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Los juegos de la crisis

El lanzamiento en febrero de 2001 de las distintas versiones turcas de la emisión Big Brother en los canales privados nacionales de televisión coincidió con la profundización de la depresión económica. La representación que los distintos programas tienen de la sociedad turca muestran el defasaje existente entre la generación nacida con el golpe de Estado militar de 1980, los sectores privilegiados y occidentalizados de la sociedad, y una mayoría empobrecida de tradición musulmana que observa a la elite a través de la pantalla televisiva.

La devastadora ola de televisión-realidad que cubrió todos los países occidentales llegó también a Turquía. Durante el año 2001, la emisión de ese tipo de programas por la decena de canales privados nacionales registró el más alto nivel de audiencia, suscitando a la vez violentas controversias. El fenómeno alcanzó un eco muy particular a raíz de la depresión económica y financiera sin precedentes que golpea al país desde febrero de 2001.

Más de un millón de nuevos desocupados en un año, 80% de inflación anual, 40% de la población viviendo con 1,5 dólares diarios: las últimas cifras del Ministerio de trabajo muestran una situación explosiva. A la vez, proliferan los juegos televisivos con enormes premios, basados fundamentalmente en el voyeurismo y el exhibicionismo. “¿Quién quiere ganar 500.000 millones?” (Kim 500 milyar ister?), denominado “¿Quién quiere ganar 125.000 millones?” antes de la devaluación de la libra turca; “Tócame” (Dokun bana); “Hazme volar” (Uçur beni); o “El besito de la noche” (Iyi geceler opucugu) obtuvieron un éxito fulminante entre candidatos dispuestos a todo para ganar dinero fácilmente, así como en el público1. Pero los programas más sobresalientes de 2001 fueron sin ninguna duda “102 millones” y “Alguien nos observa”, emblemáticas adaptaciones en la Turquía actual del concepto Big Brother2.

Presentado en junio de 2001 en la cadena Kanal D, el programa “102 millones” (102 Milyon) pone en escena la crisis económica y financiera. Según el principio de ese juego inédito, dos competidores deben (sobre)vivir durante un mes en Estambul con el monto neto del salario mínimo (asgari ücret), que por entonces era de 102 millones de libras turcas (unos 80 dólares). Los participantes, filmados permanentemente por una decena de cámaras, deben cubrir con esa suma todos los gastos corrientes de la vida cotidiana (alimentación, facturas, esparcimiento, etc., a excepción del alquiler). El premio consiste en 25.000 millones de libras turcas (unos 20.000 dólares) y un auto.

La pantalla de televisión refleja en parte el peso creciente de la crisis. Los candidatos se esfuerzan en limitar al mínimo posible los gastos de alimentación (la lista de las compras y el monto de lo gastado aparece cada semana en pantalla) o van a trabajar a pie para economizar en transporte, y buscan mil y un arreglos para sobrellevar su precaria situación. Así descubren una realidad que hasta entonces manifiestamente ni sospechaban: el destino cotidiano de millones de compatriotas.

Al dirigirse a la masa de teleespectadores víctimas de la depresión –esa “otra Turquía” de la que se dice solidaria– y al ofrecer un modelo de supervivencia ejemplar, esta versión de Big Brother despierta reflexiones tanto sobre la forma como sobre la naturaleza de semejante competencia. El perfil de los participantes –un hombre y una mujer, ambos de cerca de veinte años, solteros, estudiantes o profesionales en actividad– no corresponde mucho a la generalidad de quienes cobran el salario mínimo, en su mayoría obreros o madres con muchos hijos, con escasos estudios y de generaciones anteriores. Esta competencia, que según su productor está destinada a probar que es posible vivir en Turquía con tales ingresos, no parece muy realista, ya que pone en juego a candidatos liberados del pago de alquiler y sin cargas familiares importantes. Esa escenificación de la vida cotidiana de millones de pobres, observada a través de las peripecias de privilegiados totalmente extraños a esa realidad social, subraya sobre todo la indiferencia de una elite respecto de las crecientes desigualdades. Marca además la irresponsabilidad de los medios frente a la crisis económica, que es presentada bajo un ángulo lúdico, como una aventura en tierras lejanas o una misión imposible que se puede cumplir sin ningún riesgo.

