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Las “Guerras de Baja Intensidad”

Los “juegos de guerra” que desarrollan tropas estadounidenses en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe, (como el Cabañas II en Salta, ver páginas anteriores) conforman un diseño estratégico de la política exterior de Washington basado en la contrainsurgencia y definido por una idea de seguridad nacional con fronteras imprecisas. En los documentos básicos de esta estrategia se habla de la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo o el narcoterrorismo, en términos tan ambiguos como modificables de acuerdo a las circunstancias.

La lucha se prevé contra “adversarios” también imprecisos que sobreviven en escenarios de montes y montañas, aldeas fantasma o en los grandes arrabales de la exclusión. Cada maniobra militar conjunta (entre fuerzas de comando estadounidense y tropas locales) asegura algo de territorio y el control operacional, mientras surgen nuevas bases y los radares de vigilancia se multiplican.

El esquema contrainsurgente actual conforma la ingeniería militar de la llamada Guerra de Baja Intensidad (GBI), un remozado esquema de la antigua Doctrina de Seguridad de Estados Unidos. La esencia es asegurar el control regional, estar en el terreno y tenerlo bajo control antes de que los conflictos estallen. Los fundamentos de la GBI conforman el eje doctrinario de los Conflictos de Baja Intensidad (CBI) –Low Intensity Conflict (LIC)– y pueden ser adaptados puntillosamente a las situaciones locales. La adopción de la GBI augura, como sostienen los analistas Michael Klare y Peter Kornbluh “la prolongada contienda crepuscular entre los guerreros estadounidenses de la GBI y los combatientes del Tercer Mundo”, lo que se extiende a movimientos populares, indígenas, campesinos, conflictos sociales, etc.1. En los ’60, bajo el gobierno del demócrata John Kennedy, Estados Unidos lanzó el programa de contrainsurgencia ahora reactualizado. Según el sociólogo James Petras, “si entonces la contrainsurgencia se basaba en la amenaza del comunismo internacional, ahora se encuentra la justificación en la llamada amenaza de la droga. En ambas instancias existe una negación total de la base histórica y sociológica del conflicto”2. Aunque la GBI tomó vuelo propio en Estados Unidos en los ’80, durante la administración Reagan y más de 20 años después del surgimiento de la doctrina de contrainsurgencia que transformó la concepción militar y llevó a la guerra de Vietnam, la nueva estrategia de esta singular GBI alcanza su esplendor en estos tiempos. Enriquecida por las “experiencias” que van desde implantación de dictaduras (cuyo “modelo” es el derrocamiento de Salvador Allende en Chile en 1973), guerras encubiertas con utilización de mercenarios contra gobiernos “hostiles”(los sandinistas en Nicaragua en la década de los ’80) o de contrainsurgencia (El Salvador y Guatemala) apoyando y financiando al ejército de esos países y sus temibles escuadrones paramilitares, hasta las guerras psicológicas o de intervenciones directas, la GBI siguió siendo en los años ’90 el proyecto estratégico de seguridad de Estados Unidos en la región.

A pesar de la actual hegemonía estadounidense, el esquema no se alteró esencialmente. La Doctrina del CBI creció y sumó elementos y estrategias renovadoras para actuar en los ’90, reorientándose para este nuevo siglo y los previsibles conflictos provocados por las desigualdades de la globalización. Trazada en círculos militares y estratégicos, la GBI actual integró aquella contrainsurgencia de los años ’60 y una enorme variedad de operaciones político-militares abiertas y encubiertas. “Para los políticos y militares estadounidenses la GBI no sólo significó la categoría especializada de lucha armada, sino una reorientación estratégica de los conceptos dominantes en materia militar y el compromiso renovado de emplear la fuerza en el marco de una cruzada global en contra de los gobiernos y movimientos revolucionarios del Tercer Mundo”3.

