Le Monde diplomatique ÍndicesBúsquedaEste cdAyuda  
Home

Palestina: la anulación del territorio

Del 24 al 29 de marzo de 2002, una delegación del Parlamento Internacional de Escritores compuesta por Russell Banks (Estados Unidos), Bei Dao (China), Breyten Breytenbach (Sudáfrica), Vincenzo Consolo (Italia), Juan Goytisolo (España), José Saramago (Portugal), Wole Soyinka (Nigeria) y el autor de este artículo viajó a los territorios palestinos ocupados y a Israel, con el propósito de reunirse con escritores y artistas, así como con representantes de los movimientos civiles que luchan por la paz y el diálogo, para dar testimonio de los acontecimientos que están teniendo lugar en esta región.

Durante la guerra de la ex Yugoslavia, el arquitecto Bogdan Bogdanovitch forjó el término “urbicidio” para designar la destrucción de las ciudades de los Balcanes. En Palestina, lo que sorprende de entrada es la violencia que se ha cebado en la tierra, en el territorio. Hasta donde alcanza la vista sólo se ven tajos de construcción a cielo abierto, colinas despanzurradas, deforestaciones. Paisajes en jirones, que se han vuelto incomprensibles a causa de una violencia que parece concertada. No se trata sólo de la violencia de las bombas y de la guerra, de las destrucciones provocadas por las incursiones de los tanques, sino de una violencia activa, laboriosa, catastral.

La fealdad del hormigón y el asfalto se extiende sobre los más bellos paisajes de la historia humana. Las colinas están destripadas por las “carreteras de rodeo” construidas para proteger los accesos a las colonias israelíes; cerca de ellas, se han destruido las viviendas, arrancado los olivos, arrasado los campos de naranjos para mejorar… la visibilidad. En su lugar se extienden unos eriales con torres de observación. En la guerra que se está desarrollando, las excavadoras que vemos en todas partes junto a las carreteras constituyen un elemento tan estratégico como los tanques. Nunca hubiera creído que una máquina tan inofensiva encerrara tanta violencia muda. La brutalidad de las excavadoras.

No puede hablarse de una urbanización salvaje; lo que vemos aquí no tiene nada que ver, por ejemplo, con los destrozos que ha causado el hormigón en las costas mediterráneas. No se trata de un capitalismo desquiciado, sino de un Gosplan (comité de planificación estatal), que deja sentir la mano voluntarista del Estado y que hace tabla rasa del pasado. Por otra parte, ambas operaciones son contemporáneas. Ya en los años cincuenta, para borrar las huellas de los pueblos palestinos destruidos, se plantaron bosques de abetos antes que olivos o naranjos, pero la mano del hombre todavía pretendía ser civilizadora, porque plantaba y cultivaba. Actualmente, imbuida de un ardor destructivo, esta mano se vuelve contra el paisaje: saquea, arranca de cuajo; desplaza, despuebla. El paisaje es un espacio de signos y referencias. Una página que puede leerse, en la que es posible reconocer una historia.

Lo primero que sorprende y hiere la vista cuando se llega a Palestina es el total emborronamiento del paisaje; la pérdida de referencias; la desorientación. Lo que se está llevando a cabo no es la creación concertada de un Estado (palestino), bien binacional o bien incluso de dos Estados (el israelí y el palestino), sino la disgregación, la disolución del paisaje, la abolición del territorio. No es la primera vez que se desbautiza un lugar, que se sustituye el nombre de una calle o de una ciudad por otro. Que se deshace y se rehace la toponimia de un lugar. En Bosnia, a esto lo llamaban “memoricidio”. Pero aquí no se contentan con cambiar los nombres, sino que destruyen el lugar: colinas, bosques, carreteras… El propio territorio es objeto de una desfiguración. Se dice que la geografía sirve, en primer lugar, para hacer la guerra. En Palestina, la guerra sirve sobre todo para deshacer la geografía.

