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Recuadros:

Las salas de Arte y Ensayo resisten

Las salas de cine clasificadas como de Arte y Ensayo representan casi la cuarta parte de la totalidad de las salas de cine en Francia. Su trabajo sistemático en la formación del gusto del público es parte indisociable de los buenos resultados de la actividad cinematográfica en el país. Este mérito no les es reconocido sin embargo por los grandes circuitos de distribución, encarnados en Vivendi-Universal-Entertainment y las concepciones de su dueño, Jean-Marie Messier, que imponen la ley del más fuerte en materia de política tarifaria y de criterios de exhibición.

Desde hace algunos meses se multiplican las informaciones y las intervenciones referidas al peligro que amenaza al cine francés, enmascarado –más allá de los dulces sueños de Amélie1– por los últimos resultados, dos cifras que atestiguan una concurrencia que aumentó en un 11% en los primeros nueve meses del año 2001 y un incremento del 100% en las inversiones entre 1994 y el año 20002.

Se evocan alternativamente –y con justa razón, aunque no siempre sin segundas intenciones electoralistas– el decreto del 9-7-01 que redefine la noción de cine independiente, la creación de Vivendi-Universal-Entertainment y las astutas y perversas declaraciones de su dueño, Jean-Marie Messier. La producción y la distribución están en el centro de la atención y de todos los comentarios. Pero se omite casi sistemáticamente el último eslabón de la cadena, que es la exhibición, salvo cuando está relacionado con un circuito de distribución UGC y Gaumont/Pathé.

Pero el cine es también y ante todo un lugar. O sea, 2.164 complejos que totalizan 5.103 salas, de las cuales alrededor de 1.200, es decir aproximadamente la cuarta parte, están clasificadas como de Arte y Ensayo. Existe una vida fuera de los grandes circuitos.

Y si bien es cierto que el cine batió todos los récords en el 2001, el apoyo y el minucioso trabajo de las salas independientes no es ajeno a este resultado. Patrick Brouiller, presidente de la Asociación Francesa de Salas de Arte y Ensayo (AFCAE), quien desarrolla su actividad en Marly-le-roi, Trappes, les Clayes-sous-bois, Asnières, Nanterre, Boussy- Saint-Antoine y Epernay, declara enfáticamente: “El Arte y Ensayo no está al margen, sino que es uno de los actores de la buena situación del cine francés. Se habla mucho de las cuatro películas que alcanzaron o rebasaron los cinco millones de entradas, pero existe una cantidad importante de películas que suman entre 300 mil y uno o dos millones de entradas que contribuyeron a esa evolución”.

Películas “diferentes”

Así lo reflejan los números: las cuatro películas francesas que están a la cabeza –El fabuloso destino de Amélie Poulain, El Placard, La Vérité si je mens 2 (La verdad si miento 2), y Le pacte des loups (El pacto de los lobos)– suman 25 millones de entradas… de los 184,4 millones registrados en el año 2001. Brouiller señala que “el incremento de espectadores amantes del cine francés se basa en la diversidad de las producciones, que van desde películas destinadas al gran público hasta numerosas películas ‘diferentes’, que marcan los espíritus y que representan, en el seno de su propia economía, auténticos éxitos comerciales”. Es la suma de películas diferentes lo que hace a la buena salud del cine y permite resistir.

Para ser clasificada como sala Arte y Ensayo, no alcanza con proyectar determinado porcentaje de cortos y largometrajes clasificados como tales (desde un piso del 35% para las urbanizaciones de menos de 30.000 habitantes hasta uno del 75% para las grandes ciudades), sino que también se evalúan, además de la difusión de obras en versión original, criterios distintos tales como las propuestas de encuentros, la política tarifaria, la difusión de documentales y de películas de repertorio, el trabajo llevado a cabo con el público joven y los jubilados, la edición de documentos… Se toma en cuenta la calidad de las animaciones y se lo hará aun en mayor medida cuando se haya implementado, en el transcurso del presente año, la última reforma elaborada por el CNC, acordada con los socios de esta profesión. Ser una sala Arte y Ensayo es algo más que administrar esa sala: es estar fuertemente motivado, es comprometerse.