Por su parte, el programa “Alguien nos observa” (Biri Bizi Gözetliyor, o “la casa BBG”) que comenzó en febrero de 2001 en el muy popular canal privado Show TV, concluyó triunfalmente el 19 de mayo de 2001 luego de haber mantenido en vilo a toda Turquía y generado una polémica sin precedentes. Su principio es prácticamente el mismo que el de sus modelos occidentales: quince jóvenes encerrados en una casa y filmados por cámaras deben sobrevivir y eliminarse mutuamente, hasta que sólo quede uno, el que ganará 100.000 millones de libras turcas (unos 80.000 dólares). Las violentas controversias generadas por la irrupción de Big Brother en la programación audiovisual turca mostraron, seguramente más que en cualquier otro país, las contradicciones y las tensiones que vive la juventud actual. En un país donde más de la mitad de los 65 millones de habitantes tiene menos de 25 años, cabe preguntarse qué representaciones movilizó ese programa y de qué manera se mide su impacto sobre los teleespectadores.

En momentos en que el concepto de “mosaico cultural” heredado del imperio otomano interviene cada vez más en el seno del debate político-social, la composición del grupo de candidatos seleccionados puso nuevamente sobre el tapete de manera intensa el tema de esa diversidad y de su representatividad en los medios. No hay kurdos ni alevis en la “casa BBG”, sino jóvenes más bien provenientes del oeste del país, representativos de un modo de vida occidental, urbano y moderno. Igualmente, la posición social de los competidores –todos con títulos universitarios o en condiciones de obtenerlos– contrasta singularmente con el nivel de educación general de una nación donde el 16% de los adultos son analfabetos (el 25% de las mujeres), según un reciente informe del Banco Mundial3, y donde sólo el 2,5% de la población total realizó estudios superiores. Al reducir los “paisajes humanos de Turquía” a su componente más occidentalizada, el programa bosqueja un perfil de la juventud totalmente desequilibrado y sobre todo idealizado por una mayoría de espectadores originarios de Anatolia. A través de esta “casa BBG”, es sobre todo el “este” del país, pobre y tradicional, que contempla el “oeste”, su riqueza y su modernidad. Espejo de una “comunidad imaginaria”, cara a Benedict Anderson4, la pantalla de TV proyecta la imagen de una modernidad occidental en la que se cristalizan los sueños y los fantasmas, pero también las frustraciones de una población que no ve en ella ningún beneficio. Lejos de denunciar las crecientes desigualdades de una sociedad de dos niveles, la mecánica de este programa refuerza la fractura social entre quienes disfrutan de los logros de la modernización (los actores de la emisión) y quienes están excluidos de ellos (los teleespectadores).

El desarrollo de la competencia –y más particularmente el sistema de eliminación de los candidatos– pone de relieve la persistencia del peso de los valores morales y religiosos en un país de tradición musulmana. Al contrario de lo que ocurre en otros países, la cámara no transmite ningún juego sexual, y los competidores deben respetar una conducta moral conforme a las costumbres sociales, bajo pena de ser sancionados. Así, la eliminación de Hülya –una mujer de 36 años, madre de familia, que compartía su habitación con su rival, Melih, casi de la edad de sus hijos– fue aprobada por una gran mayoría de teleespectadores, por considerar su actitud “contraria a la protección de la estructura de la familia turca y de la moral pública”. El Consejo superior de radio y televisión (RTÜK), todopoderoso y muy controvertido organismo de control, recibió tres mil quejas en un mes –récord en la historia de la televisión turca– por lo que decidió suspender los programas del canal Show TV durante un día. Más de dos tercios de esos descontentos, entre los que se contaban un centenar de diputados y cinco ministros, eran hombres.

