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Ausentes en la calle, vigentes en la sociedad

Algunos observadores subrayan la ausencia de los trabajadores, especialmente de las centrales sindicales, en las manifestaciones sociales. Esta falta del protagonismo habitual no debe llevar a error sobre su vigente importancia en la estructura social. El análisis de la clase obrera no puede eludir el crecimiento de una masa de población proletaria impedida de obtener sus medios de vida bajo la forma del salario, que hoy estaría acercándose a la cuarta parte (22% según cifras oficiales) 1. Más de tres cuartas partes de la población activa sigue ocupada.

¿Cómo se distribuye esa población en grupos sociales fundamentales? ¿Cuál es el peso numérico de la clase obrera? La respuesta a estos interrogantes retrotrae a las apreciaciones acerca de la disminución, e incluso desaparición, de la importancia tanto económica como política de la clase obrera en la actual sociedad capitalista. Afirmaciones que formaron parte de la ofensiva exitosa que el capitalismo –por boca de sus ideólogos– lanzó a escala mundial en la década de 1970 para lograr imponer nuevas condiciones tanto en el mercado de fuerza de trabajo como en los procesos de trabajo, y que fue repetida hasta el hartazgo en la Argentina de los 80. El pilar en que se sustentó aquí fue la disminución del porcentaje de asalariados dentro de la Población Económicamente Activa (72% en 1960, 73,8% en 1970, 71,5% en 1980 y 64,6 en 1991)2.

Por supuesto que ese pilar requería de amplias licencias teóricas: la asimilación de la categoría censal “Asalariado” a “Clase Obrera”, dejando de lado que si bien existen asalariados que no forman parte de la clase obrera (los gerentes, por ejemplo) son muchos más los que, ocultos bajo la categoría censal Trabajador por Cuenta Propia (TCP), están expropiados de sus condiciones materiales de existencia, aunque el constante cambio de patrón les haga aparecer su situación como independiente (por ejemplo, peones o servicio doméstico por cuenta propia) o su salario aparezca como precio u honorario por un servicio3. Para apreciar la situación actual sería necesario contar con los datos aún no publicados del censo nacional realizado en 2001, pero los datos de la Encuesta Permanente de Hogares que realiza el INDEC muestran que en el Gran Buenos Aires los asalariados constituían el 73,6% de la población ocupada en octubre de 2000 y el 73,9% en mayo de 2001; el 17,7% de ellos en la industria. Confrontada con la realidad, la afirmación acerca de la desaparición de la clase obrera ha sido en buena medida abandonada, incluso por muchos de sus defensores dentro del establishment de las ciencias sociales4.

La mirada deberá centrarse entonces en la situación actual del proletariado argentino, que sólo puede ser entendida en relación con el proceso histórico de pasaje de la forma de organización social en la cual son dominantes las relaciones propias del capital industrial, a otra donde lo son las relaciones del capital financiero5. Desde fines de la década de 1950 se observa que el capitalismo argentino ha dejado de desarrollarse predominantemente en extensión para hacerlo en profundidad, con el consiguiente desarrollo de un proceso de centralización de la propiedad y la riqueza en menos manos.

En junio de 1975 la fracción más concentrada de la burguesía –la oligarquía financiera– intentó imponer desde el gobierno las medidas afines a sus intereses, necesarias para adecuar el país a las nuevas condiciones que se imponían en el mundo capitalista: fue el llamado “Rodrigazo”, anulado por la movilización obrera. Meses después, en marzo de 1976 los cuadros militares, acaudillados por la oligarquía financiera, tomaron el gobierno para aplicar esas medidas por las armas. Los resultados de su política, que expresa el desarrollo del capitalismo en su estadio más elevado, pueden sintetizarse en tres procesos que recorren los años del gobierno militar y se acentúan en la fase que se inicia con el retorno a la forma de gobierno electoral: centralización de la riqueza en un polo de la sociedad con incremento del rentismo y el parasitismo; pauperización y proletarización de la masa trabajadora, con la expulsión de población de los espacios sociales que ocupaba y crecimiento de la miseria consolidada.

