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Los nuevos internacionalistas

La propuesta de constituir una fuerza internacional de protección para la población palestina fracasó en diciembre de 2001 en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La prescindencia de los Estados es suplida por la participación de voluntarios agrupados en Organizaciones No Gubernamentales -coordinadas por la asociación palestina Rapprochement- que cumplen en territorio palestino misiones de salvaguarda de los derechos personales, y la colaboración en plantaciones y cosechas, entre otras actividades.

Al norte de Jerusalén este, en la zona anexada por Israel, se extiende sobre una colina el campamento de refugiados palestinos de Shu’fat, donde viven hacinadas 30.000 personas. Las familias comenzaron a instalarse allí en 1967, expulsadas del “barrio marroquí” que se hallaba frente al Muro de los Lamentos. Desde ese campamento vieron crecer las colonias de asentamiento israelíes. Y en los últimos años asisten a su extensión y a la instalación de nuevas implantaciones sobre tierras confiscadas a los campesinos palestinos.

Para los refugiados de Shu’fat –un campamento desprovisto de infraestructuras modernas, donde las aguas servidas corren por las calles– conseguir de las autoridades de ocupación un permiso de construcción es una misión imposible. Para dar cabida a las nuevas generaciones las familias agregan un piso a la casa. Algunos, sin embargo, se arriesgan a edificar. Se arriesgan, porque en tales casos el ejército israelí pega sobre las paredes la orden de demolición. Si los habitantes resisten, las topadoras israelíes entran en acción dejando sólo escombros en medio del barro y desesperación en las familias.

En este principio de año 2002, Walid, como tantos otros, teme ver su casa reducida a polvo. Un helicóptero militar sobrevuela el campamento, pero los soldados y sus máquinas no ingresan. Varios voluntarios internacionales de las Misiones Civiles para la Protección del Pueblo Palestino (MCPPP) están presentes. “Pero, ¿cuánto durará la tregua?”, se interroga Daniel, responsable de la Asociación Francia-Palestina-Solidaridad, llegado desde la ciudad francesa de Saint Nazaire.

Desde el comienzo de la segunda Intifada, varios miles de voluntarios de Italia, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Gran Bretaña, Francia, Canadá, Estados Unidos, participaron en esas misiones. Campesinos, periodistas, trabajadores sociales, médicos, jóvenes de barrios suburbanos, editores, artistas, abogados, representantes locales, militantes de movimientos contra la mundialización liberal, sindicalistas, enviados de las iglesias, todos quieren observar, testimoniar, contribuir localmente en la protección de los palestinos. Quieren expresar una solidaridad concreta, ya sea ayudando a pasar un control militar a pacientes que acuden al hospital, o colaborando con los campesinos en la recolección de sus aceitunas, a pesar de las permanentes amenazas de los colonos. Participan en las manifestaciones pacíficas palestinas –a veces israelo-palestinas– por el fin de la ocupación y el envío inmediato de una fuerza internacional de protección del pueblo palestino.

Según el Palestinian Council for Justice and Peace (PCJP), desde fines de septiembre de 2000 a enero de 2002, los palestinos tuvieron 949 muertos –226 de los cuales eran niños– y 33.349 heridos (8.217 de ellos niños), además de 2.950 personas que quedaron inválidas para toda la vida.

El 18-10-01, al día siguiente del asesinato del renunciante ministro israelí Rehavam Zeevi –acción reivindicada por el Frente Popular de Liberación de Palestina (FPLP) como “respuesta” al asesinato de su dirigente Abu Alí Mustafa, ocurrido dos meses antes– las tropas israelíes invadían la zona autónoma de Belén, Beit Jala y los campamentos de los alrededores. En una semana 15 palestinos, todos ellos civiles y sin armas, resultaron muertos, hecho severamente condenado por la asociación israelí de defensa de los derechos humanos B’tselem. Ésta considera que el ejército violó en esa ocasión “uno de los principios fundamentales del derecho internacional”, y deplora que los militares no estén obligados a “rendir cuentas”, lo que representa una incitación a “violar los derechos humanos palestinos con total impunidad”.

Sólo en el mes de enero de 2002, el PCJP contabilizó 34 palestinos (6 de ellos niños) muertos por soldados o colonos; 786 heridos (250 de ellos niños) y 357 detenidos en un mes. Pero el PCJP señala además que en ese período fueron confiscados 3.621 dunam de tierra1, mientras que en otros 597 dunam se destruyeron los cultivos, a la vez que se arrancaron 2.644 árboles frutales y se destruyeron 423 casas… El bloqueo y el sitio impuestos a la población, el número creciente de controles militares que dificultan todo tipo de circulación, tanto de personas como de mercaderías, aumentaron considerablemente el desempleo.

Mientras que las infraestructuras nacionales son destruidas paulatinamente, las horas perdidas en los controles y el ruido de los helicópteros y de los aviones F16 marcan el ritmo de la vida. “Hay que poner término urgentemente a esa violencia cotidiana que sólo genera amargura, desesperación, radicalización y hasta un peligroso sentimiento, según el cual hacer padecer a la sociedad israelí otras formas de terror contribuiría a detener la que nosotros sufrimos”, comenta una militante palestina de los derechos humanos.

La protección de la población palestina aparece como una urgencia. No sólo para defenderla de las violaciones a los derechos más elementales, sino también para poner fin a un ciclo de terror/atentados/represión, fatal para ambas sociedades y poder iniciar por fin el camino de una solución política.