La AFCAE, creada hace más de 50 años por iniciativa de críticos y empresarios independientes, reagrupa prácticamente a todas las salas de Arte y Ensayo del territorio: es una red única en el mundo, con cines que, incluso en París, mantienen una estrecha relación con su público.

Educar al público

La “excepción francesa”3 también es eso. “Empresarios de salas de cine, con o sin fondos públicos, en toda Francia, en el mundo rural, en los suburbios, en las ciudades, ejercen su oficio por el placer mismo de exhibir películas y seleccionan una programación independiente, que no está atada al consumismo, a la rentabilidad”, según lo explica Xavier Blom, empresario y programador de quince salas de París. Es una tarea a largo plazo que pasa, claro está, por la difusión de películas pero asimismo por un trabajo de formación, de “guía” del público, que no atañe sólo a las películas francesas. Patrick Brouiller subraya: “Es todo lo contrario de la autarquía, o del repliegue sobre sí, como algunos quieren hacer creer: es la apertura, es el descubrimiento. Si bien, de no ser por la excepción francesa, no se conocería ni a Philippe Garrel, ni a Manuel Poirier, ni a François Ozon, no favorece sólo al cine francés. Sin esta red, no habría Michelangelo Antonioni, ni Abbas Kiarostami y no se hubieran visto nunca las películas asiáticas…”

Sin la red Arte y Ensayo –de la cual una sala de cada cinco de hecho es catalogada como Investigación, habida cuenta del nivel de exigencia que tiene– ¿dónde podría haberse visto Little Sénégal de Rachid Bouchareb, distribuida por una pequeña empresa, Tadrart? Sólo la exhibió Arte y Ensayo… Sin embargo, gracias al trabajo hecho con esta película, pudo encontrar su público –36.000 entradas la primera semana, y 270.000 hasta fines de enero– hasta el punto de que incluso los que no la habían seleccionado quisieron exhibirla una semana después de su estreno. El programador Xavier Hirigoyen, consciente del aporte de la red Arte y Ensayo, explica que posteriormente siguió operando con los independientes donde fuera posible, sin dejar por ello de hacerlo con los circuitos, dado que “no se puede privar de ninguna película a su público”.

Si estas películas de frágil economía consiguen sus espectadores, no es por casualidad: se debe “a una educación del público, comprometido desde hace años a la curiosidad”, tal como destaca Marie-Louise-Troadec-Le-Quéré, quien dirige siete pantallas en Lannion, Guingamp y Perros-Guirec, ciudades cuya población es muy inferior a 20.000 habitantes. “Es el fruto de un trabajo cotidiano, en profundidad”, agrega Colette Périnet, empresaria de dos cines en Bron y presidenta del Agrupamiento Regional de Acción Cinematográfica (GRAC), que reúne treinta pantallas de la región, quien agrega que se trata de “un trabajo incesante, que pasa por contactos permanentes con las asociaciones, las casas de barrio, los centros sociales, y múltiples iniciativas tales como la organización de festivales de cortos y largometrajes franceses y extranjeros”. ¿Ejemplo? En la región de Lyon: el festival de cine ibérico y latinoamericano (en Villeurbanne), un festival de “óperas primas”, otro para la niñez y la juventud.

La magia de las ilusiones

Los empresarios de salas de cine independientes, convencidos de su “inmensa responsabilidad en la formación del gusto del público”, tal como expresa Xavier Blom, son los únicos en llevar a cabo todo el año un trabajo atento y continuo con los docentes, los educadores y el público joven, basado en el descubrimiento. Su objetivo: hacer entender que el cine es un objeto distinto que debe ser percibido de manera diferente: “Que el cine, son sensaciones colectivas, es la magia de la hipnosis.”

