Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Viaje al final del miedo

En mayo pasado, 140 clandestinos africanos que trataban de llegar a Libia en camión en busca de trabajo, murieron de sed en el desierto del Teneré. Semejante drama no es para nada excepcional. Decenas de miles de inmigrantes clandestinos del Sahel y del África negra cruzan el desierto cada año apretujados en grupos de 120 y hasta 160 personas por camión, esperando llegar a la próspera Libia, o a Argelia, puerta del Occidente. Algunos pierden la vida en el intento. Dos meses antes de aquella tragedia compartimos sobre el terreno, viajando a través de Níger, los sufrimientos de estos pobres de toda pobreza.

El 26 de febrero pasado, un camión parte desde Dirkou, en el norte de Níger, rumbo a Libia. El conductor trata de evitar el control fronterizo libio de Tidjeri, pero pierde el rumbo con todos sus pasajeros. Tres personas logran dar el alerta. La búsqueda efectuada por el ejército libio permite hallar cuarenta sobrevivientes; la gendarmería de Níger da cuenta de veintitrés muertos; un chofer habla de veintisiete cuerpos enterrados. Nunca se sabrá cuántos pasajeros llevaba el camión al partir, pero en general suelen ser al menos un centenar.

Resulta difícil hacer la crónica macabra de esos viajes sin retorno de los clandestinos del Sahel, muertos anónimos de los que nadie hablaba hasta el incidente de mayo1, cuando fueron hallados en un camión ciento cuarenta cadáveres. Nada se dice en Níger, país que los inmigrantes atraviesan y donde se organiza ese tráfico, legal a los ojos de las autoridades, pero sobre todo vital para esa nación, una de las más pobres del mundo. Nada se dice en Libia, el opulento vecino al que conviene el estatuto ambiguo de esa inmigración tolerada, solicitada, pero no legalizada. Una inmigración necesaria para el ambicioso proyecto del coronel Muamar Kadafi de “hacer reverdecer el desierto” en las provincias saharianas del sur, una zona de condiciones de vida extremas. Nada se dice en Argelia, que recibe una parte importante de esos inmigrantes –a pesar de la severa represión– en tránsito hacia Europa, a través de Marruecos y el Estrecho de Gibraltar2. Nada se dice tampoco en Europa, que cada tanto descubre la desesperación de jóvenes que llegan a morir a sus puertas en frágiles balsas.

Para muchos migrantes el viaje comienza más allá del desierto del Teneré, en Agadez, en el corazón de Níger. La ciudad se convirtió en el nuevo centro migratorio hacia el cual convergen casi todos los flujos de migrantes provenientes de África del Oeste, incluidas Nigeria y Ghana, naciones anglófonas3. Los empleados del hospital donde son atendidos los sobrevivientes se lamentan: “Como los migrantes provienen cada vez más del sur, no tienen la menor idea del desierto y de sus peligros”.

Desde la estación terminal, a la vista de todos y bajo control policial, parten camiones con más de 100 personas cada uno, por cuenta de “agencias de viajes” legalmente instaladas y registradas como transportadoras de migrantes hacia los países del Maghreb, incluso hacia Argelia, a pesar de que se la considera peligrosa. Los viajes hacia este país ya no se hacen en camión sino en pick-ups Toyota, que permiten escapar a los controles. Pero van igualmente repletos: ¡entre 25 y 30 pasajeros comparten el viaje en un increíble ejercicio de equilibrio!

Para Níger, país pobre, el tránsito de esos migrantes representa una fuente de ingresos y de nuevas actividades, aun más valiosas por desarrollarse en la región norte, la más desamparada, escenario de la rebelión de los tuareg, generada en buena medida por la miseria. En dos años, luego de restablecida la paz en la región4, surgieron y prosperan cinco “agencias de viajes” que organizan traslados a Libia. Los transportistas “piratas” proliferan y obtienen buenos beneficios. Lo mismo puede decirse de los comerciantes, que además de sus mercaderías transportan también migrantes, para amortizar sus gastos. Adam, el chofer de nuestro camión, un tuareg negro que trabaja por cuenta de un árabe de Níger, cuenta que durante 15 años su camión transportó mijo a Bilma y a Dirkou, trayendo sal de regreso. Desde los años 1990 su patrón, como muchos otros, se dedicó al comercio con Libia y al transporte de migrantes. “En 15 años transporté en mi camión más hombres que granos de sal” afirma Adam.

