Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Recuadros:

¿Para qué sirve el acuerdo con el FMI?

La mayoría de los análisis económicos convergen sobre la urgencia de un pronto acuerdo y posterior ayuda del Fondo Monetario Internacional (FMI). Sin su aquiescencia no habría salida de la crisis: Argentina dependería de los fondos externos para restablecer el funcionamiento económico. Se trata del mismo discurso absurdo de los sucesivos blindajes y megacanjes. El gobierno y los economistas del establishment suponen que así renacerá la confianza y aparecerán capitales, aunque no puedan decir cuándo ni para producir qué. No llegaron capitales después del blindaje, ni del megacanje, ni del déficit cero. ¿Por qué vendrían ahora, después del default y el corralito?

La creación del FMI fue decidida en la Conferencia de Bretton Woods (Estados Unidos) en julio de 1944. La reunión inaugural fue en marzo de 1946 y el organismo comenzó a operar en marzo de 1947. Según el artículo 1 del Convenio Constitutivo, sus funciones consisten en promover la cooperación monetaria internacional, facilitar el comercio, fomentar la estabilidad cambiaria, contribuir a establecer un sistema multilateral de pagos, infundir confianza a los países miembros y aminorar el desequilibrio de las balanzas de pagos. Como se observa, ninguna de la atribuciones originales autoriza al FMI a intervenir en la política económica interna de los países miembros.

Sin embargo la acción del FMI se apartó de esos fines y siguió otra estrategia: sobre la base de una relación de fuerzas –la del acreedor frente al deudor insolvente–, la “comunidad financiera internacional” dicta a los países cómo extraer excedentes fiscales y externos para “honrar sus obligaciones” (ajuste coyuntural). Pero además decide cómo deben estructurar sus economías y sus sociedades, algo que nada tiene que ver con la deuda original ni con circunstanciales dificultades de pagos externos. Se aprovecha una crisis de la balanza de pagos para imponer el “ajuste estructural”: achicar el Estado, privatizar, restringir el gasto público y el crédito, abrir la economía a las mercaderías y capitales externos, flexibilizar el mercado laboral, que a su vez deriva cuantiosos recursos hacia el sector financiero internacional y local. Esta es la receta inconmovible del FMI, que se aplica en todas las circunstancias bajo todas las latitudes, incluso en los casos de recesión o depresión económica, lo cual equivale a hacer ayunar a un anémico.

En la Argentina de hoy

La tremenda recesión que soporta el país desde 1998 es conocida. Para calibrarla basta con dos datos: en el período 1999-2001 el producto por habitante cayó en 13% y la desocupación abierta trepó hasta el 23%. ¿Cómo enfrentar esta situación? Con la misma certeza que en medicina se receta un coagulante frente a una hemorragia o un anticoagulante si hay una embolia, en economía el gasto se reactiva ante una recesión y se limita si se recalienta la economía. Sin embargo, durante diez años los economistas neoliberales locales y del FMI estuvieron aplicando anticoagulantes mientras se producía una hemorragia. El resultado está a la vista: sobreendeudamiento, desnacionalización de la economía, concentración del ingreso, pauperización de gran parte de la población, crisis financiera, depresión económica y peligro de resurgimiento de la inflación. Se hicieron todas las reformas dictadas por el establishment, en mayor medida aun que en cualquier otro país latinoamericano y… ahora resulta que no fueron suficientes.

Para reactivar es necesario que la población compre bienes y servicios; para que ésta compre debe tener ingresos y la forma más rápida de obtenerlos es el gasto público. Pero esta verdad elemental es ignorada y se insiste con los programas de ajuste.

¿Qué ocurre con el FMI? El gobierno argentino pretende que otorgue por lo menos los 9.000 millones no desembolsados del blindaje. ¿Con qué resultado? Nadie discute razonablemente que en una emergencia se consiga dinero; el problema es para qué servirán esos fondos. Una empresa en dificultades graves, por ejemplo, sale de la crisis mediante un acuerdo con sus acreedores (período de gracia, rebaja de intereses, quita de capital, etc.; en última instancia, una convocatoria), seguido de planes de reactivación: vender más para conseguir fondos genuinos. En otras palabras, las deudas se postergan y los créditos o recursos propios se destinan a la producción.

En el presupuesto nacional aprobado por el Congreso argentino, en cambio, se incluyen pagos a los organismos financieros internacionales, que escapan así a la moratoria de la deuda1. Se prevé 5.882 millones de dólares para intereses y 10.379 millones para amortizaciones. El desembolso del FMI y los créditos que entonces accedan a destrabar el Banco Mundial y el BID simplemente alcanzarán para pagarles a esos mismos organismos. Si no se producen esos desembolsos, Argentina no podrá evitar el incumplimiento de esas deudas: a un tipo de cambio de 2,40 pesos, tales pagos absorberían la totalidad de los recursos presupuestados de la Administración Nacional. Bien mirado, el problema principal lo tiene el FMI más que Argentina.

