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Los afganos, furiosos con Estados Unidos

En junio próximo deberá reunirse en Afganistán la Loya Jirga, o Gran Concilio, para designar el nuevo gobierno de transición. Pero lejos de pacificarse, el país se atasca en las luchas clánicas entre jefes de guerra rivales, por ejemplo en la provincia de Paktia. Los atentados ya son cotidianos, mientras las fuerzas armadas estadounidenses y aliadas prosiguen su cacería de los talibanes y de Al-Qaeda. Sin un verdadero esfuerzo de reconstrucción económica -apoyado internacionalmente-, el país se hundirá nuevamente en el caos.

“Esta es una guerra estúpida e inútil. La seguí con enorme dolor y lo mejor sería que acabara de inmediato. Ahora es el tiempo de la reconstrucción”1. El ex rey Mohammed Zaher Shah no sabía que estaba presente un periodista cuando hacía estos comentarios al dirigente de una misión humanitaria italiana que le preguntaba qué pensaba de los enfrentamientos en su país. Ignoradas por la totalidad de los medios estadounidenses, estas palabras merecen, sin embargo, que se las tome en serio. En junio, Zaher Shah presidirá la Loya Jirga, o Gran Concilio, que designará al nuevo gobierno de transición que deberá suceder al de Hamid Karzai, y podría transformarse en jefe de Estado. El ex rey, exiliado en Roma, se prepara para entrar triunfalmente en Kabul.

Sus acerbas opiniones reflejan la creciente cólera de los afganos frente a las víctimas civiles de las operaciones militares estadounidenses. Nadie conoce exactamente la magnitud de las pérdidas causadas por los bombardeos en la población civil. Pero según una pesquisa que llevó adelante un economista de la Universidad de New Hampshire, Marc W. Herold, quien reunió meticulosamente los testimonios de trabajadores humanitarios y periodistas en territorio afgano, son 3.712 los civiles muertos durante las ocho primeras semanas de hostilidades, o sea, más que los 3.062 estadounidenses víctimas de los atentados del 11 de septiembre2. Al principio, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, dijo lamentar esos “daños colaterales”, pero ya no lo sigue haciendo. Al admitir que 16 civiles inocentes murieron durante una operación en el norte de Kandahar el 24 de enero pasado, declaró algunas semanas después: “Yo no creo que se trate de un error. Las circunstancias en Afganistán son difíciles, nos guste o no. Todo es desorden. No es una situación clara donde todos los buenos están de un lado y los malos del otro”3.

Las pruebas a que los sometió la guerra –ocho años de combates contra el ejército soviético, seguidos de trece años de conflicto interno– endurecieron a los afganos. Interrogados por los periodistas durante las primeras semanas del conflicto, algunos dudaban en criticar a Estados Unidos, admitiendo de buena gana que todos cometemos errores. Pero su paciencia está llegando al límite y la popularidad de Karzai ya se vio menoscabada por la despreocupación estadounidense respecto al sufrimiento de la población, ilustrada por las declaraciones de Rumsfeld.

Durante la “Operación Anaconda”, cerca de Gardez, que causó ocho muertos en el bando estadounidense, las primeras informaciones indican que las fuerzas militares se encontraron frente a una situación relativamente clara, donde los “malos” estaban todos juntos de un mismo lado. Como observó Karzai, la región de Gardez es “la última base terrorista aislada de Afganistán”. Es poco probable que en su cacería de lo que queda de los talibanes y de Al-Qaeda, las fuerzas estadounidenses encuentren otras situaciones tan “claras” como aquélla. E incluso en Gardez, John F. Burns, periodista de The New York Times, refiere que un aldeano le confió que “los bombardeos estadounidenses provocaron un importante número de víctimas civiles”4.

Por su parte Charles Clover, del Financial Times, también presente en Gardez, informa que esta intervención militar no recibió “ningún” apoyo local. “La gente está harta de la guerra en esta región”, escribe Clover. Mientras que según el mando de Estados Unidos las fuerzas enemigas refugiadas en las montañas vecinas están compuestas principalmente por algunos miembros medulares de Al-Qaeda, Charles Clover dice que “los habitantes de la región sostienen categóricamente que se trata de afganos, de ex talibanes fugitivos que quieren que los dejen en paz” y no agruparse para crear nuevos problemas5.

