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Recuadros:

Berlusconi y los nuevos condottieri

El acceso de Silvio Berlusconi al gobierno de Italia, con su concepción empresarial de la política, es la máxima expresión de la plasticidad con que el capitalismo italiano abandona la etapa productiva, fordista, cuyos conductores eran Agnelli y De Benedetti. A través de gigantescas reestructuraciones empresariales, el poder patronal es transferido a grandes holdings, también familiares y nacionales, como los de Benetton o Berlusconi, construidos a partir de pequeñas empresas y gestionados en función de las expectativas de los consumidores.

La lista de países con mayor Producto Bruto Interno (PBI) por habitante, publicada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), resulta sorprendente: Italia está mejor ubicada que Suecia, mientras que Gran Bretaña y Francia quedan en el decimonoveno lugar1. Sin embargo, la península sufre una de las tasas de desempleo más altas: la falta de trabajo afecta a alrededor de 1 de cada 3 jóvenes italianos. Así es que muchos observadores toman conciencia de que Italia es un país rico y no un miembro de la “Europa Mediterránea”, como la definían ciertos adeptos del “capitalismo renano”.

“¿Capitalismo renano?”. El ex presidente del Consejo, Giulano Amato, prefiere hablar de “capitalismo enano”2: un sistema dominado por un puñado de familias, pero rodeado de una multitud dinámica de pequeñas y medianas empresas (PyMEs). Italia, según la OCDE, posee “una estructura industrial dual. Una pequeña cantidad de grandes empresas coexiste con una gran red de PyMEs”3.

Desde el verano (boreal) de 2001, el capitalismo italiano está en plena efervescencia. La llegada a la dirección del país de Silvio Berlusconi –la mayor fortuna de Italia y la decimocuarta del mundo– refleja y acelera esa reorganización: su gobierno incluye 12 (pequeños) empresarios sobre un total de 26 ministros. En pocas palabras, un nuevo modelo de capitalismo latino se instala detrás de ese rey de los medios de comunicación.

A primera vista, el capitalismo italiano parece complejo, pero, in fine, el sistema sigue estando controlado por un oligopolio nacional de accionistas-financistas.

Para desenredar los hilos, hay que señalar en primer lugar su multiplicidad, resultado de la historia industrial. Más que de un conjunto unificado, habría que hablar de varios capitalismos que combinan diversos sistemas de producción inscriptos en terrenos identificados.

El primer modelo, fordista, se aplicó en la península a fines del siglo XIX y generó dos Italias: el norte industrial y rico, que dejaba de lado al sur, pobre y agrícola. Ese sistema se dotó de dos “corazones”, uno financiero y el otro industrial.

El corazón financiero incluyó durante mucho tiempo tres grandes bancos “mixtos”, fundados al filo de los siglos XIX y XX: la Banca Commerciale Italiana, el Credito Italiano y el Banco di Roma, cercano al Vaticano. En 1944 todos se asociaron en el Mediobanca, a iniciativa de Enrico Cuccia, relojero del sistema financiero y padrino de todos los negocios de la península. Por su parte, el corazón industrial era el tandem piamontés de la industria, Fiat (automóviles) y Pirelli (neumáticos).

Así fue como los dos “condottieri” industriales, Giovanni Agnelli y Carlo De Benedetti, junto al patrón de Mediobanca, condujeron durante medio siglo un capitalismo italiano de tipo fordista. Pero ese trío se hizo añicos en junio de 2000 con la desaparición de Cuccia. Comienza entonces una total reestructuración, que pone de manifiesto la enorme flexibilidad del capitalismo italiano. Ya en los años 1970, a partir de PyMEs muy dinámicas, habían emergido los neo-condottieri posfordistas Gilberto Benetton y Silvio Berlusconi. Desde entonces coexisten tres Italias geo-económicas:

-El triángulo industrial del noroeste, con las grandes fábricas vinculadas a la producción automotriz (Fiat en Turín, Pirelli en Ivrea), en torno a las cuales se desarrolló toda una red de industrias pequeñas y medianas subcontratistas.