El 14-12-01 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas rechazó la propuesta tunecina de enviar una fuerza internacional de protección a Palestina. Estados Unidos opuso su veto, mientras que Europa se dividió: Gran Bretaña y Noruega se abstuvieron, Francia e Irlanda votaron a favor. A falta de intervención de los Estados, los relevan las “sociedades civiles”, sin demasiadas ilusiones sobre la eficacia que puedan tener los voluntarios civiles para oponerse a un ejército. “Pero queremos comprometer a los Estados para que asuman sus responsabilidades”, comenta la señora Nahla Chahal, de la Campaña Civil Internacional para la Protección del Pueblo Palestino (CCIPPP).

En Palestina, la pequeña asociación Rapproachment, que dirige Hassan Andoni en Beit Sahur, cerca de Belén, organiza estas misiones desde que empezó la insurrección. Ya durante la primera Intifada (1987-1993), se había destacado por su resistencia no violenta a la ocupación, sobre todo negándose a pagar las tasas a las autoridades israelíes. Los saqueos de casas y numerosas detenciones no sirvieron de nada. Durante el año 2001 la mayoría de las ONG palestinas decidieron reunirse para apoyar y recibir a tales misiones. Aparte del interés concreto e inmediato que tiene la intervención de voluntarios internacionales, las asociaciones palestinas se alegran de ver que ello también sirve para romper el aislamiento de su pueblo. Aislamiento físico debido al toque de queda y a otras prohibiciones para circular, pero también moral. Con su solidaridad, esas misiones rechazan la imagen de un mundo dividido en dos bloques homogéneos, uno occidental y otro del sur, y socavan la tentación de un repliegue comunitario, incluso confesional.

Pocos días después de la incursión israelí –con tanques y helicópteros– del 24-10-01 contra Beit Rima, varios voluntarios de una misión civil del CCIPPP llegaron a esa localidad de Cisjordania. “Nuestra visita a la ‘aldea mártir’ comenzó frente a las ruinas de unas paredes calcinadas, cubiertas de fragmentos de vidrio y de tela quemada. El propietario del lugar se considera afortunado: su familia estaba ausente cuando los militares israelíes lanzaron una granada incendiaria por la ventana”, testimonia Olivier, un periodista que participó de la misión. Relata el encuentro con los habitantes de al-Mawassi, una aldea donde las casas fueron totalmente destruidas y ellos obligados a vivir bajo carpas, en la banda de Gaza; o la experiencia con los habitantes de Hebron, sometidos a un toque de queda casi permanente desde hace largos meses y a las exacciones de los colonos fanáticos del centro de la ciudad…

Un grupo de la ciudad francesa de Rennes relata la visita a los campamentos de Aida el 29 de octubre pasado: “Los tanques de agua destruidos, los impactos de tiros sobre casi todas las casas, las escuelas de niñas del UNRWA2 en un estado lamentable”, y el encuentro con familias donde quien no perdió a la madre perdió al padre. Esa misión también decidió trabajar con los palestinos en los campos y en las aldeas. “Queremos instalar la solidaridad, ayudar a los palestinos en su resistencia cotidiana. Garantizar las cosechas a pesar de los riesgos, plantar nuevos árboles en tierras confiscadas, son acciones que sin duda parecen menos mediáticas que las confrontaciones con el ejército. Pero esa determinación permite aguantar, mantenerse en su propia tierra…”, comenta uno de los participantes. Entre los voluntarios, los criadores de ovejas de la ciudad francesa de Millau o los campesinos bretones “que aman la tierra, son muchas veces los más obstinados”.

En Deir Istia, Dominique y Samira recuerdan: “Preparar el terreno, cavar, sacar las piedras, plantar, apisonar la tierra, no demasiado para no dificultar el crecimiento de las raíces, hacer montones de arbustos espinosos para proteger la planta de las gacelas y ocultarla a la vista de los colonos (…) Tres de las siete colonias de los alrededores, construidas en tierras confiscadas, tienen vista directa sobre el terreno”.

Debido a su frecuente presencia en numerosos puestos de control militar, los voluntarios lograron eco en la prensa local y estimularon a muchos palestinos, aun cuando estos son conscientes de que se tendrán que quedar luego de la partida de los “internacionalistas”. El ejército, de su lado, parece contrariado, y en varias ocasiones utilizó la violencia contra esos voluntarios, tratados a veces como “terro-turistas” (sic).

En Europa crece la cantidad de voluntarios, como reflejo de la movilización de la opinión pública. En Francia, el CCIPPP contribuyó en gran medida, organizando en junio de 2001 su primera misión, compuesta por diversas personalidades, en particular comprometidas con el movimiento social y contra la mundialización liberal3. José Bové evocará la “solidaridad internacional de los sin tierra”… Los encuentros entre militantes venidos de países árabes con jóvenes de la inmigración, los debates en torno a las misiones, sobre el carácter político del conflicto, los intercambios al respecto entre ciudadanos de origen árabe o judío, sin duda también tendrán efectos positivos en las zonas suburbanas, se felicita Nahla Chahal, quien afirma además haber comprobado que los hijos de inmigrantes maghrebíes nacidos en Francia –las mujeres mucho más que los varones– desean participar en las actividades de solidaridad en Palestina.

  1. Diez dunam equivalen a una hectárea.
  2. Oficina de ayuda y de obras de las Naciones Unidas para los refugiados de Palestina.
  3. Confederación Campesina (con José Bové); Sindicato de la magistratura; Droits Devant!; Derecho a la Vivienda (Dal); Asociación de Ciudadanos Franceses de origen Árabe o Judío; Movimiento de la Inmigración de las Zonas Suburbanas (MIB); Asociación para el Empleo, la Información y la Solidaridad de los Desempleados y de los Trabajadores Precarios (APEIS).
Autor/es Israel Avran
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:23
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares, Derechos Humanos, Justicia Internacional
Países Israel, Palestina