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El cáncer de las colonias israelíes

Los habitantes de los asentamientos en el territorio palestino encarnan el nuevo nacionalismo judío. Creyentes y conservadores, núcleo duro del partido Likud, consideran que la misión de Israel es revelar al mundo la imagen de Dios, y que los palestinos conjuran para impedirlo. Contra la concepción sionista original y la comunidad internacional, que califica de "extraterritoriales" a las colonias y de apartheid la doble legalidad instaurada en Palestina, la ideología del "Gran Israel" propicia una nueva "limpieza étnica" y amenaza a la totalidad de la región.

¿Por qué es tan difícil alcanzar la paz en Medio Oriente? El mayor obstáculo es sin duda la existencia de las colonias israelíes, razón de ser y motor de la ocupación. Treinta años de objeciones estadounidenses y europeas no sirvieron de nada. A pesar de ser ilegales, las colonias fueron extendiéndose y minando cualquier intento de construcción de un Estado palestino. De continuar proliferando acabarán por precipitar –¡y a qué precio!– el fin del Israel que habían imaginado sus fundadores.

La dinámica y la ideología de las colonias se convirtieron en los últimos años en la piedra fundamental de la identidad israelí moderna. La política de colonización y sus actuales manifestaciones violentas trascendieron las divisiones étnicas y religiosas del país, para constituir un nuevo “israelismo”, fundado en un nuevo nacionalismo judío. Los colonos y sus aliados reproducen Israel a su imagen: una teocracia en perpetuo conflicto. Y cada día, bajo la dirección de Ariel Sharon y con el apoyo explícito del presidente estadounidense George W. Bush, esa evolución se vuelve una profecía autodestructora.

Esos colonos de nueva generación no tienen ningún punto en común con sus predecesores de antes de 1948, que fundaron el sionismo y construyeron el Estado sobre bases laicas, socialistas y mayoritariamente europeas. Los que vinieron después de 1967 son principalmente neoliberales, a menudo originarios de países árabes, creyentes y conservadores a la manera de Reagan. Para colmo, contrariamente a los colonos de antaño, su ocupación está apadrinada por el Estado de Israel.

Para garantizar el triunfo del nacionalismo del “gran Israel” –tal como sus predecesores lo hicieron respecto del nacionalismo israelí– los nuevos sionistas consideran necesario realizar antes una nueva limpieza étnica. Ya se puede leer en los labios de muchos miembros del gabinete de Sharon la “transferencia” de los palestinos.

Peor aun: el ex general Efi Eitam, ministro recientemente designado, colono angustiado y jefe del Partido Nacional Religioso, calificó la idea de “transferencia” como políticamente “atractiva” pero carente de realismo, de no mediar una guerra. Según este ex laborista, en caso de conflicto generalizado “quedarían pocos árabes”. Y hay que tener en cuenta que Eitam propuso que se realicen ataques preventivos contra Irak e Irán…1.

Por su parte, el actual primer ministro de Israel reconoció que el ejército se hubiera retirado desde hace mucho tiempo si no existieran las colonias. Pero éstas presentan una gran ventaja: permiten a los dirigentes israelíes convencer a sus conciudadanos de que “su ejército no es un ejército extranjero que ejerce su poder sobre una población extranjera”. En 1977, cuando el ministro Sharon presidía el Comité Ministerial de colonias, había supervisado el establecimiento de nuevas colonias en Cisjordania y en Gaza, donde preveía instalar dos millones de judíos. Un cuarto de siglo más tarde, el primer ministro Sharon se mantiene intransigente en sostener que Israel tiene el “derecho moral” de modificar la demografía de esos territorios. Desde su elección en enero de 2001, Sharon hizo construir 35 nuevos puestos avanzados de colonias2.

Multiplicar colonos y colonias

En la segunda mitad de la década de 1970, durante la transición del gobierno laborista al del Likud, Sharon apareció como un dirigente capaz de realizar el sueño de un “Gran Israel” que se extendería más allá de las fronteras internacionalmente reconocidas. Incitando a los israelíes a instalarse “por todos lados” en los territorios ocupados, Shimon Peres apoyó a Sharon en sus esfuerzos por implementar el programa del poderoso movimiento bipartidista (Likud/Laboristas) favorable al “Territorio de Israel ampliado” desde el río Jordán hasta el Mediterráneo.

Veinticinco años después, el número de colonos en los territorios ocupados pasó de 7.000 en 1977, a más de 200.000 en 2002, además de otros 200.000 en Jerusalén Este. Sus 200 colonias ocupan el 1,7 % del territorio de Cisjordania, pero controlan el 41,9%3. Parte de esos colonos son peligrosos fanáticos armados, autorizados por el ejército israelí a matar. Año tras año, los escuadrones de la muerte de los colonos abatieron civiles desarmados, lanzaron ataques terroristas contra representantes electos, torturaron y asesinaron numerosos palestinos.