-El Mezzogiorno (sur), con sus características particulares, que ya Antonio Gramsci llamaba “la cuestión meridional”: economía de latifundio, pobreza, subvenciones, burocracia, actividades mafiosas y subterráneas, realidades que sin embargo se van modificando gracias al dinamismo de las pequeñas empresas4.

-Los “distritos” tecnológicamente poco desarrollados, que participan de manera especializada en industrias que ocupan mucha mano de obra y recursos naturales, como la textil (en Prato, Biella y Como), las joyas (en Arezzo), los muebles (en Bassano), la mecánica especializada (en Módena), la óptica (en Cadore) o el calzado (en Macerata o Vigavano).

Esa dinámica multitud de PyMEs, formada tanto por las empresas independientes de los “distritos” como por las subcontratistas de la gran industria del noroeste, constituye actualmente la base del sistema. Cerca de la mitad de los 4 millones de empresas italianas, emplean menos de 10 personas (contra un 35% en el conjunto de la Unión Europea) y sólo el 20% ocupa más de 250 personas (35% en el conjunto de la Unión Europea). Por su parte, las empresas medianas, que representan el 1,7%, son también muy dinámicas y combinan flexibilidad de organización con desarrollo internacional, constituyendo verdaderas “multinacionales de bolsillo”.

A esas tres Italias hay que agregar una cuarta, subterránea y hasta mafiosa. En 1998, el sector que emplea trabajadores irregulares y no declarados (incluso extranjeros) representaba el 22,6% de la mano de obra, del cual el 18% corresponde a industria y servicios y el 73% a la agricultura.

En los últimos diez años, esta coexistencia entre unos pocos gigantes familiares y una multitud de PyMEs dinámicas pasó por una profunda reorganización, operada en dos etapas: primero, privatizaciones dirigidas a reducir las deudas del Estado5 y a “liberalizar” las grandes empresas gestionarias de redes o del sector bancario; y posteriormente, en 2001, una redistribución del poder político y del poder económico.

Todo el poder a la empresa

Luego de la crisis de 1929 se había generado en Italia un “capitalismo de Estado” de inspiración fascista, fundamentalmente con la creación en 1933 del Instituto de Reconversión Industrial (IRI) que controlaba el sector bancario y 40% de las sociedades anónimas industriales. Después de la guerra, el Estado amplió aun más su influencia sobre la economía, con tres poderosos holdings: el IRI, el ENEL y el ENI. Durante la década de 1990, de acuerdo a las orientaciones europeas, el Estado, que poseía el 50% del capital de las empresas industriales italianas, cedió la mitad del mismo. Esas privatizaciones generaron 63.500 millones de dólares, es decir, tanto como en el muy liberal Reino Unido. La mitad fue suscrita por familias, que pasaron sus ahorros a la Bolsa6, un tercio por inversionistas extranjeros, y el resto por inversionistas institucionales7.

Esa financiarización dio lugar al éxito de la Bolsa de Milán, privatizada en 1997. De 1992 a 2000 las privatizaciones aceleraron la suba: mientras que las acciones del mercado internacional duplicaban su valor, las italianas lo quintuplicaron. Simultáneamente, se operó en el sector bancario un proceso de consolidación, como en el caso de la fusión entre la Banca Intesa y la Banca Commerciale Italiana, o entre las dos mayores compañías de seguros italianas, Generali y INA, que dio origen al tercer grupo europeo en esa actividad, detrás de Allianz y Axa.

Esta reestructuración se conjugó con la privatización de numerosos bancos públicos y con una mayor presencia de bancos extranjeros. Según la OCDE, “la aceleración de las privatizaciones, sumada a un fulgurante aumento de operaciones de toma de control y de fusiones-adquisiciones, contribuyó a reforzar el papel predominante de las grandes empresas en el mercado bursátil… A fines de 1998 las empresas privatizadas representaban más del 50% de la capitalización global del mercado”. Otra prueba de la enorme movilidad del capitalismo italiano: en pleno verano (boreal) de 2001 se realizaron dos blitz económico-financieros para proteger el conglomerado Montedison y Telecom Italia, generando una reestructuración de Mediobanca. Igualmente, a fin de año, Fiat inició su reorganización interna.