Esas migraciones hicieron que en Agadez se desarrollara una suerte de especialización en mecánica y viajes: barrios enteros se dedican a ello, tanto la zona de la terminal rutera, como la de la carretera de Arlit (la ciudad del uranio, última localidad en la ruta hacia la población argelina de Tamenghest) y hasta en pleno centro, donde el mercado está especializado casi exclusivamente en productos para los candidatos a partir. Junto a las “agencias de viajes”, los camiones de transporte y los comercios que venden provisiones para la ruta se agita una multitud de migrantes que aprovechando su propia experiencia se reciclaron en la prestación de servicios a sus compatriotas y atienden modestos comedores, dormitorios, comercios de objetos de viaje (bidones para el agua, linternas, mantas…) y algunos “salones” de peluquería.

Para las autoridades de Níger, esa actividad “informal” no tiene nada de anormal. Tanto el prefecto como los responsables de la policía y de la gendarmería, dan la misma respuesta: “Todo es perfectamente legal. Se trata de ciudadanos africanos que tienen todo el derecho de pasar en tránsito por Níger. Lo demás es responsabilidad de ellos”. ¡Es decir, que no se trata de emigración clandestina! Una vez en el sur de Libia los migrantes pueden obtener, en el mejor de los casos, una “tarjeta sanitaria”, documento obligatorio para poder trabajar. Para ello deben entregar una “propina” a los funcionarios locales, a través de compatriotas que sirven de intermediarios y que viven de esa actividad. Algunos solicitan una tarjeta consular, cuya única utilidad es dotarlos de un documento que consigna su identidad en lengua árabe. Hamidou, de 29 años, llegado hace cuatro a Libia desde Níger con una visa, es todo un privilegiado. Sin embargo, al igual que miles de sus compatriotas y de muchos otros africanos emigrados con o sin visa, él tampoco tiene una tarjeta de residente. Sin la protección de su patrón, puede ser expulsado, como cualquier otro migrante africano.

Informalidad deliberada

El lado precario de esta migración es cultivado deliberadamente para garantizar su reversibilidad. Libia siempre alternó apertura y cierre, demanda y represión. Según los avatares de esa política, los controles policiales sirven para mantener a los migrantes en el sur o para expulsarlos masivamente, como ocurre en la actualidad.

Kofi, bien instalado en la oficina del hotel Sahara, en Agadez, trabajó tres años en Libia: “Los peores años de mi vida. El racismo es moneda corriente. Allá, un negro no tiene nombre: todo el mundo lo llama esclavo, hasta los niños”. Vivió las redadas, la detención en campamentos y también la corrupción para poder escapar a la represión. Al cabo de tres años en los que alternó el trabajo como empleado agrícola con el comercio informal de ropa para sus compatriotas, logró reunir el dinero necesario para intentar la aventura europea. La mayor parte de los nigerianos pocas veces logra ese objetivo. Kofi pasó de manera fraudulenta a Túnez, desde donde, por 1.500 dólares, embarcó como clandestino hacia Italia junto a otras 70 personas. Su estadía en Europa duraría apenas unos meses, hasta que lo detienen en Bruselas y lo expulsan a Lagos. “El 20% de los nigerianos termina pasando a Europa, sobre todo los del sur, que poseen contactos y no tienen nada que perder”, afirma Kofi. Las expulsiones y la dura represión libia, al igual que su corolario de dramas, no sirven de nada contra las corrientes migratorias que siguen creciendo bajo una presión originada cada vez más al sur. “En África no se puede lograr nada. Todo está podrido y todo termina derrumbándose”, sostiene Kofi.