Imágenes de destrucción

Que este territorio es una trama en la que se cruzan los hilos de una historia milenaria es algo que no se oye suficientemente en los discursos oficiales y en las resoluciones de la ONU. Su subsuelo está compuesto de sedimentos procedentes de varias culturas, de varias humanidades sucesivas. Su propio paisaje, sus carreteras, sus campos y sus olivos pertenecen al patrimonio de la humanidad. Y este patrimonio está en peligro. La UNESCO se alarmó, y con razón, ante la destrucción de los budas de Bamyán en Afganistán. ¿Va a permitir que conviertan Palestina en unas ruinas, que hagan de Jerusalén un nuevo Beirut, que desaparezcan, sin que nadie se conmueva, sus parajes naturales y arqueológicos?

Durante una semana, de Ramallah a Gaza y Rafah, sólo nos hemos cruzado en nuestra ruta con imágenes de destrucciones: pueblos, carreteras, casas en ruinas. Se queman las cosechas, se bombardean los servicios públicos. Los disparos de misil de los helicópteros o de los F16 destruyen unos equipamientos colectivos recién construidos.

La Comisión Europea ha elaborado una lista, limitada únicamente a las infraestructuras financiadas por la Unión y los Estados miembros. Es una lista impresionante, que habla por sí sola; en ella aparecen mezclados el puerto y el aeropuerto internacional de Gaza, la radio La Voz de Palestina en Ramallah, el Hotel Intercontinental de Belén, un laboratorio médico-legal e infraestructuras municipales: escuelas, residencias, carreteras, desagües de las viviendas, plantas de residuos; así como también la secretaría del proyecto de cooperación pacífica en Jenín, la repoblación en Beit Lahia, la oficina central de estadísticas en Ramallah, los sistemas de irrigación en Jericó… Un total de diecisiete infraestructuras que han costado 17,29 millones de euros. ¿A quién quieren hacer creer que todos esos equipamientos eran escondrijos de terroristas?

En Rafah, visitamos un pueblo arrasado lindante con la frontera egipcia; anduvimos por encima de las paredes de las casas en ruinas. A nuestros pies, cuadernos escolares, utensilios de cocina, un cepillo de dientes. La vida hecha añicos. Una mujer nos contaba que a los habitantes del lugar les dieron cinco minutos para abandonar el pueblo. En plena noche. Las excavadoras pasaron varias veces para “rematar el trabajo”. Esta fórmula se está convirtiendo en la divisa del ejército israelí. Desde lo alto de las torres de observación, unas ametralladoras con infrarrojos vigilan un terreno baldío. No hay un solo soldado. Por la noche, disparan automáticamente en cuanto se enciende una luz. Las primeras hileras de viviendas están acribilladas por las balas. Los vecinos viven bajo la amenaza permanente de las armas automáticas. Así es como han creado zonas de contención.

Control de entradas y salidas

La máquina de desfigurar está activada permanentemente, paciente y olvidadiza como una abeja. ¿Qué es lo que hace? Fabrica fronteras. “Fronteriza” a todo tren. Aquí, hay fronteras en todas partes. Cruzan cada rincón de la carretera, cada colina, cada pueblo y, a veces, cada vivienda… Los bastiones sustituyen a los bosquecillos. Las murallas se fortifican. Cada muro es hostil. En cada vivienda puede esconderse un tirador emboscado. En cada curva puede aparecer un puesto de control. Hemos llegado a encontrar a dos de ellos en doscientos metros. Únicamente en Cisjordania hay más de 700. Algunas calles están tapiadas, y para acceder a la Universidad de Bir Zeit hay que hacer un doble trayecto en autobús o en taxi, que además tiene un tramo que hay que recorrer obligatoriamente a pie. El ejército israelí ha transformado los territorios en un sistema de celdillas selladas, de las que controla las entradas y salidas. Hay 220, auténticas ratoneras, por no hablar de reservas o de guetos, por las que circulan permanentemente los tanques Mercaba y que sobrevuelan los helicópteros Apache proporcionados por el ejército estadounidense…

