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Nueva guerra contra nuevo enemigo

Según John Arquilla y David Ronfeldt, inventores y teóricos de la nueva doctrina militar que permitió a Estados Unidos derrotar de manera espectacular al régimen talibán en Afganistán, Osama Ben Laden y la red de Al-Qaeda "podrían ganar la guerra actual si logran obtener armas biológicas o nucleares". Impedírselo es ahora el objetivo prioritario de EE. UU. y de sus aliados. Pero para alcanzarlo, ambos teóricos afirman que hay que desarrollar la guerra de una manera muy diferente: es precisa una Netwar, una guerra de redes.

Todo el mundo conoce el papel decisivo que cumplieron en Afganistán las pequeñas unidades de las fuerzas especiales estadounidenses, que con un simple pedido por radio a los bombarderos lograban que estos descargaran un diluvio de fuego sobre objetivos en permanente desplazamiento. Fueron esas unidades móviles las que marcaron la diferencia decisiva en el conflicto. Pero su victoria se debe a una reciente doctrina militar, muchos más que a los aparatos sofisticados que poseían. Bautizada swarming, fue creada por John Arquilla, profesor del Naval Postgraduate College de Monterrey, California, y por David Ronfeldt, investigador de la Rand Corporation en Los Angeles1.

Literalmente, swarm significa “enjambre”, pero en este caso el vocablo inglés tiene sobre todo el sentido de “pulular y proliferar de manera fugaz”. La idea evoca las langostas o, tomando la metáfora de Gilles Deleuze y Félix Guattari, una “jauría de ratas”2. Langostas o ratas intercomunicadas por los medios más sofisticados. Guerrilla elevada a la potencia mil, el swarming “saca provecho de dos tendencias que se desarrollaron durante casi un siglo”, explica John Arquilla: “la creciente capacidad destructiva de los grupos pequeños, y el aumento de precisión de las armas. Hemos logrado multiplicar por diez el alcance y la precisión, lo que nos permite ‘swarmear’ a nuestros contrarios”.

Y todo eso a bajo costo, si se tiene en cuenta que más del 60% de las bombas lanzadas contra los talibanes y contra las fuerzas de Al-Qaeda provenían de aviones B-52 “que tienen el doble de edad que sus pilotos”. El cóctel ganador se resume así: un puñado de hombres, unos viejos bombarderos e instrumentos de comunicación y de teleguiado ultrasofisticados, implementados en función de un concepto preciso. “Las más modernas tecnologías, si no son implementadas en el marco de una doctrina militar adecuada y según el tipo de organización que conviene, llevan a la catástrofe. Fue lo que nos ocurrió en Vietnam…”

John Arquilla, ex marine y profesor en una universidad militar, trabaja en contacto con ciertos dirigentes bien ubicados en el Pentágono3. Ello no le impide mostrarse “asombrado por el esfuerzo que hacen ciertos responsables por sacar conclusiones equivocadas sobre esa campaña”. Arquilla estima que tal es el caso de los miembros del Estado Mayor, que invierten fortunas en equipos concebidos para hacer frente a adversarios de otra época: las divisiones del ejército soviético que podían invadir Europa; los misiles intercontinentales portadores de ojivas nucleares…

En la Netwar, “gana el que tiene la mejor información, no el que tiene la bomba más grande”. El resultado de los conflictos depende cada vez más de la información y de las comunicaciones, lo que facilita la flexibilidad y tiende a “favorecer las organizaciones en red frente a las jerarquías” de los ejércitos tradicionales. Arquilla estima que actualmente “el 90% de nuestros esfuerzos están constituidos por estrategias militares contra Estados (state actors)”. Ello refleja un pensamiento militar arcaico, que data de la amenaza soviética y “que no permite responder a las necesidades de una guerra contra una red”. Se trata además de una solución facilista, explica: “Es más o menos como si, al no saber qué hacer, hiciéramos lo que sabemos hacer. Sabemos cómo comportarnos frente a los Estados-nación, pero no sabemos bien qué actitud adoptar frente a las redes”.

Esto lleva a preguntarse si Estados Unidos no se equivocó de victoria al derrotar a Afganistán, el Estado-nación de los talibanes, en lugar de derrotar a la red de Al-Qaeda. Una respuesta afirmativa sería muy grave para Washington, si se piensa que haber destruido uno de los principales santuarios de la organización de Osama Ben Laden puede crearle un problema. “Cuando se detecta una red multidireccional que opera a partir de un santuario, no hay que tocarlo” afirma Arquilla, porque entonces la red “se dispersará por distintos lugares del mundo, en sitios donde se corre el riesgo de no poder ubicarla nunca”. Algunos miembros de Al-Qaeda habrían podido refugiarse, por ejemplo, en África Occidental (Guinea, Malí, Senegal) donde nadie parece buscarlos.