Estas condiciones se acentúan a partir de 1989/90, después de las hiperinflaciones: la desarticulación social que produjo la desaparición de la mediación de todas las relaciones en la sociedad capitalista –el dinero– se sumó a las resultantes de la llamada “guerra antisubversiva”, la guerra de Malvinas y el pacto que rigió la salida del gobierno militar, para debilitar aun más al campo popular. La oligarquía financiera logró realizar plenamente su hegemonía sobre el conjunto de la sociedad, subordinando absolutamente a los cuadros políticos.

Desempleo y caída del salario

En la actividad productiva las nuevas condiciones conducen a la profundización y/o a la extensión, según las ramas de la producción, de las tendencias propias de la gran industria capitalista: subordinación del factor subjetivo del proceso de producción al factor objetivo, desarrollo de la fuerza de masas, despotismo del capital al interior de la unidad de producción, aumento de la fuerza productiva del trabajo, homogeneización de la calificación del obrero y apropiación por parte del capital del saber construido por los obreros en su experiencia de trabajo. Los cambios en el proceso de trabajo no se han producido en todas las ramas ni con la misma intensidad; sin embargo, es posible observarlos en aquellas que en la última década se han caracterizado por su dinamismo, tales como la automotriz, siderúrgica y petroquímica. Y si bien las innovaciones han tenido un mayor desarrollo en las formas organizativas del proceso de trabajo (círculos de calidad, equipos de trabajo y formas de trabajo multifuncional) más que en los medios de trabajo (máquinas herramienta con control numérico, robots, manipuladores y autómatas programables), lo cierto es que todas confluyen en el incremento de la intensidad del trabajo y en el descenso del consumo improductivo de la fuerza de trabajo del obrero por el capital, requisitos básicos para lograr el aumento de la capacidad productiva del trabajo6.

A lo largo de la década del 90 se constata un casi constante aumento de la productividad del trabajo, medida por trabajador ocupado, desde un índice de 74,2 en 1990 hasta alcanzar a 99,3 en 1996, prácticamente igualando la base de 1980 = 100, cuando todavía se mantenía la coacción extraeconómica mediante el empleo de la fuerza. Pero también se ha producido la extensión de la jornada de trabajo: se ha incrementado la sobreocupación, es decir la duración de la jornada laboral por encima del límite de las 45 horas semanales: si en mayo de 1989 el 33% de la población económicamente activa se encontraba sobreocupada, en mayo de 1998 el porcentaje había subido al 42,5%; y en octubre de 2001, con tres años de recesión, apenas había bajado al 38,5%7.

A la vez, se registra a lo largo de los 90 el incremento de la cantidad de población subempleada y desempleada, es decir el crecimiento, en las condiciones del capitalismo argentino, de la parte más visible de la población sobrante para las necesidades del capital, que a comienzos de los 80 se estimaba en alrededor de un 60% de la población8.

Desde 1980, cuando alcanzaba al 2,6% de la población económicamente activa9, el desempleo tiende a crecer, aunque con fluctuaciones. Rompe lo que había sido su techo histórico en 1986, y en 1989 llega al 7,7%. Luego de un breve descenso comienza a incrementarse desde 1992 hasta alcanzar el 18,4% en mayo de 1995. Aunque luego comienza a bajar, hasta llegar a un 12,4% en octubre de 1998, crece nuevamente hasta el 18,3% (2.532.000 personas) en octubre de 2001, hasta superar el 20% en la actualidad10. En síntesis, el nuevo nivel más bajo, festejado como un logro de la política económica en 1998, duplica el que durante los 60, los 70 y casi todos los 80 había sido el nivel máximo (alrededor del 6%). Pero la estimación oficial actual triplica ese máximo, ubicando el índice en 22% y al número de desocupados en 3.200.00. Si a los índices de desempleo se suman los de subempleo, puede percibirse un constante incremento de la parte más visible de la superpoblación relativa desde principios de la década del 80: de un 7,1% del total de la fuerza laboral con problemas en el acceso al mercado de fuerza de trabajo registrado en 1980, se llega a un 13,8% en 1990, a un 29,7% en 1995 y a un 34,6% en 2001.