Nuevo esquema de seguridad

En 1985, después de un gran debate interno, los jefes de Estados mayores estadounidenses acordaron que la GBI sería una lucha político militar limitada con fines políticos, sociales, económicos o psicológicos. “Suele ser prolongada e incluye desde presiones diplomáticas, económicas y psicosociales hasta el terrorismo y la insurgencia”4. Ya en 1986, en dos gruesos volúmenes, se habían diseñado estrategias y pautas5. Estados Unidos hizo una enorme reorganización de su estructura militar para el nuevo esquema de seguridad nacional y se adaptaron las Fuerzas para Operaciones Especiales (Special Operation Forces); del Pentágono (Boinas Verdes del ejército, unidades navales, aéreas y terrestres, comandos de elite). Para operaciones encubiertas se especializó la secreta Fuerza Delta, la Unidad militar 169 de la Fuerza Aérea (Cazadores Nocturnos) y organismos paramilitares bajo el control de la CIA. En 1987, Reagan creó un comando unificado “destinado a la realización de operaciones especiales y estableció una corporación de la GBI dentro del National Security Council (NSC)”6. Todo eso está al día.

Bajo el nombre de “Military Operations in Low Intensity Conflict” se diseñó parte de la doctrina la GBI7, definiendo que aunque este tipo de confrontación se ubica generalmente en el Tercer Mundo contiene implicaciones de seguridad regional y global. Las operaciones de GBI están clasificadas en cuatro categorías: a) Defensa interna en el extranjero, que comprende insurgencia y contrainsurgencia para “ayudar a gobiernos amigos que enfrentan amenazas insurgentes” y para combatir a los “enemigos internos”; b) Operaciones de contingencia en tiempo de paz8, misiones militares rápidas (invasión a Granada, 1983); acciones punitivas (invasión a Panamá en 1989), o misiones de rescate para respaldar la política exterior de Estados Unidos; c) la lucha contra el terrorismo (antiterrorismo y contraterrorismo): acciones para “proteger instalaciones y personas de ataques terroristas”, pero que abarca una variada temática, en la que se diseñan espectaculares operaciones conspirativas para justificar desde una intervención hasta el apoyo a regímenes antipopulares en acciones de contraterrorismo9 y; d) las Operaciones de mantenimiento de la paz, en las cuales se inscriben acciones intervencionistas de todo tipo y las maniobras militares que en los últimos años se quintuplicaron en América Latina y otros lugares del mundo bajo la dirección de las fuerzas especiales de la GBI.

Los estrategas estadounidenses enumeran una extensa lista de “enemigos” que van desde movimientos insurgentes, hasta conflictos sociales y otros. Esa capacidad de inclusión y adaptabilidad de la GBI es la que hace que este tipo de guerra pueda librarse sin disparar demasiados tiros y sin un involucramiento militar masivo.

Otras formas de coerción

Es lo invisible de este esquema lo que resulta aterrador. El ex secretario de las Fuerzas Armadas estadounidenses (1986) John Mars, insistió en remarcar que “debido a que las raíces de los movimientos insurgentes no son militares, tampoco pueden ser meramente militares nuestras respuestas”10. Esto llevó a otorgar una importancia fundamental a la coerción económica, diplomática, psicológica y paramilitar, lo que está acentuado en el final de los ’90. Albert R.Coll, ex primer vicesecretario de Defensa para Operaciones Especiales y Conflictos de Baja Intensidad (CBI), elaboró en la primavera de 1997 un documento base donde señala que “los intereses estratégicos de Estados Unidos en América Latina” se dividen en militares, económicos y políticos. “En lo militar los principales intereses son: controlar el surgimiento de cualquier amenaza al territorio de los EE.UU. que pueda venir de América Latina. Impedir que potencias hostiles ganen influencia en la región y aumenten su capacidad de dañar los intereses políticos y económicos de Estados Unidos. En lo económico, América Latina se ha tornado cada vez más importante para la economía de EE.UU. en los últimos quince años, como resultado del creciente flujo de capital y comercio. Está en el interés de EE.UU. promover el desarrollo general de América Latina en direcciones que sean congruentes con nuestros intereses económicos; específicamente políticas que mantengan los mercados latinoamericanos abiertos a los productos y al capital de Estados Unidos. Políticamente los intereses de EE.UU son servidos (sic) por los gobiernos democráticos”11. En su extenso análisis, Coll advertía que a pesar del “control” establecido por Washington en los últimos años, “algunos problemas permanecen” y existe el riesgo de que “viejos problemas” regresen.

