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Al cabo de la Gran Estafa

El proyecto de país inaugurado a mediados de los setenta, cuyos efectos provocaron la masiva reacción social del pasado diciembre, fue en realidad una Gran Estafa. Se trató de un sistema económico, un régimen político y una regulación social novedosos en la Argentina. Impuesto de manera dictatorial, conservado bajo formas democráticas, tiene un defecto estructural, su inviabilidad, y una característica permanente: sus beneficiarios lo proclaman inevitable. La caída del gobierno de la Alianza abre la posibilidad de revertir el rumbo, pero la sociedad deberá mantenerse alerta ante los cambios cosméticos destinados a preservar lo esencial del modelo mediante gestos y medidas populistas que, a mediano plazo, no harán más que agravar la crisis. Medidas posibles y necesarias para enfrentarla.

La Gran Estafa comenzó entre el “rodrigazo” de 1975 y la ley de entidades financieras de 1977. De ese modo empieza la transición sangrienta de la economía industrial argentina al sistema de renta financiera que rige hasta nuestros días. Este análisis ya fue realizado en varios números de El Dipló (ver “Algunos artículos publicados”), pero nunca debe olvidarse que el cambio sustantivo de la economía argentina está en la base de los desastres del presente y no data de los gobiernos de De la Rúa o Menem, que no hicieron sino profundizarlo. El cambio violento impuesto en la acumulación, producción y distribución económica es de mediano plazo y supera en mucho las anécdotas electorales.

Esta nueva modalidad de funcionamiento de la economía adolecía de dos problemas. El primero era el pecado original: la sangre y la violencia generalizada que fue necesario emplear para romper los mecanismos económicos anteriores y las fuerzas sociales que lo sustentaban. El segundo radica en su inviabilidad estructural, puesto que destruye el motor del desarrollo existente sin reemplazarlo. De allí la avidez de fondos extranjeros como condición de supervivencia, a la vez que fuente de brillantes negocios personales y reaseguro de poder.

Por eso el momento cumbre de este modelo fue la convertiblidad. Por fin se encontraba un modo de gerenciar la economía que no necesitaba de dictaduras; hasta era popular. No hacía falta la represión; bastaba con el recuerdo de la hiperinflación reciente para borrar cualquier veleidad social y predicar la mansedumbre, hasta como dato político. En la década de 1990 la política económica estuvo signada por el ancla cambiaria, la apertura irrestricta a las importaciones y el endeudamiento. Como en el Proceso: Plata Dulce, segunda parte.

Pero esta vez el ajado tejido social permitió más y mayores negocios. La acumulación del modelo rentístico financiero no se agotó en aprovechar el excedente económico generado por los restos industriales, sino que apropió las rentas de servicios públicos, las rentas naturales y permitió el desarrollo de un sistema bancario usurario. El resultado está a la vista: destrucción del Estado Nacional, desarticulación del sistema productivo, marginación de un tercio de la población.

Este régimen se basó en el endeudamiento financiero sin límites como proyecto económico y en la mansedumbre social como requisito político. Para ello, estructuró una clase política a su imagen y semejanza, a través de la corrupción generalizada.

Comportamiento económico de la clase política

¿Qué sucede cuando por simple inviabilidad económica terminan las posibilidades de endeudarse y se acaba la mansedumbre social? Se agota el modelo. Se abre entonces un período en el que cada actor trata de gerenciar la crisis en provecho propio. A esto responde el espectáculo de los últimos días. La dirigencia política trata de embalsamar el modelo económico y de hacer creer que sobrevive. A su vez, el establishment económico, frente a la imposibilidad de continuar con los negocios anteriores, busca nuevas oportunidades a través de la comercialización de los despojos: desde principios de año se evadieron reservas por 19.000 millones de dólares. Es esencial reacomodarse para captar la renta nacional, aun por otros medios, con otras figuras, sin importar lo grotesco… “cambiar algo para que nada cambie”.

