Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Lecciones desde Venezuela

El frustrado golpe de Estado del pasado mes de abril contra el presidente venezolano Hugo Chávez es una mina de enseñanzas, dos en particular. La primera, sobre las convicciones democráticas respecto al resto del mundo de Estados Unidos, los organismos de crédito internacionales de su obediencia (con el Fondo Monetario Internacional a la cabeza), algunos gobiernos de la Unión Europea –España en primer lugar– y líderes mundiales o provinciales de la socialdemocracia. La participación del gobierno, ciertos sectores del Congreso y la CIA estadounidenses en el golpe ha sido suficientemente denunciada por la prensa internacional, como para detenerse aquí a demostrarla1. La inmediata declaración del FMI en el sentido de “ayudar” al efímero gobierno golpista tampoco debe sorprender, así como el regocijo del gobierno de José María Aznar, cuyo embajador fue el único que acompañó al de Estados Unidos a saludar a Pedro Carmona apenas éste decretó la disolución de la Asamblea y la Corte Suprema, la destitución de todas las autoridades legítimamente elegidas… y la suspensión de las ventas de petróleo a Cuba. Algo más sorpresivo, al menos para quienes hacen de la fe una herramienta de análisis político, fue la justificación del golpe de parte de socialdemócratas como Felipe González y, por estos parajes, de políticos que se sirven de su pretendida adhesión a la democracia como plataforma de lanzamiento, tal el caso del dirigente radical y ex alto funcionario Rodolfo Terragno2.

No más lejos que hace un mes, en esta columna se señalaba el abandono, por parte de los miembros del Consenso de Washington, de la exigencia de democracia (uno de los dos “pilares” del desarrollo; el otro sería el “mercado libre”) para los países emergentes y los devaneos de la socialdemocracia con el ultraliberalismo económico, que la conducen a perder sus bases de sustentación y abrir el camino de la derecha más ultramontana3. El intento de golpe en Venezuela y el resultado de las elecciones en Francia (ver páginas 4 a 7) y (ver páginas 12 y 13), confirmaron rápidamente ese análisis.

La segunda lección de importancia es la reiteración de las dificultades y la ferocidad de los enemigos que enfrenta en América Latina todo gobierno democrático que intente llevar a cabo reformas progresistas y recuperar la soberanía nacional. Más allá de las opiniones que cada cual sustente sobre el estilo del presidente Chávez, es incuestionable que el suyo es un gobierno legítimo, refrendado por varias elecciones limpias en las que obtuvo una mayoría absoluta; que en Venezuela se respeta la libertad de prensa (de otro modo no se explica que tenga a la abrumadora mayoría de los medios en contra) y que sigue gozando del apoyo de un sector importante de la población.

¿Qué se propone Chávez desde esta base de legitimidad? Mantener en poder del Estado –es decir, de la sociedad– su principal recurso económico, el petróleo, y actuar en el seno de la OPEP para que éste mantenga precios internacionales razonables: no otro es el sentido de sus visitas a Libia y a Irak, entre otros varios países, demonizadas por sus detractores. También se propone una reforma fiscal que no va más lejos que cobrar impuestos a la manera de los países desarrollados; una reforma agraria que distribuya tierras fiscales entre los campesinos y grave pesadamente los millones de hectáreas improductivas en enormes latifundios, en un país-vergel que se ve obligado a importar el 70% de los alimentos que consume4. Y también una redistribución de ingresos que saque de la pobreza al 80% de la población de un país que percibe desde hace medio siglo miles de millones de dólares anuales por la venta de su petróleo, una riqueza no renovable… Todo esto en el contexto de un sistema político que implosionó hace menos de un lustro a causa de la corrupción desenfrenada de los dos grandes partidos (Acción Democrática y COPEI, socialdemócrata y democristiano), que se alternaron alegremente en el poder durante décadas.

¿Qué le ocurre a Chávez, además de los intentos de desestabilización provenientes del exterior y de la descarada campaña de mentiras u omisiones a que lo somete la “gran prensa” local e internacional?5. Le ocurre que es un militar sin experiencia de gobierno (nada grave: es el caso de la mayoría de los abogados, economistas, etc.), que apenas anunció su plan de reformas tuvo que enfrentar, desde una administración plagada de funcionarios ineptos y/o corruptos heredados del clientelismo político, la feroz oposición del empresariado y una dirigencia sindical corrompida hasta la médula. Rápidamente, sus únicas bases de sustentación quedaron reducidas a las fuerzas armadas (hasta cierto punto, como se vio) y a una mayoría de la población más urgida por sus necesidades inmediatas de toda la vida que preparada para ocupar y defender espacios de poder. De allí la “pérdida de confianza”, mucho menor que la que le adjudicaba la oposición, como demostró el fallido golpe, pero en cualquier caso nada anormal a mitad de un mandato (si fuese por este factor, habría que intentar el derrocamiento de la mayoría de los gobiernos del mundo). Pero sobre todo, de allí las dificultades y la lentitud, marcada por la impericia, para implementar sus planes. En medio de una crisis grave, con una oposición decidida a todo y con los resortes esenciales del poder en sus manos, hacer reformas, impartir justicia y recuperar la soberanía de un país es dura tarea.

