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Cinco preguntas sobre la devaluación

Algunos sostienen que la convertibilidad debe mantenerse “hasta que aclare”. Es un grave error conceptual: con la convertibilidad no aclarará jamás. Por eso el problema de la devaluación es central. No tanto por el carácter instrumental que tiene tal medida (todo país con desequilibrio permanente en la cuenta corriente de la balanza de pagos devalúa), sino por el significado que adquiere cuando se la utiliza como método para cambiar o para afianzar un modelo económico. El gobierno transitorio actual, el que venga después, o cualquier forma de organización político-institucional que adopte Argentina, no podrá escapar a este trance. La devaluación del peso es inevitable. El margen de maniobra que aún existe se refiere a si se intentará hacer una devaluación controlada, que minimice los costos inmediatos y maximice sus ventajas de mediano plazo, o si se seguirá con la ilusión de que el 1 a 1 puede mantenerse, en cuyo caso se devaluará cuando se hayan terminado de agotar las reservas. La devaluación (como en su momento la convertibilidad) no tiene sentido en sí misma, sino como instrumento de un modelo económico y plan de gobierno. Por ello, la forma como se la lleve a cabo y las medidas complementarias o compensatorias que se decidan son esenciales para que esta medida, vuelta ineludible por los desequilibrios que acumuló la convertibilidad y el 1 a 1, ayude lo más eficazmente posible a la recuperación de un modelo de desarrollo nacional.

1. ¿Puede mantenerse el 1 a 1?

No. En perspectiva, la demasiado larga experiencia de la convertibilidad (como antes la de la tablita de Martínez de Hoz) muestra que ese tipo de cambio inhibe la competitividad y el crecimiento sin desequilibrios mayores en la balanza de pagos. No es posible recomponer precios relativos a través de la deflación en curso desde mediados de 1999, puesto que los precios que bajan no son los de los servicios, sino los de los bienes susceptibles de comercio exterior. Así, es más rentable importar esos bienes que producirlos en la Argentina y no hay competitividad para las exportaciones no tradicionales. La convertibilidad sólo pudo subsistir con creciente financiamiento externo, lo que llevó a una deuda impagable y a su desmoronamiento al cortarse los flujos financieros del exterior.

Esta sequía de fondos fue completada por una fuga masiva de capitales: los depositantes retiraban depósitos y los convertían en dólares. Las reservas internacionales del sistema financiero (suma de las del Banco Central más los encajes de los bancos comerciales constituidos en el exterior), cayeron de 33.000 millones en enero a 14.000 millones en diciembre, a pesar de los salvatajes del FMI. En tal circunstancia, afirmar que una devaluación es impensable no dice nada relevante sobre el objeto (el tipo de cambio), sino sobre las limitaciones del sujeto pensante… No se puede mantener el tipo de cambio si se acaban las reservas. Tratar de conservar el 1 a 1 en estas circunstancias solamente llevará a quedarse sin reservas y caer en una devaluación caótica: ¿vale la pena “aguantar” el tipo de cambio algunas semanas más, a ese costo? ¿O acaso se espera que todo el mundo crea nuevamente que la convertibilidad es un sistema sustentable, que la cuestión es el gasto fiscal, que no hay un problema de balanza de pagos, que nadie más va a querer cambiar pesos por dólares y que van a volver a afluir capitales de inmediato?

2. ¿Qué efectos traerá la devaluación?

Una devaluación controlada debe tratar de maximizar los efectos positivos y compensar los negativos. El efecto principal es el cambio de precios relativos entre productos transables (que se exportan o se pueden importar) y no transables (principalmente los servicios), así como el incremento de los valores en pesos de los activos, pasivos y tarifas fijadas en dólares. Una devaluación exitosa deberá corregir situaciones no deseadas en cuanto a la distribución del patrimonio y corregir los precios relativos (con lo que se hará más rentable exportar y producir en la Argentina, en vez de importar), sin desencadenar un nuevo proceso inflacionario.