En los ’90, la renovada matriz intervencionista de EE.UU. en el Tercer Mundo no sólo se debió a la percepción de su propia fortaleza y a la ausencia de competencia debido al final de la Guerra Fría, sino a que se acentuó el diagnóstico sobre los peligros en la región. Una nueva lectura geoeconómica revitalizó la Doctrina del CBI-GBI. La tarea esencial no seria destruir las fuerzas enemigas en el campo de batalla, sino ganar el apoyo de la población12.

La GBI encaja a la perfección en este esquema, ya no como “contención” sino como prevención. El neoconservador norteamericano Irving Kristol advertía a los hombres del Pentágono que “(…) no es un accidente que el siglo XX haya sido testigo de rebeliones contra la democracia secular- liberal-capitalista,” y conjeturaba que esas revueltas fracasaron “pero que las raíces que alimentaron dichos alzamientos permanecen”13. La socióloga argentina Ana María Ezcurra sostiene que “(habría) muchas amenazas de seguridad, particularmente en el Tercer Mundo”14. La GBI es un marco imprescindible para “ganar mentes y corazones”, imponer un modelo hegemónico en la región y expandirse sin “fronteras precisas”. De esta manera la diseminación de la “democracia del mercado a escala mundial es catalogada como asunto de seguridad”15. En este sentido, Petras analiza que “la construcción de un imperio, en particular, un imperio capitalista a principios del siglo XXI, requiere de una elaborada arquitectura militar para poder expandir, proteger y consolidar los grandes intereses económicos esenciales para los imperios modernos, razón por la cual el aparato militar estadounidense creció enormemente durante la última década”16.

En 1989, en un cuidado informe rendido al Congreso de su país, el jefe del Comando Sur en Panamá, general Fred Woerner, fue muy claro: “El triple mal de la insurgencia, las drogas ilícitas y el terror, encuentran una fuente de apoyo en el descontento social, la frustración económica y la falta de oportunidades politicas” y advirtió que “ la evolución hacia gobiernos democráticos civiles no ha sido acompañada por crecimiento y desarrollo en el sector económico-social… Hay algunos signos ominosos: términos de intercambio declinantes, alto desempleo, inflación, dieta insuficiente, educación inadecuada, la virtual descapitalización de ciertos países debido a la deuda externa y a la falta de confianza de los inversionistas en las economías sociales”17.

Por eso los CBI ya no se limitarían a las insurgencias, al narcotráfico, al terrorismo. “El estrangulamiento económico provocaría un nuevo tipo de riesgo: el peligro de conflictos sociales generalizados, que actualmente serían más agudos que nunca”18. Unir guerrilla y protesta social a alguna forma de narcotráfico o corruptela convierte –con ayuda del superconcentrado poder de los medios de comunicación– expresiones políticas o protestas genuinas y justas en “sospechosas”.

A principios de este año, el general Peter Pace, comandante en jefe del Comando Sur de Estados Unidos con sede en Miami definió en un informe los términos actuales en torno a los cuales se reorientarían las estrategias de la GBI: “La mayor amenaza para la democracia, la estabilidad y la prosperidad regional de América Latina son la inmigración ilegal, el tráfico de armas, el crimen, la corrupción y el tráfico de drogas ilegales”19; precisamente los terrenos en que se encuentran involucrados los grandes poderes. Pero no es hacia esos responsables que se dirigirán las armas o la persecución. Este esquema fue base para el diseño estadounidense del llamado Plan Colombia20. Los analistas coinciden en que es el modelo más “refinado” de la GBI, con todos los elementos depurados del intervencionismo en lo militar y político y “su expresión económica es el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA)”.

