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La mutación estratégica de Ben Laden

La compleja red Al Qaeda dirigida por Ben Laden tiene algunas características de las múltiples sectas que han proliferado en el mundo en las últimas décadas. Entre ellas la política subsumida en la religión, el milenarismo, el sacrificio del creyente y la inevitabilidad de víctimas inocentes para su paso al Paraíso, y la necesaria presencia de un gurú.

Todos los ingredientes de los acontecimientos del 11 de septiembre existían antes de la tragedia. Pero como con todas las revoluciones estratégicas, los atentados sintetizan y ponen en conexión tendencias y evoluciones en germen desde hace algunos años. Suponen una importante mutación estratégica, dado que desencadenaron el primer conflicto entre un Estado y una secta, la primera guerra que no tiene frente y que persigue no una conquista territorial, sino la destrucción física del otro. Por eso, la revolución estratégica que provoca nos obliga a una revisión completa de los conceptos sobre los que hasta ahora reflexionaban los analistas occidentales.

Pocos observadores han analizado las evoluciones del mundo islámico a la luz de los fenómenos sectarios que atraviesan el mundo moderno desde hace algunas décadas. El islam deja a los creyentes una gran libertad de interpretación religiosa y no califica de sectarias las recientes manifestaciones del islamismo. Sin embargo, muchas características, como por ejemplo la ideología milenarista y su deriva mortífera, permiten asociar a Al Qaeda con algunas sectas.

Las referencias del jefe de Al Qaeda son exclusivamente religiosas. En su discurso del 7 de octubre, emitido por la cadena qatarí Al Yasira, Osama Ben Laden recuerda, antes de cualquier otro argumento, el hecho de que “la nación islámica padece desde hace ochenta años humillación y desprecio”. Al decir esto, se está refiriendo no a Palestina o a Irak, sino… a la supresión del califato por Ataturk, en 1924. Y continúa: “Estados Unidos no vivirá en paz mientras no reine la paz en Palestina (aquí hay que entender: hasta que Jerusalén no sea liberada) y mientras todos los ejércitos de los infieles no abandonen la tierra de Mahoma” (Arabia Saudita). En cambio, no establece ninguna relación con situaciones políticas locales, como el levantamiento del embargo a Irak, o la situación en Argelia. Adepto del sunnismo salafista, Ben Laden no manifiesta una solidaridad musulmana absoluta: el asesinato del comandante Masud, también musulmán, no le dice nada y no busca ningún apoyo del régimen iraní, islamista por cierto, pero chiíta.

Esta religiosidad culmina en un milenarismo que impregna el discurso del jefe de Al Qaeda y reduce la política a su mínima expresión. En los “Estudios militares de la Yihad contra los tiranos”, documento de cerca de 200 páginas encontrado en Gran Bretaña en mayo de 2000, se dice que “el martirio (…) permite la realización de la religión de Alá, todopoderoso en la tierra”1. Como en todos los discursos de las sectas, lo religioso se superpone a lo político y lo vuelve inútil, al anunciar una rápida realización del Paraíso en la tierra.

Esta nueva forma de islamismo radical es el resultado, sin duda, de una cantidad de probados fracasos políticos e ideológicos: el final del tercermundismo, la falla del socialismo árabe, el callejón sin salida del islam político2, incrementados por la conciencia de que las autoridades oficiales del mundo árabe han sido “nacionalizadas” por los regímenes actuales (como en Arabia Saudita, o en Egipto con la Universidad Al Azhar).

Deriva mortífera

Por otra parte, los atentados de Nueva York y Washington no han sido reivindicados, ni iban acompañados de exigencias que abrieran el camino hacia una negociación con “el otro”. Ninguno de los terroristas desaparecidos el 11 de septiembre tenía un pasado militante, ninguno estaba implicado en un partido del islam político. Con un procedimiento que recuerda el rechazo de Trotsky al socialismo en un solo país, Ben Laden rechaza la idea del islamismo en un solo país. No tiene una estrategia nacional porque actúa para conseguir el triunfo de Alá en toda la tierra.

