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La ideología olímpicaA pocas semanas de los Juegos Olímpicos de Atenas, la machacona difusión del deporte se acentúa. La deportivización del mundo lleva implícita una ideología deportiva que se niega en tanto tal y califica como “desviaciones” las manipulaciones en pro del rendimiento, como el dopaje, que definen la verdadera naturaleza de las competencias. El deporte se pretende apolítico, por encima de regímenes e ideologías, pero los grandes eventos nacionales, continentales o mundiales operan en función del puro negocio y no vacilan en legitimar dictaduras.La mundialización del deporte -que se inició en realidad después de la Segunda Guerra Mundial, con la multiplicación sin fin de las competiciones- se vio acompañada de una "deportivización" del mundo como vector político-ideológico común al conjunto de las potencias financieras que someten el planeta a sus dictados. Después de que el barón Pierre de Coubertin lanzara el irresistible movimiento de propagación deportiva resucitando en 1896 los Juegos Olímpicos en Atenas, el fenómeno deportivo se ha caracterizado por la combinación de varios factores: un desarrollo sin precedentes de la mayoría de los deportes en todo el planeta, su homogeneización internacional por medio de la codificación de reglas unificadas y la desaparición progresiva de las técnicas corporales y juegos vernáculos. La unidad de este conjunto reconfiguró tanto los tiempos del mundo (con la implementación de calendarios competitivos cada vez más apretados) como el espacio geopolítico, con la multiplicación de lugares para el deporte: en la planta baja de los edificios, en los estadios, en casa ante la pantalla y en plena naturaleza. Todo dentro de un espectáculo mundialmente teledifundido. De esta articulación inédita entre el tiempo y el espacio parece brotar incluso una nueva historia, constituida por las proezas, los récords y los rendimientos; una historia generadora de mitos y "fabulosas leyendas", cuyos campeones serían los dioses en medio de un océano de imágenes. Esta pandemia deportiva -la extensión de su esfera de influencia hacia la vida cotidiana- se encuentra, de hecho, en la mundialización del deporte en tanto universo impiadoso de "ganadores", llegado el caso a los golpes. El espacio público, reducido a una pantalla de televisión, está saturado de deporte. El tifus deportivo (origen de la palabra tifosi, "hinchas" en Italia) ha contaminado las conciencias a una velocidad inaudita, haciendo de cada individuo un "hincha" en potencia. A tal punto que el deporte se ejerce ahora en el mismo registro que las necesidades -beber, comer y dormir- y se ha transformado en el espacio-tiempo exclusivo de esas muchedumbres solitarias embrutecidas por la pasión de lo no esencial: un tiro al arco, un sprint o un servicio ganado en el tenis. El deporte constituye la vida cotidiana y para muchos individuos ya no hay nada fuera de él, sino el vacío abismal de la jerga televisada. Si bien los estadios permiten el ejercicio efectivo de la competencia, la verdadera fascinación del espectáculo que se apodera de las multitudes proviene precisamente del poder, al mismo tiempo banalizado e hipnótico, de la retransmisión generalizada de las competencias. Retransmisión que -desde un único punto del mundo, el estadio, hacia todos los puntos posibles, a cada hogar- respeta el estilo propio de estos espectáculos: lo directo, lo instantáneo, la cámara lenta y la repetición desde todos los ángulos. Por su modo de manifestarse, el deporte se ha convertido en uno de los vectores de la mundialización en curso, es decir, un espacio planetario sometido al régimen de un tiempo único cosificado, literalmente coagulado, constituido por el poder universal de la difusión televisiva. El tiempo marcado todavía por la historia, un tiempo complejo, de una cierta fluidez dialéctica 1, ha sido sustituido por el tiempo del deporte, que sacude la historia al ritmo de las competencias, de los récords y de la difusión televisiva. El deporte "realmente existente" no es más que un frenesí de competencias, una organización planetaria de su rotación permanente en un calendario universal. "Iconomanía"Los campeones, nuevas estrellas