Para los habitantes del lugar, que Estados Unidos mate a “extranjeros” de Al-Qaeda (árabes, pakistaníes y chechenos) es una cosa; que mate a combatientes talibanes y sus familias, que son afganos, es otra muy distinta. “Hay una diferencia entre los talibanes comunes y los talibanes partidarios de una línea dura cercanos a Al-Qaeda.” Esta reflexión del gobernador de Paktia, Mohammed Wardak, dirigida a Peter Baker del Washington Post, está cargada de sentido6. Dadas las reacciones provocadas por las víctimas civiles al principio de la intervención estadounidense, la prosecución de bombardeos masivos como el operativo sangriento de Gardez no dejará de avivar el sentimiento antiestadounidense que ya se está incubando.

Karzai contribuyó a aplacar la cólera de los afganos guardando deliberadamente silencio sobre las víctimas civiles de Karam –el 11 de octubre–, de Tora Bora –el 1º de diciembre– y de Paktia –el 20 de diciembre–, que suscitaron sin embargo una gran consternación. En cambio, hizo pública su desaprobación cuando bombas estadounidenses alcanzaron a civiles reunidos para un casamiento en Niazi Qala, el 29 de diciembre. Exigió una investigación sobre el operativo del 24 de enero, forzando al Pentágono a admitir que las fuerzas estadounidenses habían matado a 16 civiles “inadvertidamente”.

En Niazi Kala, como asimismo en la operación cerca de Kandahar, los estadounidenses confundieron a los “buenos” con los “malos” por la simple razón de que algunos príncipes de la guerra afganos habían pasado información falsa a los agentes de información estadounidenses con el fin de deshacerse de rivales locales. La cifra –provisoria– de 3.712 víctimas civiles a que llega el profesor Marc Herold está fundamentada en una meticulosa compilación, profusamente anotada, de informes y testimonios procedentes de responsables de las Naciones Unidas en Afganistán, de organizaciones no gubernamentales, como Médicos sin Fronteras, y de numerosos periodistas tanto estadounidenses como extranjeros en territorio afgano, en particular ingleses, franceses, canadienses, australianos, indios y pakistaníes.

Todas las encuestas, incluidas las que dan cifras inferiores, atribuyen a tres factores el elevado número de víctimas de los bombardeos7. En primer lugar, los baluartes talibanes atacados por la aviación estadounidense ocupaban las antiguas guarniciones del ejército soviético, instaladas en zonas pobladas que ofrecen la protección más fácil. Además, los mismos talibanes intentaban a menudo esconder sus depósitos de municiones en zonas pobladas. Finalmente, y éste es el factor más importante, la fuerza aérea estadounidense cambió el objetivo guiado por láser, utilizado en la guerra de Kosovo, por el menos preciso sistema Global positioning, guiado por satélite.

El efecto devastador de esos errores de definición del blanco se agravó con bombardeos “por barrido” de vastas zonas, efectuados con B52 y bombarderos B1B portadores de “bombas de fragmentación” CBU 87. La “bomba madre” CBU 87, que pesa 450 kg, contiene 202 bombas pequeñas, cada una equipada con un paracaídas. Cuando se lanza una CBU 87, las pequeñas bombas que dispersa cubren una zona tan grande como dos o tres canchas de fútbol. Cada bombardero B1 puede transportar hasta 30 CBU 87. A fines de enero de 2002, lanzaron cerca de 600 bombas de ese tipo. Se supone que estos artefactos explotan al hacer contacto con el suelo, pero en el 5% de los casos no explotan, lo cual significa, según Herold, que unas 6.000 pequeñas bombas, semejantes a minas, habrían tapizado el país.

Cuando hace poco Rumsfeld obtuvo del Congreso un “anticipo urgente” de 10.000 millones de dólares para proseguir las operaciones antiterroristas globales, declaró que las operaciones militares estadounidenses en Afganistán proseguirían al menos hasta octubre de 2003. Y a pesar de la insistente demanda de Karzai y Kakhdar Brahimi, enviado especial del secretario general de las Naciones Unidas, se niega a acordar el apoyo estadounidense a una fuerza de paz ampliada.

Amenaza de caos

La actual Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF), que cuenta con 4.500 hombres asentados en Kabul, podría, siguiendo los deseos de la ONU, incorporar hasta 20.000 soldados, que pueden desplegarse también fuera de la capital afgana, en Harat, Kandahar, Jalalabad y Mazar i-Sharif. En el marco de esta nueva fuerza de paz, se pide a Estados Unidos que envíe un contingente de soldados, ponga a disposición medios aéreos para poner en marcha hombres y aprovisionamientos procedentes de otros países, provea información y evacue por puente aéreo las fuerzas de seguridad eventualmente en peligro. El Pentágono afirma que la extensión de la fuerza de paz desviaría recursos de las operaciones militares estadounidenses directas.

