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El islam al pie de la letra

En medio de las conmociones surgidas de la mundialización emerge una nueva corriente del islam, al mismo tiempo producto y agente de la desculturización actual. Su lectura de la religión se limita a definir un simple sistema de normas de comportamiento, que rechaza todo lo que pertenezca al orden de la cultura, a favor de una especie de código del islam en forma de kit, que se adapta a todas las circunstancias, desde el desierto afgano hasta las universidades estadounidenses.

Desde las madrazas (escuelas religiosas) talibanes en el sur de Afganistán hasta las páginas web en Internet, pasando por la televisión saudí y las numerosas mezquitas del extrarradio parisino o londinense, circula una misma visión del islam, al que los musulmanes más moderados, o simplemente más tradicionales, califican de wahabí. Los interesados, en general, rechazan este término y prefieren el de salafista1. No se trata de un movimiento estructurado, sino de una visión del islam que privilegia una lectura literal y puritana del Corán y que rechaza incluso la historia del mundo musulmán posterior a la sociedad ideal de los tiempos del Profeta y sus compañeros.

Este neofundamentalismo2 pretende imponer la sharia (ley islámica) como única norma del comportamiento humano y social en todos los ámbitos. Con toda lógica, niega entonces cualquier referencia a una cultura que pueda desarrollarse junto o al margen de lo que es estrictamente religioso: las artes plásticas, la música, la filosofía, la literatura, las costumbres nacionales, para no hablar de costumbres tomadas de otras culturas (la celebración del Año Nuevo, el árbol de Navidad). Por otra parte, sólo mantiene una relación instrumental con las ciencias: acepta el ordenador pero no la racionalidad científica. Esta versión del islam se opone con violencia al cristianismo y al judaísmo (y, accesoriamente, al chiismo), lo que puede provocar tanto el asesinato de los monjes de Tibeirina (1996) como la negativa a que se edifiquen iglesias en territorio saudí; una actitud opuesta a la apertura de los Hermanos Musulmanes egipcios respecto a los coptos3, o a la ausencia de tensión entre cristianos y musulmanes en Irán.

La obsesión de esta tendencia neofundamentalista es trazar una línea divisoria entre la verdadera religión (din) y la impiedad (kufr), incluso dentro de la comunidad musulmana. Esta línea de separación denuncia cualquier connivencia religiosa y cultural con la cultura global dominante, que actualmente es la de Occidente. Todo se limita a un código de lo lícito y lo ilícito, incluidos detalles tan triviales como la forma de cortarse la barba (como hacían los talibanes afganos) o de lavarse los dientes. La fatwa, que determina el carácter lícito de los actos que realiza cada persona, desde el uso de las tarjetas bancarias hasta la donación de órganos, se ha convertido en la principal actividad de los ulemas o de los que se proclaman predicadores.

Sin embargo, este “neofundamentalismo” puede desarrollarse en contextos sociales y políticos muy variados. Una organización como el Jama’at al-Tabligh (conocida en Francia con el nombre de Fe y Práctica) es totalmente apolítica y legalista. Pero los imanes, en las pequeñas mezquitas del barrio de Europa, insisten en que las muchachas usen el velo y no asistan a las clases de gimnasia, y exhortan a los hombres musulmanes a no estrechar la mano a las mujeres y a no responder a las tarjetas de felicitación de Año Nuevo. En Londres, en cambio, los predicadores como Abu Hamza y Omar Bakri lanzan anatemas y hacen llamamientos a la yihad.

Wahabización

El Hezb ul-Tahrir (Partido de la Liberación), con sede en Londres, que capta a sus adeptos entre los jóvenes musulmanes de segunda generación, tiene un discurso muy radical: el llamamiento a proclamar inmediatamente el restablecimiento del Califato4 para todos los musulmanes; la condena radical de cualquier tipo de participación en la vida social y política de los países de acogida. Sin embargo, se guarda muy bien de hablar de yihad (guerra santa) y nunca recurre a la acción violenta.

El wahabismo saudí, fundado por Abdel Wahhab (1703-1791), es muy riguroso en cuanto al respeto de las escrituras y al rechazo de cualquier connivencia con todo lo que no sea el islam estricto, hasta tal punto que destruyó la tumba del propio Profeta para que no se convirtiera en objeto de culto. El wahabismo se creó en contra de todas las demás escuelas del islam y no contra Occidente, con quien se alió bajo el impulso de la familia de los Saud. Pero sigue estando obsesionado por cualquier influencia cultural o religiosa occidental, lo que explica la tensión que provocó la presencia de tropas estadounidenses en territorio islámico. La televisión saudí dirigida a los musulmanes que viven en Occidente denuncia cualquier forma de integración, al mismo tiempo que apoya la política proestadounidense de la familia real.