de la mundialización, han ocupado el lugar de las grandes figuras del cine y del show-business. El deportista de alto nivel se ha vuelto el modelo publicitario a seguir, ése con el que la juventud debe identificarse. No sólo los patrocinadores construyen la imagen de los deportistas como productos mundializados estándar, sino que la mundialización transmite las figuras planetarias de deportistas uniformizados: su lengua común es la jerigonza anglo-deportiva y su manera de vivir se ha homogeneizado, con las mismas "bebidas para el esfuerzo", los mismos hoteles de lujo, la misma pasión por las grandes cilindradas, los mismos entrenamientos demenciales, los mismos dopajes, el mismo interés por las cuentas bancarias. Enrolados en teams, escuderías y equipos controlados por poderosos intereses financieros, esos happy few dedican su tiempo a encontrarse alrededor del globo, brindándose como espectáculo ante una inmensa platea de desheredados y de oprimidos, reducidos a no ser más que telespectadores fanatizados o máquinas de aplaudir, como en los reality shows. El poder efectivo de la ideología del deporte resulta de la multiplicación infinita de las imágenes de la competición sin otra mediación que comentarios redundantes de una afligente banalidad. La mundialización permanentemente televisada transforma la pasión deportiva en pasión por la imagen, en una "iconomanía", retomando el concepto de Günther Anders 2. La contaminación general de las conciencias proviene de esa incesante y machacona propaganda deportiva televisada. Con la intermediación de la imaginería infinita impuesta por las tecnologías digitales que adhieren a cada individuo a su pantalla (de internet, teléfono portátil, cine hogareño, televisor, etc.) no sólo se celebran los nuevos íconos del deporte, sino que se destila masivamente la visión deportiva del mundo. "La ideología -escribió Engels- es un proceso que el presunto pensador cumple sin duda con conciencia, pero con una falsa conciencia. Las verdaderas fuerzas motrices que lo ponen en movimiento siguen siendo desconocidas, de lo contrario no sería un proceso ideológico. De esta manera, se imaginan fuerzas motrices falsas o aparentes" 3. Así es como la ideología deportiva pone en escena la acción imaginaria de hipóstasis imaginarias (la idea olímpica, la paz olímpica, el fair-play o juego limpio, el espíritu deportivo, etc.) desconociendo, parodiando o rechazando las fuerzas motrices reales del deporte: la acumulación de ganancias, la carrera desenfrenada hacia el rendimiento, los efectos mortíferos de la competencia. La primera forma de falsa conciencia que singulariza a esta Disneylandia como aparato ideológico es justamente la negación de todo carácter ideológico, la negación política de cualquier característica política del deporte. De modo ingenuo entre los practicantes y dirigentes deportivos inmersos en este océano onírico, al mismo tiempo narcisista y megalómano; y de manera más perversa entre algunos intelectuales, el deporte es presentado como un culto del rendimiento y del esfuerzo competitivo, un universo encantado y encantador de prácticas de superación de sí mismo, que no tendría nada que ver con los enfrentamientos ideológicos, las orientaciones políticas y las convicciones religiosas. El deporte sería fundamentalmente neutro, apolítico, estaría por fuera de la lucha de clases, ni a izquierda ni a derecha, ni siquiera en el centro y por encima de las querellas partidarias y de los conflictos sociales. "Neutralidad axiológica"La ideología de la "neutralidad axiológica" niega ferozmente el papel del deporte como empresa de embrutecimiento, de adoctrinamiento y de adormecimiento de las masas, tanto en las metrópolis imperialistas como en el Tercer Mundo. Esto se expresa en dos formas esenciales, que no habrá ninguna dificultad en reconocer durante los próximos juegos de estadio, en Atenas. La primera, difundida con insistencia por todas las tendencias de izquierda, consiste en sostener que el deporte puede revestir todos los colores, del rojo vivo al rosa pálido. Organizado de manera "progresista", el deporte podría contribuir a la emancipación de las mujeres, combatir el racismo y la xenofobia, contribuir a la integración republicana, relanzar