Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

La casa de todos

El nudo de la crisis argentina no es económico, sino político. Las políticas económicas que condujeron a esta situación fueron posibles porque una mayoría de la sociedad las aprobaba. De manera activa, en las urnas y en la adopción de un modelo ideológico propagado por los medios de comunicación masivos. Durante demasiados años, las voces que advirtieron sobre las previsibles consecuencias fueron desoídas. Millones de ciudadanos iban pasando del bienestar a la pobreza y de ésta a la miseria sin que los demás se dieran por enterados. La parábola de Bertolt Brecht sobre el avance del nazismo en la Alemania de los años ’20 podría escribirse así en la Argentina de hoy: “Primero se empobreció el pobre, pero como yo no era pobre, no me importó. Después se empobreció mi vecino, pero como no me tocaba a mí, no me importó. Ahora me empobrezco yo; todo el país es pobre, pero ya es demasiado tarde”.

Muy pocos advirtieron que la dictadura militar, a pesar de su catastrófica derrota política, se había anotado una estratégica victoria económica e ideológica. El modelo rentístico inaugurado por Alfredo Martínez de Hoz en 1976 siguió vigente con los gobiernos democráticos –que exacerbaron sus defectos con sus métodos populistas– hasta que encontró su propio límite natural. Si ahora está en cuestión es porque ya no puede mantener la ilusión del “peso fuerte” para los sectores medios ni un mínimo asistencialismo para los millones de ciudadanos que arrojó a la marginalidad. La mayor parte de los medios de comunicación que propagaron con desenfado el modelo y sus virtudes son ahora también sus víctimas; empresas quebradas o a punto de quebrar. Los órganos financieros y los centros de poder internacionales que durante estos años señalaban a Argentina como el ejemplo a seguir, la han abandonado: también para ellos el negocio se ha acabado, al menos como funcionaba hasta ahora. Sencillamente, el país no da más de sí.

Huérfana de dirigentes honestos y valientes (fueron 30.000 los muertos, muchos más los radiados de la vida política y social por el destierro y el temor primero, por la frivolidad ambiente después), despertada ahora en forma brutal de su sueño adolescente, la sociedad ha identificado de un día para el otro a los responsables: la dirigencia política, sindical, corporativa. Ha compartido con ella durante al menos un cuarto de siglo las premisas del modelo –especulación, indiferencia social, enajenación del país, corrupción– y ahora reclama por los derechos perdidos. Pero puesto que en estos años no hizo nada por ellos, tiene que empezar de cero, ir descubriendo poco a poco que es inútil reclamar ante quienes permitió que la despojaran. Parece haber aprendido que el sistema democrático es el espacio a preservar, pero la inactividad democrática le ha aflojado los músculos y licuado las ideas. Debe recuperar sus hábitos de movilización y organización; procurarse objetivos, programas razonables y nuevos líderes.

Una radiografía de la situación actual muestra un país quebrado y a los dueños del poder económico enfrentados a la sociedad en la calle. Mediador: la dirigencia política, sindical y corporativa, que en todos estos años sirvió al poder aparentando servir a la sociedad. El poder intenta preservar lo esencial y exige a la dirigencia, mediante todo tipo de chantajes (desde la guerra económica hasta dar a luz sus chanchullos), que ésta haga su trabajo: contener a la sociedad. Pero ésta ha despertado, al menos en relación a sus exigencias inmediatas, y no hay recursos para calmarla. Cuello de botella, callejón sin salida.

¿Sin salida? Es posible avizorar una, si la sociedad no se mantiene vigilante: puesto que los dirigentes no representan los intereses ciudadanos y aunque quisieran no pueden volver a representarlos por incompetencia y debilidad frente al poder, acabarán por diluir los reclamos sociales en mínimas concesiones y promesas en el mejor de los casos, en la represión más despiadada en el peor.

Se abren dos caminos ante la ciudadanía. Uno, conformarse con recuperar parte de lo perdido, adormilarse otra vez y dejar que el país siga por la pendiente que lo lleva al destino bananero: una sociedad con un núcleo rico muy rico; una mínima clase media acomodada cooptada en una universidad de élite, algunos centros científicos al servicio de las multinacionales, algunos núcleos artísticos e intelectuales financiados por la actividad privada y los medios de comunicación; un núcleo proletario mínimo, concentrado en las empresas industriales y de servicio extranjeras; millones de pobres y marginales. Violencia, exclusión, corrupción, dependencia, ignorancia, democracia de fachada. El país del ALCA, el Plan Colombia, el Foro de Davos, la Organización Mundial de Comercio y la dolarización.

Dos, levantar la cabeza, recuperar todo lo útil y motivo de orgullo de la historia nacional y echar por la borda todo lo inservible. Siguen vigentes las posibilidades del país potencialmente muy rico, semidespoblado y a medio camino del desarrollo, con grandes recursos humanos. Está abierta la vía de la autonomía mediante la integración entre pares complementarios, sudamericana primero, latinoamericana después; del desarrollo económico, de una cultura y un modo de vivir propios.

Pero esta alternativa exige refundar la nación, echar las bases de una nueva República, porque nada de lo actualmente existente sirve a los intereses del país y a las aspiraciones de la sociedad. Se mire por donde se mire, todo está obsoleto, caduco, deshecho, si no podrido. Por no funcionar, no funciona ni el fútbol, también devenido un negocio especulativo arruinado, controlado por políticos y mafiosos.

