Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

Asimilación forzosa en el Xinjiang chino

Lo que las autoridades chinas presentan al mundo como una lucha contra el separatismo terrorista uigur, es de hecho una compleja situación que se remonta a las tensiones entre la etnia mayoritaria china Han y la minoría uigur, una de las múltiples que pueblan China, originalmente mayoritaria en la región de Xinjiang. Los uigures hablan en turco y son de confesión musulmana sunnita. El fortalecimiento de la identidad musulmana uigur responde en parte a la política china de "pegar duro" y endurecer la sistemática discriminación y represión china contra los uigures, en el marco de los avances del movimiento islámico en Asia Central, que preocupa al gobierno.

Las montañas rodean Urumqi, capital de la “región autónoma uigur de Xinjiang” y a su millón y medio de habitantes. En las paredes cubiertas de carteles publicitarios (productos occidentales de belleza y marcas insólitas de ropa), devenidos normales en la China de hoy, sólo las consignas en caracteres árabes parecen una concesión a la especificidad del lugar. En las calles principales pasan, entre automóviles occidentales y amplios autobuses, carretas tiradas por burros, cargadas con panes, sandías, uvas, damascos y conducidas por uigures de rasgos centroasiáticos.

A pesar de esa caótica y antiestética modernidad, idéntica a la de todas las aglomeraciones chinas, la ciudad parece salida del siglo XIX. Se pueden comprar productos imposibles de encontrar en el resto de la provincia, como agua de colonia o gemelos; se puede estudiar, hacer negocios, embriagarse con un perfume de metrópoli. La población de las aldeas y los oasis acude a ella para casarse y hacerse un retrato con fotógrafos de largos cabellos.

Diecisiete millones de habitantes (ocho de los cuales son uigures musulmanes, el grupo más importante), pueblan esta gigantesca región de Xinjiang1: dos desiertos situados al oeste de China, enclavados al pie de la cordillera del Himalaya, en la frontera con Mongolia, Rusia, Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán, Pakistán, Afganistán y el Tibet chino. Fortalecida por la existencia de recursos naturales (petróleo, gas natural y carbón), esta posición estratégica hace de Xinjiang una zona de importancia capital para Pekín. Al sudeste, junto al lago Lop Nor, también se encuentran las zonas que el ejército chino utiliza para sus ensayos nucleares.

Urumqi, cabeza de puente de la dominación china2, sigue siendo el centro administrativo de la región. Muchos uigures se han mudado a vivir allí y continúan llegando en busca de trabajo. Su barrio empieza en los alrededores del bazar, donde los comerciantes chinos ofrecen recuerdos a los turistas, mientras los uigures venden principalmente objetos prácticos: telas, alfombras, cacerolas, alimentos, especies.

Diversidad de fisonomías, abanico de colores de ojos y cabellos, variedad de rasgos, todo un pueblo centroasiático se apresura frenético en las callejuelas cercanas. Algunas mujeres llevan en la cabeza un pedazo de tela que solamente les cubre los cabellos. Otras van vestidas con velos más largos y más gruesos. Junto a hombres de largas barbas también se pueden ver mujeres enteramente cubiertas por una especie de manta de lana marrón. Muy escasas hace una decena de años, estas mujeres son cada vez más numerosas, señal de un fortalecimiento de la identidad musulmana en una región que hasta ahora no se caracterizaba especialmente por su tradición religiosa.

Sin embargo, recuerda Enver Can, presidente en el exilio del Congreso Nacional del Turkestán Oriental (nombre que dan los uigures a su tierra natal), “los uigures nunca fueron extremistas religiosos. Son social y culturalmente tolerantes. En el Turkestán oriental viven muchos budistas, cristianos y ortodoxos. Pero desde que las autoridades chinas adoptaron una actitud represiva e injuriosa hacia el islam y aplicaron grandes restricciones (por ejemplo, impidiendo a los funcionarios profesar su religión, asignando imanes a las mezquitas e incluso impidiendo dar educación religiosa a los niños), han emergido grupos más religiosos. Una reacción perfectamente natural. Yo pienso que esta renovación islámica se debe a la represión china. Como si no hubieran encontrado otro modo de defender públicamente su identidad”.

Reticente desde siempre a la autoridad de Pekín3, Xinjiang disfrutó de una casi autonomía hasta 1949, año en que la República Popular intentó consolidar sus fronteras para contener las veleidades de expansión soviética, evitando que se produjeran contactos demasiado estrechos entre los uigures chinos y los uigures que vivían en las repúblicas musulmanas de la URSS. Después, la población fue objeto de vejaciones sistemáticas. La Revolución Cultural destruyó las mezquitas, y para ahogar la reivindicación identitaria empezó a incitar a muchos chinos han a que se instalaran en Xinjiang. La llegada de Den Xiaoping coincidió con un breve respiro a partir de 1978, pero la política de chinoización forzosa se acentuó, coincidiendo con una estrategia de desarrollo local en los años ’90.