Al respecto, las devaluaciones recientes (los países asiáticos en 1997; Brasil en 1999; Chile y Brasil en 2001), generaron cambios en los precios relativos, sobre todo en los mayoristas, sin desatar procesos inflacionistas. Desde 1999, el real brasileño se devaluó casi un 100% (desde 1,21 en enero de 1999 a 2,34 el 21 de diciembre pasado, aunque el dólar llegó a cotizar cerca de 2,9 reales), pero la inflación acumulada en esos tres años es de apenas 22%. En los dos últimos años, el peso chileno se devaluó un 40%, y el índice de precios al consumidor (IPC) sólo acumuló un aumento de 8%. Si la devaluación argentina se combina con una política monetaria estricta, no se ve por qué Argentina tendría una inflación más elevada que esos países, en especial si se tiene en cuenta que tras 10 años de cambio fijo se ha roto el comportamiento de indexar los precios con el dólar; si se recuerda que la economía argentina no es más abierta que la brasileña y es mucho más cerrada que la chilena y, sobre todo, si se considera que la recesión de Argentina es mucho más aguda que la que conocieron esos dos países en el momento de sus devaluaciones. Los resultados están a la vista: según cifras de CEPAL, Brasil creció 0,7% en 1999 y 4,5 en 2000; Chile se estancó en 1999 y creció 4,9% en 2000; en cambio, la Argentina lleva tres años seguidos de contracción, y las proyecciones para 2001 y 2002 anticipan caídas de al menos 4% en cada año.

La devaluación significará también un cambio radical en las condiciones del comercio externo: será más rentable exportar y habrá más protección hacia las importaciones, protección que no se conseguía eficientemente con más tarifas, dadas las maniobras de subfacturación y contrabando. Tal vez no haya que esperar una expansión inmediata de las exportaciones, ya que gran parte de éstas es poco sensible al tipo de cambio (petróleo, productos agrícolas, comercio intrafirma en Mercosur). El efecto más importante en el corto plazo puede ser entonces una sustitución de importaciones, con la puesta en marcha de la capacidad instalada ociosa. Esto es precisamente lo que ocurrió en Brasil desde mediados de 1999, con la industria liderando la recuperación económica y creando empleo, en base a la sustitución de importaciones. A más largo plazo, el nuevo nivel del tipo de cambio y su posterior flotación dará nueva vida al Mercosur.

De este modo sería viable un esquema de crecimiento capaz de crear empleos y redistribuir ingresos, sobre la base de la producción industrial destinada al mercado interno y regional, con ganancias de competitividad en el mercado mundial gracias a las economías de escala y complementación logradas en el Mercosur, además de retomar el ciclo de la inversión vía demanda efectiva. En este esquema, las exportaciones de productos primarios que no requieren de un mejor tipo de cambio (como es notoriamente el caso del petróleo y el gas), deberán pagar retenciones; de este modo se recuperará algo de las rentas que pertenecen a todos los argentinos y que fueron privatizadas por los gobiernos neoliberales.

3. ¿Hay que tomar medidas compensatorias?

Una devaluación provoca fuertes transferencias patrimoniales entre agentes con deudas en dólares hacia agentes con activos en dólares. Esto plantea un problema ético (¿se justifican esas transferencias?) y otro económico (¿provocarán la ruina de empresas, particulares y bancos?). Se pueden tomar medidas compensatorias, pero éstas no suprimen los dilemas ético y económico: tal vez se rescate a quien no lo necesita, como hicieron alegremente los ministros Lorenzo Sigault y Domingo Cavallo en 1981-821; si se “pesifican” los depósitos en dólares, esos ahorristas dejarán de ganar, en pesos, la diferencia de cambio.

Una propuesta a considerar es la “pesificación” general de activos y pasivos del sistema financiero, previa a la devaluación. La operación tiene la virtud de la simplicidad, es neutra para los balances de los bancos y no afecta a quienes tienen sus deudas en dólares. Tiene el defecto de afectar a los depositantes, que si bien no pierden dinero ni poder de compra (si no hay inflación), dejan de ganar con la devaluación, después de haber recibido menores tasas de interés que quienes tenían depósitos en pesos.

