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¿Volver a la belle époque ?¿Cómo y por qué evolucionaron en Francia las desigualdades de ingresos, de salarios y de patrimonios durante el siglo XX? Los contemporáneos que vivieron en directo esa evolución, ¿eran conscientes de los mismos? ¿En qué medida influyeron sobre ella? Una investigación a partir de datos fiscales oficiales sobre períodos extensos nunca antes verdaderamente estudiados y el análisis de los discursos y programas políticos en materia de redistribución arroja sugestivos resultados sobre la evolución de estos factores a lo largo de la centuria.En el curso del siglo XX Francia registró una reducción de las desigualdades, analizadas en el largo plazo1. Pero, contrariamente a lo que ciertas teorías optimistas podrían hacer creer, esa reducción no es en absoluto un fenómeno generalizado e irreversible. En particular es posible comprobar que la desigualdad en los salarios, más allá de las múltiples fluctuaciones de corto y mediano término, prácticamente se mantuvo en el largo plazo. Por ejemplo, el 10% de los asalariados mejor remunerados, siempre recibió un sueldo 2,5 a 2,6 veces superior al salario promedio de la totalidad de la población; el 1% mejor pago, siempre dispuso de un salario promedio entre 6 y 7 veces superior al sueldo promedio del conjunto de la población, etc. Las diferentes formas del trabajo humano se transformaron totalmente entre los dos extremos del siglo, y el poder adquisitivo promedio se multiplicó por cinco aproximadamente, pero la jerarquía de las remuneraciones se mantuvo igual. Esta impresionante estabilidad sin duda debe ser puesta en paralelo no sólo con la persistencia de las diferencias de capacitación y de preparación, sino también con el muy amplio consenso que siempre rodeó a esas jerarquías salariales: la desigualdad de los salarios nunca fue verdaderamente cuestionada por ningún movimiento político. Si no obstante la desigualdad de ingresos se redujo durante el siglo XX, ello obedece fundamentalmente a los impactos sufridos por los más altos ingresos provenientes del capital. Los grandes patrimonios (y los altos ingresos del capital provenientes de ellos) registraron un verdadero derrumbe luego de la crisis del período 1914-1915 (destrucciones, inflación, quiebras de los años 1930). Las décadas transcurridas desde 1945 tampoco permitieron a esas fortunas y a los ingresos que producían recuperar el nivel astronómico que tenían antes de la primera guerra mundial. La explicación más convincente tiene que ver con el impacto dinámico del impuesto progresivo sobre la acumulación y la reconstrucción de patrimonios importantes. Fluctuaciones y rupturasEn efecto, la enorme concentración de fortunas registrada a comienzos del siglo XX es producto de un siglo de acumulación en períodos de paz: entre 1815 y 1914 la riqueza se acumulaba sin temor, ni al impuesto a las ganancias ni al impuesto a las sucesiones (las tasas de impuestos más elevadas alcanzaban niveles irrisorios antes de 1914). Luego de los shocks del período 1914-1915, las condiciones de acumulación de grandes patrimonios se transformaron totalmente: las tasas más altas del impuesto a las ganancias y a las sucesiones alcanzaron niveles extremadamente elevados (las aplicadas a los ingresos más altos superaban el 90% a partir de los años 1920). Se hizo entonces materialmente imposible volver a niveles de fortuna comparables a los existentes antes de los shocks. Merece destacarse la dimensión de las transformaciones que esto indujo: el abismo que separaba al 0,01% de los ingresos más altos (en la práctica, siempre representados preponderantemente por ingresos del capital) del promedio de los ingresos, era cinco veces superior a comienzos del siglo XX respecto de 1945. No fueron los ingresos del capital en sí mismos los que desaparecieron, sino más bien su concentración, que se redujo muy claramente: la distribución global del ingreso nacional entre los ingresos provenientes del trabajo y los generados por el capital se mantuvo estable en Francia durante todo el siglo. Pero la distribución en el interior de cada una de esas categorías evolucionó de modo totalmente diferente (la distribución de los ingresos provenientes del trabajo prácticamente no cambió, mientras que la de los ingresos del capital se comprimió notoriamente). Por otra parte, nada autoriza a sostener la idea según la cual las desigualdades ya habrían comenzado a reducirse antes del primer conflicto mundial. De no haber existido los shocks de los años 1914-1915 es probable que Francia no hubiera dejado atrás tan rápidamente los picos de desigualdad de comienzos del siglo pasado. En particular, fueron necesarios los traumatismos humanos y financieros provocados por las guerras mundiales y por la crisis de los años 1930 para que la redistribución fiscal cobrara una importancia determinante. Eso no significa necesariamente que haya que considerar la compresión de las desigualdades como un producto del azar de los acontecimientos bélicos o bursátiles. Cabe interpretar las crisis de los años 1914-1915 como una respuesta endógena a la desigualdad insostenible que por entonces caracterizaba al capitalismo. ¿Es imaginable un regreso a la situación del siglo XIX? Los elementos de historia comparativa presentados en mi libro pueden dar algunas pistas para