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Los orígenes de la “impasse” japonesa

El rectorado de Estados Unidos ante Japón desde su victoria en la Segunda Guerra Mundial alimentó un conjunto de conflictos de diversa naturaleza. Si las imposiciones en el terreno económico aparecen ahora como fuente de una dura confrontación, más trascendentes pueden resultar los problemas de identidad generados por la imposición de una cultura distante y en muchos aspectos contrapuesta.

“El nivel de frustración de los japoneses respecto de las exigencias de Estados Unidos es tal, que todas la iniciativas políticas (de Washington), aun aquellas que resultan de interés para el país, hallarán resistencia. Estados Unidos seguramente no lo sabe, pero está aplastando la identidad del pueblo japonés y éste, a la larga, no lo va a aceptar”1. Poco común, esa franqueza de Makato Utsumi, ex alto funcionario, pone el dedo en uno de los aspectos descuidados pero centrales de la interminable crisis japonesa: la gran influencia estadounidense sobre una sociedad que se volvió incapaz de definir objetivos nacionales y de asumir un papel político proporcional a su peso económico.

En verdad, la corrupción, el inmenso despilfarro de recursos en grandes proyectos inútiles y la afligente incompetencia de la casta dirigente salida del Partido Liberal Demócrata (PLD), no son directamente imputables a esa dependencia externa. Pero en gran medida Estados Unidos dio forma al sistema, construyendo luego de la Segunda Guerra Mundial una relación enteramente destinada a servir sus intereses.

Bajo el impulso de John Foster Dulles, ese obseso del anticomunismo que fuera el arquitecto del proyecto, Estados Unidos transformó al ex enemigo japonés en su aliado, su satélite y su agente en la confrontación con la Unión Soviética y con la República Popular China. En nombre de la Guerra Fría y en reacción a la victoria del Partido Comunista Chino (PCC) en 1949, abandonó su proyecto inicial de democratización de Japón y estimuló la emergencia de una casta de elite que durante casi 60 años monopolizó el poder, favoreciendo así la connivencia, el clientelismo y la corrupción antes que el interés general. Washington dominó la economía política del país y acotó su autonomía.

Así limitados, el Estado y el sistema político no alcanzaron su madurez. De allí la incompetencia de la mayoría de los gobiernos nipones posteriores a la ocupación estadounidense, sobre todo en el periodo reciente. A tal punto que sería posible aplicarles la fórmula de Raymond Aron, que calificaba de “vergonzosas mediocridades” a los satélites soviéticos en Europa central y oriental.

La política estadounidense se emparentaba en ciertos aspectos a la de la URSS en Europa central y oriental. Sin embargo, contrariamente a la URSS, Estados Unidos estableció en Asia oriental un pacto informal que fue económicamente beneficioso para sus aliados dependientes. A cambio de la garantía de una presencia militar indefinidamente aceptada, dio a Japón y a Corea del Sur un acceso comercial preferencial al mercado interno estadounidense y toleró (contrariamente a lo hecho, por ejemplo, con América Latina), políticas económicas proteccionistas y mercantilistas.

Esa política descansaba en dos postulados. El primero suponía que las economías empobrecidas de Asia oriental jamás estarían en condiciones de competir con Estados Unidos. El segundo consideraba que el crecimiento económico permitiría alejar a los pueblos asiáticos del socialismo, del neutralismo y del comunismo. Como es sabido, el desarrollo económico nipón fue fulgurante, y propulsó a Japón al segundo lugar mundial a fines de la década de 1970.

En la década siguiente la competencia de las manufacturas japonesas afectó al tejido industrial estadounidense, consecuencia inesperada del pacto de posguerra. El costo fue enorme para la economía estadounidense, como prueban los crecientes déficits comerciales de los años 1980 y 1990 (81.000 millones de dólares en 2000)2. De allí los ásperos conflictos comerciales de esas décadas y los arreglos bilaterales monetarios, muchas veces contrarios a los intereses japoneses.

A mediados de los años ’80, Japón se convertía en el primer acreedor mundial, mientras Estados Unidos se transformaba en el primer deudor. Esta inversión de papeles debería haber implicado un nuevo reparto de cartas entre ambos jugadores. Pero nada de ello ocurrió. Al contrario, ambos países aumentaron su mutua dependencia. Luego del crack de 1987 en Wall Street, Japón se apresuró a salvar la bolsa de Nueva York comprando grandes cantidades de títulos estadounidenses y evitando así un pánico de gran alcance. Además, los importantes flujos financieros japoneses en dirección de Estados Unidos permitieron a este país paliar el bajo nivel de ahorro interno, financiar déficits crecientes que normalmente hubieran exigido dolorosos costos de ajuste y mantener un sistema financiero exuberante.

