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Desconcierto mediático frente a nuevos emergentes socialesMientras la crisis aún no da lugar a un orden nuevo, la sociedad civil ha impuesto para sí al menos dos novedades: la recuperación de su capacidad de protesta por medio de los cacerolazos, "escraches" y marchas, y el logro de capacidad deliberativa por medio de las asambleas que siguen surgiendo en varias ciudades del país. Para el grueso de los medios de comunicación, el reconocimiento del carácter colectivo y autónomo de los nuevos signos vitales de la sociedad civil es en el mejor de los casos una asignatura pendiente.La tapa del matutino Página/12 del pasado 10 de marzo interpela al lector con ironía: “Yo me quiero asamblear, ¿y usted?”. Fue la primera vez, a tres meses de los primeros cacerolazos, que el tema ocupaba el titular principal de portada de un diario nacional. La nota se basa en una encuesta del consultor Hugo Haime, e indica que uno de cada tres habitantes del conurbano dice que participó de cacerolazos y asambleas. Casi la mitad de la población cree que de ellos surgirá una nueva dirigencia y el voto protesta, protagonista principal de las últimas elecciones, sigue primero. El mismo día, otra encuesta con alcance nacional ocupa las tres páginas principales de la sección política del diario Clarín. “Siguen muy altos la bronca y el pesimismo”, dice el titular desde la portada. Las asambleas ocupan, sin embargo, sólo 21 líneas. El recorrido que llevó a las asambleas a ganar importantes espacios en medios de comunicación de alcance masivo no ha sido sencillo. Primero ocuparon el terreno de la nota de sucesos. Se hicieron ver por medio de carteles frente al trabajo “mostrativo” de los noticieros de televisión en las movilizaciones y cacerolazos. Luego ingresaron, por el esfuerzo activo de muchos periodistas, en algunos programas radiales y televisivos. Poco después comenzaron a ocupar espacios de análisis en medios gráficos –como este mismo periódico en su edición de febrero, el suplemento “Zona” de Clarín1, etc.– y varias secciones humorísticas. Gran parte de los medios masivos, en cambio, fue recibiendo el fenómeno con abundante desconfianza e interrogantes que intentaban develar la amenaza al sistema representativo, la cooptación de la gente “común” e “inocente” por intereses políticos, o bien la inoperancia final de toda la actividad. La estrategia del elogio, o al menos de una mirada compasiva, apuntó a identificar las asambleas con la aparición de prácticas vecinalistas apolíticas, o incluso “nuevos liderazgos” para oxigenar un régimen en crisis. Como ha sucedido con otros emergentes alternativos de la sociedad civil, el reconocimiento de existencia llega primero bajo la forma de crítica o aun de pedidos más o menos implícitos de represión, o bien bajo la forma de una resignificación que lo encuadre nuevamente en lo existente. Se transforman en tema de los medios cuando ya son una fuerza social institucionalizada y con poder propio, o cuando el poder las hace objeto de su discurso. El presidente Duhalde, amante y seguidor diario de sondeos de opinión y de las agendas mediáticas, parece haber dado crédito a la nota de Página/12, pues contestó apenas 24 horas más tarde. “No se puede gobernar con asambleas”, dijo en conferencia de prensa. “La forma que tiene la ciudadanía de expresarse es con el voto. Hay que organizarse dentro del sistema democrático”. Así, las asambleas serían lo contrario de la organización y estarían fuera, según el Presidente, del sistema democrático. Pocas semanas antes, el ex presidente Alfonsín había exigido que pesara sobre las asambleas la aplicación del artículo 22 de la Constitución, que las pondría fuera de la legalidad. Duhalde también se refirió despectivamente, en esa misma conferencia, a los piqueteros. Se ocupó de aclarar que se cumplirán todas las exigencias del FMI, y descartó la posibilidad de aumentar salarios, porque “no se puede repartir riquezas sin generarlas”. Su declaración ocupó de inmediato la portada de la edición digital de Clarín2 y la expresión “asamblea” llegó –por la negativa– a ocupar el titular de tapa. Al día siguiente estaba en todos los medios. Dos días después, Página/12 destacaba: “Por primera vez, una empresa privatizada, Edesur, reconoce la representatividad de las asambleas barriales del oeste porteño para discutir los cortes de luz”3. El camino hacia la legitimidad mediática comenzaba a abrirse, y con él, tímidamente, a develarse algunos de los típicos “asuntos prohibidos” de la relación entre la industria mediática y los conatos de expresión autónoma de la sociedad civil. Autoridades y sospechososEstos “asuntos”(el espacio tácito de “aquello de lo que no se habla”) incluyen habitualmente el silencio ante los nuevos fenómenos, en contraste con el alto reconocimiento de autoridad de las instituciones corporativas existentes. El entramado que en