Sólo en los años de los acuerdos de Oslo, Israel triplicó la cantidad de sus colonos y duplicó el número de colonias, las que interconectó por medio de una red de rutas periféricas y de zonas industriales que garantizan su dominación espacial sobre los territorios palestinos. En tanto que ministro de Infraestructura del gobierno de Benjamin Netanyahu, Sharon concentró los programas de inversiones de Israel con ese objetivo. Los gobiernos de Isaac Rabin y de Ehud Barak no fueron menos activos. Una verdadera proliferación de colonias se produjo durante el gobierno de Barak, con la supervisión de Itzak Levy, por entonces dirigente del Partido Nacional Religioso y ministro de Colonias4.

Cuando llegó la hora de poner fin a todo ese caos, durante la cumbre de Camp David, en julio de 2000, las negociaciones primero tropezaron y luego abortaron por la insistencia israelí en conservar las colonias y el 9% de Cisjordania. Se pidió a los palestinos que firmaran un acuerdo final basado en la promesa de un cuasi Estado dividido en cuatro regiones separadas, rodeadas de bloques de colonias. En síntesis, el mantenimiento de esas colonias saboteó el intento de poner fin a la ocupación y puso en peligro los esfuerzos de paz.

Luego del fracaso de Camp David, y como consecuencia del estallido de la segunda Intifada, el informe elaborado por la comisión internacional dirigida por el senador estadounidense George Mitchell subrayó que las colonias judías eran incompatibles con la instauración de la paz. La comisión recomendó que fueran congeladas, como condición para un alto el fuego y un reinicio de las negociaciones. El gabinete de Sharon, por el contrario, aprobó un presupuesto extra de 400 millones de dólares para las colonias.

Actualmente, 7.000 colonos controlan el 30% de los 224 km2 de la Banda de Gaza, en la que viven 1.200.000 palestinos, en su mayoría refugiados. Esa población no puede circular sin pasar por colonias fortificadas, dotadas de piscinas y canchas de baloncesto, en medio de un territorio arenoso y superpoblado, donde es difícil encontrar agua y la más mínima parcela de tierra tiene un enorme valor. Unas 400 casas de palestinos fueron destruidas en la región durante el primer año de la Intifada, invocando la protección de las colonias vecinas.

Cuando el ejército le pidió a Sharon que trasladara ciertas colonias alejadas para reunirlas con otras, más cercanas y mejor defendidas, el Primer Ministro se negó y prometió que no desmantelaría una sola colonia mientras estuviera en el poder. Designó entonces a dos nuevos ministros del Partido Nacional Religioso (NRP, núcleo duro de los dirigentes de la colonización), en el gabinete de seguridad, que supervisa los territorios ocupados.

No hay mejor manera de describir la nueva geografía de las colonias que imaginar el mapa de Cisjordania como una rebanada de gruyere: los pequeños redondeles vacíos y separados entre sí son los cantones palestinos, denominados autónomos, mientras que las sustanciosas partes amarillas que los rodean son las colonias judías.

En Palestina existen dos sistemas legales: uno para los colonos, y otro para los palestinos. Los primeros pueden circular, construir y desarrollarse, mientras que los segundos se encuentran bloqueados en unos 200 cantones cercados. Los israelíes siguen expropiando cada vez más tierras, y los palestinos tienen cada vez menos.

En los últimos años Israel aumentó las operaciones de bloqueos de zonas palestinas, impuestos de manera hermética, ya sea global o localmente, para facilitar la movilidad de los colonos. Según el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), esos bloqueos fueron el principal factor que perjudicó la economía y la construcción nacional palestina5. Pero sobre todo, hicieron imposible la vida de los palestinos.

Ciertos amigos occidentales de Israel, como el editorialista Thomas Friedman, estiman que si la lógica de los colonos se impone, Israel se transformará en un verdadero régimen de apartheid. El ex fiscal general israelí Michael Ben-Yair estima que la lógica de los colonos integristas ya se impuso y que Israel “estableció un régimen de apartheid en los territorios ocupados”6.

No es éste el punto de vista de los colonos. Para el general retirado Eitam –estrella en ascenso en la derecha religiosa– el “Gran Israel” es “el Estado de Dios; los judíos son el alma de este mundo; el pueblo judío tiene la misión de revelar la imagen de Dios en la Tierra”. Él mismo se considera “en el lugar de Moisés y del Rey David”; y asegura que “un mundo sin judíos es un mundo de robots, un mundo muerto; y el Estado de Israel es el Arca de Noé del futuro del mundo. Su misión consiste en mostrar a todos la imagen de Dios”7.