Esa efervescencia se explica fundamentalmente por la coincidencia entre la desaparición de Enrico Cuccia y la maduración de las privatizaciones; por los equilibrios que se perciben entre los “viejos” condottieri fordistas y los recién llegados managers; y también por la llegada al poder del Polo de las Libertades de Berlusconi, que creó un ambiente favorable a las empresas y a sus reestructuraciones.

La nueva transformación de 2001 comienza con la OPC (oferta pública de compra) dirigida por EDF (Electricité de France) y Fiat sobre Montedison, gran complejo que incluye industrias del sector agroalimentario, de la construcción naval, químicas, de ingeniería, farmacéuticas, de finanzas, y sobre todo de energía (61% de Edison y Sondel). Edison es el segundo operador de electricidad de la península, detrás de ENEL, la empresa italiana de electricidad. A pesar de que Montedison sólo realiza el 19% de su facturación en el rubro electricidad, es a esa actividad que apunta la OPC, sin perjuicio de dejar de lado el resto.

Todo comienza en mayo de 2001, con la entrada de EDF en el capital de Montedison, lo que genera una acción defensiva. Opuesto a que la empresa pública francesa se convierta en el primer accionista de Montedison, el gobierno de Amato adopta un decreto-ley de urgencia limitando a 2% los derechos de voto de EDF en el grupo italiano en lo que concierne a los expedientes eléctricos.

En junio, Montedison presenta ante la Comisión Europea una denuncia contra EDF por abuso de posición dominante. La contraofensiva nacional se organiza. Los tres grandes bancos accionarios históricos de Montedison –Banco di Roma, Sanpaolo IMI e IntesaBCI– concretan un pacto para administrar de común acuerdo su participación. Pero Fiat se alía con EDF en Italenergia para lanzar la OPC sobre Montedison y sus filiales, fundamentalmente sobre Edison. Finalmente, en julio de 2001, Montedison acepta la OPC: EDF y Fiat toman conjuntamente el 58% del capital de la sociedad Italenergia, junto al financista franco-polaco Romain Zaleski y a un pool bancario italiano. Esa OPC exitosa contribuirá al debilitamiento de Mediobanca, que deberá ceder su 15% de Italenergia, aunque logrando una confortable plusvalía.

La segunda gran reestructuración fue la de Telecom Italia. En 1999 ya había sido necesario proteger a los accionistas de esa empresa privatizada ante una toma de control extranjera: Roberto Colaninno, al frente de Olivetti, se había apoderado entonces de Telecom Italia, con el apoyo de Mediobanca y la bendición del jefe del gobierno de centro-izquierda de la época, Massimo D’Alema, desatando un gran escándalo en el mundo económico-financiero. Ahora bien, en el verano boreal de 2001 Telecom Italia se encontró nuevamente amenazada, esta vez por los grupos españoles Telefónica y Endesa, pero también por Deutsche Telekom.

A pesar de su ostentosa neutralidad, el gobierno de Berlusconi no dejó de saludar el mantenimiento de esa empresa estratégica en manos italianas. En efecto, el 27 de julio de 2001, el dirigente de Pirelli Mario Tronchetti Provera y la familia Benetton, por intermedio de su holding Edizioni, aportaron 7.000 millones de euros. Esto les permitió tomar el control de Telecom Italia, de TIM, su filial de celulares, de las Páginas Amarillas y del nuevo canal de televisión “7” (ex TMC).

Todas estas operaciones, junto a la reorganización de Fiat en diciembre de 2001, ilustran la capacidad de reacción que tienen los condottieri italianos para proteger el capital de empresas estratégicas. Esas reestructuraciones contribuyen a estimular la actividad económica, a la vez que mantienen el control financiero en manos de un número reducido de holdings familiares.

Con motivo de esas reorganizaciones, las familias históricas del capitalismo fordista, los paleo-condottieri (el avvocato Agnelli, “virrey de Italia”, senador vitalicio, y el ingeniere De Benedetti), debieron compartir su poder con los neo-condottieri. Aparecidos en la década de 1970, éstos construyeron grandes imperios partiendo de pequeñas empresas. Fue el caso de Berlusconi o Gilberto Benetton. Este último, gerente general de Edizione Holding, transformó la empresa familiar textil en un gigante internacionalizado y diversificado. Ambos simbolizan la nueva capacidad de las empresas italianas para utilizar las tecnologías, los medios de comunicación y el marketing; para dirigir sus firmas en función de las “expectativas” de los consumidores y no ya de arriba hacia abajo, desde la producción, como ocurría en la empresa fordista.