Sería posible suavizar estos efectos si se indexaran los saldos pesificados sobre la inflación minorista: los depositantes no podrán decir que se les quita poder de compra, pero igual estarán disgustados. La otra posibilidad es no hacer nada, lo que tendría efectos negativos sobre los deudores en dólares que no tengan al mismo tiempo activos en dólares en cantidades al menos similares. Se producirían numerosas situaciones de insolvencia, que afectarán la solidez de los propios bancos, en cuyo caso tampoco podrán cobrar los depositantes (el haber mantenido sus saldos en dólares solamente les dará mayores valores a reclamar en el juicio de quiebra). En el mejor de los casos, los bancos extranjeros conseguirían aportes multimillonarios de sus casas matrices, pero esto es muy improbable. Aun si no se produjera una quiebra generalizada, es dudoso que, si pueden elegir, los depositantes dejen sus ahorros en los bancos, por más que sigan en dólares. Por ello es preferible la pesificación.

También existe la posibilidad de seguir caminos intermedios. Por ejemplo, podrían pesificarse (al cambio de 1 a 1) solamente las deudas de ciertos agentes (las personas físicas, las pymes, las empresas nacionales); ciertas operaciones de crédito (como los hipotecarios), o todos los créditos hasta cierto monto (por ejemplo, 100.000 dólares para los particulares, 500.000 dólares para las empresas). Quienes pueden acceder a créditos mayores tienen muy probablemente activos dolarizados. El equilibrio en los balances de los bancos sería posible pesificando al mismo tipo de cambio u otro intermedio entre el 1 a 1 y el nuevo tipo de cambio de mercado, los depósitos a partir de cierto monto por titular (por ejemplo, respetar el tipo de cambio de mercado para los depósitos menores a 50.000 dólares; a menos que se quiera “castigar” solamente los depósitos superiores a 1 millón de dólares, que representan un monto muy significativo de los depósitos del sistema financiero).

Hay muchas variantes alternativas. Por ejemplo, dejar los depósitos en dólares, pero gravarlos con un impuesto sobre las ganancias cambiarias; así, al momento de retirarlo, se le darían pesos al nuevo tipo de cambio, reteniendo el impuesto (no se ve por qué esa ganancia financiera no pagaría nada). Con todo o parte de esos ingresos, se podría simultáneamente financiar la reestructuración o quita de determinadas deudas en dólares.

A más largo plazo, será necesario definir si se aceptarán operaciones en dólares en el sistema financiero como en el pasado o si, como mínimo, a quien tome un crédito en esa moneda se le impondrá la contratación de un seguro privado de cambio (hay que terminar con los seguros implícitos por parte del Estado).

Lo que antecede se refiere solamente a las deudas y acreencias con el sistema financiero local; será necesario evitar otro mega-rescate de la deuda externa como los de Sigault-Cavallo. Los residentes argentinos tienen más de 100.000 millones de dólares en el exterior y las empresas privadas que colocaron bonos de deuda en el exterior son básicamente las más grandes y las que tienen mejores contactos con el mundo financiero internacional; es poco verosímil que éstas no tengan también activos en el exterior.

En cuanto a las tarifas de servicios públicos en dólares, deberían ser pasadas a pesos sin más.

Otro aspecto importante de la “compensación” se refiere a las cuentas públicas: la quita a la deuda externa debe ser suficiente para que el saldo sea pagable considerando el nuevo tipo de cambio. En cuanto a la deuda interna con el sistema bancario y las AFJP, debería disponerse su pesificación.

4. ¿Cuánto hay que devaluar?

