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Recuadros:

¿Peligra la integridad territorial?

El desmonte de las redes institucionales que gestionaba el Estado, la virulencia que están tomando las relaciones entre el gobierno central y las provincias, la creciente dimensión territorial que asume la disputa político - económica en el orden post convertibilidad y el ajuste que el FMI exige en las provincias como condición central para apoyar al gobierno de Duhalde, parecen anticipar tensiones hacia la fragmentación territorial.

Dentro de los múltiples escenarios sombríos a los que puede llevar la crisis, quizás el más terrible sea el de la disgregación territorial. En esa pesadilla, es posible imaginar que algún segmento de la Patagonia –alrededor de la renta petrolera y gasífera– y una imprecisa área del norte nacional –impulsada por emprendimientos delictivos como el narcotráfico, el comercio de armas y el contrabando– encabecen una fragmentación.

Por supuesto, estas cuestiones deben tratarse con cautela. No tienen que servir de excusa para justificar transferencias extraordinarias a caudillos del interior que sólo servirían para seguir financiando su liderazgo feudal1. Tampoco para olvidar que en el pasado, amenazas sobre el territorio más imaginarias que reales dieron rienda suelta a un militarismo que patrocinaba el exterminio de opositores en nombre de la soberanía nacional.

Pero tampoco hay que ocultar los riesgos. En primer lugar, debe destacarse que el patrón de acumulación hegemónico a nivel mundial se caracteriza por tender a debilitar los Estados–Nación. Estas tendencias no son menores en América Latina, donde las reformas inauguradas a partir de los ’70 han desmontado una serie de instituciones que servían como articuladoras territoriales.

Una investigación de la Universidad de Harvard se ocupó de la larga inmovilidad de las fronteras de América Latina, mientras en varias regiones del planeta se producían continuos cambios de los límites internacionales. El Centro David Rockefeller para Estudios Latinoamericanos augura que esta estabilidad va a derrumbarse en este siglo; que en los próximos 25 años entre 50 y 80 nuevos miembros presentarán su candidatura ante Naciones Unidas y que “varios de ellos serán, precisamente, de América Latina”2.

Unificación nacional

Argentina es un país muy extenso, con una importante diversidad territorial y climática. Sobre su heterogénea superficie, las economías de las diferentes regiones se fueron convirtiendo en hitos fragmentados donde –ocasionalmente– surgen enclaves productivos (minería, petróleo, agricultura intensiva), de bajo encadenamiento con el resto del aparato productivo nacional.

Históricamente, Argentina tiene además experiencia de secesiones. En su nacimiento –y en el marco de la llamada balcanización de América Latina– fue una de las cuatro repúblicas surgidas como consecuencia de la disgregación del Virreinato del Río de la Plata.

Esta diáspora pudo no terminar allí. Por citar un par de ejemplos, cabe recordar que entre 1852 y 1862 Buenos Aires estuvo separada del resto de la entonces Confederación Argentina y que recién hacia fines del siglo XIX se incorporan efectivamente los territorios del Chaco y la Patagonia.

El fin de las tendencias hacia la fragmentación puede vincularse con el poder aglutinante (económico, militar) que tuvo el éxito del modelo agroexportador. Se estructura así un nuevo equilibrio territorial, donde lo que empieza a conocerse como “el interior” recibe parte del excedente pampeano para desarrollar las economías regionales y para poblar los territorios.

Esta Argentina que surge al siglo XX –y que podría definirse como regionalmente plural– tiene una clase dirigente preocupada por alcanzar una cierta homogeneidad territorial, cultural y social. Para lograrlo, desarrolla una serie de políticas de unificación nacional con dos instituciones emblemáticas: el ejército y la escuela.

Las fuerzas armadas en general y el ejército en particular estructuraron una malla de cuarteles a lo largo y ancho del territorio nacional, que sirvió para poblar la frontera y asentar la dominación nacional en los puntos más recónditos del país. Fue asimismo –todo hay que decirlo– custodio de un cierto orden social y directo responsable de las peores masacres de aquellos que real o supuestamente amenazaron a los poderosos de turno.

La escuela se dedicó a argentinizar en serie a los hijos de inmigrantes y aborígenes. El modelo educativo dominante tuvo el objetivo de consolidar la construcción del Estado-Nación, por lo que la penetración ideológica destinada a reforzar una identidad colectiva fue su propósito fundamental. Si bien la Constitución Nacional establecía que la instrucción básica era una prerrogativa provincial, desde los inicios del siglo XX el gobierno central crea y gestiona un número tal de escuelas que se convierte en el principal responsable y administrador del sistema educativo.

Los cambios que se suceden en el país a partir de mediados de los ’70 de este siglo van desmontando la estructura económica, política y social que sostenía el equilibrio interregional. Las políticas económicas inducen la bancarrota de las economías regionales y el fin de las acciones de poblamiento.