Esa transferencia de poder en el seno de la patronal se opera también en beneficio de las muy dinámicas PyMEs. Así, la dirección de la organización patronal Cofindustria quedó en manos de Antonio D’Amato, quien apoyado por las PyMEs del noreste, se impuso a Carlo Callieri, apoyado sin embargo por Agnelli y De Benedetti. Entre los ganadores figuran también los nuevos managers, como el presidente de Telecom Italia, Mario Provera, virrey económico del capitalismo italiano y pretendiente al trono de Agnelli; o Paolo Fresco, presidente de Fiat, y Paolo Cantarella, su administrador delegado, quienes pilotearon la operación de Italenergia.

Pero el fenómeno más impresionante es la asunción directa del gobierno por parte de uno de esos neo-condottieri. Las empresas gobiernan, y Berlusconi –con el timón en sus manos– se convirtió en el papa del capitalismo italiano. Presentándose durante la campaña como la encarnación del “sueño económico italiano”, supo nuclear en torno suyo a todas los personajes de la patronal. La Cofindustria de Antonio D’Amato lo apoyó activamente. Giovanni Agnelli, luego de haber resistido durante mucho tiempo su influjo, acabó armándolo caballero. Los nuevos managers y accionistas lo apoyan masivamente.

Líder del primer partido político, Forza Italia, que obtuvo el 30% de votos en las últimas elecciones legislativas, dueño de Fininvest8 y del complejo televisivo Mediaset, que comprende 3 canales comerciales de alcance nacional, Berlusconi logró dar un nuevo encanto a lo político gracias al modelo de la eficacia empresarial. “Si ahora me ocupo de la política, es porque tengo ganas de seguir desarrollando mi oficio de empresario”9, afirmó. Y si Berlusconi logró aplicar a la política las técnicas de conquista comerciales, es porque encarna, en el sentido más estricto, el modelo de la empresa de comunicaciones triunfante, contra los partidos tradicionales y el Estado-nación en crisis. El gigante mediático vampirizó literalmente el poder político.

Berlusconi personifica las mutaciones del capitalismo de su país. Enarbola el discurso y los valores de las PyMEs, de las cuales surgió, a la vez que simboliza el éxito del self made man con que sueñan los italianos. Pero, en tanto que lombardo, expresa también el ascenso de la financiarización de la economía contra el viejo modelo fordista piamontés.

Así, el capitalismo italiano pudo pasar de los invisibles apretones de manos de los paleo-dirigentes, a la sobreexposición mediático-política de sus nuevos líderes. Lo único que importaba era mantener a los condottieri al frente de la economía, a fin de que el modelo italiano persista en el seno de la mundialización y de la unificación europea. Como decía Giuseppe Lampedusa “había que cambiar algo para que todo siga igual”.

  1. En el año 2000, Italia figura en el puesto 16, con 24.500 dólares por habitante, mientras que la cifra es de 23.200 dólares para Francia. Fuente: L’OCDE en chiffres. Statistiques sur les pays membres, París, 2001. En octubre de 2001, la tasa de desempleo alcanzaba al 9,3% de la población activa italiana y al 28% de los jóvenes.
  2. En italiano: enano, más bien que renano. Il Corriere della Sera, Milán, 30-7-2001.
  3. Italie 1999-2000, OCDE, París, mayo de 2000. Salvo indicación contraria, todas las estadísticas citadas en este artículo provienen de esta fuente.
  4. 4 La tasa de creación de empresas activas en esta región es, desde hace más de dos años, superior a la del centro del país; el desempleo bajó a menos del 20% de la población activa, y las exportaciones aumentaron su valor un 27,3% (contra un promedio nacional del 16,5%). Informe 2001 del CENSIS, Roma.
  5. Sin gran resultado: la relación deuda/PBI sigue siendo superior a 100% desde hace diez años, es decir, lejos del 60% exigido por el tratado de Maastricht.
  6. En 1975 las acciones representaban apenas 1,7% de los activos financieros de las familias, pero en 1999, las carteras de valores, los fondos comunes de inversión y las acciones, constituían la mitad de dichos activos.
  7. Las privatizaciones en Italia desde 1992, Mediobanca R&S, Milán, octubre de 2000. Según el mismo estudio, la capitalización bursátil respecto del PBI, pasó de 12,7% en 1990, a 65,2% en 1999.
  8. En 2000, Fininvest facturó 4.300 millones de euros y obtuvo ganancias por 300 millones.
  9. Eugène Saccamano, Berlusconi : le dossier vérité, Editions1, París 1994.

