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La OMS, asociada con las multinacionales farmacéuticas

La Organización Mundial de la Salud parece haber dejado atrás su movilizadora consigna original: "salud para todos". Bajo la dirección de la ex primera ministra noruega Harlem Brundtland, el organismo es cada vez más dependiente de las contribuciones voluntarias de fundaciones y empresas privadas. El derecho a reproducir versiones menos costosas de medicamentos protegidos por patentes, logrado por los países en desarrollo en mayo de 2002, no se debe tanto a la OMS como a la presión de las ONGs y al radical viraje de EE.UU. posterior al 11 de septiembre.

“Debemos proteger los derechos de las patentes (…) para garantizar que la investigación-desarrollo nos brinde las herramientas y las nuevas tecnologías (…). Necesitamos mecanismos capaces de impedir la reexportación de medicamentos baratos hacia las economías más ricas”. Esta vibrante declaración pública a favor de las patentes farmacéuticas no fue pronunciada por el gerente de una multinacional química, sino por Gro Harlem Brundtland, directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 29 de enero de 2001, en el Foro Económico de Davos.

Durante la misma reunión, Brundtland no había ahorrado elogios a las firmas farmacéuticas: “La industria hizo un formidable esfuerzo por cumplir con sus obligaciones a través de donaciones de medicamentos y de rebajas de precios”, sostuvo entonces . Un “esfuerzo” aun más meritorio por haber sido realizado a pesar de “la preocupación de las firmas farmacéuticas referida a que la reducción del precio de los medicamentos en los países en vías de desarrollo no fuera utilizada como palanca para ejercer influencia en las negociaciones con los países que sí tienen los medios para comprarlos”. Una patente de moralidad otorgada a las multinacionales apenas cinco semanas antes de la apertura del juicio que cuarenta de ellas le iniciaron en Pretoria al gobierno sudafricano, acusándolo de preparar la importación de medicamentos genéricos desde otros países en desarrollo…

Desde el comienzo de su mandato, el 13 de mayo de 1998, Brundtland había anunciado los principios de su estrategia en su discurso ante la 51° Asamblea Mundial de la Salud (que reúne a los Estados miembros de la OMS): “Debemos abrirnos a los otros”. ¿Cuáles “otros”? Esencialmente el sector privado, al cual se le proponía un trato de socio, al igual que a las principales organizaciones multilaterales: el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización Mundial de Comercio (OMC). El director de gabinete de Brundtland, David Nabarro, justificó ante el Dipló las orientaciones de su jefa: “Necesitamos absolutamente el financiamiento privado. En efecto, desde hace diez años los gobiernos ya no nos suministran mucho dinero; las grandes sumas de dinero están en el sector privado y en los mercados financieros. Y como la economía estadounidense es la más rica del mundo, debemos hacer de la OMS un sistema seductor para Estados Unidos y para los mercados financieros”.

Presentado como constatación de una necesidad, ese alegato a favor de la sumisión de la OMS a los deseos de Washington, de las instituciones de la mundialización liberal y de un llamado a la caridad de los grandes grupos, es en realidad puramente ideológico: el aporte privado sólo representa una pequeña parte de los recursos de la organización (ver recuadro). Así lo confirma un diplomático especializado en las instituciones de las Naciones Unidas: “La posición de Brundtland respecto de la industria farmacéutica se explica por su adhesión a los valores de la mundialización actual, pues estableció estrechas relaciones con la OMC y asume como propio el discurso del BM, principal suministrador de fondos de la OMS. Por otra parte, si adoptara una actitud diferente, la directora general quedaría enfrentada a los estadounidenses, cuya influencia es preponderante”.

En la conferencia ministerial de la OMC del 13-11-01 en Doha (Qatar) los países en vías de desarrollo que poseen industria farmacéutica lograron finalmente el derecho a fabricar copias menos costosas de los medicamentos cubiertos por patentes, aunque únicamente en caso de crisis de la salud pública y sin derecho por ahora para exportarlos a países pobres que no pueden producirlos. Pero se trató de una victoria relativa, que no debe nada a la dirección de la OMS, a pesar de la valiente actitud de algunos de sus representantes1. Ese triunfo fue el resultado de las presiones de la opinión pública, alertada por las ONG y, sobre todo, de un espectacular cambio de posición estadounidense. En efecto, luego de los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos amenazó a la firma alemana Bayer, productora del antibiótico Cipro, que se utiliza contra el ántrax, con fabricar copias por su cuenta si no lograba una rebaja muy sustancial de su precio. Luego de esa exitosa extorsión, era difícil para Washington oponerse a que otros Estados sostengan igualmente la primacía del derecho a la salud sobre el derecho de la patente.