Otra característica sectaria de esta forma de islamismo es su deriva mortífera. El caso de los kamikazes de Hamás no es el único. En Argelia, los asesinatos ciegos de mujeres y niños perpetrados por el Grupo Islámico Armado (GIA), o por el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), no persiguen ninguna legitimidad política o estratégica: se han convertido en el método mismo de la guerra. Asimismo, Ben Laden tiene claramente la noción del “mártir” que muere por su fe, característica del chiísmo, tal como lo ha demostrado el modelo de los basiyi, esos jóvenes combatientes llamados al frente por el ayatolá Jomeini durante la guerra contra Irak3.

Todos los atentados atribuidos a Al Qaeda exigieron el sacrificio de uno o varios hombres, tanto los ataques de agosto de 1998 contra las embajadas estadounidenses de Africa oriental, como el de octubre de 2000 contra el navío USS Cole. Existe esta necesidad de la muerte del creyente, o del combatiente, como paso privilegiado hacia el Paraíso, en los suicidios colectivos de sectas (Guyana, Templo del Sol); el castigo en relación con la traición de la secta política (Ejército Rojo Japonés o Tigres Tamules), o religiosa (secta japonesa Aum). Y las víctimas inocentes aparecen como condición inevitable de la realización de este objetivo milenarista. El testamento encontrado en el equipaje de Mohamed Atta no expresa ninguna piedad hacia los futuros muertos, a veces calificados de “enemigos” porque no son musulmanes. En cambio, según la secta Aum Shinriko, responsable del primer atentado no convencional con gas sarín en el metro de Tokio el 20 de marzo de 19954, a los mártires y a las víctimas se les concede por igual un pasaje privilegiado al Paraíso. Entre las numerosas sectas milenaristas que hay en el planeta, algunas llegan hasta el mito de la invulnerabilidad mágica: es el caso de los combatientes del Holy Spirit Movement de Uganda, que se arrojan contra las balas, convencidos de su ineficacia.

El gurú es indispensable para que la dimensión parúsica sea completa5. Sus allegados llaman al jefe de Al Qaeda “jeque Osama” o “emir Ben Laden”, porque sus conocimientos religiosos no le permiten aspirar al status de doctor de la fe6. Pero en los videos que envió a la cadena Al Yasira, el hombre no duda en colocarse ante una gruta, en clara referencia a Mahoma expulsado de La Meca. Aunque no puede pretender ser un Dios, puede implícitamente identificarse con el Profeta en el exilio, con Saladino expulsando a los cruzados, o con Hassán Sabáh, el “viejo de la montaña”, jefe de la secta de los Asesinos.

Por otra parte, su ideología se basa en la comodidad intelectual de un racismo sin estados de ánimo. Los enemigos son “los cruzados y los judíos”, “los hipócritas y los impíos”, como demostró la fatwa lanzada en 1998, en apoyo del jeque Omán Abdul Rahmán (condenado por el primer atentado contra el World Trade Center), que exhorta “a todos los musulmanes a matar a ciudadanos estadounidenses, sean militares o civiles”. Aquí se encuentran algunos de los simplismos del discurso de Jaled Kelkal, el responsable de los atentados cometidos en Francia en 1995, según el cual los judíos inventaron el chiísmo para debilitar al sunnismo.

Ese racismo se manifiesta también en la temática antisemita de los judíos que dominarían el mundo de las finanzas. Los atentados no apuntaron contra la Ciudad del Vaticano, la Knesset o la Estatua de la Libertad, sino (por segunda vez) contra las dos torres del World Trade Center, poniendo así de manifiesto una visión que tiene más que ver con una hostilidad a la globalización que con una guerra de religión. En la misma grabación del 7 de octubre, Ben Laden calificaba a Estados Unidos de “símbolo del paganismo moderno”. Esta mezcla de teología y antiglobalización simboliza la profunda esquizofrenia de la sociedad saudita, que en el extranjero practica todo lo que prohibe en su país y ve “afuera”, sobre todo en Estados Unidos, un infierno que se parece mucho al Paraíso prometido al combatiente: el alcohol y las mujeres esperan allí al mártir, según el documento encontrado en el equipaje de Mohamed Atta.