Sin embargo, es preciso comenzar a considerar que todo lo que no funciona es sólo el síntoma de algo más profundo, de una cultura, de una manera de estar en el mundo, de considerar el trabajo, el ahorro y la participación ciudadana, de una ética social débil o inexistente. En otras palabras, parece llegada la hora de que los argentinos reconsideren la idea que tienen de sí mismos, del país y sus instituciones. De dejar atrás definitivamente los consejos del Viejo Vizcacha: una sociedad desarrollada no se define por lo económico o tecnológico, sino esencialmente por la cantidad, variedad y sofisticación de los acuerdos vigentes entre todas las clases y sectores y por el nivel de su cumplimiento en la vida cotidiana (no la ley: eso lo tienen todas, más o menos buena). Cuanto más alto es el nivel de cumplimiento de los códigos, más desarrollada es la sociedad. Por eso la argentina es subdesarrollada: casi no hay acuerdos, los que existen casi nadie los cumple y hay por un lado un profundo conformismo frente a las violaciones y, por otro, una expandida glorificación de la picardía necesaria para sobrevivir en la jungla.

Además de las reivindicaciones puntuales, es necesario ir al fondo de las cosas. El actual silencio astuto de los políticos –en particular del Congreso– ante la rebelión popular no debe ser pasado por alto: ningún dirigente o militante debe ser considerado creíble si no levanta su voz para denunciar la corrupción y los manejos en su partido. Basta ya de políticos “decentes” sólo porque ellos no roban: la decencia pasa hoy por adecentar la propia casa. Cualquier político que no exija un inmediato congreso democrático, que no levante una lista de nombres y métodos a excluir definitivamente de su propio partido debe ser rechazado por la sociedad. En particular radicales y peronistas, que se han repartido el gobierno en los últimos 18 años, saben perfectamente quién es quién y qué hace en el partido. Basta de ex funcionarios que denuncian “políticas equivocadas” como si las políticas no las idearan y aplicaran personas concretas y, peor, como si ellos no hubiesen estado allí.

Ya que la iglesia católica se ha atribuido el papel estelar en la concertación en ciernes, debe exigírsele que convoque a las otras iglesias, a los sectores sociales que tienen propuestas –la universidad, las organizaciones de derechos humanos, cooperativas, pymes, ONG– y que conmine a políticos, sindicalistas y corporaciones a que organicen congresos democráticos de donde surjan nuevas autoridades habilitadas para sumarse al empeño. Si se trata realmente de acabar con este esperpento de país y sentar las bases de un nuevo proyecto nacional, no hay concertación posible con la mayor parte de los actuales dirigentes,

Puesto que el actual gobierno es inevitable y legal (pero no legítimo, puesto que no ha sido votado), deben incrementarse los reclamos respecto a asuntos estratégicos como la remoción de la Corte Suprema. Un Tribunal Supremo realmente independiente podría impedir que el gobierno de transición comprometa aun más la soberanía del país, a espaldas de los ciudadanos, en asuntos estratégicos como la dolarización, el ALCA o la autorización de bases militares extranjeras en territorio nacional. Debe impedirse que este gobierno asuma compromisos irreversibles. La sociedad debe exigir del Congreso que inicie el juicio político a sus actuales miembros, para acabar así con los remilgos del actual ministro de Justicia, Jorge Vanossi, y la escandalosa inacción de los partidos mayoritarios (ver pág. 12).

Hay otras iniciativas posibles, por ejemplo que las organizaciones de derechos humanos y el Colegio de Abogados constituyan una Comisión Investigadora de la Corrupción con apoyo internacional, tomando una docena de casos mayores ejemplares y presentando las conclusiones ante la justicia y la opinión pública. Cada ciudadano debe proponerse recuperar y reactivar su partido político, su sindicato, su organización vecinal, su obra social y hasta su club preferido. Una de las mayores paradojas argentinas es que a pesar de su caótica historia institucional tiene una vieja, profunda y arraigada tradición de democracia horizontal.

Ya se oyen voces, sobre todo en cierta prensa bienpensante, que claman por el fin de las movilizaciones. ¿Se supone que la sociedad debe volver a casa, cuando aún nada está resuelto? Es cierto que el país no puede seguir paralizado, pero no es la sociedad quien lo paraliza, sino las presiones de los lobbies. Es cierto que no puede seguir indefinidamente en estado deliberativo, pero una crisis grave exige nuevas ideas y nuevos dirigentes. Sobre todo, es cierto que se corre el riesgo de caer en la violencia y la anarquía. Es por esto que los ciudadanos deben reservar el recurso de las concentraciones mayores para casos muy puntuales y concentrar sus esfuerzos en la actividad cotidiana en el barrio, en el sindicato, en la empresa, en la ONG, en el partido. Es en su propio ambiente donde los ciudadanos operan mejor y están a salvo de infiltraciones y provocaciones. Al fin y al cabo, el municipio más pequeño es la célula base de la República democrática.

El país debe comenzar a reconstruirse de abajo a arriba, como una casa de todos.

Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:3
Temas Corrupción, Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Estado (Justicia), Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales, Iglesia Católica
Países Argentina