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Ciudadanos excluidos por la ciencia

El desarrollo tecnológico contemporáneo es tan espectacular como excluyente para el común de los ciudadanos. En este sentido, vivimos una época opuesta a la de la Ilustración, cuando parecía reinar la armonía entre ciencia y sociedad. Aquellos que ante la destrucción de los cultivos transgénicos por militantes o ante las exigencias de aplicar el principio de precaución deploran la falta de vigencia del pacto republicano originado en la Revolución Francesa, olvidan que la ciudadanía ha sido gradualmente excluida de ese pacto.

Durante mucho tiempo se consideró, equivocadamente, que las relaciones entre la ciencia y la sociedad eran de continuidad. En 1802, el poeta inglés William Wordsworth escribía: “Si el trabajo de los científicos logra generar una revolución material, directa o indirecta, en nuestra condición y en las impresiones que nos afectan habitualmente, ello no impedirá que el poeta siga estando tan desvelado como hoy en día (…). Se mantendrá junto al científico, aportando la sensación al corazón de los objetos de la ciencia”1. A comienzos del siglo XIX esa percepción era legítima. Respondía, de manera optimista, al oscurantismo de los siglos precedentes, desde el suplicio de Giordano Bruno, muerto en la hoguera en Roma en 1600, hasta el juicio contra Galileo, a quien el papa Urbano VIII permitió que se condenase en 1632.

Sin embargo, el análisis histórico muestra que las relaciones entre la ciencia y la sociedad, lejos de ser lineales, pasaron tanto por fases de incomprensión y de enfrentamiento como por períodos de armonía. Jean Dhombres, director del Instituto de Investigaciones sobre la Enseñanza de la Matemática (IREM) pudo escribir en febrero de 2002: “Desde hace varios siglos, en Europa la ciencia forma parte del horizonte común del hombre culto, dado que la técnica trastornó de manera radical el marco de vida desde mediados del siglo XVIII. Pero –y esto es un fenómeno reciente– la labor científica se separó de los grandes sistemas filosóficos que acompañan el desarrollo de los tiempos”2.

Turbulencias

Las reacciones frente a la crisis de la “vaca loca”, así como ante la cuestión de los organismos genéticamente modificados (OGM) y las polémicas desatadas por el principio de precaución, caracterizan el retorno de turbulencias, de miedos y también de pretensiones. Por ejemplo, frente a acciones tales como la destrucción de plantaciones de OGM, algunos científicos e intelectuales, como Dominique Lecourt y François Ewald, denuncian una ruptura del “pacto republicano que se generó en la Revolución Francesa, y que fue reiterado bajo la Tercera República”. Ven en ello el retorno de una peligrosa concepción del ciudadano, la sostenida por la llamada “Convention montagnarde”, que –según ellos– llevó a “la destrucción de las artes y las ciencias, a la quema de libros, a la disolución de las instituciones científicas, a la eliminación de los propios científicos, como Bailly y Lavoisier”. El movimiento revolucionario de julio de 1794 (Termidor) –explican– permitió la ruptura con esa posición oscurantista, y llevó al desarrollo científico y a la creación de grandes instituciones, entre ellas la Escuela Politécnica.3

Ese análisis se basa en una interpretación apologética de la historia, que dificulta la comprensión de las evoluciones. Al separar de manera definitiva, durante la Revolución Francesa, el bando del bien (el pos-Termidor, caracterizado por la puesta en vereda del pueblo) y el bando del mal (el pre-Termidor, marcado por los desbordes populares), esa visión oculta el papel global de la ciencia durante ese período.