La desocupación impacta con fuerza en todos los aglomerados urbanos del país, destacándose Mar del Plata y Rosario con los más altos índices, superiores en 2001 al 22%. En el Gran Buenos Aires el desempleo es del 19% en octubre de 2001, para llegar en la actualidad, en algunas zonas11, a casi el 30%, según estimaciones del ministro de Trabajo de la Provincia12. En el mismo aglomerado urbano, en octubre de 2001 la subocupación llegó al 16,5%, al tiempo que el empleo y la actividad descendieron al 35,9% y 44,4%, respectivamente13. De hecho, la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, junto con Rosario y Córdoba, constituyen los aglomerados en donde mayor fue el ritmo de crecimiento de la desocupación entre los años 2000 y 200114.

El crecimiento de la superpoblación relativa, que ejerce presión sobre los trabajadores en activo por la oferta de trabajadores disponibles, logró mantener bajos los salarios, reemplazando como mecanismo económico a la coacción extraeconómica aplicada entre 1976 y 1983: en 1976 las medidas dirigidas contra el movimiento obrero organizado (disolución de la CGT, intervención de sindicatos, detención de dirigentes, secuestro y desaparición de militantes) fueron acompañadas por la presencia de tropas en las fábricas y la prohibición de “toda (…) medida de fuerza, paro, interrupción o disminución del trabajo o su desempeño en condiciones que de cualquier manera puedan afectar la producción”, fundamentándolo en la necesidad de lograr “un efectivo aumento de la producción”15.

El resultado fue no sólo un aumento de la productividad del trabajo, sino también la abrupta caída del salario real. Si tomamos 1970 = 100, vemos que en 1976 el índice del salario real alcanzaba a 126, para descender un año después (1977) a 76. Si bien desde entonces tuvieron un movimiento fluctuante, los salarios permanecieron muy por debajo de lo que habían alcanzado en la primera mitad de los 70: hubo una leve alza en 1984 y un descenso en el resto de la década, que se acentuó fuertemente en el contexto de las hiperinflaciones de 1989 y 199016, para, con algunas oscilaciones, mantenerse en esos niveles sobre todo en la segunda mitad de los 90. La novedad de esta década fue la disminución de los salarios no sólo en términos reales sino también nominales y la generalización en los últimos años del pago fragmentado al infinito, en cifras cada vez más reducidas.

Trabajadores no declarados

Otro rasgo que se ha incrementado en el último cuarto de siglo es el llamado “trabajo en negro”, desarrollado fuera de toda protección legal, en condiciones de inestabilidad y precariedad. En la década pasada creció en el Gran Buenos Aires del 26,7% en 1990 al 36% en 199817 y 40% en 2000. En provincias como Tucumán creció del 31,5% al 50,5%. Pero lo más significativo es que la política de flexibilización laboral impulsada por los cuadros intelectuales y políticos del capital financiero, que logró un notable avance con la nueva legislación votada en 2000, apunta a convertir esa condición laboral en la forma normal, generalizada de trabajo: esa legislación para “flexibilizar el mercado laboral” blanquea el trabajo en negro, volviendo legal lo que no lo es.

