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Paz ahora

La propuesta saudita de paz contra territorios, que reitera el principio implícito en dos resoluciones de la ONU y aplicado en 1977 al tratado de paz entre Egipto e Israel, fue recibida con entusiasmo por la comunidad internacional. Es que permite enmascarar el agotamiento de la estrategia de extrema violencia del general Sharon, de la resistencia palestina, y de la parcialidad estadounidense a favor de Israel.

La paz, toda la paz, contra los territorios, todos los territorios. Propuesto en el pasado mes de febrero por el príncipe Abdullah y sometido a la cumbre árabe de Beirut, el plan saudita tiene el mérito de la simplicidad. Israel se retira a sus fronteras del 4 de junio de 1967; Siria recupera el Golan; en Gaza, Cisjordania y Jerusalén se crea un Estado palestino. A cambio, los 22 Estados de la Liga Árabe entablan relaciones diplomáticas con Israel, vínculos comerciales normales y se comprometen a garantizar la seguridad de sus fronteras1.

Retirada total contra la paz total. Esta límpida ecuación suscitó un interés apasionado en todas las cancillerías internacionales. Sin embargo no es una propuesta nueva: el principio de intercambiar paz contra territorios está inscripto en las Resoluciones 242 de 1967 y 338 de 1973 adoptadas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Por otra parte existe un precedente, porque este principio ya se aplicó entre Israel y Egipto después del histórico viaje de Anuar El Sadat a Jerusalén en 1977 y la firma de la paz entre los dos países. Israel devolvió la península del Sinaí y, a pesar de la oposición de la extrema derecha, desmanteló las colonias que se habían implantado allí.

También sobre la base de este postulado se celebró la Conferencia de Madrid en 1991 y se firmó el acuerdo de Oslo entre israelíes y palestinos, hoy hecho pedazos. Las negociaciones de Camp David en julio de 2000 –precisamente antes del estallido de la segunda Intifada– y después las denominadas de “la última oportunidad” en Taba en enero de 20012, se fundaban también en el principio de intercambiar tierras por paz.

¿Por qué esta iniciativa saudita despierta tantas esperanzas, si no tiene nada de original? Porque llega en el momento oportuno. Cuando se agotan simultáneamente tres dinámicas que encuentran inesperadamente en el plan saudita un pretexto para enmascarar sus respectivos fracasos.

¿Cuáles son esas tres dinámicas? En primer lugar, la estrategia de violencia elegida por el general Sharon para doblegar a los palestinos y obligarlos a aceptar, en nombre de una concepción religiosa del “Gran Israel” la colonización definitiva3 de parte de los territorios reconocidos internacionalmente como pertenecientes a Palestina. El empleo excesivo de la fuerza y de recursos de combate desproporcionados (buques de guerra, cazas F-16, helicópteros blindados, carros pesados) contra una población civil mayoritariamente desarmada, no produjo el efecto esperado por el general Sharon y su Estado Mayor. El contrario, nunca los israelíes tuvieron más pérdidas humanas, nunca fue tan grande la inseguridad dentro de Israel.

Por añadidura, los crímenes cometidos por el ejército al ocupar las ciudades de Cisjordania degradaron considerablemente a escala internacional la imagen de Israel, desalentando a sus propios ciudadanos4. La organización humanitaria B’Tselem, por ejemplo, declaró el pasado 12 de marzo: “En cada una de las ciudades o campos de refugiados donde entraron, los soldados israelíes repitieron los mismos actos: tiraron indiscriminadamente matando civiles inocentes, destruyeron intencionalmente los caños de agua potable y las infraestructuras eléctricas y de teléfonos, ocuparon y dañaron casas privadas, dispararon contra ambulancias e impidieron la atención de los heridos…” Dentro del ejército no deja de incrementarse la cantidad de valientes oficiales que se niegan a ocupar Palestina y a perpetrar esos actos5. Por último, las encuestas de opinión confirman que el 60% de los israelíes es favorable a la evacuación de algunas colonias, el 63% a la instauración de un Estado palestino, y el 67% está disconforme con el general Sharon6.

La segunda dinámica que se agota es la resistencia de los palestinos. Aun cuando no quiera admitirlo, la población está al límite de sus fuerzas. Los golpes recibidos son considerables, muchos dirigentes de organizaciones armadas fueron aniquilados, víctimas de ejecuciones selectivas, y las infraestructuras del embrión del Estado palestino están en ruinas. La desesperación así sembrada alimenta la estrategia criminal de los atentados suicidas contra los civiles en Israel, que impacta a la opinión pública internacional y mantiene a parte de los ciudadanos israelíes bajo la influencia de Sharon.

Los dirigentes palestinos que siguen apostando al terrorismo persisten en ignorar el carácter democrático de la sociedad israelí, que elige libremente a sus gobernantes. Cuanto más aterrorizada esté, más tenderá a elegir a los más intransigentes. Es tiempo de que en el seno de la sociedad palestina se desarrolle un poderoso movimiento no violento que pueda aliarse con el movimiento pacifista israelí (ver artículo de Yasser Abed Rabbo y Yossi Beilin, pág 25). Todas las encuestas indican que en los dos pueblos hay una mayoría de ciudadanos que desean avanzar hacia la paz y la reconciliación.

Por último, la tercera dinámica que se agota es la parcialidad de Estados Unidos a favor de Israel. En su reciente gira por los países árabes, el vicepresidente Richard Cheney pudo apreciar en qué medida la actitud de Washington era objeto de críticas radicales –hasta el punto de volver a movilizar a la “calle árabe”– e impide la construcción de la indispensable alianza que debiera preceder el ataque contra Irak…

Por eso Estados Unidos no sólo acogió con interés la propuesta saudita, sino que la relanzó de inmediato, haciendo que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas votara la Resolución 1397 que defiende “la visión de una región donde dos Estados, Israel y Palestina, viven uno al lado de otro, dentro de fronteras reconocidas y seguras”.

Una vez más parecen reunidas las condiciones para avanzar hacia el final del conflicto. Con el aliento en suspenso, los pueblos de la región esperan el milagro. Pero los saboteadores de la paz acechan en la sombra…

  1. Egipto y Jordania son los únicos Estados árabes que firmaron un tratado de paz con Israel.
  2. “Medio Oriente. Por qué falló la paz”, por Paul-Marie de la Gorce y Alain Gresh, dossier en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2001.
  3. Desde que el general Sharon fue elegido primer ministro, y mientras los enfrentamientos palestino-israelíes se sucedían ininterrumpidamente, prosiguió la colonización judía en Gaza y Cisjordania. Contraviniendo las recomendaciones del Informe Mitchell, que exige un congelamiento de las implantaciones de colonos, desde febrero de 2002 se levantaron 34 colonias nuevas. International Herald Tribune, París, 20-3-02.
  4. Cuando el general Sharon resultó electo en febrero de 2001, la Intifada había provocado la muerte de 50 israelíes; a fines de marzo de 2002 esa cifra supera los 350 muertos.
  5. Cómo no extrañarse de la ausencia casi total de denuncias en los medios y la muy débil oposición cívica contra las “galas” organizadas en varias ciudades francesas en el último mes de marzo a favor del ejército israelí, cuya conducta para con la población palestina ha sido calificada como “crimen de guerra” por la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas el 19 de octubre de 2000.
  6. Ha´aretz, Tel Aviv, 13-3-02.
Autor/es Ignacio Ramonet
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 34 - Abril 2002
Páginas:40
Traducción Marta Vassallo
Temas Conflictos Armados, Militares, Justicia Internacional
Países Egipto, Israel