este caso las asambleas están comenzando a fisurar contiene algunas reglas no escritas: la sociedad se divide en “clases dirigentes” (clase política, empresariado, “factores de poder”) e individuos. Nunca se completa la clasificación con “clases dirigidas”. Las declaraciones provenientes de las corporaciones empresarias y otros factores de poder, sus actos de presión, hechos de protesta organizada, amenazas de quite de colaboración y otras medidas de demostración de fuerza se expresan en los medios como emergentes de demandas sociales de interés colectivo que debieran ser aceptadas. En contraste, los emergentes de la sociedad civil no poseen expresión alguna. Aunque existan expresiones colectivas estables, su manifestación sólo adquiere existencia como protesta o acto de presión. A los primeros se les asigna el sitio de la autoridad. A los segundos, el de la sospecha policial. Unos tienen existencia social, destilan valores, ejemplo y recomendaciones, hasta cuando muestran su mansión en revistas del corazón. Los otros son sólo individuos. No importa su cantidad. De unos se espera que definan políticas, juzguen, prometan, pronostiquen, critiquen. De los otros se espera que actúen individualmente, sobrevivan, respalden, esperen, acepten. Unos poseen como atributo natural e intercambiable la calidad de dirigente: empresario, político, integrante del star-system local –por razones de deporte, espectáculos o industria de la moda– presidente de fundación, etc. Los otros sólo pueden paliar los efectos del empobrecimiento iniciando microemprendimientos, realizando actividades de supervivencia y ahorro mientras retorna el empleo o surge la microempresa, reemplazando el abandono del Estado con donación particular de trabajo y bienes a instituciones benéficas, asistiendo a ceremonias de ruego religioso o pidiendo auxilio al mismo medio de comunicación para delegar el pedido de ayuda particular. Este pequeño listado prácticamente agota la agenda de propuestas mediáticas en enero y febrero pasados. Como consecuencia de esta suerte de profecía autocumplida de la propia condición, unos poseen como derecho adquirido la difusión del propio interés hecho noticia: “Piden garantías”, “Exigen seguridad jurídica”, son titulares repetidos una y otra vez, debajo de los cuales surgen los lineamientos de lo que vendrá. Los otros, condenados a la facticidad para obtener existencia discursiva, “Cortan el puente Pueyrredón”, pero aun así, es más probable alcanzar no la condición de sujeto, sino de productor de sucesos cuya importancia es afectar a terceros: “Caos de tránsito por la protesta de…”, dice entonces el titular. En el matutino La Nación4, contrasta un editorial que considera la investigación judicial de algunos banqueros como un ataque político sobre todo ese sector social, con otro que analiza la protesta piquetera como un asunto de violación de derechos que merece desactivarse con juez y policía. Los primeros son recibidos como fuerza viva aunque se expresen individualmente; los segundos, como agregación de individuos aunque se expresen como fuerza colectiva. El mismo contraste puede hallarse en el tratamiento informativo del conflicto tambero en comparación con los piquetes de desocupados. Ambos hechos tienen en común basarse en el bloqueo del tránsito. Pero se abordan de manera inversa: los piqueteros son objeto de descripción y calificación, el sujeto de la información es la vía bloqueada y el trasfondo editorial es la ilegalidad de la protesta. Los tamberos, representados por CARBAP5, son en cambio el sujeto principal de la información, el objeto es el bajo precio de la leche y el trasfondo editorial es que el Estado debe actuar en defensa del agro. Unos poseen, finalmente, un aceitado sistema de interacción con los distintos espacios en que los medios construyen la información: periodistas y conductores de diversos niveles de decisión, productores, lobbistas, se suman a la relación institucional. Desde el punto de vista de la creciente autonomía de la sociedad civil, este es uno de los puntos de mayor debilidad. Si bien es notorio que se ha avanzado en capacidad de lograr visibilidad mediática, la articulación de un programa que democratice la conducta de los medios en relación con los emergentes colectivos de la sociedad civil es un reloj que atrasa –y mucho– respecto de los desafíos de este tiempo. Luz roja a la derechaFrente al evidente deterioro de la credibilidad del sentido común medio sostenido por la industria de las comunicaciones masivas en la última década, no son extrañas las reacciones espasmódicas de alarma. Al temor atávico que algunos sectores expresan frente al movimiento social, se suman la presión cruzada de factores de poder sobre el gobierno –acusado a diario de tentaciones populistas– y la diatriba rabiosa contra una presunta “hegemonía izquierdista en los medios”. Imaginemos por un momento al visitante extranjero en Buenos