Si se tiene presente que casi las tres cuartas partes de la población económicamente activa sólo puede obtener sus medios de vida mediante el salario, el crecimiento de la desocupación abierta y de la subocupación y la baja en los salarios, no sorprende el crecimiento de la masa de población que engrosa las filas del pauperismo por haber perdido, en forma total o parcial, el acceso al salario. Según datos oficiales, en 1974 sólo el 2,6% de los hogares (5,8% de la población) estaba por debajo de la línea de pobreza; en 1980 se encontraba en esa situación el 7,5% de los hogares. En el contexto de la crisis de 1989/90 alcanzó el 35,3%. Aunque los primeros años de la convertibilidad muestran un descenso en este índice –que llega a su punto más bajo en 1994 (11,9%, es decir, entre cuatro y cinco veces más que en los 70)– a partir de 1995 crece sin pausa. Entre 1999 y 2001 la cantidad de personas que viven bajo la línea de pobreza se incrementó en más de dos millones; en octubre de 2001, según cifras oficiales, alcanzó al 35,4% de la población del Gran Buenos Aires18, el 61,3% en el Nordeste, el 51,4% en el Noroeste, el 36,6% en la Pampeana y el 25,9% en la Patagonia19. En la actualidad son más de 14 millones de personas (43,8% de la población del país)20. Además, se calcula que el número total de indigentes, es decir, de aquellos que no pueden satisfacer sus necesidades materiales más elementales, alcanza los 3,7 millones de personas, cerca del 10% de la población total del país21. Cabe recordar que en Argentina los pobres son no sólo los desocupados sino, en buena medida, trabajadores asalariados de empresas privadas22.

Todos los datos señalados deben ser inscriptos en el proceso de profundización de la distribución regresiva del ingreso. En el período 1974-2001, en la ciudad de Buenos Aires, donde la incidencia de la pobreza es menor que en el resto del país, el 10% más rico de la población pasó de recibir el 37,5% del ingreso a recibir el 52,6%, mientras el 10% más pobre pasó del 2,1% al 0,3%, ampliándose la brecha entre unos y otros de 17,9 veces a 175,3 veces23. Esa diferenciación tiende a acentuarse aun cuando por la recesión económica todos reciban menos ingresos: entre 2000 y 2001, la franja de asalariados con menores ingresos (hasta 150 pesos) pasó de recibir un promedio de 102 pesos mensuales a 88, una reducción del 13,7%. La franja inmediatamente superior (entre 151 y 250 pesos) vio reducir sus ingresos de un promedio de 221 a otro de 203, una baja del 8,1%. La franja de mayores ingresos (entre 1.401 y 10.000 pesos) pasó de recibir un promedio de 2.444 a otro de 2.408, lo que implica una reducción de sólo el 1,5%24.

Los datos de productividad, salario, desocupación, subocupación y pobreza muestran que para la clase obrera argentina el proceso de pauperización desarrollado desde mediados de los 70, acompañado de la proletarización de otras fracciones sociales asalariadas y no asalariadas, ha continuado y se ha acelerado en los últimos años, mientras la riqueza se concentra en el otro polo de la sociedad.

¿Qué resultantes estructurales han tenido estos procesos en la clase obrera argentina? En términos generales, lo que puede observarse es que lejos de desaparecer o disminuir, a lo largo de este cuarto de siglo se ha incrementado la masa despojada de sus condiciones materiales de existencia (clase obrera) y dentro de ella de aquella parte que tampoco puede obtener sus medios de vida necesarios mediante el salario (pauperismo).

Si se atiende al movimiento orgánico de la sociedad, se observa un cambio estructural en la proporción entre la parte activa de los trabajadores asalariados y la parte sobrante para las necesidades inmediatas del capital, cuya porción más evidente aparece bajo la figura del desocupado. No sólo los niveles más bajos de desocupación en la última década duplican los que eran los niveles más altos hasta los 80 sino que ese volumen de desocupados, que tiende a crecer, ha dejado de ser un fenómeno coyuntural. Al mismo tiempo, han cambiado las proporciones entre las modalidades que toma la población sobrante para el capital: si se consideran la extensión de la inestabilidad en el trabajo, con más frecuentes y más prolongados períodos de desocupación, el salario ubicado debajo del necesario para la reproducción social normal de la vida, la máxima jornada y la pérdida de condiciones de trabajo socialmente consideradas dignas, se concluye que dentro de la población sobrante para el capital ha crecido la modalidad llamada estancada, que en buena medida nutre las filas del pauperismo.