Felizmente, varios aliados de Estados Unidos ya combatieron contra diferentes redes: los singapurenses contra los piratas de los mares de Asia del Sudeste; los británicos contra el Ejército Republicano Irlandés (IRA); los italianos contra la mafia; los franceses contra los islamistas argelinos; y España contra la organización vasca ETA. “Hay una multitud de experiencias en las que Estados Unidos puede y debe inspirarse”.

Pero Al-Qaeda es una organización particularmente compleja, una mezcla de secta y de orden militar medieval. En realidad, es una “red de redes”. Y es en este punto donde interviene David Ronfeldt, especialista en redes: “Al-Qaeda perfeccionó enormemente el arte de establecer contactos con otros grupos y de ayudarlos a establecer lazos entre ellos. Llegó incluso a poner en contacto a individuos de un grupo con los de otro grupo para realizar ciertas operaciones precisas”. A todos ellos les brinda “orientaciones técnicas y doctrinarias; también fondos”.

Chantaje nuclear

¿La destrucción de Al-Qaeda reducirá el terrorismo internacional? A corto plazo es plausible, estima Ronfeldt “y es un objetivo que merece ser perseguido. Pero cuando lo logremos, muchos de esos otros grupos aliados se habrán acostumbrado a trabajar juntos, y algo nuevo habrá de reconstituirse. El desmantelamiento de los principales carteles colombianos no puso fin a la exportación de droga desde ese país, sino que favoreció la proliferación de otros grupos más pequeños y mucho más difíciles de controlar”4.

Subsiste además un problema que apasiona a los matemáticos y quita el sueño a los responsables de la lucha antiterrorista: ¿cuántos nudos (nodos) es necesario destruir para paralizar una red? Según un análisis militar clásico, explica Arquilla, “basta con causar al enemigo pérdidas materiales o humanas de un 30%; punto a partir del cual deja de funcionar eficazmente, derrumbándose la cohesión militar”. Pero esto es insuficiente en el caso de una red, a la cual hay que infligirle pérdidas “al menos dos veces mayores”, pues, “ciertos nudos, ciertos segmentos de la red, no sienten ni ven las pérdidas sufridas por otros sectores, y por lo tanto el efecto psicológico de las destrucciones no es el mismo”.

Para combatir esas redes, nutridas por la miseria del mundo, no alcanzan los medios militares. David Ronfeldt estima que hay que atacar el problema de raíz, e intervenir también por medio de una ayuda económica importante, “para combatir el problema de la pobreza y otras formas de desesperación”. Sin embargo –afirma– la actual ola islamista no tiene mucho que ver con la indigencia. Osama Ben Laden y los suyos están motivados por un sentimiento de “desastre absoluto” (utter disaster). “Y ese desastre no es sólo económico y social. Es también político, militar, estratégico. Ven su universo pisoteado por fuerzas exteriores, como Estados Unidos, y por ciertos sectores de su propia sociedad”. Estados Unidos podría sin dudas ayudar a resolver los problemas de pobreza, dice Ronfeldt, “pero no sé si puede disipar ese sentimiento de desastre absoluto”.

La dificultad para destruir esa “red de redes” es aun más preocupante según Arquilla, dado que “si Al-Qaeda adquiere armas nucleares, puede ganar la guerra. Una sola explosión pondría fin a todo sentimiento de superpotencia estadounidense o de hegemonía mundial, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo”. Por lo tanto, ya no se puede descartar la idea de un chantaje nuclear.

El elemento radicalmente nuevo es que ya no hay disuasión posible. Los miles de ojivas atómicas que poseen los rusos no le quitan el sueño a nadie “pues podemos reaccionar contra ellas”, recuerda Arquilla. “Pero no se puede responder con armas atómicas contra una red no-estatal que disponga de células y núcleos en todo el mundo”. La imposibilidad de represalias hace imposible la disuasión. Pero en la actualidad para crear la amenaza alcanza con una sola bomba de pequeño tamaño, de esas que caben en una “valija nuclear”. Semejantes armas no son vehiculizadas por misiles “que siempre llevan la dirección del remitente”, sino que pueden ingresar al territorio de Estados Unidos en uno de los miles de contenedores que llegan a diario sin ser inspeccionados5.