Holding terrorista

En las tropas de Al Qaeda se reúnen tres generaciones. Además de los fundadores, que son veteranos de la guerra de Afganistán procedentes de Medio Oriente (como Ben Laden, y su brazo derecho, Ayman Al-Zawarhi), una segunda generación de musulmanes, que se unió al movimiento a partir de 1992-93, está presente en el atentado del World Trade Center (Ramzi Jusef, por ejemplo). Son desarraigados por necesidad, procedentes de matrimonios entre padres de origen complicado, que los convirtieron en indocumentados en Medio Oriente. No son palestinos, sino a veces nacidos en Pakistán, Filipinas o países de África oriental (como Zacarías Musaui y Samir Al-Jarráh), radicalizados durante su vida en Occidente. Fenómeno clásico, la entrada en la secta se hace al precio de una ruptura individual con la familia, el país de acogida y el país de origen.

Para algunos se trata de un viaje sin retorno, porque en sus países de origen les espera la cárcel e incluso la muerte. Afganistán se había convertido en el refugio de quienes querían o tenían que huir y el martirio es la vía real para salir de ese callejón sin salida. Todos esos exiliados, dispuestos a sacrificarse, pasaron por las manos de Ben Laden, a quien los talibanes confiaron el monopolio del reclutamiento de los no afganos. Esta generación, que vivió el fracaso de los partidos islamistas en los diferentes países, se adhiere a la lucha contra el nuevo enemigo multiforme: “Occidente”. Entre los autores de los atentados del 11 de septiembre, la proporción de sauditas (entre la mitad y dos tercios de los diecinueve terroristas) simboliza la grave crisis política y moral que atraviesa ese país. Esos hombres, como los nihilistas rusos, diplomados y procedentes de familias de la burguesía profesional, forman una intelligentsia que se dirige al pueblo, recurriendo al asesinato y al atentado, para provocarlo y despertarlo.

Un último círculo agrupa a jóvenes rebeldes de origen francés o inmigrados, que hace unos treinta años se hubieran unido a un movimiento maoísta como la Izquierda Proletaria. No son apátridas, sino poseedores de múltiples pasaportes, como Wadi El-Hage, un libanés condenado por los atentados de 1998, en posesión de un pasaporte estadounidense. En muchos casos habían iniciado un ascenso social que, brutalmente interrumpido, provoca una decepción que los lleva a radicalizarse: es tanto el caso de Musaui y Kamel Daudi como el de Jaled Kelkal en 1995. Las oficinas de reclutamiento de esos militantes están situadas en algunas grandes mezquitas de Occidente, sobre todo en la de la Tablig, Finnsbury Park, Mantes-la-Jolie, Brooklyn, etc.

Al Qaeda constituye una especie de holding dirigido por un consejo de administración (chura), que incluye a representantes de los diferentes movimientos terroristas. Se trata casi de un Estado totalitario, cuyas subdivisiones organizan el conjunto de las funciones esenciales: ideológica, mediática, administrativa y militar. Esta estructura garantiza la totalidad de las prestaciones indispensables para las operaciones terroristas, incluido probablemente el hacerse cargo de las familias de los mártires. Es capaz de montar alianzas, especie de agrupaciones de intereses terroristas, con otros movimientos que se asocian con ella (Yihad egipcia, grupo filipino Abu Sayaf …). La lista de los 27 “objetivos” de la acción antiterrorista publicada por Washington, completada con otra lista de 39 objetivos a mediados de octubre (que incluye grupos, organizaciones de caridad y personalidades), pone de manifiesto la complejidad de los vínculos tejidos por Ben Laden en el transcurso del tiempo.

  1. Citado por The International Herald Tribune, 29-10-01.
  2. Cf. Olivier Roy sobre el final del islam político, Esprit, París, agosto-septiembre de 2001.
  3. Muy bien analizados por Farhad Josjokavar (Cavard) en un estudio sobre “Les nouvelles formes de la violence”, dirigido por Michel Wieviorka, Cadis, París, 1997.
  4. Parusía es el segundo advenimiento de Cristo: de hecho, para los milenaristas, el Mesías reinará mil años sobre la tierra antes del Juicio Final.
  5. Entrevista con Ben Laden por Hamid Mir, redactor jefe de Aussaf, periódico paquistaní citado por Libération, número especial, París, 21-9-01.
  6. Andrea Paula de Vita, “Morir por Allah”, Le Monde diplomatique edición Cono Sur, octubre 2001.
Autor/es Pierre Conesa
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 31 - Enero 2002
Páginas:22,23
Traducción España. Le Monde diplomatique
Temas Mundialización (Cultura), Terrorismo, Mundialización (Economía), Islamismo, Sectas y Comunidades