Esto reforzó el nacionalismo entre los uigures, convertidos en extranjeros en su propio país. Más aún cuando, en diciembre de 1991, accedieron a la independencia las tres repúblicas musulmanas de la URSS que poseían una frontera común con China (Kazajstán, Kirguizistán y Tayikistán)4. A uno y otro lado de las fronteras fueron muchos los uigures que empezaron a soñar con una República de Uiguristán. La represión no hizo más que consolidar esa tendencia, provocando problemas más o menos graves, una oleada de detenciones en abril-mayo de 1996 y, el 5 de febrero de 1997, un levantamiento que sin duda causó cientos de víctimas en Yining, ciudad de 300.000 habitantes situada en la frontera de Kazajstán5. Durante los motines, los manifestantes reclamaron la formación de un “Estado islámico independiente”. Según el Frente Unido Revolucionario de Turkestán Oriental (FUNR)6, sólo en aquel año de 1997 fueron detenidos 57.000 uigures. Desde entonces, Yining nunca volvió a recuperar la calma.

Difícil vecindad

“Hace años que estamos pidiendo un diálogo, pero los chinos prefieren tratarnos de terroristas, fundamentalistas o extremistas. Pienso que esta actitud revela también sus propias debilidades”, explica Enver Can, en apariencia resignado. Las posiciones de poder están controladas por chinos han y los funcionarios uigures no tienen ningún poder real. A pesar de que sólo se atribuyen títulos oficiales de “vice” o de “asistente” en los puestos de dirección, el Partido Comunista Chino (PCC) está abiertamente dirigido por los han y en el gobierno los uigures no son más que figurantes. Mientras tanto, siguen llegando masivamente colonos chinos.

Una gran variedad de pueblos se agita en Urumqi, resultado de la atracción que ejerce en toda China el aspecto “Far West” de Xinjiang. En contraste con la austera vestimenta de las musulmanas, recorren las calles mujeres “llegadas de otras partes”, a menudo muy maquilladas, con shorts, faldas cortas y tacones altos. Los chinos del interior, normalmente emigrantes estacionales, trabajan en los mercados y en la agricultura, en especial durante la cosecha del algodón. Se codean con los campesinos, alentados a venir para trabajar nuevas tierras e instalarse en las nuevas ciudades.

Resulta difícil tachar de “colonialista” a esa pobre gente que se ve obligada a hacer trabajos muy poco envidiables. Pero su presencia se percibe como una invasión, a pesar de que está dictada por el deseo de escapar de la pobreza. Sobre todo porque no tienen ningún problema para conseguir el precioso permiso de trabajo, normalmente negado a los uigures. “En las ferias organizadas para quienes buscan empleo, hay ofertas de trabajo reservadas para los chinos; los paneles lo demuestran claramente”, se dice aquí con amargura.

Durante los diez últimos años, la población han aumentó en más de un 37%7, exacerbando una situación que nunca fue fácil a lo largo de siglos de una difícil vecindad entre el imperio chino y la población de Asia Central. Cuando Pekín extendió su control sobre Xinjiang, en 1949, los pueblos autóctonos representaban más del 94% de la población y los chinos menos del 6%. La población china representa en este momento más del 40% del total, y a medida que disminuyen las tierras cultivables disponibles, las tensiones entre comunidades aumentan.

“Chinoización”

Esas estadísticas engloban a quienes trabajan y viven en los “bingtuanes”, los cuerpos de campesinos-soldados a los que se confió la misión colonizadora de los años ’50, y que se han convertido en una institución tentacular: sus actividades van desde la gestión del sistema penitenciario (los “bingtuanes” administran la mayoría de los campos de trabajo del gulag chino) hasta la agricultura –con gigantescas granjas estatales– pasando por las actividades industriales y comerciales. Los “bingtuanes”, constituidos casi enteramente por chinos han, cuentan ya con más de dos millones de personas, es decir casi un chino de cada tres que viven en Xinjiang.

Entre ellos se encuentran todavía ex soldados desmovilizados al final de la guerra civil, en 1949, emigrantes forzados de los años ’50 y ’60, y los llegados en los años ’90, para quienes “bingtuan” y Xinjiang son sinónimos: al vivir en un universo aparte, separado del resto del país y todavía fuertemente colectivista, en el seno de espacios gestionados con independencia de las autoridades locales, con sus propias universidades y sus propios hospitales, sus nuevas ciudades y sus fuerzas policiales, responden directamente al gobierno central de Pekín.