Pero aun si Argentina consiguiese más dinero, no le será posible emplearlo para otros fines debido a la condicionalidad del FMI. Una política redistributiva destinada a poner en marcha la reactivación, por ejemplo, porque el FMI exige una rebaja en el gasto público de entre 2.000 y 2.500 millones de pesos. Tampoco podrían ser usados para apuntalar al peso, porque el FMI no quiere intervenciones del Banco Central en el mercado de cambios. ¿Habría, al menos, créditos para la pequeña y mediana empresa? No, porque el FMI pretende una política monetaria restrictiva.

La conclusión es que la humillación a que se somete al país sólo sirve para mostrar que le prestan dinero. El gobierno y los economistas del establishment suponen que así renacerá la confianza y aparecerán capitales, aunque no puedan decir cuándo ni para producir qué. ¿Cuántos llegaron con el blindaje, con el megacanje, con el déficit cero? ¿Por qué vendrían ahora, después del default y el corralito? Nuestros economistas todavía no se han dado cuenta de que a los capitales extranjeros lo que les interesa es la rentabilidad y que el restablecimiento de la confianza es una consecuencia de la reactivación económica y no un requisito previo para reactivar.

En la actual crisis argentina se observa una ofensiva de los agentes financieros internacionales y nacionales, que buscan consolidar su poder y transferir ingresos a su favor. El sector financiero mundial, comandado por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos e integrado por el FMI, los bancos transnacionales y nacionales grandes, es el que maneja la economía de muchos países, entre ellos Argentina. Es un conglomerado muy poderoso, en el que se mezclan toda clase de negocios, que van desde los intereses usurarios hasta el lavado de dinero de las coimas, de la droga y el contrabando internacional. Actúan en conjunto y defienden el interés particular del sector financiero, por sobre las identidades nacionales.

Exigencias del FMI

De allí que la pugna no sea entre bancos y empresas estadounidenses contra sus homólogos argentinos (en el caso de que existan), sino del sector financiero internacional y local contra el sector productivo y los trabajadores y consumidores argentinos. Es notoria la connivencia entre el sector financiero autóctono con el internacional, no sólo en las operaciones de lavado de dinero sino también en muchas de las medidas que propone el FMI, que interesan sobre todo al establishment local.

Estas son las imposiciones del FMI a la Argentina:

-Una actitud dura como castigo por el default, no vaya a ser que a otros países se les ocurra hacer lo mismo. Esto es fundamental para la hegemonía del sector financiero. Además, más de la mitad de los bonos de deuda están en poder de residentes en Argentina (en su mayoría agentes financieros), que se perjudican con el default.

-Impedir la intervención del Banco Central para regular la cotización del dólar. Tal medida marca un cambio en la actitud del FMI, que primero imponía una paridad fija, después una flotación “sucia”, pero ahora parece que los mejores negocios se hacen con la libre flotación: cuanto más suba el dólar más baratos resultan los activos en Argentina.

-La licuación de las deudas externas bancarias, mediante el seguro de cambio otorgado por el decreto 494/2002, al que nos referimos más adelante.

-La participación privada en la banca oficial, que le daría injerencia parcial o total a los capitales privados en los bancos de la Nación, de la Provincia de Buenos Aires y Ciudad de Buenos Aires. Después de haber extranjerizado la banca privada, ahora también quieren quedarse con la banca pública.

-La modificación de la ley de quiebras para que se otorgue un trato privilegiado a los bancos.

-La derogación de la ley de subversión económica de 1974, que podría llevar a prisión a los banqueros responsables de actos que dañan gravemente el funcionamiento de la economía o a los exportadores por la no liquidación de divisas.

-La presión al gobierno nacional para que impida que se someta a juicio a los banqueros sospechosos de actos delictivos e interceda a favor de la Corte Suprema, que ha sido benévola con el sector financiero. Todo ello en nombre de una seguridad jurídica que no hay empacho en vulnerar presionando a gobiernos y a jueces.

-Una serie de medidas que si bien no atañen directamente a los banqueros, actúan como afirmación del esquema neoliberal que está en la esencia de la doctrina del FMI: la continuación de una política monetaria restrictiva, la reducción adicional del gasto público, la desaparición de los bonos provinciales, la modificación de la ley de coparticipación que restrinja los ingresos de las provincias. Todas ellas forman parte de una política global de ajuste que contribuye al fortalecimiento del sector financiero y al debilitamiento del sector público, aunque desencadene crisis sociales incontrolables.