Intelectuales sin coraje

Evangelisti, Valerio

Aunque el gobierno de Berlusconi no cuenta con el apoyo de intelectuales significativos, el momento actual de la vida italiana se caracteriza por el silencio de escritores y artistas sobre los avances cotidianos contra los derechos personales de indocumentados y de nativos, y por la confluencia objetiva de comentaristas y académicos de centroderecha y centroizquierda que banalizan sin pudor lugares comunes racistas y belicistas.

El actual gobierno italiano tiene de su lado muy pocos intelectuales prestigiosos. Pocos escritores y cineastas, y aun menos pintores y músicos. Berlusconi busca apoyo sobre todo en los editorialistas de los grandes diarios y en los universitarios (Angelo Panebianco, Ernesto Galli Della Loggi, Paolo Mieli, etc.). Entre ellos y los comentaristas del frente teóricamente opuesto, “El Olivo”, existe una suerte de solidaridad corporativa, basada en una misma opinión respecto de los beneficios del liberalismo salvaje y de la mundialización. Ya se trate de la guerra en Afganistán, del movimiento anti-mundialización, de la defensa de la civilización occidental contra la barbarie, de la expulsión de los inmigrantes o de la política social, es muy difícil hallar diferencias significativas entre la mayoría de los editorialistas de La Repubblica o de L’Espresso (Geminello Alvi, Antonio Polito, Eugenio Scalfari, Mario Pirani, etc.) y los de los diarios cercanos al gobierno.

Sin embargo, entre los escritores, los directores de cine y otros artistas son escasos los partidarios del jefe del gobierno. La revista que más lo apoya, Panorama, llegó a calificar como “la más importante escritora de Italia” a la periodista Oriana Fallaci, autora de un panfleto violentamente xenófobo, donde invita a sus lectores a escupir sobre los musulmanes y presenta a los somalíes (probablemente la minoría más inofensiva en Italia) y a los africanos en general, como naturalmente portadores de suciedad física y moral. De la misma manera, y a falta de un candidato valedero, el gobierno confió la gestión de la Mostra de Venezia y de la Escuela Nacional de Cine a industriales incompetentes, en tanto que el locuaz Vittorio Sgarbi parece convertirse en el embajador de la cultura italiana en el mundo. Hasta hace apenas unos meses, Sgarbi hacía la publicidad de un café por televisión y daba clases de sex appeal por radio.

Frente a semejante vacío, era de esperar que los intelectuales desarrollaran la función crítica y de oposición propia de su condición, pero esto sólo ocurre parcialmente. Los que denuncian las violaciones de la legalidad (el caso más notorio es el del director de cine Nanni Moretti) no las relacionan ni con la naturaleza de clase del gobierno Berlusconi –expresión de una burguesía reciente surgida del comercio, de los servicios, de las comunicaciones o de la especulación bursátil– ni con un marco internacional caracterizado por el imperialismo y el neocolonialismo. Faltan en Italia los Pierre Bourdieu, los Gore Vidal, las Susan George. Si hay protesta, siempre está dirigida a temas circunscriptos.

Arbitrariedades cotidianas

Por otra parte, ¿qué crítica podemos esperar de personas que ideológicamente coinciden en tantos temas? Nadie debería olvidar la campaña rencorosa desarrollada durante dos años contra los inmigrantes por el ex escritor rebelde Alberto Arbasino, ni que Umberto Eco haya sido un precursor de la privatización de la Universidad.