Contrariamente a lo que pretenden esos autores, la Escuela Politécnica, llamada originalmente Escuela Central de Obras Públicas, fue creada por una ley del 11 de marzo de 1794, es decir, en pleno período del Terror. Y nadie ignora el papel eminente que tuvo en tiempos de la “Convention montagnarde” el Comité de Sabios (implementación del sistema métrico, cálculo del arco de meridiano…). Ese organismo, apoyado en el seno del Comité de Salvación Nacional por Lazare Carnot, contaba con la participación de hombres tan eminentes como Berthollet, Lakanal, Chaptal o Monge. Durante el período del Terror, la ciencia y los científicos sufrieron como muchos la represión (es de recordar la frase tristemente célebre del presidente del tribunal revolucionario que juzgó a Lavoisier: “La República no necesita sabios”), pero también recibió un importante apoyo bajo la égida de ese Comité de Sabios. Si algunos científicos fueron ejecutados, fue por su papel político y no por sus actividades científicas: Bally en su carácter de alcalde de París; Lavoisier por ser recaudador de impuestos…

Además, el “pacto republicano”, tal como se lo presenta, debería “permitir la distinción entre los hechos y sus interpretaciones, entre una verdad científica y opiniones, y la institución encargada de hacer respetar el principio de esa distinción es la Universidad”4. Pero concebir a los medios científicos unidos en torno del polo central formado por la Universidad, la que a su vez sabría arbitrar en función del progreso, no es más que una pretensión ideal. Así fue como en 1939 se creó el grupo de matemáticos franceses conocido con el seudónimo de Nicolas Bourbaki, “para continuar la tradición francesa, según la cual la renovación intelectual debe incluir la lucha de una vanguardia contra la Universidad, incapaz de modificarse a sí misma; así como la ciencia moderna sólo entró a Francia gracias al Collège de France, directamente anti-universitario, el cálculo diferencial tuvo que pasar en el siglo XVIII por la Academia de Ciencias, que objetivamente se oponía a la Universidad”5. A partir de los años 1980, la polémica en torno de Pierre Bourdieu y de la naturaleza del conocimiento comprometido, evidencia esas tensiones.

Sin embargo, es cierto que la ciencia gozó durante mucho tiempo –y en la estela de las Luces– de una especie de reverencia que la ponía a cubierto de los sobresaltos políticos y nacionales. El 10 de marzo de 1779 Benjamin Franklin dio una directiva recomendando a los capitanes de las naves armadas estadounidenses en guerra contra Inglaterra, que trataran al capitán Cook y a su nave “con civilidad, y le garantizaran toda la benevolencia que merece en tanto que amigos comunes de la humanidad”6. Existen muchos ejemplos de científicos que no tuvieron en cuenta los intereses políticos o que incluso se opusieron a ellos, como Robert Oppenheimer, que criticó el programa atómico estadounidense a su cargo.

Por otra parte, ese punto de vista fue ampliamente teorizado. Max Weber7 en particular, había delimitado los papeles teóricos y las especificidades del científico y del político: el científico, por su visión a largo plazo, se diferenciaría del político, únicamente preocupado por las decisiones inmediatas. A su manera, el marxismo también se impregnó de esa concepción: Kautsky, en un artículo publicado antes de la guerra de 1914, explicaba que la gran imbricación de las economías y de las técnicas excluía cualquier guerra en suelo europeo. La visión mecanicista según la cual la evolución tecnológica determinaría la política, marcó en gran medida el pensamiento comunista y llevó en parte a su fracaso.

Durante décadas la ciencia estuvo investida de un papel mesiánico, vinculado con una concepción inquebrantable del progreso. No hay que olvidar sin embargo que, en la línea de pensamiento de Condorcet8, la idea de progreso no era únicamente técnica, sino también moral. Esa concepción, surgida de las luchas políticas del siglo XVII y de la primera mitad del siglo XVIII, perdió poco a poco su pertinencia, en particular cuando la evolución económica e industrial chocó con las dificultades sociales.

De hecho, es un error ver en la historia de la República un período de paz permanente para la ciencia. Las apetencias de una pequeña y mediana burguesía por el desarrollo científico y técnico, el auge de las sociedades científicas, el entusiasmo ingenuo de las cohortes de Bouvard y Pécuchet, impulsaron por cierto el desarrollo industrial. Pero al mismo tiempo, numerosos conflictos marcaron las relaciones entre el pueblo y el desarrollo tecnológico. Actualmente, la destrucción de plantaciones transgénicas por parte de militantes ecologistas recuerda en alguna medida la acción de los “destructores de máquinas” en los comienzos de las grandes manufacturas, por ejemplo contra los telares mecánicos, a los que se acusaba de generar desempleo.