La dirigencia política argentina carece de proyecto o de ideas para recuperar a la economía nacional. Hace tiempo que abdicó esa función esencial de la cosa pública para dejarla en manos de funcionarios de segunda línea del Fondo Monetario Internacional –de esos que sólo repiten las habituales recetas de estabilización y exportación de commodities sin tomar en cuenta la historia y realidad de los países– y en las de expertos de fundaciones privadas locales, que defienden los intereses del sector financiero con la bendición de los llamados “gurúes”, que repiten incansables las verdades que esperan escuchar sus financiadores.

Es importante destacar la actitud de muchos decisores económicos durante el último decenio. Pasmados de emoción frente a la convertibilidad, otorgaron al patrón dólar rango de horizonte insuperable, ignorando las catástrofes engendradas setenta años atrás por el patrón oro, entre otras la crisis de 1929. Atar la moneda a un elemento mítico, ya sea metal o divisa extranjera, rememora los clichés de la sólida Argentina agroexportadora, la aventura de la navegación a vela, el encanto de las lámparas de aceite. La Redención a través del Sufrimiento. Frente a los desbarajustes mayores en términos de producción y empleo producidos por semejante absurdo monetario, los “expertos” sólo proponían “ajuste fino”, “afinar el gasto” y “sacarle punta al lápiz”. Mientras el “investment grade” estuviera a la vuelta de la esquina… todo sería cuestión de “confianza”, de hacer bien los deberes, de ser “el mejor alumno” frente al díscolo Brasil. Sorprende oír ahora en sus bocas palabras tales como “default”, “devaluación”, “desdolarización”… acaso el resplandor del país incendiado les otorga mayor claridad. Un pasito más y acabarán evocando el interés nacional.

Otro párrafo merecen los “gurúes”. Personalidades variopintas, henchidas de arrogancia, hicieron publicidad de sus propias consultoras para predicar las ideas del neoliberalismo (ver Serge Halimi, en pág. 15), cobrando caro los lugares comunes adaptados a la realidad argentina. Rosarios de anécdotas y predicción ex post de hechos evidentes, cuando no amenazas de infierno y perdición para quien se aparte de la senda marcada por el establishment. ¿Y si la realidad toma otro camino? Entonces la realidad está equivocada. La rentabilidad del pensamiento ante todo… Estos personajes hablan ahora en términos de “hechos de la naturaleza”, para explicar lo sucedido por un mal humor pasajero de las masas argentinas, de algunos inadaptados que se llevaron electrodomésticos y no comida (diferencian el “buen” saqueo del “mal” saqueo), o fijan en la lentitud del ex Presidente o el mal humor del huído ministro de Economía la causa de los males. Argumentos, manotazos para preservar la esencia del modelo más allá de cualquier movimiento social.

Esta no es una mera descripción entomológica. De la lógica seguida por estos grupos accesorios pero necesarios para copar las instituciones en nombre del establishment, surge la variedad de las políticas posibles, los temas de la agenda social.

Las amenazas

El sector de la renta financiera y de los recursos naturales buscará mantener las posiciones obtenidas desde 1975-77 y consolidadas desde 1991. Allí se encuentran los bancos, en especial los privados nacionales y la banca extranjera; las AFJP; las empresas de servicios públicos privatizados; los tenedores de deuda externa residentes en Argentina, quienes se quedan con la renta de los recursos naturales. En la actualidad, pueden intentar varias maniobras.

La primera amenaza consiste en el mantenimiento de la política económica anterior. No aceptan que el modelo rentístico financiero terminó y debe pasarse a otro. Enarbolan la convertibilidad embalsamada. Uno de sus argumentos es insistir con el diagnóstico, aunque sea falso. Para ellos se trata de ordenar las cuentas y generar confianza; después, el mercado arreglará todo. Superamos la etapa de la política, de la economía y de la sociología y caemos en la psicología. Ya no importa quién es el dueño, quién fija las reglas del juego, quién se queda con la renta; no interesa el descalabro del sistema productivo ni la desocupación. Lo trascendente es que exista “confianza”. Pero ¿confianza en qué y de quién hacia quiénes? ¿Confianza de los ciudadanos en los políticos?

