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Combinación explosiva en Medio Oriente

A partir de los atentados en Estados Unidos, la industria petrolífera mundial entró en una nueva zona de turbulencias, propagada sobre toda la escena política y económica internacional. Medio Oriente, en particular, se halla en el ojo de la tormenta. Con dos tercios de las reservas comprobadas mundiales y el 44,5% de las exportaciones de petróleo, la región es de las primeras afectadas por "la guerra contra el terrorismo" declarada por George W. Bush. Esas naciones son la cuna de la red Al-Qaeda de Osama Ben Laden y de casi todos los demás movimientos islamistas. Irak e Irán forman parte, junto a Corea del Norte, de lo que el Presidente estadounidense llama "el eje del mal".

Arabia Saudita, primer país productor, primer exportador de petróleo del mundo y principal aliado de Estados Unidos en Medio Oriente, está también en la cuerda floja a causa de las presiones y acusaciones de que es objeto por su apoyo a los movimientos islamistas. Siria y Yemen no se sustraen a la sospecha, como tampoco el Hezbollah libanés y el Hamas palestino. Lo mismo que ciertos emiratos del Golfo, acusados de tolerar las actividades y el financiamiento de organizaciones de caridad a las que se sospecha de ocuparse de cuestiones poco caritativas. Si además sumamos a esto las recientes matanzas en los territorios palestinos, la exacerbación del conflicto árabe-israelí y el peligro de una acción militar estadounidense contra Irak, tenemos todos los ingredientes de una posible deflagración cuyas repercusiones podrían hacer volar por el aire a más de un régimen árabe. En tales circunstancias, la coexistencia de barriles de petróleo y de barriles de pólvora se anuncia particularmente explosiva en esa región del globo.

Hasta ahora, el impacto de los atentados del 11 de septiembre sobre el mercado petrolero se limitó a bruscas variaciones de precios. En un plazo de cuatro meses el precio promedio de la canasta de petróleos OPEP1 cayó un 28,3%, pasando de 24,46 dólares el barril en agosto de 2001, a 17,53 dólares en diciembre del mismo año. Esa fuerte baja se debió tanto a la desaceleración de la demanda y al temor de una recesión económica mundial, como a la persistencia de un excedente en la oferta tanto de los países OPEP2, como extra OPEP.

Desde enero de 2002 la mejora de los precios fue particularmente brusca: la canasta OPEP alcanzó 24,48 dólares por barril a mediados de mayo, lo que significa un abrupto aumento del 39,6% respecto del promedio de diciembre. Ese cambio de tendencia se debió a los signos de recuperación de la economía estadounidense, a la baja de los stocks en los países industrializados y a las especulaciones sobre una eventual intervención militar de Estados Unidos en Irak. En los próximos meses el precio del petróleo posiblemente siga jugando al yo-yo, según la evolución de la relación oferta/demanda, del grado de respeto que los países de la OPEP muestren respecto de sus cuotas de producción y de la evolución de la pulseada entre Washington y Bagdad. Sin embargo, considerando todas esas eventualidades, resulta improbable que el barril supere de manera durable el techo de los 25 dólares.

Gracias a una capacidad de producción no utilizada, estimada en 6,5 millones de barriles diarios (b/d), la mitad de ellos en Arabia Saudita, los países miembros de la OPEP no dudarán en aumentar su producción en caso de que un ataque contra Irak lleve a una suspensión de las exportaciones de ese país, o si, por otros motivos, la oferta mundial se tornara insuficiente para satisfacer la demanda. A pesar de tener mucha necesidad de un alza en el precio del petróleo para hacer frente a sus dificultades económicas, los países de la OPEP mantienen su objetivo de situarse entre los 22 y los 28 dólares por barril. Ciertos regímenes árabes, en particular del Golfo, quedaron petrificados cuando la administración Bush agitó su garrote luego del 11 de septiembre, y no aspiran a nada mejor que comprar su seguridad y su supervivencia aumentando su producción petrolífera en algunos cientos de miles de barriles diarios.

A más largo plazo, las consecuencias de la tragedia del 11 de septiembre sobre la industria petrolera podrían ser mayores que las abruptas variaciones de precio. La lucha contra el terrorismo internacional vuelve a generar inquietud sobre la seguridad de abastecimiento en los países consumidores y cuestiona nuevamente el papel de Medio Oriente como principal zona de producción y de exportación petrolera del mundo. La recomposición del paisaje petrolero mundial ya comenzó, fundamentalmente con el acercamiento entre Estados Unidos y Rusia y un nuevo interés por otras zonas petrolíferas como Asia Central y África Occidental. ¿Alcanzará eso para reducir, aunque sea de modo no significativo, la dependencia respecto del petróleo de Medio Oriente y para evitar nuevas crisis energéticas? Parece poco probable.

