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Horrores del uranio empobrecido

Experimentadas por sucesivos gobiernos estadounidenses, las armas basadas en uranio empobrecido constituyen un drama que va mucho más allá de las víctimas inmediatas. El daño ecológico es irreversible. Las instituciones encargadas de estudiar países y personas afectadas no han respondido hasta ahora a la urgencia y la gravedad del tema.

“La amenaza de una gran contaminación por uranio empobrecido en Afganistán sigue siendo la preocupación inmediata de los profesionales de la medicina, de los representantes de organizaciones de ayuda humanitaria y de los empleados enviados a trabajar sobre el terreno”. Esto puede leerse en las conclusiones del informe de 130 páginas de Dai Williams, investigador independiente y psicólogo británico, especialista de las condiciones laborales. Bajo el título Mystery Metal Nightmare in Afghanistan? (¿Pesadilla de metal misterioso en Afganistán?)1, ese texto es el producto de más de un año de arduo trabajo sobre el tema de la utilización del uranio empobrecido (UrE) y sus efectos y consecuencias sobre los seres humanos.

A partir de sitios oficiales en Internet2 y de los de fabricantes de armas, Dai Williams pudo descubrir informaciones valiosísimas, seleccionarlas minuciosamente y finalmente compararlas con las armas cuya utilización durante la guerra fue declarada, y hasta celebrada, por el Pentágono. De ello surge una visión de la guerra que sorprende y aterroriza a la vez.

Desde 1997 Estados Unidos reelabora y “mejora” su arsenal de misiles y bombas guiadas e “inteligentes”. Si bien ya fueron probados prototipos de esas armas en las montañas de Kosovo en 1999, un contingente aun más importante fue ensayado en Afganistán. Ahora bien, la “mejora” en cuestión consiste en el reemplazo de una ojiva convencional por una ojiva en “metal pesado denso”3. Calculando el volumen y el peso de ese metal misterioso, se llega a dos conclusiones posibles: o se trata de tungsteno, o de uranio empobrecido.

El tungsteno, sin embargo, presenta ciertos problemas. Su elevado punto de fusión (3.422°C) lo hace muy difícil de trabajar; cuesta caro, es producido fundamentalmente por China, y no se quema.

El UrE, piróforo, se quema al impacto o al contacto con el fuego. Con un punto de fusión de 1.132° C es mucho más fácil de trabajar. Por ser un residuo nuclear, los fabricantes de armas lo obtienen gratuitamente. Para colmo, el hecho de poder utilizarlo en todo un abanico de armas, permite reducir sensiblemente el problema de la conservación de los residuos nucleares.

Ese tipo de armas puede traspasar en pocos segundos decenas de metros de hormigón o de roca. Gracias a un detonador comandado por computadora, que mide la densidad del material en el que debe penetrar, la ojiva en UrE transformada en carga explosiva es accionada a una profundidad preestablecida o una vez que alcanza el “vacío”. Todo lo que se halla en ese “vacío” es reducido en pocos segundos al estado de un fino polvo negro a causa de la combustión del UrE. Pero ese polvo, al mismo tiempo, se transforma en polvo de óxido de uranio. Si bien en el caso de un “perforante” de 30 milímetros sólo se oxida el 30% del UrE, en el caso de un misil puede llegar a oxidarse el 100%. Y como la mayoría de las partículas de polvo generadas miden menos de 1,5 micrones, son por lo tanto respirables.

Para un puñado de investigadores del tema, la controversia generada por la utilización de armas de UrE durante la guerra de Kosovo acabó perdiendo el rumbo. En lugar de preguntarse qué armas habrían sido utilizadas contra la mayoría de los objetivos (túneles en montañas) reconocidos por la OTAN, se centró en el tema de los perforantes antitanque de 30 mm. admitidos por la OTAN, pero sin efecto contra las instalaciones subterráneas reforzadas.

Mientras el debate esté limitado a esos perforantes antitanque, se estará hablando de artefactos cuyo peso máximo no superaba los 5 kilos (los de 120 mm). En tanto que las cargas explosivas en UrE de los sistemas de bombas guiadas utilizadas en Afganistán alcanzan hasta una tonelada y media de UE, como es el caso del bunker buster (GBU-28) fabricado por Raytheon4.