El otro argumento es la invocación del inversor extranjero. Aquí es necesario terminar con la farsa. El inversor viene cuando existe un negocio jugoso: en Argentina fueron las ganancias fabulosas de las privatizaciones y las exorbitantes tasas de interés. Ésas eran las reglas del juego, basadas en un cálculo de rentabilidad; la confianza no venía de un análisis psicológico del Ministro, ni siquiera de la capacidad de crecimiento del capitalismo local, sino de las posiciones de gobierno que ocupan los socios locales. En un sistema de renta, la enorme tasa de ganancia amortiza el capital invertido en muy poco tiempo.

Un ejemplo típico es la deuda externa: todo se subordinaba a su pago puntual; lo que no se decía es que quien recibe la mayor parte de esos pagos es el sistema financiero residente en la Argentina, que cobraba sobre la rebaja de sueldos y jubilaciones.

La segunda amenaza es la santuarización de sectores claves del remanente Estado nacional. Un ámbito seguro desde donde redesplegar todo su poder cuando llegue la ocasión. El caso típico de esta táctica es el control de un Banco Central independiente (del gobierno, no de los bancos privados, cuyos intereses defiende). Si el establishment puede manejar el Banco Central, se queda con una parte importante de la política económica global. Ésta es una de las peores consecuencias de la convertibilidad, que consagra tal autonomía.

La tercera pieza clave en el esquema de poder es el Fondo Monetario Internacional (FMI). Aquí se suman la naturaleza neoliberal y restrictiva de las políticas del FMI, con su utilización por el establishment local. El FMI ha impuesto a los países deudores políticas extremas de ajuste, como si el problema fuera de inflación, no de recesión y desocupación; ha defendido a ultranza a los acreedores financieros, en contra del interés nacional de los países deudores. Estas políticas han llevado al desastre a varios países, como demostró la Comisión Meltzer del Senado de Estados Unidos. Esta política ahora está en revisión, puesto que el actual gobierno de Estados Unidos está ligado al complejo industrial-petrolero, no tanto al financiero. La Secretaría del Tesoro puede permitirse entonces presionar para que haya una fuerte quita en los préstamos que los países no pueden pagar, política que era impensable en los gobiernos anteriores. Paradójicamente, fue el gobierno De la Rúa-Cavallo el que rechazó la quita, porque en su mayor parte afectaba a residentes en la Argentina. Ahora habrá que estar atentos: el establishment local utiliza al FMI, cuando invoca exigencias inexistentes para lograr medidas que convienen a sus intereses. No es que el FMI sea progresista; pero existen temas que no le interesan y que el establishment hace aparecer como imposiciones del FMI.

Una agenda alternativa

Frente al comportamiento del establishment local existe el interés nacional. Para recuperar un país y una sociedad a la deriva es preciso avanzar en el cambio de modelo y por lo tanto expulsar del poder formal y real a los sectores de la renta financiera y a sus socios.

La primera dificultad radica en que el instrumento de transformación requiere de grandes reformas: el Estado fue destruido desde 1976 y tiene pocas funciones y menos operatividad. Se disolvieron las políticas monetaria y crediticia con la castración del Banco Central; se eliminó el Estado productivo al rematar las empresas públicas. En una etapa verdaderamente nueva deberán asignarse al Estado los recursos necesarios; deberá tenerse en cuenta que el grueso de la corrupción va por la vía de las coimas y la evasión de capitales y no por los sueldos. Está bien corregir abusos, pero lo importante está en otra parte: por ejemplo, en los 19.000 millones de dólares evadidos durante 2001 y en los 11.500 millones de los pagos de intereses de la deuda. No debería debilitarse al Estado, para que cumpla con sus funciones; y tampoco consentirse abusos, que de todos modos son menores frente a la magnitud del vaciamiento del país.

