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¿Una guerra por las afganas?

Las organizaciones de mujeres y de derechos humanos no pueden caer en la trampa de guerras "favorables" al avance de esos derechos. La guerra contra Afganistán y las que amenaza el presidente de Estados Unidos George W. Bush contra otros países, encubren las razones de una hegemonía occidental que no vacila en sepultar los principios que constituyen a Occidente como civilización.

“La bandera estadounidense flamea sobre nuestra embajada en Kabul (…) Y hoy las mujeres de Afganistán son libres”, machacó George W. Bush en su discurso sobre el estado de la Unión del 29 de enero pasado. Así, la “coalición contra el terrorismo” habría librado la guerra para liberar a las mujeres afganas. Después de los bombardeos y el ingreso de las tropas de la Alianza del norte en Kabul, los diarios publican fotos de sonrisas femeninas que parecen darle al conflicto su razón de ser.

Curiosa justificación, cuando los mujaidines reinstalados en el poder por los aliados no se comportan mejor que los talibanes. Por otra parte, los numerosos periodistas en el terreno ya no pueden ocultar la desconfianza de los ciudadanos de Kabul y Jalalabad. Una desconfianza fundada en su experiencia: entre 1992 y 1996 las tropas de la Alianza del Norte o “Frente unido” perpetraron matanzas gratuitas de prisioneros y heridos, aterrorizaron y extorsionaron a los civiles. Actualmente, esto se reproduce de manera casi idéntica en un Afganistán de nuevo repartido en feudos, donde los jefes de la guerra amenazan con desatar una nueva guerra civil1.

Estados Unidos prescinde de los derechos de las mujeres, tanto en Afganistán como en Kuwait, Arabia Saudita o cualquier otro sitio. Más que eso: a sabiendas y voluntariamente sacrificó a las afganas a sus intereses. En efecto, ¿de dónde vienen los mujaidines? Desde 1978, aun antes de que el ejército soviético invadiera el país, los jefes de tribu y las autoridades religiosas declararon la guerra santa contra el gobierno marxista de Nur Mohamed Taraki, que obligaba a las niñas a ir a la escuela, prohibió el levirato2 y la venta de las mujeres. Nunca hubo tantas mujeres médicas, profesoras, abogadas como entre 1978 y 1992.

A los ojos de los mujaidines, los derechos de las mujeres bien valen una guerra… para abolirlos. La invasión soviética vino a dar a este combate una dimensión patriótica, con el apoyo de Estados Unidos, que considera a los enemigos de sus enemigos como amigos suyos. Por supuesto que sabe que los mujaidines quieren poner en vereda a las mujeres. Pero hacen el contrapeso a Moscú, eso es lo único que cuenta…

Después de la retirada de los soviéticos, la guerra siguió, sobre todo contra los civiles. Los soldados de la Alianza del Norte saquearon las casas y violaron a las mujeres. Los jefes locales robaban a mansalva, la corrupción y el desorden impedían la aplicación de la charia. Así prepararon el terreno para la llegada de los talibanes, hijos espirituales de esos mujaidines, tan anticomunistas como sus padres, pero todavía más fundamentalistas: buenos candidatos a la ayuda de Estados Unidos, que entregan dólares para las madrasas (escuelas coránicas) paquistaníes, a través de Arabia Saudita.

¿Estados Unidos siempre luchó por los derechos de las mujeres? No. ¿Luchó alguna vez por ellos? Al contrario, los pisoteó. Como las mujeres afganas fueron favorecidas por un gobierno marxista aliado a un enemigo de Estados Unidos, hubo que sacrificarlas. Tampoco es el caso de que los derechos humanos obstaculicen su prosecución de la hegemonía mundial. Los derechos de las mujeres son como los niños iraquíes: su muerte es el precio de la potencia estadounidense.

Como todas las feministas del mundo, y habiendo participado desde hace más de dos años en la campaña contra la suerte de las afganas bajo el régimen talibán, espero que el gobierno instaurado garantice los derechos humanos de las mujeres. Una mejoría de su condición podría ser uno de los resultados no previstos de esta guerra, una suerte de beneficio colateral. Cabe esperarlo. Sin soñar. El grupo de Burhanuddin Rabbani, presidente del gobierno reconocido por la comunidad internacional, impuso la charia en Kabul en 1992. Y en 1995 las tropas del mismo Jamiat-i-islami, bajo la dirección del comandante Massud, se entregaron a una orgía de violaciones y asesinatos en Kabul.

Como consecuencia de las negociaciones en Bonn, dos mujeres entraron en el gobierno provisorio, dos exiliadas, una del partido Hezb-i-Wahdat y otra del partido Parchami. Rawa, la asociación revolucionaria de las mujeres afganas, que desde hace seis años trabaja con las mujeres refugiadas (sobre todo a favor de la educación de las niñas), ha impugnado a ambos partidos como “mercenarios y asesinos”. Enemiga de los talibanes, Rawa no dejó por eso de protestar con sus últimas fuerzas contra los bombardeos. Junto con otras organizaciones, pide que una fuerza internacional proteja al pueblo afgano contra “los criminales de la Alianza del Norte”3.