el ascenso social y, para terminar, promover la "cultura". Habría así un verdadero deporte, un deporte educativo, purificado, un deporte con rostro humano; en resumen, una Esencia o Idea platónica del deporte que se opondría a los lamentables excesos, abusos, desnaturalizaciones y desviaciones del deporte realmente existente. La sórdida realidad de los negocios, del dopaje, de los resultados arreglados y de la corrupción se encarga de llamar periódicamente al orden a esos mercaderes de ilusión. La segunda expresión de la ideología de la neutralidad ideológica, más masiva todavía, se reconstituye periódicamente en las aclamaciones unánimes del "consenso deportivo". El carácter gregario, la masificación, la movilización total -cuando no totalitaria- de las muchedumbres "trastornadas de felicidad" ante las fabulosas hazañas de los dioses del estadio (como la reciente victoria de Túnez en la copa de fútbol de África), se supone que prueban el carácter universal del "ideal deportivo" o de la "idea olímpica". Consterna bastante ver a los intelectuales unirse a la jauría de los fanáticos del músculo, incapaces de sacar a luz la función política reaccionaria de esta deportivización de los espíritus, de este machaqueo emocional artificial alrededor de "nuestros" campeones. En los éxtasis nacionales -algunos han hablado incluso de orgasmo- que saturan el espacio público en caso de victoria, los amigos del deporte se regocijan al reconocer la manifestación de una unión sagrada regeneradora. Los campeones serían la vanguardia de una sociedad reconciliada con ella misma. La victoria del equipo de Francia "blak-blanc-beur" (negro, blanco y árabe) en la Copa del Mundo de fútbol de 1998 fue la ocasión para una ola expansiva de cretinismo populista. Didier Deschamps, el capitán de los "Bleus", afirmaba sin sonrojarse que "el fútbol es un vector que permite borrar las diferencias raciales, sociales y políticas" 4. El entrenador Aimé Jacquet fue todavía más lírico: "Francia se ha reconocido a sí misma a través de este equipo multiétnico. Que esos jóvenes, nacidos en Francia, llenos de alegría de vivir y de ambición, hayan hecho feliz a tanta gente es muy positivo para el país. Creo que esto puede ser un buen impulso para la unidad nacional" 5. El editorialista del periódico comunista L'Humanité seguía la metáfora de la "leyenda del siglo": "Los ídolos azules han entrado en la resplandeciente eternidad del fútbol" 6. Así, no resulta sorprendente que Zinedine Zidane haya sido elegido el "francés preferido de los franceses" y que los más afectados por el opio deportivo hayan incluso pensado en... "¡Zidane presidente!" Sin embargo, esta demagogia unánime no resistió mucho tiempo al principio de realidad: ni el "fútbol de los suburbios", ni el street-ball, ni el "deporte popular", ni el "deporte para todos" han impedido que se agrave la "fractura social" y el constante debilitamiento del vínculo colectivo en los "barrios difíciles". Lejos de aportar a la concordia social, los encuentros deportivos están cada vez más salpicados de incidentes graves y de violencias rencorosas, que no son simples "atropellos" o "hechos policiales", sino la consecuencia de querer lograr la victoria a cualquier precio, que prevalece en todos los escalones del deporte. La jungla deportiva no hace más que refractar aquí su alter ego: la jungla de la mundialización liberal. Pureza y desviacionesEl segundo proceso ideológico es la expresión de la disociación casi esquizofrénica que existe entre los discursos oficiales -que apoyan a su manera a los productores de la buena conciencia deportiva 7- y las tristes evidencias del "medio": aumento y agravamiento de la violencia dentro y fuera de los estadios, escándalos repetidos de corrupción mafiosa o semimafiosa, monetización generalizada de los "valores" deportivos, fraudes y trampas de todo tipo y, sobre todo, dopaje masivo en todos los niveles. Según la buena y vieja lógica de la separación esquizoide, se asiste a una doble disociación: en primer lugar se supone que la institución deportiva es independiente de la sociedad capitalista global y que puede desarrollar una lógica autónoma. En una sociedad gangrenada por la búsqueda de ganancias, el deporte sería