“Todo empieza con el lugar mismo. La sala puede ser motivo de cálculos, puede resolver problemas de ejes… Los niños, que a menudo no saben qué es el soporte película, se van con trozos de película…”, constata Xavier Blom. Luego, están las proyecciones. “En Massey, proyectamos películas de 40 o 45 minutos para los más pequeños, a partir de los tres años, y despertamos así su imaginario… En el caso de los secundarios, trabajamos con un núcleo de docentes, para que utilicen el cine como tarea sobre temas en particular…”

Colette Périnet reclutó una animadora que, una vez que los alumnos vieron la película en el cine, vuelve a las aulas con un montaje de la película y los inicia en el relato, en la construcción de la imagen, y más generalmente, en la mirada. Estas iniciativas se vinculan a veces con las acciones del CNC: Escuela y cine, Colegio y cine, etc. En Hérouville-Saint-Clair (Calvados), Geneviève Troussier propone, por fuera del diagrama escolar, Cinekids para los de 8 a 12 años: un abono de 27,4 euros para ocho películas por año, que incluye películas extranjeras en versión original, animaciones, pasantías… y meriendas. Una idea ya adoptada por otros cines de Baja Normandía.

El derecho del más fuerte

El riesgo que asume el conjunto de los cines Arte y Ensayo resulta también ilustrado en el apoyo que se otorga cada año a aproximadamente 25 películas que necesitan ser acompañadas, cuya exhibición puede durar hasta cinco semanas “y a las cuales les aseguramos una difusión en 200 o 250 salas por toda Francia”, asegura Xavier Blom. La vida de estas películas depende de esa ayuda. En cada región, un representante organiza la circulación de la obra, incluso en las ciudades que no tienen más de 5.000 habitantes. Un dinamismo único.

Aunque reconozca que “es cada vez más difícil” porque los gustos del público tienden a formatearse, Blom presenta en Epinal 125 películas “Arte y Ensayo” por año en sus seis salas de cines que totalizan 285.000 entradas, un alza del 8% en relación con el año 2000. Como tantos otros, Blom está en el origen de acciones que encuentran su público, porque desde hace años supo y pudo crear una identidad para sus cines. Si los miembros de la AFCAE muestran a menudo perfiles diferentes, pocos son los que no rivalizan en cuanto a iniciativas para que estos lugares se afiancen. Todos ellos son conscientes de su misión, cada cual la cumple en función de su medio ambiente, de su capacidad para innovar, de sus gustos –algunos hasta llegan a organizar coloquios para vivificar la reflexión sobre el cine– y los vínculos que establece con los poderes públicos.

Actualmente, este trabajo de resistencia para lograr una auténtica solución de recambio que permita que cohabiten películas muy distintas y que el cine sea también un lugar de vida social, cultural y colectiva, está muy amenazado. A tal punto, que Xavier Hirigoyen habla de “situación desastrosa”.

Por ejemplo, no hay semana en la cual no sea citado el mediador del CNC para que las salas independientes tengan legítimamente acceso a películas que UGC y Gaumont quieren acaparar porque su autor, apoyado antaño sólo por Arte y Ensayo, actualmente tiene un público: Woody Allen es un ejemplo típico. Cuando se es dueño de un complejo de multicines con 15 o 20 salas, se puede aceptar todo, incluso películas Arte y Ensayo, aunque más no fuese para poner en desventaja a las salas independientes de las cercanías. En los últimos tiempos, el mediador también se ve solicitado por pequeños distribuidores que no consiguen salas para sus películas en París. La batalla por sectores de mercado y por la hegemonía arrecian. En París, UGC (propiedad de Vivendi-Universal-Entertainment) prácticamente acaparó la ciudad entera e impone su ley. Xavier Blom ratifica que “hay cada vez menos independientes en la ciudad misma, y estos independientes no siempre viven bien. Hoy, un independiente no puede instalarse en París”.

Todo vale: es el derecho del más fuerte, el bono para quien se ubica fuera de la ley. Según la AFCAE (y hasta donde se sepa, puesto que no existe transparencia alguna y no se conoce el precio promedio de una entrada en un circuito grande), siguiendo un informe reciente proporcionado por el CNC, el margen bruto tratándose de personas que van al cine con un abono es de 0,2 euros por espectador: es lo que queda para invertir, pagar al personal (a menudo reforzado por personal de seguridad), etc. Para los independientes, ese margen es de aproximadamente 2,3 euros, suma necesaria, según la opinión generalizada, para garantizar un funcionamiento normal.