En Ginebra, donde se concentran las organizaciones de ayuda humanitaria que trabajan en Afganistán, el informe de Dai Williams despertó reacciones muy diversas. Mientras que los portavoces del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR) y la Organización para la Coordinación de los Asuntos Humanitarios (OCAH) se esforzaron por difundirlo, los principales dirigentes no parecieron inquietarse. Sólo Médicos sin Fronteras (MSF) y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (UNEP) temen que dentro de cierto tiempo pueda producirse una catástrofe sanitaria y ambiental.

El UNEP y la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicaron en marzo y en abril de 2001, respectivamente, importantes informes que son frecuentemente citados por quienes sostienen el carácter inofensivo del UE, comenzando por el Pentágono, que señala que ambas organizaciones son independientes y neutras. Sin embargo, el estudio del UNEP no es muy sólido y el de la OMS es directamente poco fiable.

La visita a Kosovo a partir de la cual el UNEP elaboró su análisis, se efectuó en base a mapas suministrados por la OTAN, organización cuyas tropas acompañaron a los investigadores para protegerlos de las municiones que no hubieran explotado, incluidas las submuniciones de las bombas de fragmentación. Éstas contenían muy probablemente cargas huecas de UE, según descubrió Williams. Por lo tanto, las citadas tropas habrían mantenido al equipo alejado de esas submuniciones, impidiéndoles descubrir su existencia.

Más aun, teniendo en cuenta que durante los 16 meses que precedieron la visita del UNEP, el Pentágono envió al lugar al menos 10 equipos de control, que hicieron considerables esfuerzos de limpieza5. Sobre los 8.112 “perforantes” antitanque disparados en los sitios visitados, el UNEP sólo pudo recuperar 11, a pesar del elevado porcentaje de no-explosión de los mismos. Además, 18 a 20 meses después de los disparos, la cantidad de polvo detectado directamente en los puntos que habrían sido alcanzados por esas armas fue naturalmente muy bajo.

La OMS, por su parte, no organizó ningún estudio epidemiológico digno de ese nombre, sino un simple estudio académico. Cediendo a las presiones de la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA), se limitó a efectuar investigaciones sobre el UE como metal pesado químicamente contaminante. Advertida en enero de 2001 de la publicación por parte de Le Monde diplomatique de un artículo de fondo que cuestionaba su inacción, la OMS organizó una conferencia de prensa para anunciar la creación de un fondo de 2 millones de dólares –que podría llegar a 20 millones– destinado a la investigación del UrE. Según el doctor Michael Repacholi, el informe sobre ese tema, en preparación desde 1999 y confiado al geólogo británico Barry Smith, incluirá ahora el problema de la contaminación radioactiva. Los estudios previos, explica Repacholi, contendrán análisis de orina de personas expuestas al UrE, realizados de manera que permita establecer el nivel de exposición.

Pero la “monografía” en cuestión, publicada unas diez semanas más tarde, era apenas un ligero recapitulativo de una selección de la bibliografía existente. Sobre los cientos de miles de monografías publicadas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que hubieran debido analizarse minuciosamente, el informe sólo tuvo en cuenta –salvo algunas excepciones– las consagradas a la contaminación química. El puñado de artículos consultados sobre la contaminación radioactiva provenían del Pentágono o bien de la Rand Corporation, think tank del Pentágono. En tales condiciones, es normal que ese texto no haya preocupado a nadie.

Finalmente, las recomendaciones de los dos informes evidenciaban sentido común y no se desviaban casi nada de los consejos ya expresados por la OMS –y continuamente repetidos por las organizaciones humanitarias que trabajan sobre el terreno– desde fines de la guerra. Se trataba, por ejemplo, de señalizar los sitios ya identificados, recolectar todos los perforantes que fuera posible, evitar que los niños se aproximaran a los sitios contaminados, controlar eventualmente el agua de ciertos pozos, etc.

Pero lo esencial del problema se resume en dos puntos clave:

- La radiación que emite el UrE afecta al cuerpo, pues una vez inhalado el polvo, la misma es de origen interno. Ahora bien, las normas internacionales de protección contra la radiación –sobre las cuales se basan los “expertos” para afirmar que el UrE es inofensivo– sólo tratan de las radiaciones de fuente externa;

- El tema del “uranio sucio” que el informe del UNEP tiene el mérito de haber puesto de manifiesto. En efecto, el uranio de las centrales nucleares retratado para utilizarlo como munición, contiene todo tipo de elementos altamente tóxicos, como el plutonio, del cual 1,6 kilos alcanzarían para matar 8.000 millones de personas. En lugar de hablar de uranio empobrecido habría que hablar de “uranio plus”.