Confirmando ese avance, al que la jerarquía de la OMS había contribuido muy poco2, la 55° Asamblea Mundial de la Salud finalmente aprobó el 17 de mayo pasado por consenso (por consiguiente con el asentimiento de Estados Unidos), una resolución destinada a “garantizar el acceso a los medicamentos esenciales”. Esa resolución pide al director general “preconizar en todo el mundo las medidas deseables para promover un sistema de precios diferenciados de los medicamentos esenciales”. Al no tener más nada que temer de Washington, e instada por numerosas delegaciones, Gro Harlem Brundtland pudo por fin hacer que la OMS desempeñara un papel activo en un terreno donde se había destacado por su pusilanimidad.

Por otra parte, fue para paliar esa carencia –previa a la toma de funciones de Brundtland– que la ONU había creado en 1996 Onusida para coordinar la lucha contra el sida. Su director, Peter Piot, había adoptado una actitud totalmente diferente de la del aparato de la OMS. En efecto, ya el 29-11-00, antes de iniciarse el juicio de Pretoria, había declarado “apoyar plenamente el derecho de los gobiernos a desarrollar licencias obligatorias, importaciones paralelas de medicamentos y la integración de la competencia de genéricos”3. Al tiempo que afirmaba valientemente que “las reglas de la economía liberal se volvieron incompatibles con la mundialización de la epidemia del sida. Ahora hace falta un nuevo pacto entre la industria y la sociedad”4.

Esas reglas de la economía liberal son sin embargo las que rigen la actual política de la OMS. En 1980, el entonces director de esa organización, Halfdan Mahler, había asignado a la política de ayuda pública al desarrollo la misión de garantizar “la salud para todos”. Esa consigna movilizadora es hoy en día apenas un dato informativo, ya que Brundtland, al menos públicamente, no considera a la salud como un derecho, sino como un simple medio al servicio de la producción. Ante un auditorio compuesto de dirigentes empresarios, banqueros y jefes de Estado, afirmó recientemente que “la mejora de la salud aumentará de manera significativa las fuerzas del desarrollo económico y de la reducción de la pobreza”5. Y para convencerlos de invertir en ese campo, insistió en los efectos negativos de las enfermedades sobre el crecimiento: el sida haría caer el PBI en un 1% anual en las regiones más afectadas; en 30 años, la epidemia de paludismo habría provocado una reducción de la producción africana estimada en 100.000 millones de dólares, etc.

Comentando este tipo de discurso, un banquero señaló ante el Dipló que sin duda “resulta útil y hasta indispensable evaluar el costo de la enfermedad y el consecuente lucro cesante. Es evidente que la salud es un factor de desarrollo. Bismarck ya lo había entendido a fines del siglo XIX, y fue el primero en convencer a los patrones de instaurar un sistema de cobertura sanitaria mutualista para sus obreros, para que la actividad en las fábricas no se detenga. Pero creer que en un mercado de mano de obra mundializada van a aparecer empresarios dispuestos a invertir en la salud, es un poco ingenuo”.

Invadiendo directamente el terreno de Brundtland, el secretario general de la ONU, Kofi Annan –que al igual que ella busca ser reelecto en su cargo– propuso el 17-5-01 establecer un Fondo Global para la Salud dotado de 7.000 a 10.000 millones de dólares anuales, destinado a luchar contra el sida, la tuberculosis y el paludismo. Annan podía intervenir sin problemas en ese tema, dado que la OMS no había obtenido al respecto resultados concluyentes. Dicho esto, cabe recordar que, a pesar de las promesas hechas en julio de 2001 por el G8 de Génova de otorgarle 1.300 millones de dólares, el Fondo sólo dispone actualmente de 200 millones. Suma irrisoria comparada con los 1.900 millones de dólares prometidos por el conjunto de los donantes, o comparada con los 1.600 millones ya destinados a programas análogos por parte de otras fuentes de financiamiento6. La creación de ese Fondo parecía un importante progreso, pero su estatuto de fundación independiente sometida al derecho privado7 sustrae de hecho a la ONU su responsabilidad sobre un importante sector de la política mundial de salud pública. La OMS ocupa en ese Fondo un espacio secundario, lo que, sumado a la creación del Onusida, acentúa aun más su marginalización en un terreno que es su razón de ser.