De todos modos, la nueva amenaza que se perfila es la del caos. La actitud del Pentágono encubre una antipatía ideológica por las operaciones militares multilaterales, que implican compartir el control, pero también y sobre todo, el deseo de evitar las víctimas del lado estadounidense. Esta actitud no suscita la simpatía de sus socios de la coalición ni de los afganos, que ven caer a sus conciudadanos civiles bajo bombas lanzadas por estadounidenses que sobrevuelan relativamente seguros en las alturas el campo de batalla.

La Casa Blanca, en apoyo al Pentágono, rechaza categóricamente la idea de una participación estadounidense en una fuerza de paz multilateral, pero se dice dispuesta a apoyar su ampliación si los países que participan en ella proveen los necesarios efectivos suplementarios. Esta posición no cayó bien en el Reino Unido, que encara la reducción de su contingente en abril, ni en Turquía, que debe reemplazar a ciertos efectivos británicos. Si Estados Unidos no aporta medios propios, así sea limitados, si no apoya la resolución de las Naciones Unidas que definiría el mandato de esta fuerza y si no alienta a otros países a unirse a ella, es grande el peligro de que la fuerza pierda todo apoyo. Y sin embargo, su necesidad se hace sentir de un modo apremiante, aunque sólo sea para garantizar la seguridad de la próxima sesión de la Loya Jirga, donde puede llegar a haber disturbios.

Aunque la administración Bush afirme desear el triunfo de Karzai, el Pentágono no sólo bloqueó la extensión de la fuerza de paz, sino que también socavó al nuevo régimen al financiar y armar a ciertos príncipes de la guerra que ahora pueden oponer resistencia a la autoridad central. En Jalalabad y en Gardez, donde algunas milicias locales se disputan el poder, el Pentágono siempre apoya a los opositores de Karzai.

Es de desear una autoridad central estable para impedir que Afganistán sirva de nuevo de base al terrorismo así como para poner coto al narcotráfico (hoy en expansión) y para hacer ingresar a una de las sociedades más pobres del mundo en el camino de la reconstrucción económica. Un aumento de la ayuda económica resulta tan necesario como la conformación de una fuerza de paz internacional más amplia.

Sin duda, a Afganistán le llevará muchos años reponerse, incluso con una ayuda internacional sostenida. Una intervención militar estadounidense directa en los conflictos internos afganos no haría más que engrosar el resentimiento provocado por los “daños colaterales” ya infligidos, aniquilaría la simpatía que Estados Unidos se había ganado inicialmente al expulsar del poder a los talibanes, y fortalecería a los extremistas islámicos en Pakistán y Afganistán, que fueron los primeros en preparar el terreno a los talibanes.

  1. Declaración en “off” durante una reunión de Zaher Shah con organizaciones humanitarias italianas. La Stampa, Roma, 7-3-02.
  2. Informe de Marc W. Herold, “A Dossier on Civilian Victims of United States’ Aerial Bombing of Afghanistan: A Comprehensive Accounting”, ¿lugar de publicación?, 12-2001. El profesor Herold enseña Economía en la Whittemore School of Business and Economics, University of New Hampshire, Durham, New Hampshire.
  3. Washington Post, 18-2-02.
  4. The New York Times, 7-3-02.
  5. Financial Times, Londres, 9-3-02.
  6. Washington Post, 6-3-02.
  7. Véase la investigación de Carl Conetta, The Project for Defense Alternatives (PDA) que llegó a una cifra de 1.300 víctimas directas de los bombardeos: “Strange Victory: A Critical Appraisal of Operation Enduring Freedom and the Afghanistan War”, Research Monograph, PDA, Cambridge, Massachusetts, 6-1-02. Véase también “Operation Enduring Freedom: Why A Higher Rate of Civilian Bombing Casualties”, Briefing Report 11 (¿lugar?) 24-1-02.
Autor/es Selig S. Harrison
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 35 - Mayo 2002
Páginas:28,29
Traducción Patricia Minarrieta
Temas Conflictos Armados, Terrorismo, Estado (Política), Geopolítica
Países Estados Unidos, Afganistán