De hecho, Japón posee la llave de la salud del sistema financiero estadounidense: si los fondos nipones invertidos en los bonos del Tesoro estadounidense fueran repatriados, Estados Unidos se vería obligado a financiar su deuda recurriendo al ahorro interno. Teniendo en cuenta la escasez del mismo (negativo en 2000), el impacto deflacionista de tal reflujo de capitales sería devastador para la economía estadounidense.

Antes que concentrarse en las exportaciones y en la relación comercial con Estados Unidos, en los años ’80 a Japón le hubiera convenido reorientar su economía, estimular la demanda endógena y construir con sus interlocutores relaciones comerciales mutuamente ventajosas. En los años ’60, el primer ministro Hayato Ikeda había logrado propulsar al país hacia una era de crecimiento rápido gracias a su exitoso programa de “duplicación de ingresos” (shotoku baizo).

Japón hubiera podido llevar adelante una política análoga en los años ’80, pues tenía los medios de aumentar fuertemente la demanda interna respondiendo a necesidades no satisfechas, por ejemplo en vivienda, hospitales, desarrollo urbano y transporte. Esos eran y siguen siendo importantes yacimientos potenciales de crecimiento. Pero no fue tal el rumbo elegido.

En lugar de iniciar un programa de desarrollo económico autocentrado, el gobierno profundizó sus lazos securitarios de Guerra Fría con Estados Unidos y procuró preservar sus ventajas comerciales comparativas invirtiendo en el crecimiento de las capacidades productivas exportadoras. Así fue que, entre 1986 y 1991, Japón invirtió 3,6 billones de dólares en nuevas instalaciones y en equipamientos industriales3. La idea consistía en reducir entre un 40 y un 50% los costos de manufactura para compensar el alza del yen consecutiva a los llamados acuerdos del Plaza de 19854.

Pero el resultado de esa operación fue una sobrecapacidad de manufactura enorme, que los mercados doméstico e internacional no podían absorber. La crisis bancaria, la burbuja financiera y el estancamiento económico prolongado que aún hoy padece el archipiélago, encuentran allí su causa profunda. La causa inmediata fue la liberalización financiera y la ola de especulación financiera e inmobiliaria de fines de los años ’80.

Postergación del saneamiento

Tal como es su costumbre, el gobierno trató de arreglar las cosas privilegiando al sector exportador y exigiendo a los bancos más sólidos que sostuvieran a los más débiles. No utilizó el inmenso ahorro del país para liquidar los préstamos no eficaces, ni consolidó el sistema financiero. Ahora bien, según los cálculos del Banco de Japón, sin esos dos últimos tipos de intervenciones, el reembolso de la deuda acumulada requeriría 84 años de actividad en el sector inmobiliario, 32 años en el sector de la grande y pequeña distribución y 19 en la construcción. Además, entre 1998 y 2000 el gobierno se embarcó en grandes proyectos dudosos, que costaron cerca de 1,4 billones de dólares, es decir el equivalente del Producto Bruto Interno de Francia. En 1991 la deuda pública nipona representaba el 50% del PBI, contra 151% hoy en día.

A lo largo de toda la década de crecimiento débil (1990-2000), Estados Unidos no cesó de criticar la gestión económica japonesa, en particular el papel preeminente jugado por el Estado en la economía. Según Washington, el origen de los problemas se hallaba en ese rol. Sin embargo los hechos demuestran lo contrario.

La economía japonesa no estaba sobre-reglamentada sino sub-reglamentada. La capacidad de intervención del Estado había sido debilitada por la decisión política de liberalizar los mercados financieros. En efecto, los problemas económicos del país datan de fines de los años ’80, cuando el ministerio de Finanzas abdica de su responsabilidad de regulador, aflojando el control sobre los bancos, en momentos en que éstos estaban comprometidos en prácticas especulativas irresponsables.

La incapacidad del país para realizar reformas en la década siguiente no se debió a una intervención demasiado fuerte de la burocracia en la gestión económica. Al contrario, obedece a la autonomización de los intereses privados y a la debilidad de la intervención pública en la aplicación de la política económica del país. Como lo subrayó Joseph Stiglitz, ex jefe de economistas del Banco Mundial y premio Nobel de economía, “la regulación se convirtió en el chivo emisario, mientras que el verdadero culpable era el vacío de control”5.