La OMS es una organización opaca, donde al momento de definir los programas, los lobbies industriales defienden sus intereses de manera muy eficaz, pero desde las sombras. Situación que confirma totalmente un alto funcionario de la organización: “La OMS está en el centro mismo de los conflictos de intereses. Las precauciones oficiales adoptadas por la organización son muy insuficientes para impedir una infiltración más o menos oculta de los intereses privados”8. Abundan las protestas que se elevan contra la política complaciente de Brundtland en ese sentido. Así, en una carta abierta, el defensor de los derechos de los consumidores y ex candidato a la presidencia de Estados Unidos, Ralph Nader, sin dejar de reconocer sus esfuerzos en la lucha contra el paludismo, la tuberculosis, el tabaquismo y las industrias tabacaleras, le escribe que “muchas personas están preocupadas por el hecho de que la OMS haya aceptado que un puñado de grandes empresas farmacéuticas ejerzan una influencia indebida sobre sus programas (…) La OMS (…) redujo su tradicional papel de promoción del uso de medicamentos genéricos en los países pobres”9.

La reciente carta de renuncia10 de una funcionaria de la OMS, Daphne Fresle, constituye un alegato demoledor contra la organización y contra Brundtland. La firmante deplora “la falta de entusiasmo de la actual administración en defensa de los intereses vitales de los países en vías de desarrollo, que debería ser la principal preocupación de la organización”. Según Daphne Fresle, la OMS habría abandonado su tradicional objetivo de salud para todos, en beneficio de los intereses de los países más poderosos –de uno de ellos en particular– y de las empresas farmacéuticas; sus últimos informes anuales habrían manchado su credibilidad y su reputación por su falta de rigor científico11; y su reorganización administrativa habría fracasado12. Los resultados de la política desarrollada desde hace más de tres años13 se resumirían finalmente en dos aspectos: por un lado la OMS estaría cuestionada en el plano ético, y por otro, con la creación del Fondo habría perdido su liderazgo político en el terreno sanitario.

En los pasillos del enorme edificio que alberga la sede de la OMS en una elegante colina de Ginebra, numerosos funcionarios, interrogados discretamente, afirman compartir ese punto de vista. Una de esas funcionarias, que lamenta el estatuto del Fondo, señala: “A pesar de sus defectos, la OMS teóricamente permitía a cada uno de los 191 países miembros hacer oír su voz en la Asamblea Mundial de la Salud. Ahora, la política contra las tres enfermedades más importantes dependerá de las deliberaciones más o menos discretas del consejo de administración de una fundación privada, sin real responsabilidad frente a la comunidad internacional”. Para un alto responsable de la organización, que tuvo trato con varios directores generales, la OMS se halla en un momento clave de su historia. En su opinión, resulta urgente redefinir claramente su misión frente a la mundialización y a los intereses contradictorios de los Estados, de los pueblos y del sector privado14. Será necesario “que Estados o regiones reclamen a la OMS la organización de una gran asamblea que analice verdaderamente y a fondo todos los problemas sanitarios mundiales, donde todas las partes puedan expresar sin ambigüedad lo que esperan de una política de salud a nivel mundial”.

Aparentemente, nadie sabe hoy en día para qué sirve exactamente la OMS. Pero son cada vez más los que piensan que la actual evolución hacia la privatización del sistema mundial de salud sólo servirá para agravar las desigualdades existentes.