Sin embargo, las aberraciones del gobierno están a la vista de todos y deberían provocar indignación general. La opinión pública extranjera sólo se entera de los casos más escandalosos denunciados por las fuerzas de centroizquierda y por los intelectuales cercanos a ellas: la negativa a proporcionar custodia a los jueces que luchan contra la mafia; el cambio de un juez durante el desarrollo de un proceso contra Berlusconi y su ex abogado Cesare Previti; la despenalización de delitos que amenazan al Primer Ministro y a su entorno vinculado con la confederación patronal Confindustria.

Pero las arbitrariedades cotidianas, muchas veces casi imperceptibles, no se conocen más allá de las fronteras. Como la creación en Bolonia de un número de teléfono de llamada gratuita, manejado por un diputado de Forza Italia y puesto a disposición de los estudiantes deseosos de denunciar a los profesores que hubieran criticado al gobierno. Este caso generó además una inspección ministerial que tenía por objetivo verificar si en las escuelas de Bolonia se ponía suficientemente de relieve la superioridad de Occidente sobre el mundo islámico, y si la Navidad se celebraba dignamente. Otras veces se trata de casos notorios, como la expulsión de 1.500 indocumentados detenidos en una sola noche por la policía por medio de razzias organizadas en las calles y en domicilios particulares, e inmediatamente deportados: versión italiana de “la noche de los cristales”.

Todo eso fue recibido en silencio por las personalidades importantes del mundo de la cultura, pues en general se trata de la aplicación de leyes originadas en el centroizquierda, sobre las cuales los intelectuales callaron en el momento de su aprobación. Cuando surgen algunas protestas, en general apuntan al presidente del Consejo o a violaciones demasiado evidentes del marco institucional. Silencio igualmente sobre el profundo envilecimiento de la sociedad, como sobre las ocasiones de verdaderos conflictos, capaces de hacer trastabillar al sistema.

Los intelectuales italianos se distancian con repulsión de los movimientos contestatarios existentes. Los estudiantes secundarios de todo el país ocupan los liceos; los docentes manifiestan en las calles contra la reforma demencial impulsada por la ministro de Educación, Letizia Moratti (enésima empresaria colocada en un puesto estratégico); el movimiento pacifista moviliza cientos de miles de manifestantes; los obreros luchan contra la total liberalización de los despidos; los inmigrantes amenazados por la aberrante ley Bossi-Fini desfilan masivamente: todo eso es ignorado por la mayoría del mundo cultural, y principalmente por la corporación arrogante y vanidosa de los escritores de moda, ausentes, indiferentes y a veces hasta hostiles.

Algunos otros, ignorados por la academia, evidentemente son la excepción. Pero en general, ningún intelectual se pregunta si la ideología neoliberal adoptada por el centroizquierda no contenía ya el germen de la victoria de Berlusconi y de su gobierno. Y si el hecho de haber construido campos de detención para los indocumentados, de teorizar sobre la utilidad de las guerras “justas”, de promover la precariedad laboral, no creaba las bases de una ulterior degeneración reaccionaria. Oímos a Antonio Tabucchi y a Andrea Camilleri rugir contra el retorno del fascismo; a Nanni Moretti denunciar a los líderes de la oposición. Sin embargo, ninguno de ellos parece preguntarse si todo eso no tenía raíces en algún lugar.

Es significativo el caso de Génova, en septiembre de 2000, primer gran desafío del gobierno de Berlusconi, con el líder posfascista Gianfranco Fini como director de la operación. Violencia increíble contra los manifestantes más inofensivos; reaparición de formas de tortura; acoso sexual contra las mujeres detenidas; garantía de impunidad para los policías que hicieron correr la sangre en las calles de la ciudad. Fue un espectáculo obsceno, al límite de lo soportable y protagonizado por funcionarios policiales designados por el centroizquierda, que pocos meses antes, en Nápoles, había hecho un ensayo general de esa carnicería. Todo encubierto por jueces que hoy en día está de moda atacar o defender en bloque.