Deus ex machina

En primer lugar, porque es posible un endurecimiento de las sanciones estadounidenses. La movilización, entusiasta o no, de los países industrializados tras la bandera estadounidense en la lucha contra el terrorismo hace imposibles las divergencias entre Washington y la Unión Europea respecto de las “sanciones secundarias” contra Irak y Libia3. Es difícil imaginar, en un futuro previsible, que compañías europeas, japonesas u otras, continúen ignorando las sanciones estadounidenses contra terceros países y firmen nuevos acuerdos de exploración-producción con esas dos naciones. En lo que se refiere a Irak, lo mejor que se puede esperar es el mantenimiento, en condiciones aun más limitadas para ese país, del programa llamado “petróleo contra alimentos”, en el marco del plan estadounidense curiosamente calificado de “sanciones inteligentes”. Todo eso no puede sino frenar las inversiones petroleras en esos países, que poseen en conjunto cerca del 25% de las reservas mundiales.

Esa parálisis de inversiones petroleras en la región, ya de por sí insuficientes, hace que las compañías internacionales se interesen en otras zonas, como África Occidental –fundamentalmente Angola– o los países del mar Caspio (sólo en el yacimiento de Kashagan, en Kazakhstán, existiría el doble de reservas que en el sector británico del Mar del Norte), y Rusia.

De todos modos, y para volver a poner las cosas en su justa proporción, conviene no olvidar que todas las reservas comprobadas de los países del Golfo de Guinea, incluida Nigeria, están actualmente estimadas en 39.000 millones de barriles, o 5,2% del total mundial. Por su parte, las reservas de los países de Asia Central no superan el 1,6% del total mundial, porcentaje que es bueno comparar con el 66% que poseen los países de Medio Oriente.

Otra consecuencia de los ataques del 11 de septiembre fue la mejora en las relaciones ruso-estadounidenses y una creciente implicación de las compañías de Estados Unidos en proyectos de desarrollo de los sectores petrolíferos y gasíferos en Rusia. A fines de los años 1980 Rusia era el primer productor mundial de petróleo, alcanzando un máximo de 11,4 millones de b/d en 1987-1988, para luego caer a sólo 6,2 millones de b/d en 1996. En los últimos cinco años la producción creció a 7,3 millones de b/d a causa del aumento de los precios en 1999-2000, de la reorganización del sector de hidrocarburos iniciada en 1992-1993 y de la devaluación del rublo luego de la crisis financiera de agosto de 1998. En los próximos años ese país prevé continuar el aumento de su producción y de sus exportaciones. Y tiene con qué sostener tales ambiciones: sus reservas están estimadas en 48.600 millones de barriles, es decir, 4,6% del total mundial. Pero teniendo en cuenta la progresión de sus propias necesidades, su parte en las exportaciones mundiales, que actualmente es de 6,3%, difícilmente supere el 7% o el 8% antes de 2010.

No cabe subestimar el aporte esperado de África, Asia Central y Rusia a la cobertura de las necesidades petroleras mundiales, pero teniendo en cuenta el aumento de la demanda, éste no puede reemplazar, ni siquiera amenazar, la preponderancia del Golfo árabe-pérsico.

Todas las previsiones energéticas mundiales disponibles coinciden, con pequeñas diferencias, en que Medio Oriente seguirá siendo aún por mucho tiempo el deus ex machina de la industria petrolífera. Gracias a sus enormes reservas comprobadas, a los gigantescos yacimientos descubiertos en la zona, aún inexplotados (fundamentalmente en Irak y en Irán), y a su bajo costo de explotación, la región deberá cubrir la mayor parte del incremento previsto en el consumo mundial.

El informe sobre las Perspectivas Energéticas Mundiales publicado por la Agencia Internacional de la Energía (AIE) en noviembre de 2001, dos meses después de los atentados contra Nueva York y Washington, vino a recordar oportunamente esa realidad. Respecto del petróleo, la AIE mantiene sin cambios, respecto del año precedente, sus estimaciones de demanda y oferta mundiales para los próximos 20 años: un crecimiento promedio de la demanda del 1,9% anual, que la llevará a 95,8 millones de b/d (mbd) en 2010, y a 114,7 mbd en 2020. Esto representa una demanda extra de cerca de 20 mbd hasta 2010, y de más de 40 mbd hasta 2020. En otros términos, desde ahora hasta 2010 habrá que implementar una capacidad de producción equivalente al doble de la capacidad actual de Arabia Saudita y, hasta 2020, igual al 130% de la capacidad actual de todos los países de la OPEP reunidos. Se trata de un desafío colosal que nadie se atreve por el momento a decir si podrá afrontarse, y cómo.