En un documental difundido en enero de 2001 por la cadena televisiva francesa Canal +6, un equipo de investigadores franceses presentó el resultado de su trabajo en la planta de retratamiento nuclear de Paducah, en Kentucky, EE.UU. Según el abogado de unos 100.000 demandantes, obreros y ex obreros, todos contaminados a causa de la violación flagrante de las normas de seguridad elementales, toda la planta está irreversiblemente contaminada, al igual que toda su producción. Según los investigadores, es precisamente de esa planta que parece provenir el UrE de los misiles disparados contra Yugoslavia, Afganistán e Irak7.

Esas armas representan mucho más que un nuevo instrumento de las guerras modernas. El programa de rearmamento estadounidense, lanzado por el presidente Ronald Reagan, se basaba en la convicción de que los nuevos conflictos serán ganados por quien logre destruir más eficazmente los centros de comando y de comunicaciones del enemigo. Pero ocurre que los mismos se encuentran casi siempre enterrados en búnkers reforzados.

Por supuesto que un ataque nuclear podría destruir el hormigón, pero produciría radiaciones que hasta el Pentágono reconoce como espantosas, sin contar el hongo atómico, temido en el terreno de las relaciones públicas en un mundo cada vez más sensible a los peligros de la guerra nuclear. A la inversa, el uso de una ojiva de UrE parece limpio: la misma sólo desata un incendio para nada comparable a las consecuencias de una explosión nuclear, pero de gran capacidad de destrucción.

Las informaciones obtenidas por Dai Williams indican que luego de realizar pruebas en computadora en 19878, EE.UU. efectuó sus primeros ensayos reales contra Bagdad en 1991. Posteriormente, la guerra de Kosovo le permitió experimentar sobre blancos de una dureza impresionante los prototipos de armas con UrE y hasta algunas ya en producción. Afganistán le permitiría a la vez ampliar y prolongar esas pruebas.

Pero ni siquiera en el Pentágono las cosas están claras. Dai Williams cita varios artículos aparecidos en la prensa a comienzos de diciembre9, que hablan de equipos NBC10 desplegados sobre el terreno para controlar cualquier eventual contaminación. Según Estados Unidos, ésta sería imputable a los talibanes. Pero ya en octubre de 2001, médicos afganos señalaron casos de muertes rápidas debidas aparentemente a trastornos internos, y acusaron a la coalición de utilizar armas químicas. Los síntomas mencionados (hemorragias, dificultades respiratorias, vómitos), podrían provenir de una contaminación radioactiva.

El 5-12-01, cuando una bomba alcanzó por error a soldados de la coalición, todos los representantes de los medios fueron inmediatamente retirados del lugar y encerrados en un galpón. Según el Pentágono, se trataba de una GBU-31 armada de una ojiva BLU-109. En el documental proyectado por Canal + se ve al representante de un fabricante de armas en la feria internacional de armamentos de Dubai, el 14-11-1999, luego de la guerra de Kosovo. El mismo presenta la ojiva BLU-109 y describe sus capacidades de penetración contra blancos subterráneos duros y reforzados, precisando que acaba de ser probada en una guerra…

El 16 de enero pasado, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, admitió que su país encontró restos de radioactividad en Afganistán11. Pero sólo se trata de ojivas con UrE que supuestamente pertenecen a Al-Qaeda, afirmó, sin explicar cómo esa organización habría podido dispararlas sin contar con aviones. Sobre ese punto, Dai Williams confirma que aún si la coalición no utilizó en ningún caso armas con UrE, las armas que habría utilizado el grupo de Osama Ben Laden representarían por sí solas una fuente importante de contaminación, sobre todo si provienen de Rusia: ese UrE podría ser aún más “sucio” que el de Paducah.

A raíz de investigaciones realizadas en los Balcanes, el UNEP creó una unidad de evaluación pos-conflicto, cuyo director, Henrki Slotte, dice estar dispuesto a intervenir en Afganistán en cuanto sea posible, a condición de que exista suficiente seguridad, de que se garantice el acceso a los sitios en cuestión y de que la operación sea financiada como se debe. De su lado, la OMS se encerró en un mutismo total. Las preguntas dirigidas a Jon Lidon, portavoz de la directora general, Gro Harlem Brundtland, sobre el estado del fondo para la investigación del UrE, no obtuvieron ninguna respuesta del organismo.

Sin embargo, según Dai Williams, los estudios epidemiológicos deberían comenzar inmediatamente, pues de lo contrario todas las víctimas de radiaciones extremas morirán, y su deceso será atribuido al rigor del invierno en esos países, que acaban de pasar dos décadas de guerra.

