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La Nación y el “déficit cero”

Qué quedará de la Nación argentina si se concreta la lógica del “déficit cero”? La respuesta es simple: nada. Habremos dejado de ser una Nación, aunque sigamos figurando así en la nómina de las Naciones Unidas o en los balances del Fondo Monetario Internacional. Después de haber hecho punta en la primera ola de naciones constituidas en el siglo XIX, (las latinoamericanas; la segunda fueron las centroeuropeas e Italia, consecutivas a la caída de los imperios ruso y austrohúngaro; la tercera, las africanas y asiáticas producto de la descolonización, al promediar el siglo XX), Argentina corre hoy el riesgo de ser la primera de la región en perder su identidad, en renunciar a su futuro.

Empezamos, hace 25 años, por aceptar que un grupo armado se hiciese cargo de la decisión ciudadana. Si, como afirmaban los revolucionarios franceses de 1789 y los patriotas argentinos de 1810 “los derechos de la Nación son proclamados contra el poder real”, entonces una mayoría abandonó la idea. Ya veníamos desde mucho antes renunciando a la organización nacional, trabajosamente urdida desde Caseros, al permitir que la mayoría de las provincias cristalizaran como satrapías1. La dictadura militar y sus asesores y apoyos civiles iniciaron el desmantelamiento del Estado y, sobre todo, cambiaron una economía que producía -aun con sus enormes defectos- por otra, si se la puede llamar así, de frenética especulación. Nunca se insistirá demasiado en que para empezar a entender la “necesidad” del déficit cero hay que remontarse a las mesas de dinero y a la “tablita” de José Martínez de Hoz2.

El primer gobierno radical democrático mostró tan poca decisión e inteligencia para revertir las cosas que acabó derrotado en 1989 por los especuladores que controlan el país. El segundo, peronista, asumió, aprovechó y profundizó hasta el paroxismo la realidad. Lo que no pudo malvender, lo malhipotecó o lo robó. No es necesario detallar aquí la situación: Argentina es hoy un país quebrado, un mendicante internacional.

El final de los sueños

La enajenación de los recursos estratégicos y el endeudamiento del Estado condenan a término a la Nación, en la medida en que aquél es “una manera de ser” de ésta según los historiadores; “la substancia ética consciente de sí misma”, desde Hegel. Tanto la Nación como el Estado son ideas abstractas, pero verificables, definidas en la modernidad por unos pocos factores esenciales: una población sobre un territorio; un pasado y una cultura; el control de sus fronteras, de sus recursos esenciales, de su economía y su moneda; de su organización política, jurídica y social mediante una Constitución y su normativa. La posesión de este todo concreto determina y remite finalmente a otro abstracto, en el que reposan la vitalidad y la existencia misma de una Nación: la esperanza del futuro común. “El espíritu da la idea de una Nación, pero lo que determina su fuerza sentimental es la comunidad de sueños”3.

¿Cómo podrían soñar hoy los argentinos con el futuro, si el pasado se pierde y el presente se les escapa? Existen naciones puramente nominales –es el caso de algunas en Asia y África– que sólo pueden rememorar un pasado premoderno y no acaban de asentar su presente, para las que la globalización se presenta como una invasión extraterrestre. Es lo que explica el islamismo político fundamentalista y a veces terrorista; la base religiosa devenida por necesidad factor de unidad y última línea de defensa. Pero Argentina –y América Latina– no es eso. Nuestras guerras civiles del XIX y hasta los avatares de la democracia en el XX están allí para demostrar que aquí se ha discutido, luchado y soñado mucho para conformar una Nación. Jorge Luis Borges ha podido decir que si hubiésemos elegido el Facundo en lugar del Martín Fierro como libro emblemático otro sería nuestro destino. Pero estamos hablando de dos grandes libros, de una cultura precedida y prolongada en obras notables, de una historia de sueños a la que hoy parecemos resignados a poner fin.