Evidentemente, los grandes circuitos venden con pérdidas, un principio condenado por la ley. Si se lo pueden permitir, es porque estas sociedades están respaldadas por grandes grupos financieros y porque no existió una voluntad gubernamental manifiesta de impedirlo, dado que los responsables políticos cedieron ante el poder del dinero.

Patrick Brouiller comenta que “los abonos nunca deberían haber sido aceptados; no se hizo nada, los políticos se excusaron frente el consejo de la competencia, a sabiendas de que un recurso tomaría mucho tiempo. Y de hecho, el expediente se presentó hace casi dos años, y mientras tanto, se impuso el abono”.

¿Significa esto que lo peor es ineluctable? Por cierto, sigue diciendo Patrick Brouiller, Jean-Marie Messier “es un auténtico depredador: se arroga el derecho de modificar la relación que tenemos con el cine en Francia desde hace un siglo. Para él, el cine no es más que una empresa de diversiones que no puede tolerar la diferencia. Mientras que nosotros no somos ayatolas; no decimos que no haya salvación fuera de las películas difíciles, sólo afirmamos que todo debe tener derecho a existir, tanto el pensamiento como la diversión inteligente”.

  1. Serge Tisseron, “El deseo de lo maravilloso”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, marzo de 2002.
  2. “Mort programmée du cinéma français”, por Carlos Pardo, en Le Monde diplomatique, París, julio de 2001; Libération, 28-12-2001, Télérama, 29-12-2001; Les Cahiers du cinéma, enero de 2002.
  3. La “excepción francesa”: el autor se refiere a la noción de “excepción cultural francesa”, sobre la que acuerda la mayor parte de la sociedad y los partidos políticos, en el sentido de que la producción cultural del país debe ser protegida ante la globalización.

El otro cine de las pampas

Sartora, Josefina

Pese a su notable resurgimiento de los últimos años, al cine argentino le resulta difícil competir con el difundido por las grandes productoras y distribuidoras estadounidenses, que cuasi monopolizan el mercado. En esa desventaja está acompañado por todo el cine independiente, latinoamericano, europeo o estadounidense, y por la cinematografía asiática. La difusión de este cine le debe mucho a distribuidoras nacionales independientes como Primer Plano Film Group y a salas aisladas y cine clubes, que resisten a la ausencia de política, al temporal económico y a la inclemencia del criterio mercantil.

El cinéfilo argentino probablemente sienta asombro y un poco de envidia al leer el informe acerca de las actividades y protección de las salas de Arte y Ensayo en Francia. Tal categoría hoy no existe aquí. A lo sumo, podemos hablar de cine de la resistencia, que entre nosotros quiere decir ese otro cine no producido por los grandes estudios de Estados Unidos, sino de manera independiente en Europa, Asia y América Latina.

Para comprender la situación actual habría que revisar su prehistoria: cuando en los años 60 surge en Europa un cine alternativo a Hollywood a partir de las propuestas del neorrealismo, se quebró el modelo de la imagen-acción forjado por el cine clásico estadounidense, con el desarrollo de una mirada social e ideológica, o la elaboración de un cine de imágenes ópticas y sonoras puras. El cine europeo se identificó entonces como un cine de arte y autor. La industria de Hollywood rápidamente supo captar esta renovación y apoyó a algunos realizadores en la producción de sus películas, entrando así a participar del mercado europeo. De esta manera, paulatinamente, las grandes compañías fueron imponiendo sus propias películas en Europa, y por consiguiente en el resto del mundo. Esto significó institucionalizar un modelo de representación: el cine narrativo de imagen-acción. El público se acostumbró a considerar el cine como un pasatiempo, o una diversión, como lo había sido en sus orígenes.

