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La gran implosión del año 2002

Los atentados terroristas del 11-9-01 en Estados Unidos pusieron fin a muchas cegueras. Responsables políticos y sociales, científicos y artistas de diversas procedencias no habían esperado la explosión de un terrorismo ciego para denunciar la dimensión de la crisis. El tipo de globalización salvaje que construyen las sociedades occidentales representa una perspectiva inaceptable para la humanidad. ¿Cómo evitar "darse contra la pared"? ¿Cómo construir una "política de civilización" dentro de esta "sociedad-mundo" en gestación? Los humanos han dado sobradas pruebas de que son capaces de una extrema barbarie, pero también de ser susceptibles de conciencia reflexiva, solidaridad y fraternidad.

La grande implosion de l’Occident en l’an 2002 (La gran implosión de Occidente en el año 2002), publicado en 1995 y recibido en medio de un silencio glacial, es un libro extremadamente pertinente de Pierre Thuillier1. Sitúa la implosión de Occidente en el año 2002, en cuyo transcurso, según prevé, la poesía y el amor serían remplazados en todas partes por la racionalización, la competencia desenfrenada y el odio. En eso estamos.

La guerra no estalló sólo en Afganistán, ni perdura sólo en Israel y Palestina. Por todas partes hay braseros latentes o encendidos: en Medio Oriente, en los países del Golfo e Irak; en África, en el Congo, en Sudán, en Somalía, en Nigeria; en Asia, entre Pakistán y la India, en Indonesia y en Filipinas. En América Latina, el desastre económico y social de Argentina amenaza con poner la región en llamas. Y a pesar del carácter más limitado de sus acciones, bandas asesinas no cesan de matar en Irlanda, en España, en Córcega…

El desarrollo ciego de las actividades humanas agrava esta situación, favorecida además por una demografía general desequilibrada. Cabe prever que la humanidad contará con 10.000 millones de individuos en 2020. La regulación de esta demografía y el nivel de vida de los seres humanos serán cada vez más difíciles de manejar, ya que esa progresión viene acompañada de un considerable desequilibrio: el Sur crece a razón de 1.000 millones de seres humanos cada 12 años, frente a un Norte que tiende a estabilizar su población. Para no tomar más que un ejemplo, el del agua potable es elocuente: la demanda no deja de aumentar y los recursos de disminuir. Esta situación acarreará conflictos de toda índole, y sólo se trata de uno de los muchos elementos de una biósfera en peligro.

Los desórdenes climáticos, ligados en parte al efecto invernadero agravado por nuestras actividades industriales desordenadas, instalan una sequía cada vez más extendida en las regiones cercanas al Ecuador y causan rigores climáticos sin precedentes en las zonas templadas. Nuestros modos de consumo y derroche acrecientan el agotamiento de los recursos naturales y el peligro de los ecosistemas. Desechos tóxicos de larga vida se acumulan en condiciones inciertas de seguridad (ver pág. 30). El ascenso de la “polución global” sigue ocasionando nuevas patologías alarmantes para los humanos, así como para las plantas y los animales.

Para los años venideros se está instalando una recesión económica mundial: desde 2001, se la percibe en Japón y Estados Unidos. Pese a los clamores de alarma de los expertos, esta recesión se extenderá a Europa y sus repercusiones serán inevitables en todo el planeta.

Habrá que aceptar el siguiente dato central: la economía capitalista de mercado no se lleva bien con la mutación tecnológica en el campo de la información. Siguen midiéndose mal los efectos del cambio de era en este campo, ya que se persiste en no comprender su significación revolucionaria. Contrariamente a lo que se anuncia, la informática, la robótica, las biotecnologías y las telecomunicaciones digitales generan una cantidad creciente de excluidos del trabajo, lo que acarrea desigualdades económicas, sociales y culturales de una intensidad nunca vista, generadoras de conflictos sociales de extrema violencia.

Los ingresos de las 300 personas más ricas del mundo superan los de los 2.000 millones de personas más pobres; 3.000 millones de individuos enfrentan una desnutrición dramática, que afectará de por vida a bebés y niños. Las epidemias encuentran un terreno ideal para desarrollarse entre los más carenciados: el sida ya mató a 20 millones de personas e infecta actualmente a otros 40 millones. Los estallidos sociales venideros serán aun más temibles porque el uso de drogas crece por todas partes y las armas letales personales acompañan la migración de poblaciones.