capaz de mantenerse como una isla "pura", protegida por sus "valores". Luego se supone que la institución deportiva está dividida según la lógica binaria del "buen deporte" opuesta a sus "malos usos", sus "desviaciones" y sus "desfiguraciones". El dopaje no sería, en este sentido, más que un epifenómeno desgraciado que "desvía" ciertamente de la ética del deporte; una práctica limitada a algunos escasos tramposos en algunos deportes particulares. Pero los acontecimientos de los últimos quince años han mostrado claramente que el dopaje, más que una transgresión episódica, es un revelador teratológico de la naturaleza exacta del deporte: una carrera irreversible hacia las manipulaciones bioquímicas, una "antropomaximización", como decían no hace mucho los teóricos soviéticos, un proyecto totalitario que apunta a someter al ser humano a la fabricación de un ciberhombre o de un ser biónico de nuevo tipo. Investigaciones, procesos, confesiones y revelaciones han terminado por develar el rostro real de las competencias. La avalancha de cuestiones de dopaje en el ciclismo, el atletismo, el fútbol y la natación, después de las más antiguas de la halterofilia, del esquí de fondo y del remo, han dado como resultado poner bajo control a todas las disciplinas, atrapadas unas tras otras por asuntos de dopaje (incluyendo el rugby, la esgrima, el judo, la lucha y el tenis). Se ha replanteado, sobre todo, la lacerante cuestión de las condiciones médicas efectivas en las cuales se cumplen hoy las competencias. La multiplicación de entrenamientos y de juegos, el aumento de la carga de trabajo vinculada al crecimiento constante de exigencias de alto nivel, la intensificación de los desafíos financieros y la presión mediática transformaron definitivamente el dopaje artesanal en una industria multinacional, con proveedores, ramificaciones e intermediarios 8. Mientras la lista de controles positivos se alarga, y esto en todos los niveles de competencia, los responsables fingen descubrir la amplitud de la plaga. Después de cada Vuelta de Francia o de Italia, el ciclismo promete volverse "limpio", ya que teme verse salpicado por un nuevo affaire. En los demás deportes, según parece, sólo algunas ovejas negras aisladas habrían recurrido a sustancias prohibidas... ¡y de manera intermitente! Colmo de la falsa conciencia, los más lúcidos o los más cínicos consienten en maquillar el dopaje bajo una forma eufemística: los complementos vitamínicos, la alimentación enriquecida, la vuelta al equilibrio hormonal, la reoxigenación, los medicamentos contra el asma, los tónicos musculares, la creatina y otros estimulantes del esfuerzo sirven para evocar púdicamente a las innombrables inyecciones y anfetaminas, la administración de diversos anabólicos y corticoides, las transfusiones sanguíneas en dosis altas, cosas corrientes en los tratamientos con EPO y ahora con THG 9. Cuando pocos deportistas de renombre se hacen "pinchar", como el cubano Sotomayor (salto en alto), los británicos Christie y Chambers (velocidad) o el austríaco Schönfelder (esquí), se finge creer en simples "casos aislados". Pero ellos no son más que la punta visible de un inmenso iceberg. Los demás ya no tienen opción: o aceptan de manera más o menos voluntaria recurrir a los "coadyuvantes" del rendimiento, o renuncian a jugar en el patio de los grandes. Si no se tratara de un problema de salud pública se podría hablar, irónicamente, de "fractura deportiva" entre los que ya han adherido a la mega-secta de la adicción y los que todavía esperan para ingresar a ella. A los caballos se los sacrifica claramente, y poco importa que numerosos deportistas se quiebren en la flor de la edad, de "muerte natural", como dicen algunos comunicados alambicados 10, o víctimas de la toxicomanía como Pantani, Maradona y muchos otros, que durante mucho tiempo fueron presentados como "modelos para la juventud". Mientras la Agencia Mundial Antidopaje (AMA) multiplica sus gestos, las leyes antidopaje tímidamente vigentes en algunos países revelan su dramática impotencia y los organismos deportivos su negligencia, por no decir su culpable complacencia ante esta hecatombe programada. "Finalidad sin fines"Sin embargo, se persiste en celebrar lo que no