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Vecinos asambleístas

A partir de la noche del 19 de diciembre de 2001, cuando ríos de gente sin convocatoria previa salieron "caceroleando" de los diversos barrios de la ciudad de Buenos Aires y llegaron hasta Plaza de Mayo, fueron generándose en todo el país asambleas barriales de heterogénea composición que parecen constituir el germen de un nuevo movimiento de participación civil, en busca de una profundización democrática. Un movimiento embrionario, que culminó su primer mes de vida con el primer "cacerolazo nacional" del viernes 25 de enero y el apoyo a la marcha de las organizaciones de desocupados del lunes 28.

“La clase media se rebela, no como antes, para reclamar golpes militares, sino con un alto nivel de comprensión de lo que sucede. Por primera vez no excluye a los miserables que abrieron el camino de estas movilizaciones con sus piquetes, y que ni siquiera entraron al ‘corralito’…” Esta evaluación de un vecino de Caballito que se presentó como Emilio, periodista, en el curso de una de las asambleas barriales semanales en el Parque Rivadavia, pone bajo una nueva luz la tan traída y llevada cuestión de las culpas y la frivolidad de la clase media argentina. Son miembros de esa misma clase quienes insisten ahora en sus no asumidas responsabilidades, el carácter peligroso de su odio a la política y su insensibilidad ante las vicisitudes e infortunios de las clases bajas. “Les tocaron el dinero de los bancos y entonces reaccionan”1. Aunque a esta caracterización histórica de esa clase no le falta exactitud, refleja sin embargo una visión que omite el hecho de que ese sector social hace tiempo sufre una creciente disgregación. Y tal vez refleje también la natural dificultad para percibir y reconocer la índole novedosa, inaugural, de un fenómeno (como ocurrió con el nacimiento del peronismo el 17 de octubre de 1945) y la tentación de “verter vino nuevo en odres viejos”.

Una vecina que caceroleaba en Barrio Norte sintetiza la experiencia de ruptura con la complicidad y pasividad de su clase durante el menemismo: “Esta es una autocrítica de la clase media. Durante años no hice nada y dejé que esto se transformara en un caos”2. Y desde el extremo opuesto en cuanto a los intereses defendidos, un columnista le da la razón a Emilio, de Caballito, al alarmarse ante la potencial confluencia entre la clase media y las bajas: “El corralito molesta, pero no es la clave de la crisis… La anormalidad se volvió normal… Los desocupados de la zona sur bonaerense preparan una coordinación de piquetes y cacerolas…”3. Si hemos de atender a la denuncia del jefe de la Federación de Tierras, Viviendas y Hábitat de la Central de Trabajadores Argentinos, Luis D’Elía4, la supuesta confrontación entre esos sectores podría formar parte de la manipulación gubernamental, que pretende jugar a su favor su proverbial control sobre los sectores marginales para lanzarlos contra una clase media que cada día que pasa parece menos dispuesta a callarse.

En la tercera asamblea interbarrial realizada en el Parque Centenario el 27 de enero pasado, un integrante del Bloque de Piqueteros en uso de la palabra denunció a su vez que en una reunión con funcionarios del Ministerio de Trabajo se les hizo llegar la “sugerencia” del presidente Eduardo Duhalde de que “se despegaran de los caceroleros”. “Pero nosotros ganaremos la calle con nuestras reivindicaciones y las de ustedes”, lanzó el piquetero ante la concentración de asambleas barriales que lo ovacionaba y que luego decidiría el apoyo a la marcha de desocupados a Plaza de Mayo del día siguiente.

La marcha estuvo integrada por organizaciones que responden a diferentes líneas políticas: la Corriente Clasista Combativa (CCC), la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) y el Bloque Piquetero, integrado por varias decenas de agrupaciones. Los asambleístas les dieron su apoyo en tanto organizaciones de poder popular que defienden su autonomía frente al clientelismo de la política social de Eduardo Duhalde, pero aclararon que no entraban en la interna del movimiento piquetero.

