorece a Fulano y Mengano; dibujemos otra opción. Los patéticos radicales sólo suspiraban porque no hubiese elecciones pronto, ya que avizoran el fin del partido. La izquierda se encontró, como siempre, sin posiciones comunes y desbordada por el torbellino peronista. De ese aquelarre salieron como propuesta a la sociedad un Presidente por tres meses y una convocatoria a elecciones en la que nadie cree. Por supuesto que después del resultado de las elecciones del 14 de octubre pasado y del fracaso de la Alianza, formar gobierno le correspondía a la oposición. Pero en lugar de hacerse cargo de la gravedad de la crisis y constituir un gobierno de unidad nacional para enfrentarla y acabar el período con un mínimo de convulsiones políticas, el peronismo eligió el asalto al poder.

La catástrofe argentina es total. La rebelión social ha duplicado la crisis económica en política y es probable que acabe desembocando en crisis institucional. Argentina vive un fin de época, uno de esos momentos históricos de imprevisible derrotero, en los que hasta la cultura, en el sentido antropológico del término, es puesta en la picota.

Pero sin ir tan lejos, está claro que la sociedad ha comenzado a decir basta a la corrupción generalizada, a una casta dirigente que desde hace al menos un cuarto de siglo (ver “Al cabo de la Gran Estafa”, pág. 4), vive con lujo repartiéndose el salario que le otorgan los grandes bancos y empresas multinacionales y los centros de poder mundial. Baste decir que entre 1976 y la actualidad la deuda externa argentina pasó de 7.600 a 132.000 millones (155.000 millones sumando la deuda privada), a lo que hay que agregar 40.000 millones ingresados por la privatización de empresas nacionales. Entretanto, la desocupación pasó del 3% al 20%; la pobreza extrema de 200.000 personas a 5 millones; la pobreza de 1 millón a 14 millones; el analfabetismo del 2% al 12% y el analfabetismo funcional del 5% al 32%… El “alumno modelo” del neoliberalismo resultó, en efecto, un modelo en todo: en el descaro del latrocinio y en sus efectos sociales.

El último ejemplo de esto fue el congelamiento de los depósitos bancarios, un esfuerzo in extremis por evitar que los ciudadanos de a pie retiraran sus ahorros de los bancos, mientras el ex ministro Cavallo –que a esas alturas más que como político o economista se comportaba como un delincuente enloquecido– echaba mano de las reservas para pagar los compromisos de la deuda externa1. El congelamiento bancario llegó después, por supuesto, de que los grandes inversores y especuladores nacionales e internacionales retiraran 15.000 millones de dólares del país2. La idea era que el último y definitivo sostén del sistema resultaran los pequeños y medianos ahorristas y empresas nacionales, que a partir de ese momento no sólo no pueden disponer libremente de su dinero, sino que tiemblan ante la posibilidad cada vez más cercana de que una devaluación lo reduzca a poco menos que papel mojado. Aprovechándose de la desesperación ciudadana, los bancos cobraban tasas del 40% en pesos y del 29% en dólares por el uso de tarjetas de crédito y ¡se disponían a aumentarlas!3. A los millones de argentinos que ya se encuentran sumidos en la pobreza, habrá que agregar varios millones de descapitalizados miembros de la clase media.

Lo que vendrá

Lo menos que puede decirse es que la dirigencia política, una vez más, no ha estado a la altura de las circunstancias. La gravedad de la crisis económica por una parte, la sublevación popular por otra, hacen necesario un gobierno con amplio respaldo político y social, pero los vergonzosos tejes y manejes de los dirigentes cayeron muy mal en la opinión pública, aunque la frenética actividad y los ampulosos gestos del nuevo Presidente han conseguido en principio atenuar esa impresión.

En función de su propia supervivencia, los dirigentes políticos deberían encarar el problema con cierta racionalidad, superando al menos por el momento sus divisiones, ambiciones personales y conflictos de intereses. Nada de eso ha ocurrido hasta ahora y en consecuencia el porvenir inmediato sigue preñado de amenazas: la economía está en ruinas y la sociedad sublevada tiene reclamos urgentes.

En el plano económico, es inevitable una renegociación de la deuda externa que incluya un período de gracia, una quita de capital y una baja de las tasas de interés, seguida por otras medidas urgentes de reordenamiento. Puesto que el default argentino es un hecho, no parece que el FMI, Estados Unidos y los organismos financieros internacionales vayan a poner muchos reparos en otorgar un respiro a Argentina respecto de su deuda.