¿Cuántos escritores hicieron entonces oír su voz? ¿Cuántos de los que disponen de medios expresaron la más mínima protesta? Los directores de cine que filmaron esas jornadas quedaron aislados de los que, por medio de la escritura, pretenden poseer un conocimiento particular del mundo y se jactan de ser realistas (el realismo caracteriza desde siempre, a los ojos de los académicos italianos, a las “grandes” novelas, a tal punto que hasta Italo Calvino y Dino Buzzati tuvieron dificultades para ser reconocidos). Esto explica que pueda prevalecer en la literatura italiana contemporánea un minimalismo a ultranza: por falta de ideas, pero también de coraje.

Ya tuvimos otras pruebas respecto de la guerra y del racismo. Fueron muy pocos los que tomaron posición pública contra la vergüenza de Afganistán, aun cuando en privado y a media voz, algunos susurraban su oposición. Perdidos en fútiles ejercicios de estilo, ocupados en pequeñas diatribas de café conducidas con elegante indolencia, los escritores antimilitaristas no se atrevieron a desafiar a la compacta falange de comentaristas, que desde los grandes órganos de prensa alentaban con todas sus fuerzas la propaganda a favor de una jihad occidental tan descabellada como abyecta. Por otra parte, lo mismo ocurrió respecto de Somalia, Kosovo y demás aventuras militares a las que Italia se asoció.

Odio racial

Y esto no se refiere únicamente a artículos o a declaraciones coyunturales. Esa realidad, como casi todas las otras, está prácticamente ausente, sobre todo en los libros de los escritores italianos. ¿Qué entenderán entonces de la Italia actual los futuros lectores de la prosa que se produce actualmente en este rincón de Europa? Me temo que nada. Ni siquiera leerán esa prosa. Y no me refiero únicamente a la literatura “realista”, noble por definición. Inútil buscar en el contexto italiano un Orwell o un Zamjiatin que nos hablen del presente y del futuro a través de metáforas.

Pero vayamos al tema del racismo, con un ejemplo banal, muy elocuente sobre la contigüidad de las ideologías y sobre la continuidad que fundamenta la experiencia autoritaria del gobierno Berlusconi. El 15 de enero pasado, Il Corriere della Sera publicó un breve artículo firmado por Geminiello Alvi, un economista que hasta hace poco era un ilustre colaborador de órganos de prensa ligados al centroizquierda. Por entonces se discutía sobre el fenómeno de la niebla y la contaminación; y el brillante investigador presenta su propia tesis: la contaminación sería la consecuencia natural del crecimiento demográfico. Luego de haber entonado el estribillo, ya ritual, contra los “no global” (esos anti-mundialización acusados de “saltar en grupo como si les hubiera picado una tarántula”), nuestro hombre nos brinda su conclusión: estamos “importando” miles de inmigrantes, y son ellos los que contaminan el aire.

El lector no italiano dudará en creer que en uno de los principales diarios de la península se puedan escribir semejantes cosas: hasta Jörg Haider y Jean-Marie Le Pen –que suscribirían fácilmente la negativa a recibir nuevos inmigrantes– se cuidarían mucho de aprobar el resto del artículo, de tan estúpido que es. Sin embargo, ese es el nivel medio de los comentarios que a diario destilan odio racial, de clase o religioso, desde las columnas de los periódicos complacientes, que atacan con una violencia inaudita a todos los que, en un mundo ahora moralmente congelado, resisten y se aferran en la trinchera del idealismo.

Eso es lo que une dos campos aparentemente opuestos. El centroizquierda, por correr tras la burguesía emergente, renuncia a cualquier idea solidaria y hace del neoliberalismo la única ideología concebible. El centroderecha adquirió la herencia de esa posición, agregándole un tinte neofascista y una vulgaridad posmoderna. Recién en ese punto los intelectuales de la oposición se despertaron.

¿Lograrán comprender que Berlusconi es un fenómeno anormal pero para nada aislado? A juzgar por la turbación con que asistieron al entendimiento entre éste y Tony Blair, parecería que no. Pero el momento clave fue Génova. El que calló entonces, o se expresó a media voz, continuará callado, imprimiendo de manera indeleble en la cultura italiana el sello de la cobardía.


Autor/es Pierre Musso
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:22,23
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Mundialización (Economía), Neoliberalismo, Nueva Economía, Estado (Política), Políticas Locales
Países Italia