En todas las aglomeraciones de Xinjiang se encuentra el mismo esquema que en Urumqi: una nueva ciudad china, fea y caótica pero indudablemente dinámica, con edificios recubiertos de azulejos de mala calidad, que antes de estar terminados ya se han deteriorado. Muchos globos de tela sintética coloreada indican un nuevo restaurante, peluquería o tienda. Al lado, intentando sobrevivir a las excavadoras, la ciudad uigur, compuesta de casas bajas con suelos de tierra apisonada, mejor adaptadas a los cambios extremos de clima, patios sombreados, mezquitas, motivos mediorientales decorando los muros, salones de té, bazares, placitas recónditas y una pobreza creciente. Aumenta también la cantidad de hombres con largas barbas y mujeres veladas.

La educación de los niños se ha convertido en una de las mayores causas de resentimiento. “Si un uigur no tiene un buen nivel de chino, tropieza con enormes dificultades para encontrar empleo. Pero si asiste a la escuela china, se asimila. La política educativa china intenta chinoizar todos los aspectos de la vida de los uigures”, explica Enver Can. Los escritores y los músicos que manifiestan sentimientos étnicos considerados demasiado peligrosos, son censurados e incluso encarcelados.

Un engranaje peligroso. Conforme se cierran o destruyen las mezquitas, las escuelas en lengua uigur no reciben ya la financiación necesaria, a pesar de que su existencia está garantizada por las autoridades. Las prácticas religiosas se convierten en objetivo de la represión, las tensiones provocan revueltas episódicas ahogadas por las autoridades, que multiplican el número de detenciones y ejecuciones capitales.

Kashgar, conocida en toda Asia Central por su deslumbrante bazar donde convergen, como hace siglos, mercaderes de todos los horizontes, mantiene en alto su dignidad de capital de Xinjiang del Sur. En esta parte de la región, los uigures constituyen aún una amplia mayoría y la presencia china resulta todavía más incongruente. Pero la apertura de una nueva línea de ferrocarril, que une Kashgar con Urumqi y el resto de China, podría modificar rápidamente la situación.

Se palpa la tensión en la ciudad, aunque a la gente no le gusta hablar de eso. Los carteles que exigen “entregar inmediatamente las armas”, pegados en el exterior de los puestos de policía, son muy elocuentes. Así como resultan reveladoras las palabras de un taxista, ex chofer del ejército, que lleva treinta años en Xinjiang: “Están locos, ¿quién ha oído hablar del Turkestán Oriental? Son criminales, terroristas. Lo único que se puede hacer con ellos es detenerlos, matarlos. No entienden otro lenguaje”.

Las autoridades no parecen mucho más sutiles. Cualquier reunión entraña inmediatamente una presencia masiva de las fuerzas del orden. Un autobús, vacío, está detenido en mitad de la calle: se han llevado al chofer uigur, dado que la policía decretó la detención de todos los que carezcan de documento de identidad. Los vendedores ambulantes corren hacia sus casas para evitar problemas. A pocos pasos de ese sálvese quien pueda, la vida continúa en el barrio chino, sin problemas aparentes.

En 1996, el gobierno central decidió regular la cuestión mediante una campaña de lucha contra la criminalidad (“pegar duro”), denunciada en el mundo entero por las organizaciones de defensa de los Derechos Humanos, por su brutalidad y la arbitrariedad con que se llevó a cabo. Esta campaña, fiel a su nombre, dirigida tanto a los intelectuales como a los disidentes, a los partidarios de la autodeterminación como a los delincuentes comunes, pega en efecto muy duro y generó graves condenas en el curso de gigantescos procesos públicos.

No es raro ver camiones transportando presos, casi exclusivamente uigures, vestidos con un uniforme azul, con la cabeza rapada y las manos atadas a la espalda. Colgadas del cuello, unas pancartas los califican, en árabe y en chino, como “separatistas” o criminales que han “alterado el orden público”. Se los exhibe en estadios colmados por presión de las autoridades, antes de conducir a los condenados a muerte al lugar de la ejecución. Según Amnistía Internacional, Xinjiang es el único lugar de China donde se sigue condenando a muerte a los presos políticos: entre 1997 y 19998, fueron ejecutadas oficialmente más de 200 personas. Probablemente, las cifras reales son más elevadas, dado que la prensa oficial acostumbra callar en la misma medida en que habla.