Son fronteras de un nuevo tipo. Unas fronteras móviles, porosas, indefinidas. Unas fronteras que se mueven. Una noche, en Ramallah, Mahmud Darwich nos hizo subir a una pequeña colina desde la que se veía Jerusalén. A algunos kilómetros a vuelo de pájaro, la ciudad brillaba con miles de luces. Entre ellas y nosotros, unas zonas de sombra y algunos puntos de luz dispersos y temblorosos, que eran viviendas palestinas; más lejos, a la derecha, de nuevo una zona con una luz intensa, de donde salía una carretera iluminada y vacía que llevaba a una colonia israelí. En esta reverberación de la luz en la noche, reconocí la frontera, centelleante.

La ocupación es algo tan simple como esto: el derecho de decidir lo que está iluminado y lo que está sumido en la oscuridad. Lo que es visible y lo que no lo es. Lo que es accesible y lo que tiene el acceso prohibido. Las fronteras rigen incluso la distribución entre la luz y la sombra. Son unas fronteras sobrenaturales.

Tadeusz Konwicki, el escritor polaco, dijo un día refiriéndose a su país: “Mi patria está sobre ruedas; sus fronteras se desplazan según los tratados”. En Palestina, todavía es peor. Las fronteras se mueven como una nube de langostas. Se desplazan de un salto en función de los atentados suicidas, súbitamente, como una inclemencia del tiempo. Pueden llegar hasta tu casa como el correo, en una noche, a la velocidad de los tanques… o deslizarse lentamente como una sombra. Las fronteras se encaraman, rodean los pueblos, los lugares de abastecimiento de agua. Son móviles, como esas murallas con ganzúas que vimos en Rafah, que pueden transportarse a conveniencia, según avance la colonización, como tabiques comunes de un hábitat evolutivo.

Las fronteras son furtivas; al igual que los bombarderos, aplastan y desintegran el espacio, lo transforman en espacio-frontera, en migajas de territorio. El espacio-frontera no organiza los flujos de circulación, los paraliza. Ya no protege a las personas, sino que transforma cualquier punto del espacio en una zona minada, a cualquier individuo en un blanco vivo o en una bomba humana. Aquí las fronteras ya no son una línea pacífica que distingue los espacios de soberanía y atribuye a cada uno su lugar; que confiere al espacio unas formas, unos contornos, unos colores. Aquí rechazan, desplazan, desorganizan… Tanto en Israel como en los territorios ocupados, el espacio se ha vuelto hostil, se ha convertido en un espacio sin contenido ni contornos, que hace que la inseguridad se generalice. Como bien escribió René Char, “Suprimir el alejamiento, mata”.

Ventanas convertidas en troneras, fachadas que sirven de muralla, alineamiento de edificios, ciudades-cuartel: lo que puede verse de las colonias israelíes sugiere una arquitectura cerrada sobre sí misma, un autoencierro debido por supuesto a las limitaciones que impone la seguridad, pero que evidencia una obsesión por el espacio, un espacio temido, rechazado, el espacio del miedo. “La verdad de una época -decía Hermann Broch a propósito de la Viena decimonónica- puede leerse en general en su fachada arquitectónica.”

Urbanismo de guerra

Si esto es cierto, la de las colonias israelíes es como una consigna. Expresa una relación de terror con el entorno. El miedo a lo externo. Todo lo contrario a la hospitalidad del lugar. Una especie de exofobia inversa al proceso de ocupación. Cuanto más avanzan en territorio enemigo, más se encierran en sí mismos. Esta fórmula es válida para el conjunto de la sociedad israelí. No se trata del exocolonialismo, para citar la distinción que hacía Paul Virilio, que expresa la arquitectura abierta hacia el exterior de los españoles en América Latina, sino de un endocolonialismo, una colonización que no se limita a la apropiación de un espacio hostil, sino que implica la desposesión de uno mismo. Su tipo ideal es el búnker.

