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Aliados por la paz

Desde el inicio de la segunda Intifada, en septiembre de 2000, se plantean una serie de preguntas: ¿tiene todavía Israel un aliado por la paz? ¿Hizo bien en reconocer, en 1993, a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y aceptar, en 1994, la instalación de Yasser Arafat en los territorios ocupados, a la cabeza de una Autoridad Palestina que controla una policia que cuenta con decenas de miles de miembros?

Numerosas son las voces que responden negativamente a estos interrogantes. Como es natural, en las filas de una derecha que jamás creyó en el proceso de Oslo, pero también a la izquierda del tablero político. La principal es la del ex primer ministro Ehud Barak, que decidió atribuir a los palestinos su humillante fracaso en las elecciones de 2001. Barak, quien había realizado grandes esfuerzos para encaminar un acuerdo con Siria y con los palestinos y tenía la intención, en caso de victoria, de retomar las conversaciones con Arafat a fin de continuar el proceso acordado en la cumbre de Camp David (continuado con las proposiciones del ex presidente estadounidense William Clinton en diciembre de 2000, y en las conversaciones de Taba, en enero de 2001), decidió que Arafat ya no era un aliado. Este cambio no fue provocado por el inicio del segunda Intifada, tampoco por las dificultades en las negociaciones políticas, sino por su propia derrota en las elecciones de febrero de 2001.

Así, Barak se conviritió en el mejor testigo a favor de la derecha y en el mayor problema para el campo de la paz. Fue uno de los inspiradores del grave error cometido por el Partido Laborista: la participación en el gobierno de Ariel Sharon. Incluso corrió al nuevo Primer Ministro “por derecha”, cuando lo criticó por haber enviado a su hijo y su ministro de Relaciones Exteriores ante Arafat. Visto que, según Barak, éste último no es un aliado, no tiene sentido mantener contacto alguno con él…

De las decisiones de gobierno de Sharon que implican por una parte que Arafat no es un interlocutor apropiado y, por otra, que la Autoridad Palestina apoya al terrorismo, se desprenden el encarcelamiento de hecho del presidente Arafat en Ramallah y la prohibición que se le impone de salir de allí, incluso para asistir a las ceremonias navideñas en Belén: el líder palestino no habría tomado una decisión estratégica que apunte a alcanzar un acuerdo de paz con Israel, y en consecuencia, sería preferible esperar un nuevo socio palestino o incluso acelerar su emergencia.

Algunos responsables extranjeros, principalmente en Estados Unidos, adoptaron esta visión, sobre todo luego de los acontecimientos del 11-9-01. Por lo tanto, sería preferible para Israel atenerse a la conclusión “realista” según la cual no se puede alcanzar un acuerdo de paz con esos interlocutores y que por lo tanto resulta importante encontrar otros.

Israel cometería un terrible error al adoptar este enfoque. La decisión de que Arafat no es un verdadero socio podría traerle aparejada una catástrofe, alejar por un largo período toda chance de paz y de vida normal, provocar un deterioro mayor de la seguridad interior y un agravamiento del marasmo económico en el que se encuentra atascado debido a esta crisis. Durante veinte años, Israel intentó encontrar un aliado para la paz que tomara el control de Cisjordania y la Banda de Gaza. Ahora que lo encontró, sería mejor no abandonarlo tan a la ligera.

Hussein, el rey de Jordania, estaba naturalmente designado para tomar posesión de Cisjordania al cabo de la guerra de junio de 1967 que había emprendido contra Israel y en la que había sido completamente derrotado. Los sucesivos gobiernos de Levi Eshkol, Golda Meir e Itzhak Rabin le propusieron un acuerdo fundado en la restitución del 70% de Cisjordania. Pero Hussein sólo aceptaba un acuerdo fundado en un retiro integral de las fuerzas israelíes de ese territorio. Más de veinte años después, el 31 de julio de 1988, declaró, en un discurso histórico, que renunciaba a toda exigencia relativa a Cisjordania y aceptaba que los palestinos fundaran allí su Estado.

En el curso de las negociaciones de 1978-1979 sobre el futuro del Sinaí con el presidente egipcio Anuar Al-Sadat, el jefe de gobierno de aquella época, Menahem Begin, propuso que la Banda de Gaza fuera devuelta a Egipto. Sadat rechazó esta oferta generosa y declaró que dejaba ese territorio a los palestinos.