En Hotan, que antaño fue la ciudad del jade, la falta de rasgos uigures en la arquitectura del centro de la ciudad, enteramente refaccionada al gusto chino, se ve compensada con una creciente islamización de los habitantes y una inquietante polarización entre chinos han y uigures. Las fotos de los “buscados por la policía”, culpables de atentados, de posesión de armas o simplemente acusados de “separatismo”, cubren los postes de las farolas. “Se criminaliza a la población civil. Aquí, lo mismo que en Ili (o Gulja, la ciudad que fue recientemente escenario de los más violentos disturbios), casi todas las familias tienen alguno de sus miembros ejecutado o muerto, o desaparecido, o encarcelado –habitualmente sin juicio– o torturado. Los hijos de esas familias van a crecer con un gran resentimiento oculto y van a aprovechar todas las oportunidades que se les presenten para organizarse”, protesta un habitante.

Obsesionada por su voluntad de control, Pekín duplica sus esfuerzos para dominar la situación, aplicando las técnicas que tan buen resultado dieron en otros escenarios en los últimos años: cambiar un poco de liberalismo económico por el abandono de las reivindicaciones políticas. Y así ha nacido el gran proyecto de desarrollo económico del Oeste, que intenta sacar de la pobreza a Xinjiang y a casi toda la mitad oeste del país, solicitando inversiones extranjeras. Hasta el momento, los resultados han sido decepcionantes: las inversiones se hacen esperar. La falta de infraestructura y la aspereza del lugar no alientan a las empresas extranjeras a instalarse.

En el verano de 2001, una delegación de industriales de Hong-Kong fue en fanfarria a Xinjiang, pero a pesar de las declaraciones a la prensa, tan entusiastas como convencionales, no se firmó ningún contrato importante. Por otra parte, el dinero que llega hasta aquí parece beneficiar casi exclusivamente a la población china, en virtud de una burocracia que desfavorece sistemáticamente a los uigures9. La esperanza de Pekín –que el desarrollo económico de Xinjiang vincule más estrechamente a la región con China– parece condenada al fracaso: el hecho de que consigan enriquecerse no impide que algunos hombres de negocios uigures apoyen la resistencia antichina y traten de hacer sobrevivir a la cultura uigur10. En cambio, cuando son los chinos los que se enriquecen, eso sólo sirve para exacerbar la oposición a su presencia.

Por consiguiente, a pesar de que la propaganda china decide denominar “terrorista” a todo lo que se opone a su control, es difícil ocultar lo que está en juego en Xinjiang. No se trata fundamentalmente de una cuestión religiosa sino del respeto a las libertades civiles, así como de la supervivencia de un pueblo y una cultura, en proceso de ser asimilados por la fuerza.

  1. 1.600.000 kilómetros cuadrados, una sexta parte de la superficie total del inmenso imperio chino.
  2. Urumqi, desarrollada durante la última dinastía manchú de los Qing (1644-1911), que consolidó la conquista de Xinjiang en el siglo XVIII, fue una ciudad-guarnición para las tropas chinas y sus familias.
  3. La insurrección más importante contra los chinos fue, sin duda, la de Muhammad Yakub Beg, entre 1864 y 1877.
  4. Según el censo de 1989, 263.000 uigures viven en Asia Central (ex) soviética. Según los propios uigures, serían más de un millón.
  5. 10 muertos y 130 heridos, según Pekín.
  6. El FUNR, movimiento independentista, reivindicaba al menos 2.000 combatientes en 1997.
  7. Para los recientes acontecimientos en Xinjiang, ver Nicolás Bacquelin, “Xinjiang in the Nineties”, en China Journal, Nº 44, Canberra, julio de 2000.
  8. Para un análisis muy actualizado de la situación de los derechos humanos en la región, véase también el documento de Human Rights Watch, “China: Human Rights Concerns” en Xinjiang Human Rights Watch Backgrounder, octubre de 2001 (a disposición en Internet, en la página de HRW).
  9. Ver Bruce Gilley, “Uighurs Need Not Apply”, Far Eastern Economic Review, Hong Kong, 23-8-01.
  10. Resulta ejemplar el caso de Rebiya Kadeer, una mujer de negocios uigur que hizo una fortuna en el comercio: durante un tiempo convertida en “modelo” por las autoridades, fue encarcelada durante un año por haber supuestamente contado “secretos de Estado” a su marido, exiliado en Estados Unidos.