El otro punto fundamental es la recaudación de los recursos necesarios para cumplir con un cambio de modelo. Aquí vale el ejemplo del peronismo de 1945, que supo captar la renta que hacía vivir al modelo anterior –la generada por las exportaciones de cereales– en lugar de dedicarse a programas de ajuste.

Como señalaba Raúl Prebisch, la esencia de la economía política latinoamericana es responder a las preguntas de quién genera la renta, quién se la apropia, qué hace con ella. En ese sentido, la implantación de un nuevo modelo no se hace con ajustes sino con nuevos y abundantes recursos que la Argentina tiene, pero que están en poder del establishment. Existen varios mecanismos para constituir una masa crítica que permita financiar un cambio de modelo (que de eso se trata, no de complacer al establishment nativo y al FMI con más ajustes).

He aquí algunos de ellos:

a) Moratoria de la deuda pública y negociación de una fuerte quita (que ya comenzó a ejecutar el nuevo gobierno)1.

b) Aplicación a las empresas privatizadas de un impuesto análogo al creado por el Primer Ministro inglés Tony Blair. Como en el Reino Unido las empresas públicas se habían vendido muy baratas, se las revaluó de acuerdo con las utilidades que obtuvieron en los cuatro años siguientes a la privatización y se aplicó por una vez un impuesto del 23% sobre la diferencia entre el precio pagado y el que surge de la rentabilidad obtenida.

c) Retenciones a las exportaciones de petróleo y otros productos primarios, a tasas diferenciales.

d) Impuesto a las ganancias financieras, incluidas las cambiarias.

e) Reinstalación del régimen jubilatorio de reparto. Las AFJP quedarían sólo para quienes quieran mejorar su jubilación futura; pero los aportes jubilatorios entrarían al Estado.

f) Cobro de impuestos a las ganancias de capital de depósitos en dólares, progresivo según el monto del depósito.

Además, el funcionamiento de la economía requiere dos medidas importantes:

1) Redistribución del ingreso, con la instrumentación de seguros de desempleo y asignaciones por hijo menor, con las modalidades que propone el Central de Trabajadores Argentinos (CTA).

2) Devaluación compensada (ver “Cinco preguntas…”) y luego flotación. La compensación implicaría una especie de seguro de cambio a favor de los pobres (al contrario que en 1981-1982, cuando benefició a los ricos). Una posibilidad sería pasar a pesos con cambio 1 a 1 a las deudas menores a cierto monto.

Si se aplicaran algunas de estas medidas, el Estado dispondría de una masa abundante de recursos para financiar el nuevo modelo. Además, se cargarían los costos al sector financiero, que es el que vació el país.

El peronismo ha vuelto al gobierno: el poder le cayó en las manos a causa de la inoperancia política y de la crisis de inviabilidad económica. Puede encabezar un nuevo modelo o tratar de revivir un muerto. Una vez más, está frente al Rubicón. En 1945 lo atravesó y fundó un régimen industrial de economía mixta con mayor justicia social. Para derrumbar la hegemonía agraria se apropió de gran parte de la renta que ésta generaba, a través de las exportaciones (que pasaron a ser monopolio del Estado y a financiar el sistema industrial). En cambio, desde 1991 hasta el año pasado fue un socio fiel del establishment en la perpetuación del modelo de renta financiera. Ahora estamos frente a la implosión de ese modelo, que deja al incumplimiento externo y a la devaluación de la moneda como instancias insoslayables. Ya no se trata de una posibilidad, sino de saber cómo se tomarán esas medidas, quiénes serán los beneficiarios y quiénes las víctimas. Puede surgir una nueva coalición de intereses sociales en la construcción de otro modelo, o el establishment acabará imponiendo sus soluciones de continuidad… hasta la nueva explosión social.

  1. No basta con frenar la hemorragia de recursos. También hay que dirigirlos con eficiencia y eficacia hacia los sectores de mayor impacto económico. Si no, el establishment financiero se encargará de evadirlos.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Páginas:4,5,6
Temas Corrupción, Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Nueva Economía, Estado (Justicia), Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Argentina