La aceptación o el cuestionamiento del progreso técnico, están entonces también vinculados con la situación social. El contrato social incluye la relación de la sociedad con una ciencia que resulta tanto más cuestionada cuanto más directamente toca importantes cuestiones sociales. Así ocurre actualmente con el análisis económico y con la situación económica, progresivamente excluidos del debate político y presentados a los ciudadanos como un conjunto de leyes cada vez más indiscutibles. No es casual que los estudiantes de la Escuela Normal Superior francesa pidieran en 1998 un mayor “pluralismo” en la enseñanza de la economía, y que al ser por ello duramente criticados por varios profesores de esa materia, recibieran el apoyo de otros profesores que rechazaban “el hecho de que, en la mayoría de los casos, la enseñanza impartida está centrada en las tesis neoclásicas”. Esta situación –afirmaban– llevaba a los alumnos a creer “no sólo que la teoría neoclásica es la única corriente científica, sino también que su carácter científico se explica por su carácter axiomático”, y afirmaban que tal politización “servía a los intereses de una clase social”. Claro que está bien que exista un pacto republicano, pero es evidente que exige la existencia de un contrato con alguien. ¿Y quién, fuera del pueblo en su expresión democrática, podría firmar tal contrato? Sin embargo, actualmente la ciencia es presentada –y muy particularmente a la ciencia económica– como sometida a una especie de autocontrol. Así, ella expone a la sociedad, sin crítica posible, las coacciones ineludibles que deben regir la gestión, y particularmente la definición de las medidas públicas a adoptar. Esta concepción abusiva dio lugar al sistema corrientemente llamado tecnocrático, que niega la tradición democrática que otorgaba a las autoridades elegidas la condición de árbitro de las decisiones y a los científicos el papel de simples consejeros. Se invierten así los roles y poco a poco se transforma a los expertos –cooptados en el seno de un medio social muy restringido– en responsables, y a veces hasta en representantes electos, dado que se les asigna como feudo una circunscripción “segura”.

Desde un punto de vista ideal, esa concepción aristocrática debería dar como resultado un gobierno de los más capaces. Así lo expresó Alain Minc al ser interrogado sobre el informe “Francia en el año 2000”, elaborado por la Comisión de Planificación que él había presidido. Sorprendido de que François Henri de Virieu hubiese considerado a esa Comisión demasiado uniformemente constituida por egresados de la Escuela Nacional de Administración (ENA) de Francia, Minc respondió que “cuando se quiere prohibir la expresión de las elites, se corre el riesgo de caer en el populismo”, reafirmando que su Comisión incluía “todos los componentes de la elite francesa”9. La realidad era totalmente diferente, como lo señaló Jean-Jacques Dupeyroux al evocar una “nueva traición de los doctos”10.

En la práctica, el concepto de “técnico objetivo” sirve de mito para legitimar el discurso dominante y la correspondiente organización del poder. La tecnocracia no es el gobierno de quienes dominan la técnica, sino de quienes dominan el discurso sobre la técnica. Se trata de una desviación de la noción de elite: en efecto, no basta con caracterizarse uno mismo como miembro de la elite; para integrarla es necesario contar con las cualidades necesarias, en particular, la ética; y admitir que toda elite debe ser legítima, es decir, reconocida por el pueblo. Pues los técnicos, como todos los humanos, tienen sus ambiciones, sus pulsiones, sus aspiraciones. El sabio Calculín o el maestro Ciruela bien pueden servir de referencia práctica para caracterizar al científico; la realidad es totalmente diferente y el ejemplo de Werner von Braun, magnificado por su papel en el programa espacial estadounidense, no logró hacer olvidar totalmente su rol en el campo de concentración de Dora.

Sometido a pulsiones contrarias, debido tanto a su papel profesional como a su condición humana, el científico termina adoptando a veces actitudes esquizofrénicas. Ese fue el caso de Freeman Dyson, importante físico consejero del Pentágono, inspirador de nuevas armas nucleares, que todos los domingos iba a la iglesia presbiteriana de Nassau a rezar por el desarme nuclear11.