La animosidad, que tiende a ser indiscriminada, de caceroleros y asambleístas contra los políticos y sus partidos, despierta alarma en más de un sector por su posible confluencia objetiva con proyectos golpistas, en una coyuntura de extrema gravedad, donde un gobierno ostensiblemente débil se debate entre las presiones del poder financiero y las exigencias de una población soliviantada. Resulta obvia la asociación de los asambleístas con el “voto bronca” de las elecciones legislativas del 14 de octubre, donde sólo los votos anulados y en blanco sumaron alrededor de 4 millones. Cierto que en esa ocasión era difícil discernir si quienes colocaban en la urna la foto de su perro, un personaje de historieta o el retrato de Bin Laden respondían a la fuerte campaña mediática de derecha liderada por los periodistas Daniel Hadad y Chiche Gelblung, a una inspiración “revolucionaría” o al simple hartazgo ante la sistemática estafa perpetrada por el establishment político.

Repudio a las dirigencias

Lo indudable es que ni el entonces presidente aliancista Fernando de la Rúa, ni sus sucesores, los justicialistas Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde, brillaron por su acierto en la interpretación de las raíces de esa furia. Que sin embargo tiene su correlato evidente en el agotamiento de las estructuras partidarias y sindicales que dominaron la historia argentina del siglo XX y en su irreparable vaciamiento de toda noción de representatividad. En la mencionada asamblea interbarrial hubo explícitos y acalorados repudios tanto al ex coronel Mohamed Alí Seineldin5 como al periodista Daniel Hadad. Los asambleístas han atestiguado sus coincidencias en sus objetos de repudio, contra los cuales organizan “cacerolazos” y “escraches”: los miembros de la Corte Suprema, a quienes exigen que renuncien y se sometan a juicio político; los supermercados que remarcan precios y despiden empleados; los bancos, que tras haber ganado fortunas confiscan sueldos, jubilaciones y depósitos; las empresas privatizadas, contra las cuales se insinúa un movimiento conjunto de despedidos, trabajadores en conflicto y usuarios; los medios de comunicación que ignoran o tergiversan el nuevo movimiento civil; los políticos encerrados en una suerte de casta atenta primordialmente a sus negocios privados y prebendas, que excluye o neutraliza a quien pretende quedar fuera de ese círculo de hierro (con Menem, Cavallo, De la Rúa y ahora Duhalde a la cabeza).

Cuando se trata de proponer (una de las recomendaciones explícitas y reiteradas de las asambleas barriales, donde se insiste: no sólo denunciar, sino buscar soluciones), las respuestas se multiplican: las hay de corte libertario, que exaltan “este espacio de superación de la política” o “la posibilidad de reapropiarnos de nuestras vidas”; las mesuradas, que apuntan a “construir una república donde los tres poderes funcionen”… También hay quienes exigen “elecciones ya”, quienes “un referéndum nacional” y quienes “una asamblea constituyente”. Nunca falta el que en las asambleas, ante una diatriba antipolítica, sale a aclarar: “Lo que estamos haciendo ahora también es política; es nuestra política”. Sobrevuela la aspiración a una refundación republicana. “Adiós república bananera, viva la segunda república”, decía uno de los numerosos carteles individuales que desplegaron su ingenio en el primer cacerolazo nacional del 25 de enero.

Grado cero de la política

La extrema suspicacia a cualquier forma de manipulación por parte de aparatos partidarios se extiende a las organizaciones de izquierda, parlamentarias o no, cuyos activistas, sin declarar su pertenencia, intervienen en las asambleas barriales, en un ostensible intento de capitalizar para sus diferentes agrupaciones el incipiente movimiento. A la ansiedad de los activistas por imponer sus consignas y apresurar la concreción de grandes acciones visibles, se opone la voluntad de preservar la originalidad y autonomía de los nuevos espacios: “No tenemos que dejar que nos lo arrebaten”, “Lo que hacemos no está escrito en ninguna parte”, “Este es un movimiento nuevo, cívico”, y en esta defensa confluyen quienes nunca habían participado en acciones públicas y autocritican su pasividad, con quienes han militado, a veces durante décadas, y precisamente por eso no quieren ver repetirse las premisas y prácticas de concepciones políticas que ya conocen y desprecian.