Si bien la selección de los candidatos y su eliminación inspiraron dudas, el centro de las controversias tuvo que ver sin embargo con la imagen de la juventud que de esa forma se transmitía. Declarándose apolíticos, asqueados de una política que consideran “sucia” o “corrupta”, los jóvenes de la “casa BBG” se muestran totalmente desconectados de la realidad del país e indiferentes a los problemas de su tiempo. Profundamente individualistas, sus aspiraciones consisten sobre todo en enriquecerse rápidamente y en obtener notoriedad mediática gracias al programa. Colocados bajo las luces del escenario, algunos de ellos se convirtieron en vedettes, como Tarik, que graba canciones de venta masiva, o Melih y Eray, que participan en soap-operas insípidas. La más mínima cosa que hacen o dicen toma estado público, y no pueden salir a la calle sin ser asediados por grupos de fans histéricos. Por último, sus referencias culturales traducen la lenta pérdida de raíces tradicionales a favor de la “cultura televisiva”, último avatar de una cultura popular de moda los últimos diez años, materializada en la explosión del fenómeno de sobre-mediatización, prueba del cual es la proliferación de revistas de la farándula consagradas a la vida privada de personalidades mediáticas. Para la gran mayoría de la gente, el universo mental de quienes participan en el programa se evidencia finalmente “superficial”, “influenciable”, “sin alma ni puntos de referencia”, y hasta “degenerado” bajo el efecto de un proceso de aculturalización.

Los jóvenes de la “casa BBG” encarnan de cierta forma la “generación Özal”, nacida con el golpe de Estado militar del 12 de septiembre de 1980 y criada en el seno de políticas reformistas del primer ministro de entonces, Turgut Özal, cuyas orientaciones liberales y de apertura modificaron profundamente las mentalidades en Turquía. El elogio de la sociedad de consumo o la búsqueda de la felicidad individual que reivindican los jóvenes candidatos del programa, muestran la sacralización del dinero, que se volvió un valor en sí mismo durante la década 1980-1990, bajo el influjo simultáneo del liberalismo económico y del modelo de vida estadounidense.

Por azar del calendario, la coincidencia cronológica entre el lanzamiento del programa y el comienzo de la crisis económica y financiera en febrero de 2001, tuvo un efecto de lupa, aumentando de manera impresionante la distancia entre la dramática situación por la que atravesaba en país, y la indiferencia egocéntrica manifestada por los participantes a lo largo de los meses.

El panorama presentado por el programa no fue un espejo fiel de la sociedad turca –en particular a causa del defasaje entre una minoría de privilegiados modernos y una mayoría de teleespectadores más tradicionales– pero puso de relieve el desasosiego moral y la crisis de identidad cultural que atraviesa la juventud actual, tironeada entre el peso de una herencia cultural turco-islámica secular, en la que ya no se reconoce, y la búsqueda de una modernidad occidental erigida en modelo absoluto por la República kemalista, cuyos efectos perversos se hacen sentir cada vez más.

  1. El programa “Tócame” reunió durante el verano unos diez candidatos a ganar un auto. Para lograrlo estaban obligados a mantener permanentemente una mano (enguantada) sobre el capot. El desarrollo de esta prueba, cuyo récord de duración superó las 95 horas, estuvo marcado por escenas de desmayos, crisis de llanto o alucinaciones, interpretadas como producto de las presiones físicas y psicológicas ejercidas sobre los candidatos. Otra versión, creada sobre el modelo de la novela On achève bien les chevaux, de Horace McCoy, que relata los años de la Gran Depresión en Estados Unidos, apareció con el nombre “Hazme volar”. La misma enfrentaba unas veinte parejas que debían bailar hasta el agotamiento. “El besito de la noche” explotó la parte de frustración sexual de la sociedad turca invitando a los teleespectadores a explorar, al menos parcialmente, el cuerpo de las presentadoras del programa, vestidas con ropas escotadas, por medio de cámaras instaladas en el estudio.
  2. Ignacio Ramonet, “Construcción de celebridades descartables”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, junio de 2001.
  3. The World Bank Group in Turkey (Washington DC, febrero de 2001): http://www.banquemondiale.org/regions.htm
  4. Benedict Anderson, L’imaginaire national, La Découverte, París, 1996.
Autor/es Nicolas Monceau
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 33 - Marzo 2002
Páginas:34,35
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Televisión
Países Turquía