responder a esa pregunta. En todos los países desarrollados los más grandes patrimonios se redujeron drásticamente en el período 1914-1915. Pero Estados Unidos, además de partir de un nivel menos alto y de padecer impactos menos profundos que Europa, se caracteriza por un rápido vuelco durante los años 1980-1990: en dos décadas, las desigualdades volvieron al nivel que tenían antes de la primera guerra mundial. ¿Por qué no podrían los países europeos, Francia en primer lugar, seguir la trayectoria estadounidense y volver en las primeras décadas del siglo XXI a la fortísima concentración de fortunas y de ingresos que prevalecía a fines del siglo XIX y comienzos del XX? Por cierto que semejante predicción es muy arriesgada. Un análisis detallado del siglo pasado muestra en efecto que la historia de las desigualdades es ampliamente imprevisible. La desigualdad de salarios en particular, a pesar de su gran estabilidad secular, pasó durante el siglo XX por una compleja alternancia de fases de compresión y expansión. Las rupturas en esa historia fueron a menudo las mismas que las de la historia general de Francia: fuera de las dos guerras mundiales, que generaron importantes compresiones en las escalas salariales, rápidamente corregidas durante las respectivas posguerras, los años 1936, 1968, y el período 1982-1983, marcan igualmente importantes cambios en la historia de la desigualdad de salarios. Sería muy sorprendente que no se produjera el mismo tipo de fluctuaciones y de rupturas durante el presente siglo y resulta presuntuoso aspirar a preverlas. Por incierta que parezca, la idea de un regreso a la situación del siglo XIX posee sin embargo una cantidad de fundamentos objetivos. En primer lugar, la transformación de los sistemas productivos observada en los países desarrollados al iniciarse el tercer milenio. Caracterizada por la decadencia de los sectores industriales tradicionales y por el desarrollo de la sociedad de servicios y de la tecnología de la información (aunque todas las épocas vieron la caída de sectores antiguos y el surgimiento de sectores nuevos), esa transformación puede favorecer un rápido aumento de las desigualdades. En particular, el poderoso crecimiento registrado en los nuevos sectores puede permitir la acumulación de fortunas profesionales considerables en un tiempo relativamente breve. Ese fenómeno ya se registró en Estados Unidos en los años 1990 y no hay por qué suponer que no se reproducirá en Europa. Además, y quizás de manera preponderante, la reconstitución de enormes patrimonios, comparables a los de un siglo atrás, se ve muy facilitada por la baja generalizada de las tasas marginales de impuestos sobre los ingresos más altos. Resulta evidentemente mucho más fácil constituir (o reconstituir) patrimonios importantes cuando las tasas marginales más altas son de 30% o 40% (y a veces mucho menores, gracias a las exoneraciones particulares), que cuando las mismas son de 70% u 80% o más, como durante los Gloriosos Treinta, fundamentalmente en los países anglosajones. En Estados Unidos, y en menor medida en el Reino Unido, el aumento de las desigualdades patrimoniales observado durante los años 1980-1990 se vio muy facilitado por las fuertes bajas de impuestos de que gozaron los ingresos más altos desde fines de los años 1970. En Francia y en los países de Europa continental, la coyuntura política e ideológica inicial era diferente: mientras que la crisis económica de los años 1970 fue rápidamente interpretada por las opiniones anglosajonas como el reconocimiento del fracaso de las políticas intervencionistas aplicadas luego de la segunda guerra mundial (empezando por el impuesto progresivo), las opiniones europeas se negaron durante mucho tiempo a cuestionar las instituciones asociadas al afortunado período de crecimiento. Pero esa gran diferencia transatlántica acabó reduciéndose: por un lado, el estancamiento del poder adquisitivo registrado entre los años 1980 y 1990 produjo un rechazo generalizado del impuesto a las ganancias; y por otro, la movilidad cada vez mayor de capitales y “superejecutivos”, constituye un poderoso factor que lleva a diferentes países a fiscalizar menos los ingresos en cuestión. Por lo tanto, todo parece contribuir a hacer de los primeros años de este siglo un periodo venturoso para los poseedores de patrimonio. Pero ¿va a durar esta coyuntura económica e intelectual? La experiencia del siglo XX sugiere que las sociedades con demasiadas desigualdades evidentes son intrínsecamente inestables. El análisis del siglo pasado confirma que una concentración de capital demasiado grande puede tener consecuencias negativas en términos de eficacia económica, y no sólo desde el punto de vista de la justicia social. Es muy posible que la reducción de las desigualdades patrimoniales registrada durante el período 1914-1945, al acelerar la decadencia de las antiguas dinastías capitalistas y favorecer el surgimiento de nuevas generaciones de empresarios, haya contribuido a dinamizar las economías occidentales de los “Gloriosos Treinta”. El impuesto progresivo tiene el mérito de impedir que se reconstituyan situaciones análogas a la existente poco antes de la primera guerra mundial y su reducción o supresión podría tener como resultado a largo plazo una cierta esclerosis económica.
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