A mediados de marzo un nuevo tembladeral se agrega al habitual frenesí de Agadez. Todo el mundo siguió de cerca la cumbre africana de Syrte (1y 2-3-01), sobre todo el discurso del coronel Kadafi. Rápidamente corrió la noticia de que se había proclamado la Unión Africana5. A ese anuncio se suman inmediatamente los rumores más optimistas (“Kadafi lanzó un llamado para que regresen los africanos expulsados”), amplificados por los reclutadores de clientes, a menudo ex migrantes que contra el pago de una comisión dirigen a los que van llegando hacia las agencias. Efectivamente, una a dos semanas después de la reunión de Syrte, los movimientos de migrantes, que nunca cesaron, aumentaron sustancialmente, gracias en parte a los migrantes que habían sido expulsados de Libia o que escaparon de la violencia. Así es que los negocios recuperan su ritmo. Ibrahim, propietario de una agencia de viajes, no consigue camiones, alquilados a veces al doble de su precio –unos 2.000 dólares– por traficantes de cigarrillos cuya prosperidad, dicho sea de paso, se explicaría por la implicación en el negocio de miembros del entorno del coronel Kadafi. Finalmente, Ibrahim logra conseguirme un lugar en un “camión clandestino” –es decir, un vehículo que no pertenece a una agencia autorizada– fletado por un comerciante tubu, una etnia que goza de las mayores facilidades de circulación en Libia y muchos de cuyos miembros tomaron la nacionalidad libia. Los migrantes son cargados luego de la mercadería, como un “extra” que permite rentabilizar un poco más el viaje. Por lo tanto, seremos “apenas” ochenta pasajeros, pues el comerciante está apurado y no quiere correr ningún riesgo sobrecargando el camión.

El embarque siempre genera ásperas discusiones y dura varias horas. Por un lado prevalece la angustia de no poder subir a bordo, pero también la del lugar que se conseguirá en esos “camiones galpones” sobrecargados de mercaderías y de personas. A pesar de ser “clandestino”, nuestro embarque se efectúa en presencia de la policía. No tanto para mantener el orden como para cobrar el diezmo. La agencia registra a los pasajeros y paga una tasa por cada uno de ellos, pero al mismo tiempo la policía aumenta el número de puestos camineros, donde, con la excusa de efectuar controles, los extranjeros son extorsionados. La suma va de 13 a 25 dólares. Sólo para salir de los límites de Agadez pasaremos cuatro “controles”. Harto porque hay un control más que en su último viaje, el chofer toma por una pequeña ruta poco transitada. Rápidamente, los policías nos alcanzan. Furiosos, hacen bajar en primer lugar a los nigerianos, a la vez que abren su equipaje gritando “droga”. Exhibiendo unos billetes para mostrar que hay que pagar, un policía pasa entre los pasajeros, que van siendo liberados a medida que van metiendo la mano en sus bolsillos. Intercedo por un nigeriano que los policías no quieren dejar subir de nuevo al camión por que sólo tiene 70 centavos de dólar. “Hacemos esto por humanidad. Sabemos que todos tienen documentos falsos, pero no es nuestra intención retenerlos. Así que si pagan, pasan”, me dice un policía.

La actitud de la población es totalmente diferente. Nuestro camión parte de Agadez, como es costumbre, al atardecer. Las muchas personas que llenan las calles a esa hora nos saludan. La ciudad mira a los migrantes con mucha simpatía: son quienes le permitieron recuperar el papel de centro carretero que tenía en el siglo XVI. Por entonces era una ciudad prestigiosa de 50.000 habitantes y ocupaba un lugar clave en el comercio a través del Sahara, por estar situada en el cruce de las principales rutas de las caravanas que unían el Mediterráneo con el país haoussa6 y Malí con Egipto. Ironía de la historia: en esa época se traficaba fundamentalmente oro y esclavos. En proporción, se expedían entonces tantos esclavos hacia Libia y Argelia como migrantes africanos circulan hoy hacia esos países7. Ese pasado de ciudad escala de caravanas donde se yuxtaponían diferentes comunidades quizás explique ese excepcional sentimiento de simpatía intercomunitaria. Prácticamente no se ve ni una sola muestra de intolerancia. Sin embargo, muchos migrantes deben quedarse un tiempo en Agadez por falta de dinero y recurrir a pequeños trabajos informales para tratar de reconstituir sus fondos. Para financiar la siguiente etapa de su viaje muchas mujeres se entregan a la prostitución ocasional. Los numerosísimos prostíbulos de esta ciudad de paso alojan tantas pupilas extranjeras como nativas.