Las políticas nacionales

Las políticas alternativas son claras, ya han sido expuestas en varios números de Le Monde diplomatique y sería redundante reiterarlas. Ahora sólo repitamos que, con el valor de las exportaciones previsto en el presupuesto de 2002 (31.000 millones de dólares), si se aplicara un impuesto del 40% a los ingresos que capten los exportadores por encima de 1,40 pesos por dólar, y si el tipo de cambio fuera de 2,40 pesos por dólar, se recaudarían 12.400 millones de pesos2.

A su vez, en el sector externo se espera un superávit comercial de 12.000 millones de dólares, que dadas las reducciones forzosas en el pago de utilidades e intereses externos, dan un margen de maniobra para recomponer reservas y evitar un aumento excesivo de la cotización del dólar.

La conclusión es que Argentina no necesita importar dólares; basta con que no se los lleven. Al mismo tiempo, se han comprometido cantidades siderales de pesos por la vía de la pesificación y del seguro de cambio para los bancos, que son los aliados naturales del FMI. Veamos.

La pesificación de las deudas a la tasa de 1 peso = 1 dólar es correcta cuando se aplica a las deudas medianas y chicas (por ejemplo, menores de un millón de dólares); pero es escandalosa cuando se beneficia a las empresas grandes, y de la diferencia se hace cargo el Estado. De acuerdo con un detallado estudio que considera los diferentes tipos de empresas3, los 80 principales grupos empresarios tienen un endeudamiento con el sistema financiero local de 7.955 millones de dólares. Al permitírseles pesificar con la tasa de 1 peso = 1 dólar, y si se considera el tipo de cambio a 2,40, el regalo que recibieron esos grupos económicos y empresas transnacionales es de 11.137 millones de pesos.

Como si esto fuera poco, el gobierno ha instrumentado una cuantiosa subvención para los bancos. El 12 de marzo pasado, por el decreto 494/2002 se estableció un seguro de cambio para que los bancos paguen el saldo de su deuda externa contraída en dólares. El gobierno emite bonos compensatorios, cuyo canje cada banco podrá solicitar a razón de 1,40 pesos por 1 dólar. Así, se hace donación a los bancos de un insólito seguro de cambio, por el cual no pagaron ninguna prima y se congela el precio del dólar a 1,40, cuando ya estaba a 3,60 al cerrarse este artículo, el 25-3-02. La diferencia la paga el Estado argentino. Para evaluar cuánto costará esta dádiva sería necesario saber los montos de los activos y pasivos comprometidos. Un cálculo preliminar lo estima en alrededor de 11.400 millones de dólares, es decir de 27.000 millones de pesos (al tipo de cambio de 2,40)4.

De este modo, en sólo dos meses, 38.000 millones de pesos han sido regalados a los mayores grupos económicos y a los bancos. A esto el FMI no ha puesto reparos, pero después resulta que el Estado no puede gastar en reactivación, ni en planes de empleo, ni en redistribución de ingresos, porque hay que tapar el gigantesco agujero en las cuentas públicas provocado por estas medidas.

La historia tampoco termina con las exigencias financieras. El FMI y sus socios locales mandan tanto en la economía como en la política. En ese sentido, el voto contra Cuba y la progresiva participación en el Plan Colombia marcan posiciones contrarias al interés nacional y a la solidaridad latinoamericana. Además se produce una intromisión inaceptable del FMI en la política económica interna. Ya no va a ser necesario esperar a que lleguen los procónsules que propone Rudiger Dornbush: basta con una visita mensual de algún empleado menor del FMI y la obsequiosa obsecuencia de los potentados locales.

La realidad es que el Estado está tan destruido y la soberanía nacional tan devastada que un organismo internacional puede imponer la restricción del gasto durante una depresión; que se derogue la ley de subversión económica cuando los exportadores no liquidan los dólares y se cometen toda clase de delitos económicos; que se modifique la ley de quiebras para favorecer a los bancos; que los jueces no interroguen a banqueros especializados en evasión de capitales y lavado de dinero; que se mantenga la ley de flexibilización laboral frente al desamparo de los trabajadores… Resulta inaceptable que las instituciones fundamentales de la República se moldeen a cada nuevo reclamo financiero, local o internacional y que los representantes de las corporaciones políticas mayoritarias voten por medidas económicas que conspiran contra la democracia en nombre de la “confiabilidad”.

Para conseguir un préstamo que sirve para muy poco, Argentina aplicará un programa de ajuste que prolonga la recesión, tira por la borda las perspectivas de un cambio de modelo y coloca a los ciudadanos ante la más angustiante incertidumbre.