En el condado estadounidense de Jefferson (Indiana), el Pentágono clausuró el terreno de tiro de unas 80 hectáreas donde antaño probaba los obuses con UrE. El presupuesto más económico para ponerlo nuevamente en condiciones de uso llega a 7.800 millones de dólares, sin contar que se debe extraer toda la tierra y la vegetación hasta seis metros de profundidad y almacenarla para siempre en algún sitio. El ejército estimó ese precio muy alto y buscó otras soluciones. Finalmente decidió regalar el terreno al Servicio de Parques Nacionales para crear una reserva natural, pero éste rechazó la oferta. Actualmente se habla de declarar el antiguo campo de tiro como “Zona de sacrificio nacional” y prohibir el ingreso por la eternidad. He allí una idea de lo que ocurrirá en el futuro con las zonas del planeta en que Estados Unidos utilizó y utilizará armas con uranio empobrecido.

  1. http://www.eoslifework.co.uk/du2012.htm
  2. Janes Defense Information (www.janes.com); Federation of American Scientists (www.fas.org); Centre for Defense Information (ww.cdi.org).
  3. www.fas.org/man/dod-101/sys/smart/hdbtdc.htm
  4. www.fas.org/man/dod-101/sys/smart/index.html; www.usatoday.com/graphics/news/gra/gbuster/ frame.htm
  5. Chronology of environmental sampling in the Balkans, www.deploymentlink.osd.nil/du_balkan/ dubalkans:tabc.htm
  6. La Guerre radioactive secrète, de M. Meissonnier, R. Trilling, G. d’Alessandro y L. Hermann. Difundido en febrero de 2000, y actualizado y transmitido en enero de 2001 con el título L’Uranium appauvrinous, nous avons retrouvé l’usine contaminée, de R. Trilling y L. Hermann.
  7. Naïma Lefkir Lafitte y Roland Lafitte, “Armes radio-actives contre l’ennemi irakien”, Le Monde diplomatique, París, abril de 1995.
  8. The Use of Modeling and Simulation in the Planning of Attacks on Iraqi Chemical and Biological Warfare Targets: www.gulflink.osd.mil/aircampaign/index.htm
  9. “New Evidence is Adding to US Fears of Al-Quaida Dirty Bomb”, International Herald Tribune, 5-12-01; “Uranium Reportedly Found in Tunnel Complex”, USA Today, 24-12-01.
  10. Nuclear-biológico-químico.
  11. U.S. Says More Weapons Sites Found in Afghanistan, Reuters, 16-1-02.

En Vietnam, el napalm sigue matando

Coryell, Schofield

“Las consecuencias de la guerra química desarrollada por Estados Unidos se ven aún en todos lados”, explica Nguyen Xuân Phuong, una vietnamita de unos 50 años, responsable en Francia de un proyecto de ayuda a los niños víctimas de productos tóxicos lanzados sobre los bosques y los campos de Vietnam.

El objetivo estratégico de esas operaciones de “defoliación” era privar a las guerrillas vietnamitas de sus fuentes de alimentación y proteger a los invasores estadounidenses de sus ataques. Así se explica que enormes cantidades de esos venenos fueran esparcidos de manera concentrada en las zonas adyacentes a las bases estadounidenses, aeródromos y rutas terrestres y fluviales. Uno de los objetivos principales fue la famosa ruta Ho Chi Minh, por la cual se transportaban regularmente armas y municiones del norte al sur de Vietnam.

En octubre de 1980 se creó una comisión oficial1 en Ho Chi Minh-Ville (ex-Saigon) para estudiar las consecuencias de esas acciones. Ésta pudo comprobar una serie de enfermedades y de síntomas provocados por esos herbicidas que no sólo destruyen las plantas, sino también la vida y la salud de los habitantes, provocando cáncer de pulmón y de próstata, enfermedades de la piel, del cerebro y de los sistemas nervioso, respiratorio y circulatorio, además de ceguera y diversas anomalías en los recién nacidos. Según la Cruz Roja vietnamita, muchos de esos males se deben al principio activo del napalm, llamado “agente naranja” dado que el ejército estadounidense lo había depositado en barriles pintados de ese color2. Sus efectos destructores provienen en gran medida de su componente principal, la dioxina, uno de los productos tóxicos más poderosos que se conocen, y que perturba las funciones hormonales, inmunitarias y reproductivas del organismo.