Por último, por supuesto, existen movimientos como el Grupo Islámico Armado (GIA) o Al Qaeda, que predican la yihad. El primero toma como objetivo a los demás musulmanes –empezando por los miembros del Frente Islámico de Salvación (FIS) que no se le unieron– y pretende erradicar toda presencia cristiana en Argelia. El segundo se centra en los Estados Unidos de América. No faltan los anatemas y las divergencias entre todos esos movimientos: los salafistas critican las innovaciones introducidas por el Tabligh (como el khoruj o acción misionera); los partidarios de Osama Bin Laden odian a la monarquía saudí, y el Hezb ul-Tahrir se negó a implicarse en la yihad proclamada por Bin Laden. Todos esos grupos divergen en cuanto al papel de la yihad, pero tienen en común una determinada visión del islam, basada en la estricta aplicación de la sharia, el rechazo de un espacio cultural autónomo y el retorno individual a una práctica estricta de la religión, convertida en un código de lo lícito y lo ilícito.

Estas corrientes son tan antiguas como el islam. Los talibanes afganos recuerdan a los almohades del Marruecos medieval, donde unas tribus (pashtunes en un caso, bereberes en otro), se aglutinan tras una figura carismática para imponer a los demás un islam rigorista basado únicamente en la sharia. La cuestión estriba en saber por qué este movimiento se desarrolla actualmente en ambientes modernizados, empezando por los musulmanes que viven en Occidente.

El vector de transmisión pasa por las escuelas religiosas, como las madrazas en Pakistán, las numerosas instituciones islámicas de Arabia Saudí o los países del Golfo. De ellas surgen los imanes y los predicadores que abren mezquitas en Occidente o son reclamados por las comunidades locales como predicadores. El Tabligh es el movimiento que ha sistematizado en mayor medida la da’wat (predicación) que llevan a cabo equipos internacionales mediante el puerta a puerta. Esta wahabización de una parte de la enseñanza religiosa ha sido muy visible en Pakistán, donde la escuela llamada deobandi, antiguamente portadora de una fuerte identidad cultural asociada a la herencia lingüística y literaria persa, se ha wahabizado en el transcurso de dos décadas gracias a la influencia de financistas y predicadores saudíes, que apoyaron la yihad afgana contra los soviéticos.

Los saudíes han desempeñado un papel clave en la expansión del neofundamentalismo moderno. Para tomar la delantera tanto al nacionalismo árabe como al chiismo iraní o al comunismo, propiciaron en el ámbito religioso un sunismo doctrinal muy conservador y al mismo tiempo muy hostil hacia Occidente (muchas veces se olvida que en Arabia Saudí la jerarquía religiosa es bastante independiente de los Saud). Los wahabíes saudíes han evitado cuidadosamente la difusión de su doctrina como tal y se han contentado con wahabizar la enseñanza de las demás escuelas, marginando en ellas todo lo que se articula con las grandes culturas del mundo musulmán y haciendo hincapié en todo lo que favorece el hanbalismo, la más literalista de las cuatro grandes escuelas jurídicas del islam. El contenido pedagógico se redujo con el uso de manuales más cortos que giran ante todo alrededor del fiph (derecho aplicado) y las ibadat (devoción). También se abrevió la duración de los estudios: los ciclos de tres a cinco años sustituyeron a los quince años de estudios que se requerían para formar a los ulemas. La principal actividad de los maestros, como los jeques Ibn Baz y Al Albani, recientemente fallecidos, es la fatwa (en el sentido clásico de consulta jurídica) y la elaboración de tratados sobre lo lícito y lo ilícito, difundidos mediante pequeños libros didácticos o bien por Internet.

Los saudíes pusieron todo su poder financiero al servicio de la difusión de esta tendencia. Organizaciones como la Rabita (Liga Islámica Mundial) o el Da’wah, multiplicaron la creación de instituciones islámicas, becas y madrazas, financiadas a menudo por los bancos islámicos saudíes o por hombres de negocios ricos, a los que se exhorta a entregar directamente el impuesto islámico (zakât) a estas instituciones de formación. De este modo, han podido competir con centros más tradicionales de enseñanza religiosa, como la Universidad de Al Azhar de El Cairo. Tanto el monto de las becas como el alojamiento y los estudios son claramente más ventajosos en Arabia Saudí que en Egipto. A un joven refugiado afgano en Pakistán también le resulta más fácil obtener una beca para estudiar el islam en Arabia Saudí que conseguir asilo político en Australia.

Neofundamentalismo

Pero la propaganda saudí también contó con la aprobación tácita de los grandes países occidentales o musulmanes, puesto que en la década de los ochenta se consideraba un útil cortafuegos contra los radicalismos de la época (el islamismo iraní o el comunismo). Por último, teniendo en cuenta las excelentes relaciones entre la monarquía saudí y los gobiernos occidentales, se esperaba que esta predicación se mantendría bajo control político.