Argentina no quedó fuera de este proyecto, muy al contrario, porque es un cliente nada despreciable. Durante los últimos 30 años sus carteleras han estado manejadas por las grandes productoras y distribuidoras (Fox, Warner, Columbia, Universal, Disney) que impusieron su cine, como en el resto de todo el mundo. Estas productoras, llamadas majors, tienen su propia oficina de distribución y difusión en Argentina y ponen todo el aparato publicitario preparado por sus casas centrales al servicio de la proyección de sus películas en el país. Lideran las carteleras de los cines de Buenos Aires y todas las provincias. La sala tradicional, amplia, clásica, de varios pisos, vio el fin de sus días y fue reemplazada por las pequeñas salas de los multiplex. Se desparramaron por el país los complejos de firmas extranjeras (Village, de Australia; Hoyts, de Australia y Estados Unidos; Cinemark, de Estados Unidos, y Showcase, una empresa mixta de Estados Unidos y Argentina), y dos circuitos de empresa nacional (SAC y Coll-Saragusti), dueños de varios cines. En la mayoría de las salas de estos complejos se exhiben las películas de los grandes estudios y en una o dos se proyecta cine europeo o argentino. El circuito de exhibición comercial se rige por los números de la taquilla y prefiere no afrontar riesgos. Parecen lejanos y hasta ajenos los días en que Buenos Aires descubría el talento de Ingmar Bergman antes que las capitales del Norte.

En los últimos años, sin embargo, algo parece estar cambiando. Por un lado, el cine estadounidense ha gestado una corriente independiente cada día más fuerte, no sujeta a los códigos convencionales, con nombres ya consagrados. Naturalmente, las majors están tratando de cubrir también ese campo y la categoría de independiente se torna borrosa y discutida. El otro fenómeno de vital importancia es el resurgimiento del cine argentino. En 2001 se han estrenado unas 50 películas de variada calidad, muchas de ellas notables, que han sorprendido a crítica y público1. Por último, han surgido distribuidoras independientes nacionales que han reiniciado la aventura de traer cine de otras latitudes, o con una propuesta diferente. Primer Plano Film Group es la principal responsable de que el cine europeo haya vuelto a las salas. Ellos hicieron conocer también el cine de Sokurov, de Kiarostami, otras joyas del cine iraní y el 80 % del cine francés, español e italiano visto últimamente.

Una competencia imposible

Pero los criterios mercantiles del circuito comercial no tienen contemplaciones frente a este cine alternativo, y toda película que no demuestre sus buenos resultados en la taquilla baja de cartel rápidamente. Es así como las películas argentinas duran escasas semanas en la cartelera caníbal. Una película nacional exitosa tiene entre 70.000 y 120.000 espectadores en todo el país, frente a los 700.000 que ha convocado La gran estafa sólo en Buenos Aires, por ejemplo. La competencia se torna imposible. Son excepciones Nueve reinas y El hijo de la novia, que han convocado más de un millón de espectadores cada una.

Frente al cine institucional se encuentran algunas salas que, de manera aislada y solitaria, sin sentido corporativo, ejercen la resistencia desde la calle Corrientes. El cine Lorca exhibe exclusivamente cine europeo, asiático o independiente; el Cosmos proyecta cine europeo e independiente y es la única sala comercial que dedica un espacio destacado al cine documental; la sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín organiza ciclos únicos de cinematografías poco conocidas, como la africana, iberoamericana, coreana o el nuevo cine chino, y preestrena películas que nunca llegan a tener distribución comercial. Por su parte, el Complejo Tita Merello exhibe cine argentino exclusivamente. El Lorange, que había reabierto para la proyección de cine independiente, no pudo sostenerse más de unos meses. Esas son las equivalentes a las salas de Arte y Ensayo en Buenos Aires. No hay algo igual en el resto del país. En algunas ciudades hay ciclos breves de cine europeo, estrenos o revisión. Así, el Auditorium de Mar del Plata, el cine Universidad de Mendoza, el Teatro de Córdoba son lugares donde puede verse el otro cine, algunos días de la semana. Pero el panorama del interior es desalentador en más de un sentido: hay muchas ciudades que ni siquiera tienen una sala cinematográfica. O provincias como Misiones o Chaco, que cuentan cada una con tres cines en todo su territorio. En una recorrida por las carteleras de todo el país en marzo pasado, vemos que en todas las ciudades se estaba proyectando El señor de los anillos y sólo tres films que no son estadounidenses: Amélie (francesa pero distribuida por Disney, que elaboró un producto de su firma), Kandahar y Lucía y el sexo . Una sola película argentina se proyectaba en las salas comerciales del interior: El hijo de la novia, candidata al Oscar a la mejor película en idioma extranjero. El cine en cuanto expresión cultural y medio de comunicación no está ajeno a las consecuencias del proceso de globalización del neoliberalismo económico: en poco se diferencia la oferta cinematográfica argentina de la del resto de mundo, y vemos las mismas películas que se proyectan en Praga o Chicago.