Más problemática parece la resolución de otra imperiosa necesidad económica: salir de la convertibilidad. Rodríguez Saá ha anunciado que no alterará la paridad, aunque ésta es en los hechos otro espejismo: los bancos no venden dólares, la moneda estadounidense se cotizaba a casi dos pesos en la calle y en el extranjero el peso sencillamente ya no es de recibo. El valor de una moneda está expresado, en última instancia, por la riqueza y la actividad productiva de un país. Pretender que un peso vale un dólar fue siempre irreal desde ese punto de vista, pero lo que en 1991 fue un instrumento técnico circunstancial para frenar la híperinflación, factible por la liquidez internacional, la capacidad de crédito y la existencia de activos, hoy es sencillamente un disparate. La solución propuesta, una tercera moneda4, es todavía demasiado ambigua como para analizarla, pero resulta obvio que depende de una inyección de respaldo desde el exterior; de otro modo se devaluará a la velocidad de un cometa.

Es aquí precisamente donde, desde el ángulo de los intereses del país, la salida política decidida por el Congreso exhibe su pasmosa debilidad: un gobierno de tres meses, seguido por la perspectiva de un comicio del que, tal como se plantean hasta ahora las cosas, probablemente saldrá otro gobierno débil, no parece lo más adecuado para negociar con firmeza. Toda crisis grave es al mismo tiempo una oportunidad y, en estas condiciones, Argentina podría perder la de reducir al mínimo sus compromisos de deuda, destinar todos los recursos disponibles a reordenar el Estado y relanzar la producción, definir una política exterior autónoma y resarcir a la sociedad, al menos en parte, de los efectos del saqueo del último cuarto de siglo.

Es que además del cómo (ver “Cinco preguntas…”, pág. 4), uno de los problemas a resolver es justamente quién pagará los costos de la inevitable devaluación, cualquiera sea la forma que ésta asuma: si los ciudadanos y productores nacionales –masivamente endeudados en dólares– o los bancos y empresas multinacionales, para quienes una “pesificación” (transformación de las deudas en dólares a pesos devaluados) significaría una importante reducción de activos y pérdida de ganancias. El enfrentamiento de intereses promete ser fuerte, pero las nuevas autoridades tendrán que elegir entre seguir favoreciendo los intereses multinacionales o, a término, sufrir una nueva sublevación popular. En todo caso, dos días después de Navidad nada habían dicho sobre las deudas en dólares de ciudadanos y empresas argentinas.

Quien imagine que incluso ante la evidencia de la bancarrota del país la eventual ayuda externa no exigirá en contrapartida la máxima defensa de los intereses de los prestamistas y grandes compañías internacionales, o es ingenuo de atar o finge para proteger esos intereses. Estados Unidos, árbitro del asunto, impondrá condiciones económicas y políticas (de las que no estarán ausentes el ALCA y el Plan Colombia), que aventarán cualquier pujo de independencia y soberanía.

Y sin embargo, la oportunidad es real. Después de haberse negado durante años a la evidencia de la crisis del modelo5, la dirigencia política asiste a su fin en las peores condiciones: las reservas en divisas están casi exhaustas; el país va por su cuarto año de recesión, decenas de miles de empresas nacionales han quebrado y las que a duras penas se mantienen en pie están al borde de la bancarrota y sufren de un retraso tecnológico de años. En el sector agropecuario “14 millones de hectáreas de tierras productivas están hipotecadas en dólares y los productores tienen deudas por 6.000 millones de dólares con los bancos y de 3.000 millones con los proveedores (Monsanto y otras multinacionales)”6. Esta situación terminal y la movilización social masiva son lo que justamente constituye la oportunidad, algo así como la ocasión de barajar y dar de nuevo, sentarse a reflexionar todos juntos para luego arremangarse y volcarse al trabajo en un sobresalto de solidaridad y orgullo bien entendido. En los próximos meses se verá si la dirigencia política impone su viejo estilo a una sociedad que con su único grito en años desalojó la Casa Rosada e hizo temblar las puertas del Congreso. Uno de los muertos se desangró allí, en las escalinatas del palacio legislativo.