“Impedir que la proliferación de armas de destrucción masiva beneficie a los terroristas o a las redes criminales debe ser uno de nuestros primeros objetivos de guerra” insiste Arquilla, pero a diferencia de su gobierno, sugiere simplemente negociar con Saddam Hussein: “Irak tiene que garantizar al mundo que no posee armas de destrucción masiva, que no trata de adquirirlas y que permitirá una inspección completa, detallada y permanente” de sus instalaciones. A cambio, Washington y sus aliados se comprometerían a no derrocarlo: “Admito que es una opción difícil, pero creo que confundir la presencia de Saddam en el poder y el problema de las armas de destrucción masiva es un error estratégico”. Permitirle a Saddam Hussein mantenerse como presidente sería una pequeña concesión, en la medida en que ya lo es y que si es derrocado “los occidentales deberán ocupar Irak por un tiempo indeterminado, pero que habrá que medir en décadas”. Teniendo algo que ganar en tal negociación, Saddam Hussein aceptará la propuesta “en un abrir y cerrar de ojos”.

Noopolítica

La cuestión de fondo que aquí se plantea es: ¿cuál será el desenlace del conflicto? Los estrategas siempre tienen varias respuestas en reserva. Pero cuando Arquilla interroga sobre el tema a los más altos responsables de Estados Unidos, recibe la siguiente respuesta: “El único final del conflicto es la muerte de todos los terroristas”.

Aclarando que su razonamiento es el de un estratega, o sea un razonamiento sistemático, Arquilla considera tres desenlaces posibles: 1) la victoria total de Estados Unidos “altamente problemática luego de lo que pasó en Afganistán”, pues Ben Laden logró escapar y Al-Qaeda se está reagrupando en otro lugar; 2) la victoria de Al-Qaeda si sus miembros logran dotarse de armas de destrucción masiva; 3) un mundo en el cual habrá una decena de redes del tipo de Al-Qaeda, algunas de ellas vinculadas con Estados-naciones.

Para salir del atolladero propone trabajar más intensamente en “la organización de estrategias no militares en dirección de los actores no estatales”, es decir, redes asociativas. Propone recurrir a las redes de la sociedad civil: “Las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) se hallan en una posición única, que les permite respetar a ambos bandos y actuar como intermediarios para facilitar la comunicación”.

Aun siendo la más seductora, ésta es la idea menos convincente de su razonamiento. La misma se funda en toda una teoría formulada por Arquilla y Ronfeldt en uno de sus libros6, donde presentan el concepto de “noopolítica” inspirado en Teilhard de Chardin y en su “nooesfera” o esfera de conocimientos. “Queremos alejarnos de la ciberesfera”, la de los cables y las computadoras, explica Ronfeldt. “La noopolítica –escriben– es una conducta en materia de política exterior y de estrategia, adaptada a la era de la información, que pone el acento en la forma de presentar y en la posibilidad de compartir ideas, valores, normas, leyes y reglas morales, por medio de un ‘poder blando’”, al que definen como “capaz de alcanzar sus objetivos en el campo internacional por medio de la atracción más bien que de la coerción”.

Lo cual exige coherencia: “Debemos ser conscientes –concluyen– de que cuanto más recurramos a la fuerza militar de manera ciega, más difícil nos resultará crear una red cooperativa para combatir a los actores no estatales. Tal es el gran desafío estratégico de esta nueva guerra planetaria contra el terrorismo internacional”.

  1. Ver principalmente su último libro (con un comentario posterior a los acontecimientos del 11-9-01), Networks and Netwar, RAND, Los Angeles, 2001.
  2. Ver Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Pretextos, Valencia, 1994.
  3. Sobre las diferentes tendencias en el seno del Pentágono, ver “The Fighting Next Time”, en The New York Times Magazine, 10-3-02.
  4. Las autoridades colombianas contabilizan al menos 162 nuevas organizaciones de traficantes de drogas en el país, vinculadas con 40 sindicatos criminales internacionales. El Tiempo, Bogotá, 25-3-02 (http://eltiempo.terra.com.co/).
  5. The Economist (Londres) del 6-4-02 muestra que el 90% del transporte mundial de mercancías se realiza a través de contenedores (hay más de 15 millones en circulación) y apenas 2% de ellos son inspeccionados por la aduana o la policía.
  6. The Emergence of Noopolitik, Toward an American Information Strategy, Rand, Los Ángeles, 1999.
Autor/es Francis Pisani
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Páginas:10,11
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Internet, Tecnologías, Armamentismo, Conflictos Armados, Militares
Países Estados Unidos