Tampoco podemos identificar todo el cine europeo con el cine de Arte y Ensayo: tanto Amélie como La fortuna de vivir, las dos películas francesas más exitosas del último año, responden a los modelos representacionales del cine narrativo tradicional.

Raúl Serú, programador de Primer Plano, manifiesta que el 75% de su mercado radica en el Gran Buenos Aires y el 25% restante en el interior del país. El éxito obtenido por La fortuna de vivir le permitió comprar varios títulos franceses que se conocerán próximamente. La devaluación también conspira contra el otro cine. Mientras las majors traen directamente sus propias copias, las distribuidoras independientes deben comprar los derechos de exhibición, gestionar el copiado y el subtitulado en el exterior, a valor dólar, lo que torna más difícil la competencia. Serú manifiesta que la aventura iraní y asiática en general no pudo salvar los costos. Sin embargo esta distribuidora y otras independientes son optimistas con relación al futuro comercial del cine europeo.

Muchas de las falencias son consecuencia de la falta de una política cultural y operativa por parte del organismo que debería regular la actividad cinematográfica. El Instituto Nacional de Cinematografía (INCAA) nunca ha articulado una política coherente y orgánica de fomento a la producción que se complemente con la difusión y el estímulo a la exhibición del cine nacional y deja toda la actividad en manos privadas, pese a contar con un importante presupuesto oficial. Libradas a los vaivenes de la economía nacional, las productoras independientes locales no han logrado consolidar un mercado propio ni una fuerte presencia en las pantallas del propio país, con lo cual el cine argentino se encuentra en una paradójica posición marginal.

Falta por otra parte un proceso de formación y educación del público, como el que se desarrolla en Francia. En esporádicos programas de iniciación de los más pequeños al cine, como los que realizan las Bibliotecas Populares de Buenos Aires, es notable el asombro de los chicos cuando conocen el dispositivo cinematográfico. Acostumbrados a la pantalla televisiva, es grande su sorpresa cuando descubren la pantalla de tela, o el fenómeno de la proyección de un film desde una cabina de proyección. Es necesaria una política cultural de formación y difusión del cine como arte.

En los festivales de cine se tiene la gran oportunidad de conocer cinematografías poco frecuentadas. Tanto el de Mar del Plata como el de Cine Independiente que se organiza en Buenos Aires ofrecen las pocas ocasiones de ver cine experimental, de animación, documental o de vanguardia realizado en el resto del mundo. A pesar de que en esos días las salas se ven desbordadas por público de toda edad, pocas de esas películas permanecen en el país. Sólo las que traen las majors, o algún film independiente que logra un éxito tan contundente como para seducir a algún distribuidor. De lo contrario, la mayor parte no vuelve a proyectarse y nunca más se presenta la oportunidad de ver ese cine.

Llegamos al último bastión de la resistencia, a esas salas que en Francia podrían merecer la condición de Arte y Ensayo, con la salvedad de que no forman parte del circuito comercial: los cine clubes. Esta institución, de fuerte arraigo en Argentina, ha combinado la resistencia al cine institucional con la fidelidad al cine de culto y la investigación de cinematografías infrecuentes. En Buenos Aires, basta nombrar a Núcleo, TEA, Imagen, ECO, Nocturna, IRCA. Y cada gran ciudad del interior tiene su propio cine club. Ellos son los que llevan a cabo la actividad pedagógica y de divulgación, a veces con colaboración de las embajadas.

El cine de Arte y Ensayo sigue esperando su público posible en Argentina, que podría ser más numeroso que lo indicado por las cifras, un público capaz de cambiar esas estructuras que parecen enfrentar la estética con la economía.

  1. Josefina Sartora, “La fisura social en imágenes”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, diciembre de 2001. Los datos mencionados en esta nota provienen del Foro de Críticos Independientes de Argentina.


Autor/es Philippe Lafosse
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:34,35,36
Traducción Dominique Guthmann
Temas Cine
Países Francia