Librados a la suerte

Entre las aclamaciones de la muchedumbre nuestro camión sale de Agadez bamboleándose suavemente bajo el peso de los pasajeros encaramados en equilibrio precario sobre las mercaderías. La carrocería del camión está cubierta de gran cantidad de bidones plásticos forrados en yute, que constituyen la reserva de agua de los pasajeros, muy superior a la necesaria para los cuatro días de ruta necesarios para llegar a Dirkou, lo que evoca la dificultad del viaje. Pero eso no parece preocupar a nadie. Aquí, la palabra clave es “suerte”. La gente se encomienda a ella, tanto por lo que pueda ocurrir durante el itinerario, como por lo que les espera a la llegada.

Muchos, sin embargo, ya tienen cierta experiencia. Como Seydou, tocado por la buena fortuna, cuya historia está en boca de todos. En 1996, cuando regresaba de Libia junto a otros 16 migrantes, el vehículo se descompuso faltando apenas 300 kilómetros para Agadez. Seydou y otro tuareg decidieron seguir a pie, pues conocían muchas historias funestas de gente que prefirió quedarse esperando. Durante dos días recorrieron cerca de 90 kilómetros, al cabo de los cuales una patrulla militar los encontró cerca del pozo conocido como el Árbol del Teneré, uno de los pocos lugares donde hay agua en ese inmenso desierto. Los otros murieron de sed. “Ver la muerte de cerca me sirvió para comprender que Libia había hecho de mí un muerto en vida. En Libia no era nadie, un esclavo, como ellos dicen”. Seydou no quiere ni oír hablar de ese país. Esta vez su viaje termina en Dirkou, donde, aprovechando el excepcional desarrollo del tráfico, abrió un negocio de repuestos.

A pesar de haber pasado también muy cerca de la muerte, Khodjo, nativo de Ghana, y Rabie, originario de Níger, van nuevamente hacia Libia. No al desierto, sino a los alrededores de Trípoli, cerca de Ezzauia, donde reside una importante comunidad subsahariana. Ambos ya padecieron los abusos cotidianos. “El racismo no se ve sólo en los problemas con los patrones o con la policía”. En septiembre y octubre de 2000, en un arrebato de xenofobia, los libios masacraron entre 100 y 500 subsaharianos8. Todos los relatos coinciden en el horror y la violencia de los ataques, que tomaron aspecto de pogroms con crueldades y linchamientos de todo tipo. Pero los testimonios sobre la vida cotidiana resultan igualmente instructivos. La intolerancia y la xenofobia se concentran particularmente contra las mujeres, doblemente portadoras de una alteridad que molesta a la austeridad libia. “Para ellos, una mujer subsahariana es necesariamente una prostituta”.

La “caza de prostitutas”, de “portadoras de sida” es tan asidua que se transforma en hostigamiento. Linda no pudo soportar las vejaciones diarias. Se volvió a Dirkou, donde trabaja con una compatriota que tiene un modesto comedor. “¡Es un país de dementes, casi me vuelvo loca! ¡Salí corriendo!” nos lanza una bachiller camerunesa, pasajera de un camión que cruza al nuestro y que trae migrantes de Libia que regresan a Agadez. Las mujeres, que representan entre el 15% y el 20% de estas corrientes migratorias, son todavía más “clandestinas” que los hombres. En general son solteras, pero falsifican sus documentos para hacerse pasar por casadas, única manera de protegerse de la acusación de “prostitución”.