Este cambio en las proporciones entre activo y reserva de la clase obrera y el crecimiento de la parte que se encuentra en las más precarias condiciones para poder reproducir su vida han dado lugar a otra afirmación falaz: la de una “novedosa fragmentación” de la clase obrera, que estaría reflejando la fragmentación del mercado laboral. Sin dejar de tener presente que desde que existe la clase obrera el conocimiento científico ha señalado en ella diferentes fracciones y capas que se presentan con rasgos propios (al punto de poder llegar a constituirse una parte en “aristocracia obrera”, mientras otra se hunde en el pauperismo), el proceso desarrollado en Argentina parece más bien mostrar una tendencia a la homogeneización de los asalariados en condiciones semejantes de inestabilidad, más frecuentes y más prolongados períodos de desocupación, bajos salarios, máxima jornada y pérdida de condiciones de trabajo socialmente consideradas dignas.

Pero además, más allá de las diferencias al interior de la clase obrera, el análisis de los procesos de lucha desarrollados por los trabajadores durante los últimos nueve años muestran que cuando la parte de la clase obrera organizada sindicalmente (que se corresponde con la fracción más establemente inserta en la actividad productiva) utiliza el instrumento de la huelga general con movilización, las demás fracciones y capas del proletariado, incluyendo a los desocupados y pobres, se movilizan con su propia organización e instrumentos de lucha25. Las numerosas huelgas, tomas, cortes de ruta y otras acciones protagonizadas por los asalariados en los últimos diez años refutan la falacia de la inexistencia de luchas protagonizadas por los trabajadores y de que han sido sustituidos por “nuevos movimientos sociales” “de base sociocultural”. En tres mediciones26 son los trabajadores asalariados ocupados, en buena medida obreros industriales, los que ocupan el primer o segundo lugar tanto en la realización de cortes de ruta como en el total de acciones; y es la organización sindical (en cualquiera de sus niveles) la principal organizadora de las protestas27.

A la vez, la organización de los trabajadores desocupados (varios Movimientos de Trabajadores Desocupados, Corriente Clasista y Combativa, Federación de Trabajo y la Vivienda, entre otros) refuta prácticamente los augurios acerca de la incapacidad para organizarse de las capas más pobres de la clase obrera. Y su participación en las acciones convocadas por las centrales obreras, así como la participación de trabajadores ocupados (sobre todo estatales) en acciones convocadas por organizaciones de desocupados, muestran, más allá de las diferencias político-ideológicas, la posibilidad de la inteligencia entre el activo y la reserva de la clase obrera, condición necesaria pero no suficiente para modificar de raíz el régimen social vigente.