¿Y qué de la Reforma Universitaria, de la educación universal laica y gratuita, de los grandes colegios y universidades, del desarrollo científico y tecnológico, de los premios Nobel en ciencias y humanidades, de la sociedad alfabetizada, culta? ¿Qué de la extensión y organización sindical, corporativa y cooperativa? ¿Qué de la amplia cobertura social? ¿Qué del país de “las vacas y la mieses”, granero del mundo? ¿Qué del notable desarrollo industrial, que incluyó sectores de industria pesada, nuclear y hasta una incipiente incursión espacial? ¿Qué del CONICET, de la Comisión Nacional de Energía Atómica, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, del Instituto Nacional de Tecnología Industrial, de Astilleros Navales, de Fabricaciones Militares, de los polos petroquímico y siderúrgico, de los ferrocarriles? ¿Qué de las Fuerzas Armadas, ese resumen concentrado de nuestras glorias y miserias, a las que ninguna Nación renuncia?

Todo eso agoniza, si no está muerto ya, y su último estertor será el de la Nación argentina. En la situación presente, el “déficit cero” supervisado por el FMI y Estados Unidos no es el objetivo de un buen ejercicio contable; representa la liquidación definitiva de todo lo que esta Nación supo bien o mal darse a sí misma y confió al Estado y sus responsables ocasionales. La lógica inherente al corsé que conforman la deuda externa y la convertibilidad, prolongada en el déficit cero, conduce a la dolarización y muy posiblemente a la privatización del Banco Nación y la recaudación impositiva, previo paso por el desmantelamiento de las obras sociales y lo que queda de la enseñanza y la salud públicas. Es público que ésas son las condiciones exigidas por los organismos internacionales de crédito.

En el plano internacional, supone la sumisión a Estados Unidos mediante el ingreso al ALCA y el abandono, abrupto o progresivo, del Mercosur. También ésta se presenta como una condición, esta vez del gobierno de Estados Unidos, aunque ese país que nos propone una unión comercial mirífica pone actualmente trabas a nuestras exportaciones de tubos sin costura, miel y limones…

En el plano interno, la agudización de los conflictos sociales, el empleo de las Fuerzas Armadas como patrulla represora de sus conciudadanos a la orden de una fuerza multinacional (ver páginas siguientes), al aumento de la ya enorme marginalidad, la virtual desaparición de las clases medias. Otro país.

El “salvataje” de Argentina en esas condiciones no ha hecho más que comenzar. Si no se altera la dinámica actual, el desguace definitivo se concretará en poco tiempo más. Será muy difícil luego, si no imposible, volver atrás. En unos años, si se conserva al menos la rutina de votar cada cuatro, quienes elijan representantes serán en un 40% analfabetos o analfabetos funcionales; el resto, salvo una exigua minoría, ex estudiantes que no han logrado “sus objetivos mínimos en lengua, cálculo y geometría” y que “no saben comprender los textos periodísticos y los de no ficción”4. La situación sanitaria de la población, ahora mismo catastrófica, será previsiblemente trágica en cuanto se trate de pagar por la asistencia médica privada tarifas del primer mundo con salarios del cuarto.

Por no tener, la Nación argentina no tendrá siquiera control sobre sus fronteras ni sus fuerzas de seguridad. Los jefes militares, por fin sometidos a la Constitución, en lugar de completar su integración ciudadana deberán responder en los hechos a un comando extranjero. Ya está ocurriendo, de alguna manera.

Cuando todo este proceso –esta vez en manos de los dirigentes civiles– haya concluido, aquel pasado de luchas, de sueños, habrá quedado sepultado por una chatura resignada, un orden medieval. Y el futuro, para la gran mayoría, no pasará del amanecer siguiente.

A menos que la sociedad se una, reaccione y sepa arrancar el poder de las manos del sector financiero y desplazar del gobierno a quienes defienden sus intereses. La creciente multiplicidad de protestas y movilizaciones indica que algo está empezando a pasar en ese sentido, pero hacen falta unidad política y un proyecto claro.

¿Asumirán la sociedad argentina y sus dirigentes honestos esa responsabilidad?

  1. Alejandro Roffman, Roxana Rubins, Horacio Cao y Marta Vassallo, dossier “La crisis del interior argentino”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, agosto 2000.
  2. Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, junio de 2000”.
  3. André Malraux, La tentation d’Occident, París, 1926.
  4. “Evaluación anual en escuelas públicas y privadas de todo el país”, Clarín, Buenos Aires, 28-8-01.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 27 - Septiembre 2001
Páginas:3
Temas Desarrollo, Deuda Externa, Neoliberalismo, Estado (Política)
Países Argentina