Entonces, toda la reflexión debe centrarse en la vinculación y en las contradicciones que en torno del científico crean por una parte sus investigaciones en su propia disciplina, y por otra el significado social de la aplicación de sus hallazgos. El científico que no presta demasiada atención a esos problemas, juega a Poncio Pilato, y olvida su condición de ciudadano; finge desconocer que, desde siempre, las grandes corrientes sociales mantuvieron un vínculo dialéctico con la evolución tecnológica.

Si durante la Revolución Francesa y en los años que la siguieron la ciencia tuvo tanto impacto en la imaginación popular, fue en parte porque muchos científicos importantes, desde Monge a Champollion, provenían del pueblo, incluso a través de elecciones, y estaban en ósmosis con la dinámica social del momento. Y si en el siglo XIX el cientismo tuvo tanto impacto, fue también porque muchos ingenieros como Auguste Comte, Enfantin o Considérant, se implicaron –no sin ingenuidad, por otra parte– en la vida política y social.

Si frente a los temores que despierta la evolución tecnológica los científicos se limitan a encerrarse en sus corporaciones, las acciones de “vandalismo” se van a multiplicar, independientemente de la cuota de oscurantismo que incluyan. Al centrarse en un debate entre científicos, el juicio contra José Bové –acusado de destruir plantaciones de arroz transgénico en junio de 1999– dejó de lado las preocupaciones populares, consideradas populistas. Cuando los modernos bien pensantes proclaman (con razón, por otra parte), la necesidad de mantener el pacto republicano, en general olvidan que ese pacto formaba parte de un contrato social muy maltratado actualmente, de un vínculo de confianza fundado en la información y en el diálogo.

Los científicos perciben exageradamente la gestión del riesgo y el principio de precaución, tan evocados en estos días, como una actitud de desconfianza a priori respecto de ellos. Esas preocupaciones deberían ser instrumentos de diálogo y no de confrontación. Como lo afirma Jacques Testart, “la adopción del principio jurídico de precaución excluyó el principio moral (…), y los ciudadanos, en nombre de los cuales debía adoptarse la innovación en cuestión, se hallan ampliamente excluidos: son el eslabón que falta en el dispositivo”12.

  1. Ballades lyriques, prefacio de la edición de 1802, Éditions José Corti, París, 1997(http://www.english.upenn.edu/~mgamer/Etexts/lbprose.html).
  2. “Epistémologie. A quoi sert l’histoire des sciences” (www.irem.org).
  3. “Les OGM et les nouveaux vandales”, Le Monde, París, 4-9-01.
  4. Ibid.
  5. Dictionnaire culturel des sciences, bajo la dirección de Nicolas Witkowski, Seuil, colección “Regard”, París, 2001.
  6. Jean-Jacques Salomon, Le scientifique et le guerrier, colección “Débats”, Belin, París, 2001.
  7. Max Weber, Le savant et le politique, 10-18, París, 2002.
  8. Condorcet (1743-1794, filósofo y político francés), Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain, Flammarion, París, 1988.
  9. En el programa televisivo L’heure de vérité, del canal France 2, el 8-11-1994.
  10. La famosa elite había impuesto algunas falsas certidumbres sin verificación: por ejemplo, se había inquietado de que existieran 350.000 estudiantes de psicología, número superior al de los psicólogos en actividad, cuando en realidad la cifra era de apenas 50.000. Libération, París, 17-1-1995.
  11. Jean Jacques Salomon, op. cit.
  12. “OGM: no provocar a la naturaleza”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, septiembre de 2000. El “principio de precaución” significa que ante las dudas sobre los efectos de largo plazo para la salud humana y el medio ambiente de determinados desarrollos científicos (por ejemplo los transgénicos), es mejor abstenerse de su utilización.
Autor/es André Bellon
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 36 - Junio 2002
Páginas:32,33
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Internet, Sociología, Tecnologías, Desarrollo, Educación