No quieren ser ni mayorías silenciosas, ni los “idiotas útiles” caros a ciertas tradiciones de las organizaciones de izquierda. Los asambleístas ejercen con celo su control de las propuestas y decisiones, al mismo tiempo que dan cabida a las luchas de los más diversos sectores sociales y laborales en conflicto (docentes, personal médico y paramédico de los hospitales públicos, trabajadoras de Brukman, de Pepsico, etc).

Las asambleas barriales encarnan una suerte de vuelta al grado cero de la política; siguen una dinámica muy peculiar, donde se oscila entre propuestas de relevamiento barrial y solución a sus problemas, planificación de actividades semanales, declaraciones políticas de carácter general y discusiones sobre los procedimientos a seguir en la misma asamblea.

“¿Cómo se organiza una asamblea que quiera permanecer fiel al cacerolazo?”, planteaba uno de los innumerables mensajes que circulan por correo electrónico desde que empezó esta movida. El estallido de las pertenencias, asimilado durante años a una peligrosa anomia, parece haber dejado la pertenencia vecinal como la única que no suscita resistencias, y dar lugar a una nueva conciencia civil que busca empecinadamente las formas de una democracia “directa”, o “participativa”, defendiéndose agresivamente ante el menor indicio de utilización o segundas intenciones. Las “delegaciones”, el rol de la asamblea interbarrial como espacio de transmisión de propuestas que no avasalle la soberanía de las barriales, son motivo de tensiones y enfrentamientos. Hay nerviosismos, interrupciones, impaciencias: todos exigen horizontalidad, pero son pocos los que aguantan escuchar durante horas discursos que en muchos casos se repiten. Aunque termina imponiéndose la voluntad de escucharse mutuamente, de no desmoralizarse, de no quebrar la unidad, más importante que las divergencias.

“¡Que venga lo que nunca ha sido!” clama una pintada en el barrio de Palermo. ¿Y si ya hubiera llegado? De las asambleas surgidas de aquel espontáneo y torrencial 19 de diciembre nace un nuevo, incierto país, que no había sido nunca. No llora ni es llorado, canta el Himno nacional y ritma su nombre: “Argentina”, sin delirios de potencia. Es profundamente reacio a toda veleidad de ser “salvado” a través de adhesiones personalistas. Está obsesionado por el drama de la desocupación (las comisiones de desocupados son las primeras en formarse barrio por barrio, junto a las de prensa); por la devastación de las redes de educación y salud pública, que fueron durante un siglo un orgullo nacional. Busca una democracia con control ciudadano, con una dirigencia revocable y que rinda cuentas. Cuando concluye una asamblea, nadie sabe cómo ni hasta cuándo podrá sustentarse este precario movimiento, si llegará al día siguiente, si la semana próxima habrá sobrevivido a las cooptaciones, al desgaste, al miedo, a la brutalidad del poder financiero. Sólo sabe que nació cuando nadie lo esperaba, entre la desolación y la furia, el mismo día que este verano resplandeciente y cruel.

  1. Ver Nicolás Casullo, “Qué clase mi clase sin clase” en Página 12, Buenos Aires, 11-1-02; Sylvina Walger, “Doble mensaje del sonido y la furia” en La Nación, Buenos Aires, 22-1-02; y “Uno no constituye una acción política por los ahorros”, entrevista de María Moreno a Alejandro Kaufman en Página 12, Buenos Aires, 28-1-02.
  2. La Nación, Buenos Aires, 26-1-02
  3. Daniel Gallo, “Un camino ya conocido, del piquete al cacerolazo” en La Nación, Buenos Aires, 22-1-02.
  4. En el programa televisivo “Detrás de las noticias” del 22 de enero, Luis D’Elía acusó al gobernador de la provincia de Buenos Aires Felipe Solá de haber ofrecido apoyo a las organizaciones de desocupados a cambio de que se enfrentaran con los “caceroleros”. Reiteró la denuncia en Página 12, Buenos Aires, 28-1-02.
  5. Preso a raíz de su protagonismo en un intento de golpe militar en 1989, Seineldín, que sostiene un discurso nacionalista-religioso, es presentado por sus seguidores como “víctima del orden económico internacional”, y acusa a la CIA de querer desestabilizar al actual gobierno argentino.
Autor/es Marta Vassallo
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:4,5
Temas Corrupción, Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Estado (Política), Movimientos Sociales, Políticas Locales
Países Argentina