Israel probó suerte con otros interlocutores. A finales de los años ’60 y a comienzos de los ’70, aún esperaba que dirigentes palestinos de Cisjordania estuvieran listos para asumir un rol nacional. Pero éstos se negaron, como fue el caso del alcalde de Hebron, Cheikh Jaabri. A principios de los ’80 Sharon, entonces ministro de Defensa, intentó establecer entre los habitantes de los pueblos árabes una organización palestina proisraelí denominada La Liga de los Pueblos, dirigida por Mustafa Dudin. El fracaso fue total: ningún palestino serio estaba dispuesto a considerar a esta organización como representativa de los palestinos.

En vísperas de la Conferencia de Madrid de 1991, el gobierno de Itzhak Shamir quiso que residentes de Cisjordania y la Banda de Gaza estuviesen representados en una delegación común jordano-palestina, dirigida por un representante jordano. Sin embargo, a todo el mundo le resultaba claro que esos palestinos estaban en estrecho contacto con la dirección de la OLP en Túnez y que recibían directivas de Arafat. Dicho de otra manera, los residentes de los territorios no estaban preparados para asumir responsabilidades nacionales.

Fue necesario que comenzaran las negociaciones secretas de Oslo, en enero de 1993, para que Israel contactase a la parte representativa palestina, aquella que estaba dispuesta a asumir la responsabilidad por la suerte de Cisjordania y Gaza y a fundar allí el Estado del pueblo palestino, al lado del Estado de Israel. El hecho de haber encontrado el interlocutor apropiado del lado palestino y de haber llegado a un acuerdo con él representó un éxito importante del proceso de Oslo, que ofrece una verdadera oportunidad de poner término al conflicto en Medio Oriente.

Durante los últimos nueve años, las dos partes cometieron graves errores, y nadie está libre de reproches. El acuerdo de paz de Oslo no fue completamente respetado por las dos partes. El hecho de que Arafat no haya impedido el desarrollo de la segunda Intifada y la reacción exagerada de Israel condujeron a un callejón sin salida. La Autoridad Palestina representa una primera etapa interesante e importante de construcción de un poder palestino, pero tiene graves problemas y sus errores de gestión deben ser analizados. Se plantean serias cuestiones en cuanto a sus relaciones con organizaciones que le están ligadas, pero utilizan la violencia.

Desde 1974 hasta los acuerdos de Oslo, Arafat tomó una serie de decisiones estratégicas. Sería grotesco imaginar que tomó la decisión de reconocer al Estado de Israel sólo a cambio del cargo de alcalde en Gaza o de Ramallah, restringido a mendigar una autorización israelí para cada desplazamiento. No: lo que quiere el líder palestino es alcanzar un arreglo permanente con Israel que le permita convertirse en presidente de un Estado palestino con Jerusalén como capital.

Arafat es un dirigente problemático. Su pasado no le permite transformarse en el Mahatma Gandhi o en el Dalai Lama. Pero Sharon tampoco es la Madre Teresa. Resultaría fácil “borrarlos” a ambos del mapa político y esperar la próxima generación de dirigentes. Pero ello no significaría el statu quo, sino una profundización de la violencia, la desesperanza y la pobreza. En algunos años Irán dispondrá del arma nuclear y un conflicto en Medio Oriente podría servirle de pretexto para utilizarla. En unos años, la mayoría de los palestinos se encontrará al oeste del Jordán, y si hasta entonces la frontera entre Israel y el Estado Palestino no ha sido fijada, Israel se vería inmerso en una situación de las más complejas.

La necesidad de ambas partes de tener un aliado es vital. Los dos pueblos están preparados para hacer la paz y pagar el precio necesario. Ninguno de los dos puede elegir a su vecino ni al dirigente de su vecino. En lugar de Arafat podría surgir un dirigente de las filas del islam integrista, que no estará de acuerdo en negociar con Israel, o un dirigente moderado que no disponga de la autoridad de Arafat para alcanzar un acuerdo histórico y hacer las concesiones necesarias. Entonces, la única opción realista de la que disponen las dos partes es llegar a un acuerdo con el otro lo más rápidamente posible.

Autor/es Yossi Beilin
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 32 - Febrero 2002
Páginas:29
Traducción Pablo Stancanelli
Temas Conflictos Armados, Militares, Derechos Humanos, Estado (Justicia)
Países Israel, Palestina