Los testimonios más estremecedores señalan la existencia de múltiples campamentos de retención en el sur de Libia. Nosotros pudimos obtener varios sobre personas internadas allí, una de ellas en 1996, mucho antes de las matanzas de septiembre de 2000. Más recientemente, tres nigerianos llegados el 27 de marzo a Dirkou afirmaron haberse evadido del campamento militar llamado “Kara”, situado a 80 kilómetros al sur de Gatron, donde estaban prisioneros desde hacía cuatro meses, junto a miles de subsaharianos detenidos en ocasión de redadas. Los nombres de varios campamentos y de ciertos oficiales se reiteran en boca de los testigos. La cantidad de esos relatos, generalmente colectivos, su coherencia y sus concordancias tienden a corroborar la existencia de esos campamentos. En todo caso, son muchas las afirmaciones sobre malos tratos, situaciones carcelarias dignas de otros siglos, personas que mueren por las malas condiciones de detención, “olvidados” y hasta ejecutados por intento de fuga o de rebelión.

La paradoja de Libia es que aspira a un liderazgo africano, pero todos los migrantes del Africa subsahariana la consideran un país “racista”, y hasta “esclavista”. Sin embargo, como Rabie y Khodjo, muchos otros tratan de volver a Libia a pesar de los horrores vividos. “Cuando uno atravesó la ruta la primera vez, ya no tiene más miedo”. Por otra parte, ¿qué hacer cuando todas las otras salidas están bloqueadas? Boubakar, otro pasajero, lo confirma doblemente. En primer lugar, tiene un diploma de bachiller. Los migrantes con un buen nivel de instrucción son cada vez más numerosos (el 20% de las personas que entrevistamos). Pero además, Boubakar nunca tuvo intención de emigrar a Libia. Ese destino apareció en su vida al ser rechazado en el aeropuerto de París. Pero no dudó un instante: volvería a intentarlo por otra vía. Necesitó sin embargo poco más de un mes para reunir nuevamente una suma de dinero (esta vez más modesta) y ponerse otra vez en camino.

Ahora, muy lejos de París, el equipamiento no es para nada el mismo: Boubakar está encaramado en nuestro camión, donde se apretujan decenas de pasajeros. Aún no pudo digerir el rechazo sufrido. Tenía todo en regla, incluida la visa correspondiente. Había llegado a París en un vuelo de Air Algérie proveniente de Niamey vía Bamako. En el mismo avión viajaban –además de los pasajeros europeos y algunos comerciantes africanos en tránsito hacia Dubai– doce migrantes de Malí y tres de Níger. Todos ellos fueron rechazados, excepto uno de estos últimos, al que vino a buscar el cónsul de su país. Motivo de la expulsión: Boubakar no tenía una reserva de hotel. Sólo en Libia puede esperar reconstituir sus fondos, pero el objetivo final no cambió: Europa. Esta vez clandestinamente, en barco. Abdullah, un senegalés expulsado de Argelia, tiene idéntico objetivo. Había logrado llegar clandestinamente hasta Ghardaia, al norte del Sahara. Luego de mantenerse escondido junto a otros compatriotas a la espera de llegar a Maghnia y al Rif marroquí, fue capturado durante una redada y trasladado de prisión en prisión, hasta llegar a la de Tamenghest, desde donde fue expulsado a Assamaka, el puesto fronterizo de Níger. Pero es posible que ese itinerario que Abdullah no pudo completar se esté convirtiendo en una ruta muy apreciada. Prácticamente al mismo tiempo, la prensa argelina revela que las redes pakistaníes que introducían migrantes clandestinos en Europa a través de los países del Este, comienzan a utilizar el territorio argelino, vía Agadez, para escapar al control de su itinerario anterior, muy conocido y vigilado9.