Los críticos del modelo nipón trataban de desprestigiar cualquier otra orientación que no fuera el “modelo estadounidense” y de crear bases ideológicas sólidas para continuar con el orden dominante liberal centrado en Estados Unidos. Apuntaban en particular contra el “Estado propulsor de desarrollo” capitalista de Asia oriental6. Los ideólogos estadounidenses ignoran olímpicamente los fundamentos culturales del dirigismo económico en muchos países de Asia oriental. Esas bases orientan la economía hacia el largo plazo, mientras que las finalidades del “capitalismo accionario” estadounidense se resumen a la acumulación a corto plazo.

Además, esos ideólogos exageran hasta la caricatura los supuestos beneficios del sistema estadounidense. Como lo señala el autor inglés John Gray, “una característica de la civilización estadounidense consiste en concebir a su país como un modelo universal (…), pero tal idea no es aceptada por ningún otro país. Ninguna cultura europea o asiática puede aceptar el desgarramiento social –cuyos síntomas son la criminalidad, la prisión, los conflictos raciales y étnicos, y el derrumbe de las estructuras familiares y comunitarias– que implica el éxito económico estadounidense”7.

En el fondo, el problema de Japón no tiene que ver con lo económico sino con lo político. El PLD, en el poder desde 1949 es corrupto e incompetente. Su antiguo papel de bastión anticomunista ya no tiene ningún tipo de pertinencia. Pero los estadounidenses adoran al PLD, el único partido político del país suficientemente indiferente al sufrimiento y la humillación de los habitantes de Okinawa (o de las otras poblaciones cercanas a las 91 bases militares estadounidenses), como para servir de agente de Estados Unidos. En las últimas décadas Washington desembolsó sumas inmensas para apoyar a sus fieles del PLD y dividir el campo progresista y socialista.

Hoy en día Japón necesita refundar su sistema político para llevar al poder a dirigentes dignos de tal nombre, y devolver a la política industrial –que supo crear y perfeccionar– el lugar que le corresponde. Algunos creyeron que la elección del original y carismático Junichiro Koizumi, en abril de 2001, aportaría aire nuevo a un sistema bloqueado. A pesar de su larga afiliación a una de las corrientes más implacables y corruptas del PLD, aparecía como un reformista. Había designado en el gobierno a cinco mujeres, entre ellas a la muy popular Kakuei Tanaka como canciller. Pero en realidad se trataba de un cambio de estilo y no de substancia. La señora Tanaka fue destituida en enero, sin duda por aplicar una política más autónoma respecto de Estados Unidos8.

Japón necesita de mucho más que una limpieza de fachada. El archipiélago sólo se convertirá en una gran nación si crea un gobierno legítimo que anteponga los intereses del país a los de los estrategas militares estadounidenses. Sólo entonces podrá aprovechar las evoluciones regionales, la apertura de China y las perspectivas coreanas. Un gobierno de esa índole podrá contribuir al desarrollo regional y asumir su lugar en Asia. Lamentablemente, ese gobierno sigue sin perfilarse en el horizonte.

  1. Declaración hecha el 18-5-01 en el Woodrow Wilson Center for International Scholars, en Washington D.C.
  2. R. McCormack, “Japan To Displace U.S. As World´s Largest Economy”, New Technology Week, 6 (20), 18-5-1992.
  3. Asian Wall Street Journal, 1-3-00.
  4. Firmados en Nueva York en septiembre de 1985 por Estados Unidos, Alemania, Francia, el Reino Unido y Japón, los acuerdos del Plaza condujeron a una fuerte reevaluación del yen.
  5. Joseph Stiglitz, “How To Fix The Asian Economies”, New York Times, 31-10-1997.
  6. Meredith Woo-Cummings (dir.), The Developmental State, Cornell University Press, Ithaca, Nueva York, 1999.
  7. John Gray, False Dawn: The Delusions of Global Capitalism, New Press, Nueva York, 1998.
  8. La señora Tanaka había esbozado una política más abierta respecto de China y más crítica respecto de Washington.
Autor/es Chalmers Johnson
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:24,25,26
Traducción Carlos Alberto Zito.
Temas Historia, Sociología, Conflictos Armados
Países Estados Unidos, Japón