Después de los acontecimientos del 11-9-01, se podía esperar que en la mente de los dirigentes surgiesen serias dudas acerca de la economía capitalista productivista mundial. Nada de eso. Bajo la presión de Estados Unidos, los organismos financieros y económicos mundiales retoman sus comportamientos anteriores. Se ruega al Banco Mundial que favorezca a los países aliados de Washington. El Fondo Monetario Internacional (FMI) no cuestiona sus fracasos, asociados con su desprecio hacia los problemas sociales y ambientales en sus reformas denominadas “ajustes estructurales”. La Organización Mundial del Comercio (OMC), después de la conferencia del Doha, retoma con mayor fuerza la liberalización multilateral de los servicios. Después de la mercantilización de la tierra, el trabajo y la moneda, la economía capitalista de mercado se dedica a poner la salud, la educación, la cultura, en una palabra, lo más íntimo de nosotros mismos, al servicio de un economismo totalizante.

Pese a la caída de varias dictaduras, la “gobernanza” de los Estados-nación sigue muy lejos de una participación real de los ciudadanos activos en la gestión cotidiana y comunitaria. El rol del dinero-rey y de la corrupción alcanza un nivel nunca visto. ¿Y cómo no subrayar el creciente papel de las mafias a favor de la especulación y el blanqueo del dinero sucio? Éstas ya controlan sectores enteros, como los del armamento, la droga, las migraciones, el agua, así como el de los medios capaces de anestesiar los espíritus.

Reformar las instituciones

¿Habrá que esperar el agravamiento del caos en curso y la emergencia de catástrofes más radicales para que los pueblos tengan una reacción coherente y cambien el economismo dominante por otras razones para vivir y desarrollarse?

La Organización de las Naciones Unidas (ONU), pese a sus dilaciones y a las dificultades que encuentra para hacer aplicar las resoluciones votadas por sus Estados miembro, sigue siendo el lugar más adecuado para albergar las transformaciones estructurales que permitan avanzar hacia la “sociedad-mundo”. No se trata de encarar de inmediato un “gobierno mundial” dentro del cual las sociedades menos desarrolladas serían tomadas como rehenes, sino de reformar y ampliar las instituciones existentes y de instalar otras nuevas, más adaptadas a la problemática actual.

Hay grupos de trabajo que ya adelantaron una reforma de las estructuras actuales del “Consejo político de seguridad”, que dan poder de decisión a los Estados-nación más poderosos. Asimismo, se presentaron propuestas de modificación de los objetivos y métodos de los grandes organismos mundiales y económicos: el Banco Mundial, el FMI, la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) y la OMC (la única que dispone de un tribunal que distribuye condenas en caso de desacuerdo entre las partes).

Pero hay que ir aun más lejos y crear, en el marco de la ONU, un “Consejo de Seguridad” económico, social y ambiental mundial (como propuso el ex Comisario europeo Jacques Delors), con representantes de los pueblos de todos los continentes y responsables de las ONG calificadas, así como de otros organismos económicos profesionales. Los Primeros Ministros –y no sólo los ministros de los sectores en cuestión– formarían parte de ese Consejo.

Éste se pronunciaría, entre otras cosas, respecto de las regulaciones financieras aplicables a la especulación monetaria como la eliminación de los paraísos fiscales y el blanqueo del dinero sucio. Establecería ajustes monetarios que tengan en cuenta las enormes disparidades económicas, sociales y culturales existentes entre sociedades situadas en zonas geoestratégicas muy distintas.

Este Consejo Mundial Económico, Social y Ambiental sería responsable de las agencias y autoridades permanentes encargadas de dirigir algunos sectores esenciales:

-“agencias mundiales” del medio ambiente, el armamento, la energía, el agua, la droga;

-“autoridades mundiales” para las interdependencias de ciertos campos: telecomunicaciones digitales, fenómenos migratorios y, por supuesto, terrorismo planetario.