  1. Estimación del ministro de Economía Jorge Remes Lenicov, en La Nación, Buenos Aires, 7-2-02.
  2. Sin considerar siquiera su crecimiento absoluto: 5.190.790; 6.380.500; 7.147327; 7.980.327 en los años señalados. Los datos corresponden a los respectivos Censos Nacionales de Población. investigación realizada sobre los datos del Censo Nacional de 1980, que evitaba asimilar categoría ocupacional y clase social, mostró que el proletariado constituía el 70,2 % de la población y que había aumentado desde 1960. Véase Nicolás Iñigo Carrera y Jorge Podestá,
  3. Una “Análisis de una relación de fuerzas sociales objetiva: caracterización de los grupos sociales fundamentales en la Argentina actual”; Cuadernos de CICSO, Serie Estudios Nº 46, Buenos Aires, 1985.
  4. Curiosamente, desde otras perspectivas políticas que se proponen transformar la sociedad capitalista, también se ha tendido a circunscribir la mirada a las capas más pauperizadas de la clase obrera, quizás por el impacto producido por su crecimiento, tras décadas de ignorarlas y considerarlas “lumpenproletariado” y, otra licencia teórica, circunscribir la clase obrera a los obreros industriales de grandes fábricas.
  5. Alfredo Eric y Eric Calcagno, “Hegemonía del sector financiero: un sistema retrógrado y troglodita”, en Le Monde diplomatique edición Cono Sur, octubre 2001.
  6. Fabián Fernández, “Cambios en el proceso de trabajo en la gran industria capitalista: una aproximación a partir del análisis de la industria automotriz argentina”; Documento de PIMSA Nº22, 2000, y “Las transformaciones en los procesos de trabajo en la industria argentina actual: algunas hipótesis e interrogantes”, Documento de PIMSA Nº30, Buenos Aires, 2001.
  7. Datos del INDEC.
  8. Iñigo Carrera y Podestá, op. cit.
  9. Los índices más bajos corresponden a los años del gobierno militar cuando, según el entonces viceministro Alemann, “los jefes militares decían entonces que no podía haber desocupación, ya que cada desocupado era un guerrillero en potencia” La Nación, Buenos Aires, 24-3-96.
  10. Clarín, Buenos Aires, 14-12-01.
  11. Florencio Varela, Esteban Echeverría, Ezeiza, Merlo, Moreno, Malvinas Argentinas, José C. Paz, San Miguel, la mitad sudoeste de La Matanza, San Fernando y Tigre.
  12. La Nación, Buenos Aires, 18-2-02.
  13. Clarín, Buenos Aires, 14-12-01.
  14. Clarín, Buenos Aires, 6-8 y 14-12-01.
  15. Ley 21.261 del 24-3-1976 en Anales de Legislación Argentina, tomo XXXVI-B, p.1033. En el mismo sentido el inciso b del artículo 1° de la ley 21.400 del 3-9-1976.
  16. Datos de OIT.
  17. La Nación, Buenos Aires, 11-7-99.
  18. En el segundo cordón del Gran Buenos Aires la cifra sube al 51,7%, mientras en la Capital es de 9,8%.
  19. Datos del INDEC, en La Nación, Buenos Aires, 21-2-02.
  20. Datos de la consultora Equis, publicados en La Nación, Buenos Aires, 21-2-02.
  21. Clarín, Buenos Aires, 28-01-02, sobre un informe de la Fundación Capital.
  22. El estudio del INDEC, “La pobreza urbana en la Argentina” (Estudios N°18, Buenos Aires, 1988) mostraba que los obreros de empresas privadas de la industria, construcción y transporte eran el grupo ocupacional más numeroso entre los pobres del Gran Buenos Aires. El crecimiento de la desocupación debe haber disminuido su peso relativo, pero difícilmente los haya eliminado de los primeros lugares. Otro dato en La Nación, Buenos Aires, 17-3-02: en promedio los privados ganan un 11% menos que los estatales.
  23. Consultora Equis, sobre datos del INDEC, en La Nación, Buenos Aires, 12-2-02.
  24. Clarín, Buenos Aires, 6-8-01, según datos del INDEC.
  25. Nicolás Iñigo Carrera y María Celia Cotarelo, “La protesta social en los 90. Aproximación a una periodización”, PIMSA Documento de Trabajo N°27, 2000; y Nicolás Iñigo Carrera, “Las huelgas generales, Argentina 1983-2001: un ejercicio de periodización”, PIMSA Documento de Trabajo N°33, 2001.
  26. Diciembre de 1993 a agosto de 1997, diciembre de 1993 a octubre de 1999, y primer cuatrimestre de 2001. Corresponden a una investigación que estamos realizando en PIMSA.
  27. Nicolás Iñigo Carrera y María Celia Cotarelo, “La protesta social en Argentina”, en Observatorio Social de América Latina, N°4, junio 2001.
Autor/es Nicolás Iñigo Carrera
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:11,12
Temas Movimientos Sociales, Clase obrera
Países Argentina