  1. Alfredo Eric y Eric Calcagno, “Un dibujo para otro ajuste suicida”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2002.
  2. José Sbattella, “El superávit es posible”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2002.
  3. Eduardo Basualdo, Claudio Lozano y Martín Schorr, “La transferencia económica de recursos a la cúpula económica durante la presidencia Duhalde”, Realidad Económica, Buenos Aires, n° 186, febrero-marzo de 2002.
  4. Ismael Bermúdez, Clarín, Buenos Aires, 14-3-02.

El FMI en los Estados Unidos

Calcagno, Alfredo Eric y Calcagno, Eric

La International Financial Institution Advisory Commission (Comisión Meltzer) del Congreso de Estados Unidos investigó el papel de los organismos financieros internacionales y de los bancos centrales frente a las crisis financieras.

El informe de la mayoría de la Comisión, integrada por economistas cercanos al actual gobierno de Estados Unidos, sostiene que el FMI se apartó del fin para el que fue creado –ser un prestamista de corto plazo para apoyar ajustes del balance de pagos– y se pregunta si esta desviación tuvo éxito. La respuesta es contundente: no. Dice la Comisión: “la transformación del FMI en una fuente de préstamos condicionados de largo plazo ha empobrecido a las naciones dependientes del FMI de modo creciente y ha dado al FMI un grado de influencia sobre la política de los países miembros sin precedentes en las instituciones multilaterales. Algunos acuerdos entre el FMI y sus miembros especifican metas y requieren políticas como condiciones para la continuidad de los desembolsos. Estos programas no aseguraron el progreso económico. Han socavado la soberanía nacional y a menudo trabado el desarrollo de instituciones democráticas responsables que pudieran corregir sus propios errores y adecuar los cambios a las condiciones externas”1.

Pero la crítica no termina allí. El informe puntualiza que la acción del FMI crea desincentivos para la solución del problema de la deuda cuando presta a deudores soberanos insolventes; ejerce mucho poder sobre las políticas económicas de los países en desarrollo y a menudo fracasa en poner en vigor sus condiciones; los gobiernos de los países más desarrollados, en particular los Estados Unidos, usan al FMI como un vehículo para obtener sus fines políticos; las intervenciones del FMI –tanto las asistencias estructurales de largo plazo y las de manejo de crisis de corto plazo– no se asociaron en general, con una ventaja económica clara para los países que la reciben; el FMI es deficiente como mecanismo para proveer liquidez durante las crisis2.

Adviértase que no es un panfleto anticapitalista o una fuente contestataria de izquierda, sino una Comisión del Congreso de Estados Unidos la que afirma que los programas del FMI “no aseguraron el progreso económico”; “socavaron la soberanía nacional” y “a menudo trabaron el proceso democrático”; que Estados Unidos utiliza al FMI como un vehículo para obtener sus fines políticos; que sus intervenciones no determinaron una ventaja clara para los países que las recibieron y que fue incapaz de proveer de liquidez durante las crisis.

Las políticas impuestas a los países asiáticos en 1997-1998 suscitaron fortísimas críticas y el propio FMI terminó admitiendo que había sido un error imponer un ajuste fiscal en medio de la recesión. El caso con resultados más catastróficos fue el de Indonesia, donde la recuperación fue interrumpida por un plan de ajuste del FMI. Los especialistas a cargo de Indonesia en el FMI eran Mario Blejer y Anoop Singh…3.

Otros cuestionamientos fuertes a la política del FMI son los expuestos por el premio Nobel Joseph Stiglitz, sobre la base de su experiencia en el Banco Mundial (ver págs. 8 a 10). Respecto al caso argentino, Stiglitz dijo que Argentina tiene que concentrarse en expandir la producción en lugar de tratar de convencer a los mercados financieros de que sus problemas están resueltos. Calificó de estrategia muy peligrosa la noción del FMI de que en Argentina hay que eliminar los déficit para restaurar la confianza de los inversionistas. “Su uso continuo (del FMI) de políticas de contracción que exacerban las picadas económicas demuestra que no aprendió las lecciones del Este de Asia. Ha cometido los mismos errores en Argentina”4.

  1. Congreso de Estados Unidos, International Financial Institution Advisory Commission, Commission Report, Washington, 2000, págs. 28 y 30. En Internet: http://www. house.gov/jec/imf/imfpage.htm).
  2. Ibid., págs. 37 a 40.
  3. Horacio Verbitsky, “Malentendidos”, Página/12, 24-3-02.
  4. Declaraciones en Hanoi, Reuters, 22-3-02.


Autor/es Alfredo Eric Calcagno, Eric Calcagno
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:4,5
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo
Países Argentina