Aires, leyendo al azar periódicos argentinos para ponerse a tono. El lector comienza por Ámbito Financiero. Al parecer –descubre asombrado– el mundo de los medios de comunicación se puso patas para arriba. Ahora sólo pueden hacer críticas –denuncia el diario6– los periodistas partidarios de Carlos Marx, y lo hacen sin límites: hablan mal de la policía, achacan a las Fuerzas Armadas intenciones golpistas y destruyen a banqueros y empresarios, acusándolos injustamente de lo que sea. Ante tamañas iniquidades un diario independiente aún resiste los embates simultáneos del gobierno populista y de unos medios copados por el marxismo. Defiende a un banquero honesto acusado de “evasión de divisas”. Afirma valientemente que ningún magistrado tiene derecho a juzgar la decisión del gobierno anterior de mantener la seguridad pública el 20 de diciembre pasado. Si el costo de la misma fue decenas de jóvenes muertos, esto se debió a la fiereza de los activistas, pero igualmente se evitó así una masacre mayor. Ámbito se siente solo en su prédica, aunque los editoriales de La Nación también hagan suya la defensa de los banqueros “acosados”, el reclamo contra las “hordas” de calles y rutas y el reclamo de “retorno al capitalismo”7. Un tono muy similar sostiene la portada del diario La Prensa del 10 de marzo pasado: “Piden garantías”, dice el gran titular, y agrega: “El desorden con que convivimos amenaza todos los derechos”. ¿Quiénes piden garantías? Se sobreentiende. ¿Qué debería hacer el gobierno? “Existen graves problemas que se prefiere ignorar. Tienen que venir los extranjeros a señalarlos: el sistema financiero y la moneda aniquilados (…) la ineficiencia del Estado, la inseguridad jurídica, la ignorancia de la globalización, el desorden público. El mundo quiere ayudarnos. Cuesta recordar una semana como la pasada, plagada de visitantes ilustres (…) los representantes del mundo civilizado nos piden garantías. La misión del FMI está consultando con ahínco a los factores de poder (…) Ante todo hará falta orden, que es el valor social que precede a todos los otros”. Orden. Hacerle caso al mundo civilizado. Salvar a los bancos. Dar garantías a las empresas privatizadas. Dolarizar. Abrir la economía. Ajuste. Nunca tan justo el acto fallido del redactor: Argentina está “plagada” de “visitantes ilustres”. Algún día se sabrá qué se debe hacer con una plaga. Nuestro visitante extranjero comienza a desorientarse y busca resumir. El diario financiero denuncia el avance bolchevique bajo el amparo del “monopolio Clarín”8 hoy duhaldista. Éste por su parte tiene como columnista estrella de su propio vespertino gratuito, La Razón, a un hombre del establishment, Juan Alemann, quien explica las bondades del modelo instaurado en los 90, el cual, dice, se derrumbó sólo por impericia política del gobierno de De la Rúa. Otro conglomerado multimedia, Atlántida, parece responderle desde La Nación9: no se puede hablar de “modelo” neoliberal, pues éste no existió nunca. Occidente capitalista “o neoliberal” es un conglomerado de matices sobre los que se puede cambiar algunos aspectos particulares. En Atlántida citan a Clarín desde la edición de Gente10. Se trata de la entrevista a Felipe de la Balze, ex negociador de la deuda externa, del que extractan párrafos en su nota editorial. Así, bajo el título “Para pensar…”, aprendemos que “en un país con tres millones de desempleados no puede haber capitalismo”. Tal vez por eso, pensará nuestro visitante, tampoco hay capitalismo en España ni en Gran Bretaña. ¿Cuándo llegará el capitalismo finalmente? Primero “hay que aceptar la pérdida: todos, ricos y pobres, son hoy más pobres”. Nada de reclamar por asimetrías, todos hemos perdido igual, aunque tal vez algunos sintetizan mejor que otros la tragedia. Desde Editorial Perfil, la tapa del semanario Noticias11 nos indica que la metáfora perfecta de este sufrimiento nacional es el empresario Gregorio Perez Companc. Nuestro visitante se entera de que el pobre “Goyo” sufre pérdidas y preocupaciones mientras el Estado lo amenaza con impuestos y retenciones, y un juez hace allanar su sede empresaria, el 21 de febrero pasado. “Es insólito que se señale a Perez Companc por haber ganado dinero todos estos años –dice un directivo de la empresa– es la única multinacional enteramente argentina que reinvirtió gran parte de sus ganancias en su país”. Perez Companc tiene una fortuna personal reconocida de 1.500 millones de dólares. Su empresa da trabajo a 5.000 empleados. Desgracias de la “falta de capitalismo” argentino, cada empleado le ha rendido apenas tres millones. El círculo se cierra donde empezó: no habrá aumento de sueldos, según el presidente Duhalde. “No puede repartirse la riqueza que no se crea”. No se puede gobernar con asambleas. No se puede perder el tiempo reclamando empleo. No se puede dejar de hacer lo que pide una vez más el FMI. No se puede. Para sumar su granito de