El Jamiat-i-Islami, impulsado por las instancias internacionales, hizo algunas concesiones, pasibles de evaluación. Una semana después de la toma de Kabul, uno de los voceros de ese partido declaraba en la BBCWorld que se eliminarían las “restricciones” que pesan sobre las mujeres, sin dar detalles, y que “la burka ya no será obligatoria, bastará con el hidjab4”. El hidjab, que se llama chador en Irán, será suficiente. ¿Estaremos soñando?5.

Aun cuando se extendieran las libertades, ¿eso legitimaría la guerra? Cuando se trata de los derechos humanos, la cuestión es siempre la misma: ¿qué hay peor que una guerra para una población? ¿En qué momento se vuelve preferible? Decir que la guerra beneficia a las mujeres afganas significa decidir que es mejor para ellas morir bajo las bombas, morir de hambre o frío, que vivir bajo los talibanes. La muerte antes que la servidumbre: así decidió la opinión pública occidental… en nombre de las mujeres afganas. Una decisión que hubiera podido ser heorica si los occidentales pusieran sus vidas, no las de las afganas, en la balanza.

La irresponsabilidad con que se trata la coartada de la “liberación de las mujeres afganas” ilustra la arrogancia de Occidente, que se atribuye el derecho a disponer a su antojo sobre la vida de los otros. Esto impregna su actitud ante las afganas, y en términos más amplios la actitud de los dominadores ante los dominados.

Propongamos una simple norma de moral internacional válida también para los individuos: nadie tiene derecho a tomar decisiones, sobre todo heroicas, cuando los que pagan la consecuencias van a ser otros. Sólo la población que soporta la guerra puede decir que vale lo que cuesta. Pero en esta ocasión quien decidió la guerra no la padece, y quien la padece no la decidió. Por el momento, las mujeres afganas se encuentran en las rutas, en las tiendas, en los campos, por millones: un millón de refugiados más que antes de la guerra fuera de las fronteras, y un millón de personas desplazadas dentro del país6. Muchos corren riesgo de muerte. Sin ninguna garantía de que ese “sacrificio” les valdrá derechos suplementarios. ¿Cabe hablar de sacrificios, cuando ellas no los eligieron?

Una mínima decencia dictaría que los Aliados dejen de clamar que se les infligen esos sufrimientos por su bien. Que se abstengan de pretender que en nombre de la libertad se les niega el derecho a elegir su destino, incluso el derecho de vivir. Cabe temer, por el contrario, que esa cantinela tenga éxito: hay una larga lista de países a quienes la Coalición de aliados contra el mal se ha comprometido a llevar el bien mediante la espada. Y por supuesto toda semejanza con acontecimientos históricos del pasado, tan pasados que evocarlos parece anacrónico, toda semejanza con las guerras coloniales, es pura coincidencia.

La guerra con objetivos de control y explotación nunca hará avanzar los derechos humanos7. Porque estos bombardeos en nombre de la civilización han arrojado a las mazmorras muchos principios a los que se remite esta civilización. Las Convenciones de Ginebra han sido declaradas no válidas por los aliados, cómplices antes de los crímenes del carnicero de Mazar, ahora de las maniobras estadounidenses. Estados Unidos inventa nuevas categorías pseudo jurídicas, como los “combatientes ilegales” de Guantánamo a quienes no asistiría ningún derecho, ni nacional ni internacional, ni común, ni de guerra. Las libertades públicas, orgullo de nuestras democracias, están anuladas; el derecho internacional herido de muerte, como lo atestigua el gran cuerpo agonizante de la ONU. Sólo una cooperación verdadera y pacífica entre las naciones hará progresar los derechos humanos. Esa cooperación no está en el orden del día. Nos corresponde a nosotros incluirla allí.

  1. A fines de enero el jefe del servicio de informaciones Gul Agha Sharzai le disputa la ciudad de Herat al jefe de guerra Islamil Khan, Globe and Mail, Toronto, 22-1-02.
  2. Obligación de una viuda sin hijos de casarse con el hermano de su difunto marido.
  3. Ver www.rawa.org, 10-12-01.
  4. Manto que envuelve todo el cuerpo y la cabeza, incluido el rostro. No es un simple pañuelo.
  5. Ver los documentales: “Salidas de las tinieblas” de Saira Shah, y “Mujeres de Kabul” de Antonia Rados, difundidos por el canal francés ARTE, 23-1-2002.
  6. Ver www.hcr.org y www.msf.org
  7. Robert Fisk, “We are War Criminals Now”, The Independent, Londres, 29-11-01. Consultar también los sitios de Human Rights Watch www.hrw.org y de Amnesty International, www.amnesty.org
Autor/es Christine Delphy
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:30,31
Traducción Marta Vassallo
Temas Mundialización (Cultura), Discriminación, Política, Derechos Humanos, Movimientos Sociales
Países Afganistán