es. De la misma manera que el "ideal comunista" impidió durante mucho tiempo a los militantes reconocer los crímenes del socialismo real, el "ideal deportivo" o la "idea olímpica" -según la terminología ritual en el universo de la publicidad deportivo-mediática- contribuyen masivamente a ocultar las condiciones reales de la práctica deportiva de competición. De la misma manera que hace un tiempo no había que "desesperar" de la fortaleza obrera de Billancourt 11, ahora no hay que desalentar a los engañados que corren el riesgo de tener que doparse. The show must go on... El tercer proceso ideológico se refiere a la visión deportiva del mundo como un conjunto de discursos eficientistas (12). En efecto, la fe deportiva tiene la función esencial de mantener la pureza del dogma atlético, el carácter inmaculado del mito olímpico. En nombre de esta ilusoria "idea deportiva" muchos ideólogos proponen restaurar los valores que se supone exalta el medio deportivo. Pero además del hecho de que el desinterés no ha sido nunca más que un mito idealista, es precisamente en nombre de ese supuesto desinterés que las competencias deportivas han estado siempre al servicio de intereses económicos, políticos e ideológicos que son, en cambio, bien reales. Al invocar de manera casi mística los "valores eternos del deporte", esta ideología trata de cumplirse como profecía auto-cumplida, reduciendo el abismo que existe entre la realidad mundana de la práctica efectiva del deporte-espectáculo capitalista y la esfera celeste de la "idea deportiva". A la manera de un imperativo categórico, trata de alinear las poco relucientes costumbres con un ideal idolatrado, del cual Coubertin fue el gran sacerdote. A los artículos de la fe deportiva (fair play, respeto del adversario, tregua olímpica, amistad entre los pueblos, fiesta de la juventud, etc.) salmodiados en todos los tonos, se los encuentra desde hace lustros en falsas asociaciones: entre el deporte y la cultura, el deporte y la paz, el deporte y la democracia, el deporte y la emancipación de los pueblos, de los desheredados y las mujeres, el deporte y el respeto al medio ambiente, etc. Por una serie de ecuaciones perversas, la ideología deportiva se atreve a identificar el ideal con su negación pura y simple. Así es como en Argentina la "libertad de jugar", celebrada en 1978 por todos los amantes del balón, fue sobre todo una propaganda de la Junta fascista de Jorge Rafael Videla, avalada por la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) y por todos los hinchas. De la misma manera, fue en nombre del "ideal olímpico" que se llevaron a cabo los Juegos de la cruz gamada en Berlín en 1936, los Juegos estalinistas de 1980 en Moscú, los Juegos policiales de Seúl en 1988. También en nombre de la "fraternidad olímpica", Atenas consagrará en agosto de 2004 la reunión "pacífica" de una interminable cohorte de "Estados canallas", de dictaduras bananeras y de regímenes policiales que tratarán de conseguir medallas, honores y consideraciones bajo la protección de millares de militares y de agentes de los servicios de seguridad, movilizados para prevenir atentados terroristas. Atenas -que fue en la Antigüedad la cuna de la filosofía y de la democracia- le pasará luego la llama olímpica a Pekín, símbolo siniestro del despotismo oriental. Entonces los adoradores del deporte cerrarán púdicamente los ojos ante las violaciones masivas de los derechos humanos en China, con el único fin de preservar el "éxito" de la fiesta olímpica de 2008. Olvidados los campos de trabajo, las mentiras de Estado, la ocupación del Tibet, la represión sangrienta de la plaza Tiananmen, las ejecuciones públicas de condenados a muerte, las exacciones de la policía política, las amenazas contra Taiwan y la normalización de Hong Kong, las festividades olímpicas servirán, una vez más, de pantalla para un ejercicio propagandístico de un régimen totalitario. Y la terminología deportiva, con su humanismo de pacotilla, servirá de justificación para una operación de marketing político de la burocracia china. Como de costumbre, la "finalidad sin fines" del deporte legitimará el monopolio de la violencia ilegítima de una tiranía.
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