Toda asociación pasada, presente o futura con otros países latinoamericanos, en particular con Argentina, no es arbitraria ni ociosa. La crisis que hundió en el descrédito y el repudio a los dos grandes partidos venezolanos explotó hace unos años en Perú, hace unos meses en Ecuador, está latente en la mayoría de los países y campea ahora en Argentina. Hay matices importantes, por supuesto; historias y experiencias diferentes. Pero el trasfondo común es el aumento exponencial de la miseria, la destrucción de los sectores medios, el desamparo educativo y sanitario, la corrupción y mafistización de las dirigencias políticas, la pérdida de poder del Estado, de los recursos y la soberanía nacional…

Este desplome político, económico e institucional masivo y generalizado es el signo de los tiempos y el resultado de la aplicación planetaria del capitalismo más salvaje e irracional (ver pág, 13, artículo de Ignacio Ramonet). Vivimos un tiempo de disolución que abre paso a la necesidad –en el sentido filosófico y político del término– de una alternativa al caos. Así, la crisis es también una oportunidad, pero las fuerzas y sectores nacionales, democráticos y progresistas del continente deberán sacar rápidas y eficaces conclusiones de las dificultades con que se toparon los distintos gobiernos que las encarnaron a lo largo de su historia, de las que el de Hugo Chávez es el último ejemplo. Recordar, puesto que esos tiempos han retornado, al Chile de Salvador Allende. El único país que resiste desde hace casi medio siglo ese tipo de presiones y dificultades es Cuba, pero al precio de algunas libertades esenciales. Es por esa altivez que ciertos gobernantes latinoamericanos se prestan a condenarla enmascarándose en la democracia, como si las libertades se redujesen a votar cada tanto y la igualdad y la soberanía no figurasen en el vademecum democrático.

En el actual estado de crisis extrema de los países latinoamericanos y ante el poder y falta de escrúpulos de los enemigos de su autonomía, resulta evidente que para implementar reformas progresistas en democracia es necesario un programa de desarrollo autónomo, apoyado por un gobierno de unidad nacional; una “masa crítica” política basada en ese programa, con exclusión de corruptos, ineptos y oportunistas.

Libertad, igualdad, soberanía. El desafío de lograrlo todo sigue pendiente.

  1. Paul Krugman, "Losing Latin América"; Arturo Valenzuela, "Wrong about Venezuela"; en The New York Times, 16 y 18-4-02 respectivamente; Ignacio Ramonet, "La conspiración contra Chávez", El País, Madrid, 17-4-02; Patrick Jarreau "Washington et la ´démocratie à la carte´", Le Monde, 19-4-02 y Christopher Marquis, "Bush officials met with venezuelans who ousted leader"; "US cautioned leader of plot against Chávez" y "US bankrolling is under scrutiny for ties to Chávez ouster", The New York Times, 16, 17 y 25-4-02 respectivamente, entre muchísimos otros en todo el planeta. El último de los artículos mencionados de Marquis (reproducido por Clarín, Buenos Aires, 26-4-02), detalla en particular los mecanismos utilizados por Estados Unidos, a través de algunos organismos del Congreso, para financiar el golpe.
  2. Rodolfo Terragno, "El sitiador sitiado", Página/12, Buenos Aires, 12-4-02. En veinte líneas de infamia política, Terragno justifica a los golpistas, omite que se trató de un golpe de Estado, alude al ex presidente Carlos Andrés Pérez, "olvidando" que fue condenado por la Corte Suprema de Justicia de Venezuela por malversación de fondos en mayo de 1993 y destituido de sus funciones por el Senado. Del mismo modo que los medios de comunicación que se alegraron por el golpe y utilizaron eufemismos para no mencionarlo, Terragno hizo numerosas piruetas para "explicarse" en los días siguientes, pero su pensamiento está en ese artículo.
  3. Carlos Gabetta, “Fumándose un puro”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, abril de 2002.
  4. Luis Bilbao, Chávez y la Revolución Bolivariana. Conversaciones con Luis Bilbao, ediciones Le Monde diplomatique, febrero de 2002.
  5. Para citar un solo ejemplo: el famoso “acuerdo preferencial” petrolero con Cuba (52 mil barriles diarios), también alcanza a otros países caribeños o centroamericanos, como Barbados, Trinidad y Tobago, El Salvador, Nicaragua y Panamá, pero esto es cuidadosamente omitido. Vicky Peláez, “La movilización popular impuso a Hugo Chávez”, El diario La Prensa, Nueva York, 16-4-02.
Autor/es Carlos Gabetta
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 35 - Mayo 2002
Páginas:3
Temas Militares, Desarrollo, Neoliberalismo, Estado (Política), Políticas Locales
Países Venezuela