Pero el dinero saudí no puede explicarlo todo. Si el neofundamentalismo progresa es porque responde a una demanda del mercado religioso. En primer lugar, los grandes movimientos islamistas clásicos (el Refah turco, el FIS argelino, la revolución iraní, el Hezbollah libanés, el Hamas palestino y también una parte de los Hermanos Musulmanes), fueron reprimidos o normalizados por el ejercicio o la proximidad del poder. Como el Hamas palestino o el Refah turco, se han vuelto más nacionalistas que islamistas. Ya no responden a las expectativas de una juventud desterritorializada e internacionalizada por el exilio, los estudios realizados en el extranjero o la emigración y que no se identifica con ninguna causa nacional: palestinos de 1948 (como los del campo de Ayn el Helwé en Líbano) que saben que nunca volverán a sus tierras aun cuando se logre un acuerdo israelo-palestino; trabajadores inmigrados de los países del Golfo; saudíes excluidos del juego político; jóvenes de segunda generación que viven en Occidente; jóvenes diplomados en religión que van de un país a otro en busca de un empleo o de una beca. Muchos Hermanos Musulmanes han sido contratados por instituciones internacionales financiadas por los saudíes, porque no podían acceder a una posición social o conseguir un trabajo en su país de origen. El inglés y el árabe literario moderno han sustituido a las lenguas maternas.

Por supuesto, existen diversas formas de religiosidad que pueden responder a las nuevas demandas de una población musulmana globalizada, pero el neofundamentalismo es perfectamente capaz de transformar la vivencia de una desculturación en un discurso de refundación de un islam universal, purificado de costumbres y tradiciones, y por eso mismo adaptable a todas las sociedades. Define el mundo global como una umma (comunidad de los creyentes) virtual que sólo puede hacerse realidad con el esfuerzo de todos los musulmanes. Ya no se dirige a comunidades reales, sino a individuos aislados que retornan a su fe y a su identidad. Los neofundamentalistas supieron islamizar la globalización porque ven en ella las premisas para reconstituir una comunidad musulmana universal, siempre con la condición de que se destrone la cultura dominante: el occidentalismo en su versión estadounidense. Pero con esto lo único que consiguen es construir un universalismo que no es más que un espejo del estadounidense y que sueña más bien con unos McDonald’s halal (lícitos), que con el retorno a la gran cocina de los auténticos califas de antaño.

Al transformar el islam en un simple sistema de normas de comportamiento, al rechazar todo lo referente a la cultura a cambio de una especie de kit de código del islam adaptable a todas las circunstancias, desde el desierto afgano hasta las universidades estadounidenses, el neofundamentalismo es, al mismo tiempo, un producto y un agente de la desculturación moderna. El islam de los talibanes, al igual que el wahabismo saudí o el radicalismo de Bin Laden, son hostiles a todo lo concerniente a la cultura, incluso a la musulmana: en la destrucción de la tumba del Profeta que llevaron a cabo los wahabíes, o la de los Budas de Bamiyán o las torres de Nueva York, puede verse el rechazo de toda noción de civilización y de cultura que, con un cierto apresuramiento, se ha calificado de “nihilismo”.

Pero no se trata de nihilistas sino de fundamentalistas que quieren volver a la pureza de un islam primigenio, oculto por las construcciones humanas. La umma imaginaria de los neofundamentalistas es muy concreta: es la del mundo global, donde la uniformización de los comportamientos y las lenguas se lleva a cabo siguiendo el modelo dominante estadounidense (inglés y McDonald’s), o bien con la reconstrucción de un modelo dominado imaginario (chilaba blanca, barba e… inglés). En la manera de actuar de los neofundamentalistas islámicos pueden verse muchos rasgos propios de las sectas fundamentalistas protestantes, que también rechazan la noción misma de cultura a favor de un código moral de comportamiento y encuentran escucha en ámbitos recientemente desculturizados (por ejemplo, los latinos que viven en Estados Unidos). La cuestión del born-again es igualmente básica en ambos fundamentalismos, porque de lo que se trata realmente es de dirigirse a individuos que han roto con su pasado –y a menudo con su familia– como es el caso de los jóvenes terroristas que pilotearon los aviones contra las Torres Gemelas. También permite saltarse la adquisición de conocimientos y actuar como predicadores improvisados: no hacen falta estudios para decir la Verdad. El neofundamentalismo sigue una línea paralela con el individualismo y el autodidactismo.

Por supuesto, la radicalización política no es una consecuencia directa de esta tendencia religiosa; para ello es necesario un factor suplementario que, en nuestra opinión, es la islamización de un cuestionamiento antiimperialista y tercermundista5. No hay una vinculación mecánica entre el desarrollo del neofundamentalismo y el terrorismo, pero sí existe un terreno abonado común, cuya expresión más acabada es sin duda el wahabismo saudí.

  1. Referencia a los seguidores del islam de los salafs, el de los “predecesores”, es decir, los compañeros del Profeta. Véase el análisis de Xavier Ternisien en Le Monde, del 25-1-02.
  2. L´Echec de l´Islam Politique, Le Seuil, París, 1992.
  3. Los Hermanos Musulmanes egipcios siempre trataron de evitar los conflictos entre las diversas confesiones; en varias ocasiones incluso captaron a cristianos. El Partido Wasat, creado a partir de una escisión de los Hermanos Musulmanes, cuenta con un miembro de la comunidad anglicana en su comité directivo.
  4. El califato fue abolido por Mustafá Kemal en 1924.
  5. “L´islam de Ben Laden”, en “La Guerre des Dieux”, suplemento de Le Nouvel Observateur, enero de 2002.
Autor/es Olivier Roy
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:26,27
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Islamismo
Países Afganistán