arena a la información objetiva, otro semanario político (La Primera) titula: “El Golpe. Toda la verdad”12. La lista puede continuar ad infinitum. Angustiado, nuestro visitante deja de leer. Grandezas y miserias de los medios argentinos, repartidas, por cierto, en forma muy despareja entre unos y otros, que se agigantan con esta crisis largamente incubada y que ha derivado en un gigantesco y huracanado cuestionamiento de todo el contrato de representación estabilizado en 1983, cuando una sociedad civil debilitada y aterrorizada aceptó los resultados económicos, sociales, políticos y humanos de la última dictadura, a cambio de la finalización del gobierno militar. Aceptando con ello un modelo político considerado arcaico hasta por los organismos internacionales de crédito. El sistema político hoy agonizante asignó roles estables y estratégicos a los medios y los premió con privatizaciones y desregulaciones. Pero la destructividad social del modelo fue recargando los mecanismos de encauzamiento de tensiones que originalmente fueron gran negocio mediático. La fiesta de la idiotez y la eterna minoría de edad política asignada a “la gente” reducida a condición de consumidora comenzó a agotarse cuando el consumo mismo empezó a agonizar y la inexistencia simbólica de los excluidos revirtió en amenaza de aparición real. A medida que aumentó el impacto de las consecuencias económicas y sociales iniciadas bajo el “proceso” militar y multiplicadas bajo el menemismo, se hizo más y más necesario reforzar las redes clientelares de ayuda social, basadas en los aparatos estatales más o menos corruptos. Esta forma de distribución era a su vez una forma de disciplinamiento social que aumentaba exponencialmente la dependencia electoral de quienes accedían a ella. El resultado no podía ser otro que el estallido. El sistema clientelar terminó siendo tan oneroso que entró en contradicción con el modelo mismo. Sin embargo, como descubren azorados los genios de la econometría, en tanto la red clientelar arruina los negocios, su desmantelamiento reactiva de inmediato la protesta social. “Los medios no sólo producen ideología en términos explícitos. También producen lo que podríamos llamar un ‘efecto ideológico’ que asigna lugares y palabras posibles a los distintos actores sociales. Puede reconocerles o no, de hecho, la condición misma de posibilidad de acción social. Tomando siempre como lugar propio un ‘punto medio’ de la opinión aparentemente moderado, los medios masivos construyen con esa operación reclamos de control social. Incluso reclamos de represión policial, alrededor de algunos grupos y sectores. Frente a la conflictividad de la pobreza se construye la figura del joven peligroso. O del niño objeto de lástima. O del desempleado como fracasado carente de instrucción y no como actor social, resultante de un juego de reglas. Sobre estas figuras construidas recae necesariamente un permanente efecto de subalternidad, una constante reducción a la individualidad de su tragedia social, que debe ser vivida desde una suerte de ‘minoría de edad’ permanente en relación con la política, cuyos asuntos pueden ser analizados, explicados y resueltos por otros que poseen el saber, el poder y la existencia colectiva”, escribió Stuart Hall en los años 8013. Cambio ninguneado¿Suena familiar? Un semanario típico de la industria como Gente14, insiste una vez más que todos nosotros, ricos, pobres, ahorristas, asalariados, acreedores de la deuda y empresas privatizadas, hemos perdido por igual. Inés Pertiné y el Grupo Sushi, con sus dramas personales, representan en sus páginas la concreción de la justicia reparatoria. La solidaridad es expresada por la colecta realizada por la Iglesia Católica de España. El problema del país es en realidad –dice– el de un Estado ocupado por la política y el de la falta de organización. “Las cacerolas no pueden gobernar”, titula el único artículo referido a la protesta social en curso. Las cacerolas tampoco pueden hacer política: “mucho cuidado con que las cacerolas se transformen en un partido político”. Alrededor de la nota, futbolistas, modelos, actores y hasta una princesa nacida en Argentina, continúan de fiesta. Frente a un cuadro de creciente reconstrucción de lazos deliberativos de la sociedad civil, cuyo emergente más notorio son los nuevos movimientos político-sociales, el “quite de colaboración” como consumidores y votantes, y las asambleas populares, el desafío de actualización, de renovación de la relación con los medios de comunicación en su conjunto, aparece como uno de los temas de la hora, porque define las posibilidades efectivas de expansión masiva de este cambio. Mientras tanto, pese al esfuerzo de algunos medios y de muchos trabajadores de la prensa y del espacio audiovisual, la industria mediática continúa su camino, dispuesta, como siempre, a la repetición eterna.
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