La GBI es mencionada en su aplicación en Chiapas, México, en un trabajo de Cecilia Loria21, sobre el tema de los mecanismos psicológicos que forman parte importante de la estrategia en las modalidades no convencionales de la guerra y que “especialmente en la forma reciente de GBI son un aliado fundamental”. Enumera los nuevos elementos, como la incorporación de la lógica de la guerra irregular a la estrategia GBI con unidades de combate más pequeñas; el “aumento de la capacidad de movilización local; programas de contenido no militar para manejar, relacionarse y utilizar los medios de comunicación; redefinición de los sistemas de inteligencia reorientando el papel de las fuerzas de seguridad no militares; entre otros”. Escenifica también algunos frentes que libra la GBI, en dos niveles: nacional e internacional utilizando los medios de prensa escritos, radio, televisión y orientando a generar una imagen de legitimidad de las acciones emprendidas. “La GBI es una guerra de desgaste del enemigo, especialmente de sus recursos materiales y espirituales, de su autoridad popular o la de sus aliados, su habilidad política, el apoyo moral que pudiera generar, (la solidaridad nacional o internacional) y desmoralizar a sus partidarios o simpatizantes. Es una guerra constante, guerra de agotamiento en la que no se trata de eliminar físicamente al enemigo, ni matarlo masivamente sino socavarlo, deslegitimarlo, aislarlo. La violación de los derechos humanos en este esquema es una constante e hipotéticamente sería un instrumento” de la GBI, sostiene la analista mexicana.

En la década pasada, mediante acuerdos secretos bilaterales o multilaterales entre Estados Unidos y los países de América Latina, se instalaron abiertamente en toda la región tropas estadounidenses y también públicamente oficinas de organismos de inteligencia de ese país (FBI, CIA, DEA) entre otras. A través de las distintas reuniones de la Conferencia de Ejércitos Americanos (CEA) se fue delineando una política de seguridad y consenso hemisférico, transformando las fuerzas militares de América Latina bajo el esquema GBI. Un ejemplo clásico es la Gendarmería Argentina, ejército de fronteras devenido Fuerza de Despliegue Rápido, para actuar –como lo ha hecho– en la represión de los conflictos sociales. El entrenamiento es típico de la contrainsurgencia y lo mismo sucede en toda la región. Para la democracia y los organismos humanitarios regionales se trata de un trágico retorno de fantasmas.