Coaliciones regionales

Este proceso se profundiza en los ’90, cuando se terminan de desarmar irresponsablemente las redes de cohesión nacional, reemplazándolas por una estructura de transferencias financieras a las provincias, cuyo principal elemento es la Coparticipación Federal de Impuestos. Así se sostiene un sistema peronista-radical de punteros políticos que garantizan gobernabilidad por medio de políticas clientelares y prebendarias. Los mecanismos democráticos del voto y la discusión parlamentaria no definen proyectos alternativos, sino que dirimen quiénes (radicales, peronistas o, en algunos casos, miembros de partidos provinciales), repartirán territorialmente los recursos que llegan desde el gobierno central.

Esta forma de dominación tiene como subproducto el corrimiento del eje del poder desde el gobierno central hacia las provincias. Como líderes del aparato político territorial y, consecuentemente, de los representantes ante el parlamento nacional, los gobernadores ocupan, cada vez más, los lugares clave del sistema político argentino. Además, estos personajes son los que están funcionando como “cuasi gerentes de las empresas afincadas en su provincia”3.

Este posicionamiento de los gobernadores permitió que en el reciente caso del impuesto a las empresas petroleras, se generase una alianza entre empresarios, sindicatos y gobiernos provinciales. Si bien el conflicto se ha ido disipando –por ahora– sin ganadores ni perdedores netos, persiste el interrogante sobre la capacidad del gobierno nacional para enfrentar, desde perspectivas que tomen en cuenta el conjunto del país, coaliciones políticas territoriales.

Para arrimar más combustible a este contexto explosivo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha puesto como condición central de su ayuda un “ajuste” en las provincias y la sanción de una nueva ley de Coparticipación Federal, cuyo sesgo no resulta difícil de adivinar. Los puntos de contacto con trágicas historias recientes son alarmantes (ver recuadro).

Junto a este rosario de problemas, es preciso hacer mención de algunos de los numerosos hechos que atenúan la amenaza de disgregación geográfica. No existen en Argentina planteos separatistas de minorías religiosas, étnicas o lingüísticas; sobrevive en el país –especialmente en el interior– un fuerte sentimiento de pertenencia nacional y, sobre todo, están cobrando fuerza vastos movimientos sociales y políticos hacia la unidad del subcontinente. Así, como el siglo XIX fue el de la balcanización de América Latina, el siglo XXI podría –si estos movimientos se afianzan– convertirse en el de su definitiva reunificación.

  1. Roxana Rubins y Horacio Cao “Las satrapías de siempre”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, agosto de 2000.
  2. Investigación reseñada por Rogelio García Lupo: “América latina se prepara para romper sus mapas con la creación de más naciones”, Argirópolis, 19-02-02 (www.argiropolis.com.ar). Luis Bilbao, en una entrevista al Diario Puntal de Río Cuarto (18/02/2002) también destaca el peligro de que el país avance hacia una fragmentación territorial.
  3. Mario Wainfeld, Página 12, 17-02-02.

El ejemplo de Yugoslavia

Sin establecer paralelismos (por las obvias diferencias contextuales y estructurales), es sugestivo recordar algunos párrafos de una nota de André Gunder Frank1 acerca de la crisis de los Balcanes: “Cualquier análisis objetivo de la situación demostraría que no son 400 años de conflicto étnico en Yugoslavia, sino 20, 10 y dos años de acción e inacción criminalmente peligrosas por parte de las potencias occidentales (…). Para empezar, fue la política económica, monetaria y militar de Estados Unidos la principal causante de que se agravara la crisis mundial y de que su mayor peso cayera sobre las espaldas menos preparadas para soportarlos, como Rusia y Yugoslavia. Las de esta última estaban ya tan recargadas por la deuda externa, que en 1984 era claro que sin auxilio exterior el resultado iba a ser un régimen militar, guerra civil o las dos cosas juntas. Entonces, para añadir el insulto a la injuria y hacer todavía más daño, el FMI empujó al Estado Federal Yugoslavo a un suicidio de facto al obligarlo a suprimir el fondo de transferencia a las repúblicas que lo constituían. Con esto, la Yugoslavia Federal perdió su razón de ser económica, al mismo tiempo que el ajuste del FMI, una recesión económica, y una pobreza y polarización crecientes golpearon al país y a su pueblo”.

Los intereses contradictorios de las diferentes potencias (Unión Europea, Estados Unidos, Rusia) hicieron el resto.

  1. André Gunder Frank, “Vuelve el muro de Berlín, pero en otro territorio”, Página 12, Buenos Aires, 04-04-1999.


Autor/es Horacio Cao, Josefina Vaca
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:8
Temas Desarrollo, Geopolítica
Países Argentina