Este aspecto está muy silenciado en el debate político-mediático: la colonización israelí de los territorios ocupados no sólo es injusta, ilegal, sino que es imposible, porque se basa en esta “imposibilidad de habitar” que caracteriza a las patologías del exilio y que afecta también a los habitantes de los campos de refugiados. Las colonias israelíes son, hablando con propiedad, inhabitables. No son simplemente incómodas o peligrosas, o poco viables a largo plazo, sino que ponen de relieve la imposibilidad de “habitar”, que es la otra cara del retorno… Una especie de antiurbanismo, de un urbanismo de guerra, como se habla de una economía de guerra. Un urbanismo de incivilidad.

De ahí que tenga esas formas paradójicas. Un hábitat desorbitado, literalmente extravagante. La seguridad de cada colonia en unos espacios en los que vive una mayoría de palestinos (5.000 colonos respecto a 1,5 millón de palestinos solamente en la región de Gaza), requiere unos dispositivos de seguridad constantes, el control total de las entradas y salidas. Cada vez que pasa el coche de un colono, se forman unos embotellamientos de varios kilómetros en las carreteras adyacentes, bloqueadas por los puestos de control. Una especie de apartheid de carreteras que exige continuamente nuevas proezas al ingenio civil.

En Gaza vimos carreteras separadas por muros de varios metros de altura, un puente en construcción que unía los territorios ocupados. ¡Alguien se refirió a un proyecto de carretera bordeada por canales infestados de cocodrilos! La anécdota nos pareció exagerada, pero daba una idea del clima que se vivía. El Ministerio de Transportes israelí incluso hizo un presupuesto del proyecto faraónico de un viaducto que uniera Gaza con Cisjordania. En cualquier caso, todos esos proyectos, verdaderos o falsos, ponen de manifiesto la existencia de una imaginación aterrorizada. “El otro” es lo que, con toda evidencia, debe ser conjurado. O rechazado o inmovilizado. Es la primera vez que en un espacio tan pequeño se consigue paralizar a tanta gente. La circulación entre Israel y los territorios ocupados está totalmente bloqueada. Muchos palestinos, cuando hablábamos con ellos, se lamentaban de este tipo de asignación domiciliaria. La gente ya no puede verse por simples razones de circulación. Por supuesto, es imposible ir de Ramallah a Gaza. Pero incluso para ir de un lugar a otro de la franja de Gaza se puede tardar más que para ir de Tel Aviv a Nueva York. En los territorios ocupados, Israel no sólo ocupa el espacio, sino también el tiempo. Hay que esperar horas en los puestos de control para poder volver a casa.

En algunas décadas, los israelíes han pasado de la utopía de los kibutz a la utopía de las colonias. Querían transformar el desierto en un jardín, decían en los años sesenta, cuando el proyecto de los kibutz todavía resultaba atractivo. Pero después han transformado el jardín bíblico en un desierto, en un erial, incluso en un campo de batalla.

Las omnipresentes excavadoras junto a las carreteras son el turbador testimonio de ello. La pregunta más importante no es la que se hacía Kafka: “¿Cómo se puede habitar?”, porque aquí no se trata de habitar sino de desalojar, de destruir. Es la primera guerra que se realiza con excavadoras. Un esfuerzo de desterritorialización sin precedentes en la historia. Una guerra total en el sentido en que no se lleva a cabo solamente contra las poblaciones civiles sino contra el propio territorio. Es una guerra agorafóbica, cuyo objetivo no es la distribución sino la abolición del territorio.

Autor/es Christian Salmon
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 35 - Mayo 2002
Páginas:22,23
Traducción España Le Monde diplomatique
Temas Historia, Conflictos Armados, Terrorismo, Derechos Humanos, Geopolítica
Países Israel, Palestina