  1. Michael T. Klare Michael y Peter Kornbluh, coordinadores, Contrainsurgencia, Proinsurgencia y Antiterrorismo en los 80 : El arte de la Guerra de Baja Intensidad, Grijalbo, México, 1988.
  2. James Petras, “La Geopolítica del Plan Colombia”, Revista de la UNAM, México, agosto 2001.
  3. Klare y Kornbluh, op cit.
  4. U.S. Army Operational Concept for Low Intensity Conflict, Fort Monroe, Virginia 1986.
  5. Existen ahora varios documentos clave que contienen los elementos esenciales de la GBI, como la circular 100-20 / GBI(FC-100-20): US Army Operational Concept Low- Intensity Conflict; y los dos extensos volúmenes del Informe Final sobre el proyecto para la Guerra de baja Intensidad, Fort Monroe, Virginia, agosto 1996.
  6. Klare y Kornbluh, op cit.
  7. Idem.
  8. United States Army Training Support Center, “Military Operations in Low Intensity Conflict”, Trainer On Line, Nueva York, 23-5-1996.
  9. José Palafox, “Militarizing the Border”, Covert Action Quarterly, Washington, primavera boreal 1996.
  10. Sara Miles,“The Real War”, Nacla Report On The Américas, Nueva York, abril-mayo de 1986.
  11. Albert R. Coll, “Documento de Intereses estratégicos de los EE.UU.”, Journal of Interamerican Studies and World Affairs, Washington, primavera boreal de 1997.
  12. Michael Brown, “Vietnam learnings from the debate”, Military Review, Nueva York, febrero de 1987.
  13. Irving Kristol, “Response to Fukuyama”, citado por Ana María Ezcurra en Los Conflictos del año 2000, El Juglar Editores, México, 1990.
  14. Ana María Ezcurra, op. cit.
  15. Ibid.
  16. James Petras, “La estrategia militar de EE.UU. en América”, Revista Rebelión, citada por Koeyú Latinoamericana, Venezuela, julio 2001.
  17. Fred Woerner Jefe del Comando Sur, ante el Subcomité de Defensa de la Casa Blanca, 1-2-1989. Citado por Informe GBI, Universidad Nacional Autónoma de México, 1990.
  18. Ana María Ezcurra, op. cit.
  19. James Petras, Koeyú, op. cit.
  20. Ver dossier “Encrucijada para América Latina”, en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, febrero 2001. También Mariano Aguirre y Virginia Montañés, “Drogas y contrainsurgencia”, julio de 2000. También dossier “El Pentágono y la CIA: ayer, hoy y mañana”, octubre 2000.
  21. Cecilia Loria, “El esquema de Guerra de Baja Intensidad en Chiapas”, La Jornada, México, 2-3-1997.

Las nuevas bases militares

Calloni, Stella

Estados Unidos fue tejiendo un entramado de bases militares fijas o móviles y un sistema de radarización en nombre de la lucha contra el narcotráfico, incorporando además la presión militar para aportar “ayudas” económicas. En su trabajo sobre “La estrategia militar de EE.UU. para América Latina”, James Petras señala que el USSouthCom (Comando Sur de Estados Unidos) “es responsable de la planificación, coordinación y conducción de la actividad militar de EE.UU. en toda América Latina y el Caribe” (1), y que en los últimos tiempos ha instalado bases militares –que se agregaron a las varias ya existentes– en Aruba-Curaçao, en las Antillas Holandesas; en Manta (Ecuador) y en Comalaps (El Salvador), todo en el marco del Plan Colombia.”Estas bases le permiten a EE.UU. introducirse tanto en el espacio aéreo de la mayor parte de los países de América Latina, como por mar y tierra. Además tiene una base operacional militar en Soto Cono, Honduras, que proporciona apoyo a helicópteros en las misiones intervencionistas en América Latina y el Caribe. La facilidad con que los militares estadounidenses pudieron construir esta red de bases se debió principalmente al apoyo y entrenamiento a largo plazo de oficiales militares dependientes, realizado por el USSouthCom en América Latina”.1 El propio general Pace sostiene que “Las excelentes relaciones entre EE.UU. y El Salvador, fortalecidas durante años de sólido contacto entre militares de ambos ejércitos, ayudó a alcanzar negociaciones favorables sobre el acuerdo FOL” (Emplazamientos Operativos de Avanzada, en inglés Forward Operating Locations).

La expansión militar propiciada por el USSouthCom incluye el fortalecimiento de la infraestructura de comando, control, comunicaciones e inteligencia para operaciones fijas y móviles en toda América Latina. En este momento y como se ha hecho público, Estados Unidos negocia con los gobiernos de América Latina y el Caribe la instalación de bases militares y el establecimiento de una enorme red de radares.

  1. James Petras, “La estrategia militar de EE.UU. en América”, Revista Rebelión, citada por Koeyú Latinoamericana, Venezuela, julio 2001


Autor/es Stella Calloni
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 27 - Septiembre 2001
Páginas:7,8
Temas Armamentismo, Conflictos Armados, Militares
Países Estados Unidos