Esas operaciones de guerra química, iniciadas en 1961 con el visto bueno del presidente John Kennedy, fueron intensificándose progresivamente hasta alcanzar su cenit en 1965, disminuyendo a partir de entonces. En 1971 cesaron, a raíz de numerosas protestas en todo el mundo, incluso en Estados Unidos, de parte de científicos, parlamentarios, y sobre todo de ex combatientes estadounidenses.

Los daños causados son considerables. El Servicio secreto interaliados para Vietnam (Combined Intelligence Center for Vietnam - CICV)3 estima que los cultivos destruidos en 5 años de aplicaciones constantes de agente naranja desde aviones y helicópteros, habrían podido alimentar 245.000 personas durante todo un año. Según la UNESCO, el 20 % de los bosques sudvietnamitas fue destruido químicamente por ese medio4.

Los herbicidas utilizados en esas ofensivas fueron suministrados al ejército estadounidense fundamentalmente por algunas grandes empresas. La primera de ellas fue Dow Chemical, una de las más poderosas compañías estadounidenses en ese rubro, seguida por Thompson, Diamond, Monsanto, Hercules, Uniroyal. Fue contra esas firmas, y no contra el gobierno estadounidense que, posteriormente, en 1984, las organizaciones de ex combatientes estadounidenses decidieron entablar juicio, para obtener reparaciones financieras por las enfermedades contraídas a raíz del contacto con el agente naranja. La ley estadounidense prohíbe formalmente los juicios contra el gobierno por actos cometidos durante operaciones militares.

Paradójicamente, las posibilidades de acción jurídica de esos ex combatientes se vieron reforzadas por la intervención del almirante Elmo Zumwal, el mismo que había dado la orden a las fuerzas navales estadounidenses de utilizar ese herbicida de forma masiva. Luego de observar la eficacia militar del producto el almirante comprobó los efectos sobre sus tropas y hasta sobre su propia familia: uno de sus nietos nació con graves deficiencias físicas y mentales, y él mismo murió muy joven de un cáncer generado por ese veneno.

Luego de muchas dudas y dilaciones, Estados Unidos terminó por reconocer la existencia de una vinculación entre el agente naranja y los síntomas que padecen los ex combatientes estadounidenses: ceguera, diabetes, cáncer de próstata y de pulmón y malformaciones de brazos y piernas, entre otros.

En mayo de 1984, justo antes del día del juicio, las firmas acusadas decidieron llegar a un arreglo amigable, pagando 180 millones de dólares a un fondo de compensación para los ex combatientes víctimas de la dioxina. Así, de 68.000 demandantes, unos 40.000 recibieron sumas que van de 256 a 12.800 dólares, según la gravedad de su caso. En cambio, ninguna de las víctimas vietnamitas, que se cuentan por cientos de miles, recibió ni un céntimo de indemnización.

Esto pone de relieve el interés del proyecto “Vietnam, los hijos de la dioxina”, que la señora Nguyen Xuân Phuong organizó en París en colaboración con las autoridades vietnamitas5. Entre las actividades previstas en ese marco figura, por ejemplo, la organización de un sistema de padrinazgos, por el cual una persona destina una cierta suma –según los propios medios y motivaciones– para ayudar al mantenimiento físico y moral de una familia vietnamita. Esa asociación también reúne fondos para la creación de centros médicos destinados al tratamiento de las enfermedades provocadas por el agente naranja, y para la investigación sobre la naturaleza de esas enfermedades y el desarrollo de terapias adecuadas.

  1. Se trata del comité nacional de investigación de las consecuencias de la guerra química en Vietnam, llamado “Comité 10-80”, que trabajó en colaboración con institutos y universidades vietnamitas y con científicos extranjeros.
  2. Le Cao Dai, L’agent orange dans la guerre du Vietnam : historique et conséquences, traducido del inglés al francés por el doctor Jean Meynard, disponible en la asociación Vietnam, los hijos de la dioxina: ver nota 5.
  3. El CICV era un servicio de informaciones estadounidense con base en Vietnam.
  4. El Correo de la Unesco, París, mayo de 2000.
  5. Vietnam, los hijos de la dioxina, 7, square Dunois, apt. 1021, 75013 París. Tel: 01 40 56 72 06. Mail: phuongN@ifrance.com. La asociación fue creada en mayo de 2001, durante la visita a Francia de la señora Nguyen Thi Binh, vicepresidente de Vietnam.


Autor/es Robert Parsons
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:16,17
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Tecnologías, Armamentismo, Derechos Humanos, Medioambiente, Salud
Países Estados Unidos