Para construir progresivamente una economía al servicio de los hombres, es imperativo declarar “fuera de competencia” a la economía única “de” mercado dominante e instaurar una economía plural “con” mercado, que haga espacio a las derivaciones de una lógica económica ligada a los servicios públicos, a la economía solidaria y social y, por último, a una lógica de distribución incondicional (ingreso de existencia suficiente). Para lograrlo, habrá que utilizar instrumentos inéditos: nuevos indicadores cualitativos de la riqueza junto al Producto Bruto Interno (que representa sólo el crecimiento cuantitativo de los bienes y servicios); pluralidad de monedas, unas destinadas al comercio y las inversiones a largo plazo, y las otras al consumo a corto plazo.

Mundialización del derecho

Para avanzar hacia una estructura más mundializada es preciso considerar proyectos como los del “comercio igualitario”, el “crecimiento endógeno” y la aplicación del principio de prudencia y precaución, habida cuenta de la disparidad de los niveles socio económicos y culturales de las sociedades humanas. La perspectiva de un desarrollo duradero que proteja los equilibrios ecológicos, al tiempo que reduzca progresivamente la pobreza, se revela como el parámetro esencial de esas actitudes.

Calendarios adaptados y respetados, una coordinación económica y monetaria precisas, ciertas “preferencias de zonas”, acompañarían la evolución hacia una mejor armonización de la situación de desigualdad de los conjuntos geopolíticos de hoy.

Debemos favorecer una democracia ciudadana y planetaria que se esfuerce por hacer coexistir estrechas interacciones entre democracia representativa y democracia participativa. La aplicación supervisada del principio de subsidiaridad será un resguardo indispensable en todos los niveles.

Puesto que las tecnologías de la información se burlan de las fronteras, mientras nuestros sistemas actuales de derecho siguen ligados a los Estados, se plantea la necesidad de avanzar hacia una mundialización del derecho. El punto primordial será sin duda la relación entre el “derecho de la economía” y los “derechos humanos”. Esa interdependencia obligará a integrar normas comunes para una justicia mundial que aún está en el limbo.

Esta orientación conducirá también a reflexionar sobre la coordinación entre aquellos derechos de la humanidad aceptados como universales y los que proceden de una cultura e historia distintas a las de Occidente.

La construcción de esta democracia mundial deberá sustentarse en una ética que se apoye en valores compartidos como la inviolabilidad de la vida, el respeto de la dignidad humana, la regla de oro de la reciprocidad respecto a los ciudadanos vivos y la responsabilidad respecto a las generaciones futuras.

Pero la humanidad conoce hoy un peligro aun más grave. En este principio del siglo XXI los humanos adquirieron un poder excepcional en la “procreación de lo viviente”. En el campo de las plantas y los animales, la extensión de los Organismos Genéticamente Modificados y el patentamiento de los elementos del mundo viviente ya hacen prever peligros todavía difíciles de evaluar.

Sobre todo en los humanos, la multiplicación de las técnicas de procreación médica asistida, eventualmente asociadas a modificaciones del genoma de células germinales o embriones, plantea la pregunta crucial de los “límites”: ¿debemos hacer todo lo que es posible hacer o bien debemos decidirnos a no transitar caminos que todavía son inciertos? Teniendo en cuenta nuestros conocimientos aún limitados sobre los modos de coevolución con la biósfera y los distintos aspectos de la conciencia y la subjetividad de los humanos, ¿con qué criterio determinaremos esos límites? Es necesario profundizar las fronteras mediante el atento análisis de las interacciones entre transformación personal, transformación social y prácticas de vida.

Para que estas propuestas puedan concretarse, deben venir acompañadas por un esfuerzo excepcional para cambiar nuestras mentalidades. Mientras la angustia ligada a nuestra sociedad de miedo, de competencia, de jerarquía y de egoísmo comienza a apoderarse de gran cantidad de ciudadanos, lo que representa la mayor urgencia de la humanidad es la construcción de una cultura orientada hacia la emulación, la distribución, la alteridad, la fraternidad. Todo ello supone un formidable esfuerzo educativo, si no queremos que el tiempo necesario para estas transformaciones sea empleado en una aceleración de los mecanismos de guerra, de odio y de encierro identitario que ya sumergen a nuestras sociedades.

  1. Pierre Thuillier, La grande implosion de l’Occident en 2002, Fayard, París, 1995.
Autor/es Jacques Robin
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:20,21
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Terrorismo, Mundialización (Economía)