Hay formas y formas de devaluar. La experiencia latinoamericana recomienda no demorar una decisión inevitable: es preferible devaluar como Brasil en 1999, con reservas internacionales en el Banco Central, que hacerlo como México en diciembre de 1994, obligado por el agotamiento de las reservas. Asimismo, no es recomendable una devaluación insuficiente, como hizo Alfredo Martínez de Hoz en febrero de 1981, o inicialmente mexicanos y brasileños, cuando “ampliaron” la banda de flotación de sus monedas. En todos esos casos, las devaluaciones reforzaron la especulación preexistente y aceleraron la pérdida de reservas hasta que se permitió flotar la moneda, lo cual terminó llevando el tipo de cambio más allá de lo que se consideraba necesario.

Es por lo tanto preferible devaluar en un porcentaje suficientemente alto para que el nuevo tipo de cambio sea creíble y defendible. Para ser creíble, debe ser suficiente para resolver de manera duradera los problemas de competitividad; tiene también que ser lo bastante alto como para desalentar la especulación sobre nuevas devaluaciones. En Argentina la devaluación debería ser superior al 50% (posiblemente 70 u 80%; una referencia útil es el nivel actual del real, que hacia 1995-1997 estaba aproximadamente 1 a 1 con el peso). Para evitar el “sobreajuste” (overshooting) del tipo de cambio, la primera condición es que no haya un “subajuste”. La segunda es que la política económica debe combatir la especulación con todos los instrumentos disponibles, que son muchos: política monetaria, tasa de interés, control de capitales, restricciones a la disponibilidad de los depósitos.

Una vez que se logre establecer el nuevo tipo de cambio en niveles suficientes y creíbles, se puede ir a una flotación, naturalmente “sucia”, como en la gran mayoría de las economías de hoy, que han comprendido que es el sistema que mejor se adecua a las condiciones del sistema financiero internacional.

5. ¿Puede evitarse la devaluación emitiendo una “tercera moneda”?

Se ha hecho el anuncio de la emisión masiva de Lecops o “argentinos” como moneda diferente del peso y no convertible, con la cual se pagarían parte de los salarios y las jubilaciones. Esta moneda se superpondría a los saldos existentes en dólares y pesos, con los que tomaría paridades variables. Se sugiere que podría sustituir al peso y así salir de la convertibilidad de manera indolora y paulatina. Aún se desconocen demasiados elementos de esa nueva innovación monetaria; en particular si alguien reconocería una paridad 1 a 1 del nuevo bono para pagar impuestos o deudas bancarias. Sin embargo, es posible esbozar algunas reflexiones.

La primera es que no parece que esta nueva vulneración de la convertibilidad evite la devaluación del peso. En efecto, para nada cambia el dato central: la aguda escasez de reservas y la imposibilidad de enfrentar el “goteo” (cambio de los pesos que van saliendo del “corralito” por dólares de las reservas) por mucho más tiempo. Más aún, los propios bonos emitidos buscarán cambiarse por dólares, lo cual disminuirá aun más esas reservas… y depreciarán los bonos. Aun si se lograra una transición para evitar devaluar el peso reemplazándolo por la nueva moneda, no se evitarán ninguno de los efectos indeseados de la devaluación.

Las deudas en dólares (o en pesos, si todavía existe) saldrán más caras en términos del devaluado Lecop (o “argentino”). Si los ingresos de los deudores están en la nueva moneda, su deuda aumentará en términos reales y caerá en insolvencia. Habrá que ver si los comerciantes aceptan los bonos a la paridad 1 a 1: si no lo hicieran, el resultado para quien gana en la nueva moneda será idéntico al de la inflación.

En definitiva, se tratará de una nueva distribución regresiva del ingreso, en la que se beneficiará a quien gane en pesos o dólares y se perjudicará a quien reciba nueva moneda. La emisión de una tercera moneda no evitará la devaluación, y aunque por algún milagro lo hiciera, no evitará muchos de sus efectos; en cambio, puede introducir más opacidad y caos en el proceso devaluatorio.

  1. El Estado asumió entonces los costos de la devaluación, mientras los agentes endeudados en dólares tenían el dinero en el exterior.
Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Páginas:4,5,6
Temas Corrupción, Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Estado (Justicia), Estado (Política), Políticas Locales
Países Argentina