Dependencia creciente

En realidad, las estimaciones de la demanda a largo plazo resultan menos complicadas que las de la oferta, pues se basan en parámetros más fáciles de delimitar, como el crecimiento económico, el aumento demográfico, la elasticidad respecto de los precios, o las extrapolaciones sobre datos del pasado. La tarea de evaluar la evolución de la oferta es mucho más ardua: los puntos de interrogación son mucho más temibles, incluida la incertidumbre que pesa sobre las inversiones, la estabilidad política en la mayoría de los países productores, las sanciones que afectan a países como Irak, Irán y Libia, o las políticas petroleras de los países exportadores.

Teniendo en cuenta esas incertidumbres, la AIE estima que el abastecimiento no OPEP se estabilizará alrededor de 46 a 47 mbd hasta 2010, para luego comenzar a declinar. Para cubrir el aumento enorme de las necesidades mundiales, la producción de la OPEP deberá, en cambio, crecer fuertemente hasta alcanzar 44,1 mbd en 2010 y 61,8 mbd en 2020, es decir, un aumento de más de 100% en los próximos 20 años. Son sobre todo cinco países de Medio Oriente miembros de la OPEP (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irán e Irak) los que deberán elevar su producción de 19,5 mbd en 1997 (año de referencia) a 30,5 mbd en 2010 y a 46,7 mbd en 2020. La parte de esos países en la producción mundial pasará de 26% en 1997 a 32% en 2010 y a 41% en 2020.

De manera que la dependencia de los principales países consumidores respecto del petróleo importado, fundamentalmente de Medio Oriente, será creciente. Entre 1997 y 2020 esa dependencia pasará de 44,6% a 58% para América del Norte, de 52,5% a 79% para Europa, y de 88,8% a 92,4% para la región del Pacífico. Al igual que en el caso del petróleo, la producción de gas natural en Medio Oriente registraría un crecimiento fenomenal, pasando de 223 mil millones de metros cúbicos (Gm3) en 2000, a 524 Gm3 en 2020.

Se plantea un enorme signo de interrogación en cuanto a las colosales inversiones necesarias para compensar la natural caída de productividad de los yacimientos y para desarrollar nuevas capacidades de producción. Según diferentes estimaciones, esas inversiones superarían los 300.000 millones de dólares en los principales países de Medio Oriente, y un billón de dólares en los países no OPEP, durante el período 2001-2010. Por ahora, teniendo en cuenta fundamentalmente la incertidumbre creada por los acontecimientos del 11 de septiembre, nada indica que esas enormes inversiones puedan ser verdaderamente encaradas.

Las dificultades no provienen tanto de las políticas de los países exportadores en cuestión como del nivel de los precios y del entorno político internacional. La revolución libia de 1969, la revolución islámica de 1979 en Irán y la guerra contra Irak en 1991 muestran bien que, sea cuál fuere el régimen en el poder, esos países aspiran a desarrollar su producción y sus exportaciones por la sencilla razón de que necesitan aumentar sus ingresos petrolíferos y gasíferos. Pero será preciso que no sufran sanciones, que gocen de la necesaria estabilidad para atraer las inversiones extranjeras y que el precio del petróleo se sitúe en un nivel adecuado. Aun a 25 dólares el barril, el precio del petróleo equivale a 7,2 dólares en moneda de 1973, y a menos de la mitad de su nivel a comienzos de los años 1980.

De modo que el verdadero problema no es el de los recursos, sino el de los precios y la estabilidad política en Medio Oriente, una región que seguirá siendo, guste o no, el centro neurálgico de la industria petrolífera mundial en el curso de las próximas décadas.

  1. El precio de la canasta de petróleos OPEP comprende los precios promedio de los siguientes petróleos crudos representativos: Saharan Blend, Arabian Light, Minas, Bonny Light, Dubai, Tía Juana Light e Isthmus.
  2. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) está formada por once naciones: Arabia Saudita, Irak, Irán, Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Argelia, Libia, Nigeria, Venezuela e Indonesia.
  3. Las sanciones secundarias son las sanciones estadounidenses previstas en el Libyan-Iran Sanctions Act (ILSA) y que afectan a las sociedades que invierten más de 40 millones de dólares en proyectos energéticos en Libia o en Irán.
Autor/es Nicolas Sarkis
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Páginas:12,13
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Conflictos Armados, Militares, Terrorismo
Países Irak, Corea del Norte, Irán