En cualquier caso, a Argentina le esperan años duros. La crisis de representatividad fue una de las razones que retrasó la reacción social y lo que hace temer ahora que ésta adquiera visos de anarquía. Algunos analistas subrayan, con alarma, las similitudes de la crisis argentina con la gran depresión mundial de los años ’30 e, incluso, con el desarrollo y las consecuencias políticas de la crisis de la República de Weimar7. Esta última semejanza deja de parecer excesiva cuando se recuerda que la historia está para aprender de ella y, sobre todo, cuando se entra en los detalles de la reciente historia argentina: una guerra perdida, años de frustraciones, crisis de representatividad, pérdida de confianza en las instituciones, falta de horizontes, quiebra económica, crisis mundial… A la mesa le falta muy poco para estar servida. El vacío de poder puede inducir a una salida autoritaria o tentar a algún aventurero.

De todos modos habrá que esperar, porque todo puede ocurrir al cabo de la anarquía. Las penurias de los argentinos no habrán terminado con la caída del gobierno de la Alianza, porque la gravedad y profundidad de la crisis augura un largo período de incertidumbre y sacrificios. Pero al menos esta rebelión habrá puesto un límite a políticos y economistas sin escrúpulos y los ciudadanos pueden mirarse sin intermediarios en el espejo. El futuro dirá si el mal es irremediable o afloran los mejores elementos y recursos de un país que alguna vez aspiró a la grandeza.

  1. Al escribirse este artículo, las nuevas autoridades no habían establecido aún –o dado a conocer– el monto de las reservas. Algunas estimaciones las situaban en menos de 4.000 millones. Julio Nudler, “A cuánto se irá el dólar cuando todo se deshaga”, Página 12, Buenos Aires, 20-12-01.
  2. Daniel Muchnik, “La economía, en la cuenta regresiva”, Clarín, Buenos Aires, 16-1-01.
  3. Gustavo Bazán, “Tarjetas de crédito: sólo prestan en dólares y a tasas muy altas”, Clarín, Buenos Aires, 18-12-01.
  4. La fuente de inspiración parece ser una obra de Moisés Mauricio Prelooker, La economía del desastre (Grupo Editor del Encuentro, Buenos Aires, 1999), en la que se propone la tercera moneda y una revaluación del peso en el contexto de una economía autosuficiente, inspirándose en las experiencias alemanas de 1923 y de la década del ’50 (Ludwig Erhard) y del ministro de Economía de Charles de Gaulle, Jacques Rueffy. Prelooker establece una serie de requisitos antineoliberales que no es posible enumerar aquí, pero que hasta ahora el nuevo gobierno evita mencionar cuidadosamente.
  5. En mayo de 1995, el Partido Justicialista, el FREPASO y la Unión Cívica Radical, que lo consideraban poco menos que intocable, obtuvieron en conjunto el 95% de los votos.
  6. Julio Nudler, “Mucho plan, pero pocos dólares”, Página 12, Buenos Aires, 21-12-01. Ver también dossier “Argentina, un país empantanado”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, diciembre 2001.
  7. Manuel Fernández López, “2001, la gran depresión”, en el dossier “Memorias del descarrilamiento”, suplemento Zona, Clarín, Buenos Aires, 16-1-01.

Algunos editoriales publicados

-Descrédito y necesidad de la política, julio de 1999.

-Cuando la política juega con la democracia, agosto de 1999.

-República, o país mafioso, octubre de 1999.

-En busca del modelo perdido, noviembre de 1999.

-Lumpenpolítica, enero de 2000.

-La impotencia de Argentina, abril de 2000.

-Diplomacia de la sumisión, mayo de 2000.

-Neoliberalismo o democracia, junio de 2000.

-Argentina: un callejón con salida, julio de 2000.

-La República en peligro, agosto de 2000.

-Decae la República; se afirma el país mafioso-bananero, octubre de 2000.

-Fin de época, noviembre de 2000.

-Ciudadanos en la trampa, diciembre de 2000.

-Clamor por el cambio, enero de 2001.

-Luchar por el país y la democracia, marzo 2001.

-Jaque a la República, abril de 2001.

-Cavallo al timón de un país a la deriva, mayo de 2001.

-Un país quebrado y paralizado, julio de 2001.

-La hora de la sociedad civil, agosto de 2001.

-La Nación y el “déficit cero”, septiembre de 2001.

-El estallido de la política, noviembre de 2001.

-En el pantano, diciembre de 2001.


Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Páginas:2,3
Temas Corrupción, Desarrollo, Deuda Externa, Estado (Justicia), Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales, Clase obrera
Países Argentina