Cinco días para llegar a Dirkou, marcados por las quemaduras de sol, y, más insoportable aún, el frío penetrante de la noche, que sólo la promiscuidad ayuda a atenuar. En Dirkou, a lo largo de calles que se cruzan perpendicularmente y cuyas fachadas están todas consagradas al comercio, circula una fuerte proporción de hombres jóvenes. Como esos pueblos mineros de la época de los pioneros, surgidos como hongos en el desierto, la ciudad se fue extendiendo acorde al desarrollo del filón migratorio, sobre todo en los últimos cinco años. Pero la euforia que destilan los reclutadores de clientes de las “agencias de viajes” de Agadez, se ve aquí rápidamente desmentida. Los migrantes se van acumulando. A los que esperan pasar se suman los interceptados o los expulsados. A partir de aquí, los migrantes son en general conducidos por transportistas libios, que duplicaron sus tarifas. El número de pasajeros por camión no baja nunca de 160 y cada vez deben dar más rodeos para escapar a los controles.

Los lugares más cotizados son los asientos de alguna de las Toyota de los ex militares chadianos de las legiones islámicas10 que adquirieron la nacionalidad libia. Su conocimiento del terreno y las complicidades de que gozan entre los militares libios los convierten en transportistas de primera. Pero ni siquiera ellos aparecen ahora. Los controles libios están funcionando al máximo. Hasta los camiones de cigarrillos, generalmente poco molestados por los controles, quedan bloqueados. Todo Dirkou, gendarmes, comerciantes y transportistas, comentan la noticia de un robo de armas en un campamento militar libio. Un gendarme me confía que, según uno de los baqueanos de ese cuerpo, un ex-rebelde Tubu integrado a las estructuras mixtas encargadas de la seguridad en las antiguas zonas de rebelión tuareg y tubu al norte de Níger, las Toyota de los ladrones partieron rumbo al Chad. Se trataría de la oposición chadiana armada. En todo caso, del lado libio hay alerta máxima, más aun teniendo en cuenta que en Chad hay elecciones11. Pero para los migrantes ésas son querellas de otro planeta: “Nosotros tenemos que pasar, así estalle la tercera guerra mundial”.

  1. Le Monde, París, 20 y 21-5-01
  2. Maurice Lemoine, “Pourquoi les ‘Pateras’ du désespoir? Les naufragés de la migration vers le Nord”, Le Monde diplomatique, París, diciembre de 1992.
  3. Durante el primer trimestre de 2001 la policía contabilizó 2.600 tránsitos, 80% de ellos hacia Libia. Los nigerianos representan alrededor del 50% de los inmigrantes, los ghaneanos el 30% y los nativos de Níger el 15%. Se calcula en 50.000 el número de migrantes que trata de cruzar el desierto del Teneré para llegar a Libia. La cantidad se triplicó desde 1999.
  4. Philippe Leymarie, “L’Afrique de l’Ouest dans la zone des tempêtes”, Le Monde diplomatique, París, marzo de 2001.
  5. Bruno Callies de Salies, “Espectacular regreso de la Libia de Kadafi”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, noviembre de 2000.
  6. Su territorio comprende una parte del centro y sur de Níger, y del norte de Nigeria.
  7. Aboubacar Adamou, “Agadez et sa région. Contribution à l’étude du Sahel et du Sahara nigériens”, Etudes Nigériennes, n°44, Niamey, 1979; Emmanuel Grégoire, Touaregs du Niger, le destin d’un mythe, Khartala, París, 1999.
  8. Agence France Presse, Lagos, 9-10-00 y París 13-10-00; Jeune Afrique, París, 10 y 26-10-00.
  9. El Watan, Argel, 31-3-01.
  10. Durante su ocupación en Chad, el ejército libio reclutó civiles chadianos, en su mayoría por la fuerza, para sus estructuras militares.
  11. Pierre Conesa, “Le Tchad des crises à répétition”, Le Monde diplomatique, París, mayo de 2001.
Autor/es Alí Bensaad
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 27 - Septiembre 2001
Páginas:28,29
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo
Países Argelia, Libia, Nigeria