Minorías

Sala, Itala María

Los uigures, turcófonos de confesión musulmana sunnita, constituyen la “minoría nacional” más importante de Xinjiang (8 millones de personas). A pesar de que resulta difícil estimar el número de culturas y grupos étnicos, las autoridades de Pekín decidieron, siguiendo en este sentido el modelo de clasificación étnica “positivista-estalinista”, que China está poblada por 56 “nacionalidades” y que la principal es la de los Han: los chinos (92% de la población total). El resto constituye una especie de popurrí de “minorías” diversas, que van desde los tibetanos a los mongoles, pasando por grupos del sudoeste como los miao, los yao y los yi; o del noroeste como los uigures, los kazajs, los rusos, los kirguises, los tayikos…1. Este procedimiento simplifica un proceso multisecular y complejo de encuentros entre culturas y pueblos diversos que sería difícil definir de manera tan nítida, por lo que esta clasificación no tiene gran validez.

Las “minorías”, supuestamente compuestas por buenos salvajes sonrientes y agradecidos de ser guiados por sus hermanos mayores chinos, despojadas de todo espesor, se han convertido en una atracción “a la Disney”. No se trata de una extrapolación: lo atestiguan las descripciones que se pueden encontrar en las innumerables publicaciones dedicadas al tema, así como la existencia de dos parques de atracciones en Pekín y en Shenzhen, dedicados a “China en miniatura” y a las “Minorías en miniatura”. En esos lugares de diversión, junto a reproducciones de la arquitectura típica, las minorías bailan y cantan con indumentarias tradicionales, reducidas a servir de telón de fondo a las fotos de familia de la nueva clase media, que no se plantea preguntas acerca de la situación de los habitantes de los confines de su país.

  1. Se trata de un tema enormemente amplio, que ha suscitado muchos estudios. Ver Frank Dikotter, The Discourse of Race in Modern China, Hurst & Company, Londres, 1992; Colin Mackerras, China’s Minority Cultures, Harvard University Press, 1995.


Fundamentalistas de Asia Central

Sala, Itala María

A pesar de que en estos últimos años los militantes islamistas uigures entablaron estrechos contactos con sus correligionarios en la ex URSS, también mantienen relaciones con Pakistán y Arabia Saudita, y se inspiran en los rebeldes afganos, junto a algunos de los cuales lucharon desde 1986. Muchos uigures chinos estudiaron en las madrasas (escuelas coránicas) y dos de sus organizaciones están (o estaban), según Pekín, presentes en Afganistán: el Movimiento Islámico de Turkestán Oriental y el Partido Uigur de Asia Central. Por su parte, al mismo tiempo, los talibanes exportaban hacia China, y sobre todo a Xinjiang, dos de sus especialidades: el fundamentalismo religioso y, a través del corredor de Wajan, en el extremo este de Afganistán, la heroína barata.

La provincia musulmana del extremo oeste de China se ve por consiguiente directamente afectada por las convulsiones de Asia Central. Desde 1996, para evitar que la disolución de la Unión Soviética y la creación de nuevas repúblicas de Asia Central (las más susceptibles de proporcionar una retaguardia a los movimientos independentistas), produjeran un efecto dominó en Xinjiang, Pekín redobló las gestiones diplomáticas con sus vecinos. Así nació el Grupo de Cooperación de Shanghai (China, Rusia, Kazajstán, Kirguizistán y Tayikistán), que junto a Uzbekistán, incorporada en junio de 2001, fue rebautizada como Organización de Cooperación de Shanghai (OCS). Se trata oficialmente de contener la amenaza islamista, aparte de promover las relaciones económicas entre los miembros.

Apenas dos meses antes de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, los seis países habían firmado un documento de lucha contra el terrorismo, encaminado sobre todo a bloquear la posibilidad de que los independentistas uigures encuentren acogida en alguno de los países firmantes. Hasta entonces, la llegada de Estados Unidos al escenario regional perturbaba enormemente los planes de Pekín, que incluso acusaba a Washington de echar leña al fuego: algunos combatientes uigures, capturados por los rusos en Chechenia, en la primavera de 2000, se habían formado en Turquía, país miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte1.

Sin embargo, después de un momento de duda, China intentó sacar ventaja de la situación creada por los atentados del 11 de septiembre. Denunciando a los independentistas uigures como “terroristas separatistas”, pidió que se los incluya en la lista de “terroristas” elaborada por la coalición internacional. No hacerlo, señaló el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Sun Yuxi, equivaldría a aplicar “dos pesos, dos medidas”. En Rusia, Vladimir Putin jugó exactamente la misma carta, al calificar a los chechenos de “terroristas islámicos”.

  1. Le Monde, París, 28-7-2001.


Autor/es Itala María Sala
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:24,25,26
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Movimientos de Liberación, Minorías, Políticas Locales, Islamismo, Sectas y Comunidades
Países China