Con el correr del tiempo, las familias modestas y los nuevos inmigrantes fueron incitados a instalarse en las colonias: se les ofrecieron casas a bajo precio y beneficios financieros, a veces gracias al dinero proveniente de la ayuda estadounidense. En la medida en que las promesas de una vida mejor se transforman en pesadilla colonial, los colonos pragmáticos adoptan una ideología cada vez más derechista. Más del 94% de ellos votaron por Netanyahu y luego por Sharon en las últimas elecciones.

Actualmente, los integristas fanáticos dominan el consejo que reúne a los organismos de gestión de las colonias y ejercen una influencia considerable sobre las decisiones del gobierno. Cerca de un 10% de los diputados en la Knesset son colonos, y todos forman parte de la coalición de gobierno. Tres colonos ya fueron ministros del gobierno de Sharon, y dos lo son actualmente, sin olvidar a numerosos responsables de agencias gubernamentales.

Aunque la comunidad internacional las considera “extraterritoriales”, las colonias representan el ferviente hogar del nacionalismo del “Gran Israel”. Al revés de sus conciudadanos, que desean un “Estado judío” internacionalmente reconocido en el interior de sus fronteras soberanas, esos nuevos fanáticos insisten en que su patria es la “tierra de Israel” y no el “Estado de Israel”: por lo tanto no aceptarán la existencia de otro Estado entre el Jordán y el Mediterráneo.

El poder de los colonos supera su influencia electoral. En los últimos 25 años, a excepción de los gobiernos efímeros de Rabin y Barak, la influencia de los colonos religiosos no dejó de aumentar, hasta convertirse en el núcleo duro de las coaliciones dirigidas por el Likud. De manera que no sólo amenazan Palestina y la normalización de Israel, sino a toda la región.

Los think tanks instalados en las colonias presentan teorías basadas en la guerra, adaptadas a los nuevos conceptos estadounidenses –tales como “la guerra contra el terrorismo” y el “Eje del mal”–; a los nuevos sistemas de misiles y a la peor literatura sensacionalista producida por el Pentágono. Soñando con desarrollar guerras al estilo de Estados Unidos, los colonos casi ni se preocupan por cohabitar con sus vecinos. Y tienen sus razones: creen que “Israel es la esperanza del mundo” y que “el salvajismo moral palestino está organizado para impedirnos tal misión”.

Paradójicamente, la última oleada de atentados suicidas palestinos les hizo el juego a los colonos. La idea, evidentemente errónea, de que los palestinos exigirían la retirada de Israel no sólo de los territorios ocupados, sino de todo Israel, disminuyó la presión sobre las colonias –hasta entonces percibidas como un obstáculo a la paz– y radicalizó a toda la sociedad israelí.

La política de colonización, que se sigue implementando contra todos los acuerdos firmados, diseñó una nueva geografía del conflicto. Así es que millones de palestinos y de israelíes viven con miedo a causa de colonos ilegales que sumen la región en una guerra colonial y comunitaria. Si Israel prosigue su empresa al mismo ritmo que después de los acuerdos de Oslo, los colonos llegarán dentro de poco al millón. En tal caso, será imposible separar a los palestinos de Israel y sus colonos sin proceder a una limpieza étnica.

Semejante evolución comprometerá no sólo el futuro del Estado palestino, sino también cualquier posibilidad de mantener a largo plazo el Estado judío, más aun teniendo en cuenta que la mayoría judía en el territorio de la Palestina mandataria (Israel, Cisjordania y Banda de Gaza) irá en permanente disminución. Dentro de diez años los palestinos serán incluso mayoritarios, mayoría que irá aumentando. Y esos millones de judíos y de árabes serán cada vez más inseparables.

Por ahora, la lógica de Sharon y de sus colonos sigue alimentando una situación de conflicto permanente y de guerra en Palestina y Medio Oriente. Si la comunidad internacional no interviene, la lógica de las colonias llevará al mismo punto de bloqueo que antes de la guerra de 1948: habrá que elegir entre un Estado binacional o un nuevo intento de limpieza étnica. Pero esta vez, una limpieza étnica representaría para Israel un error estratégico dramático. Basta pensar en el destino de Slobodan Milosevic…

  1. Haaretz, Tel-Aviv, 12-4-02.
  2. The New York Times, 27-4-02
  3. Ver www.btselem, “Israel’s Settlement Policy in the West Bank”, Tel-Aviv, 13-5-02.
  4. La cuarta Convención de Ginebra, firmada por Israel y por Estados Unidos, estipula que “el poder de ocupación no deportará ni transferirá ninguna parte de su población civil hacia los territorios que ocupa”.
  5. Conversación con Osama Kina’an, coordinador de la oficina del FMI para Cisjordania y la Banda de Gaza.
  6. Haaretz, Tel Aviv, 3-3-02
  7. Haaretz, Tel Aviv, 28-4-02.
Autor/es Marwan Bishara
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Páginas:24,25
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Colonialismo, Minorías, Justicia Internacional
Países Israel, Palestina