  1. En particular de Germán Velázquez. Este colombiano es uno de los mejores expertos de la OMS en los medicamentos esenciales y un conocido defensor de los derechos de los enfermos en los países pobres. El 26-5-01 fue víctima de una violenta agresión en Río de Janeiro, que se repitió dos días más tarde en Miami. Sus agresores hicieron referencia a su acción crítica contra la política de patentes de la industria farmacéutica.
  2. Ver Paul Benkimoun, “L’accès des pauvres aux médicaments”, Le Monde, París, 24-5-02; y también, del mismo autor, Morts sans ordonnance, Hachette Littératures, París, 2002.
  3. La licencia obligatoria, prevista en el artículo 31 del Acuerdo sobre los derechos de propiedad intelectual comerciales (Adpic) de la OMC, es un procedimiento que permite a un gobierno, en caso de urgencia, otorgar de oficio una licencia de explotación de una patente, sin la autorización de su titular.
  4. Ver Libération, París, 5-3-01.
  5. “Why invest in health?”, discurso de Brundtland en la tercera conferencia internacional sobre las prioridades en materia de atención sanitaria, Amsterdam, 23-11-00.
  6. Le Monde, París, 27-4-02.
  7. El Fondo está concebido como una asociación entre gobiernos, organismos privados, “sociedad civil” e instituciones internacionales. Su consejo de administración está formado por siete representantes de los países donantes, siete de los países en desarrollo, dos representantes del sector privado y dos de ONG. Los organismos privados son la Fondation Bill & Melinda Gates y Anglo-American PLC. La Onusida, la OMS y el Banco Mundial también participan, pero sin derecho a voto. El Banco Mundial tiene una responsabilidad fundamental: la gestión de las sumas recaudadas. Ver el sitio www.globalfundatm.org
  8. En el sitio de la OMS (http://www.who.int), ver Thomas Zeltner, “Les stratégies utilisées par l’industrie du tabac pour contrer les activités de lutte antitabac à l’Organisation mondiale de la santé “, informe del Comité de expertos sobre los documentos de la industria tabacalera, Ginebra, julio de 2000.
  9. Ralph Nader, carta del 23-7-01, a disposición en el sitio http://cptech.org
  10. Carta de Daphne A. Fresle a Brundtland, 23-12-01, Ginebra. Fresle pertenecía al grupo “Essential Drugs and Medecines Policy” de la OMS.
  11. Ver Pour un système de santé plus performant, Ginebra, 2001. Ese informe anual de la OMS sobre el año 2000 contiene una clasificación de la eficacia del sistema sanitario de los Estados miembros. Los métodos estadísticos utilizados para realizarlo fueron severamente criticados, a la vez que se señaló la ausencia de datos fiables, particularmente en Cella Almeida, “Methodological concerns and recommendations on policy consequences of the World Health Report 2000”, The Lancet, vol. 357, Londres, 26-5-01.
  12. Existe una auditoría de la OMS –no publicada– sobre los resultados de la reorganización administrativa.
  13. Richard Holton, “WHO: the casualties and compromises of renewal”, The Lancet, vol. 359, N° 9317, Londres, 4-5-02.
  14. Las relaciones de la OMS con el sector privado también conciernen a los países ricos. En efecto, es la OMS quien fija las normas internacionales en temas tan diversos como el tenor en nitratos del agua, de azufre en el aire, de dioxina en las emisiones de los incineradores de residuos; la potencia de los teléfonos celulares, y hasta los cuidados que deben brindarse a los enfermos mentales.

Una institución debilitada

Motchane, Jean-Loup

Creada en 1946 por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su Acta de Constitución define a la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”1.

La Asamblea Mundial de la Salud reúne actualmente a los representantes de los 191 países miembros. Es el órgano legislativo de la OMS, que elige por tres años un consejo ejecutivo de representantes (reelegibles) de 32 países, y a propuesta del consejo designa al director general por un período de cinco años, que puede renovarse una sola vez. La estructura administrativa de la OMS incluye, además de su sede en Ginebra, seis oficinas regionales2. Sus directores, también elegidos por un período de cinco años (que de acuerdo con una decisión reciente se puede renovar sólo una vez) por los representantes de los Estados de la región respectiva, gozan de una gran autonomía respecto de la sede. La OMS publica anualmente un Informe sobre la Salud en el Mundo3.

La publicación en 1977 de una lista de 200 “medicamentos esenciales” por parte de la OMS, por entonces dirigida por el danés Halfdan Mahler, fue una gran primicia. Se trata de medicamentos validados por su eficacia, en su mayoría genéricos, y por lo tanto menos costosos, pues ya no están protegidos por patentes.

En 1978, en la conferencia organizada por la OMS y la Unicef en Alma-Ata (por entonces, Unión Soviética), Halfdan Mahler hizo adoptar el derecho de igualdad de acceso a la atención médica primaria para todas las personas. Esa atención sería dispensada en un primer tiempo por “agentes sanitarios comunitarios” rápidamente formados en cada lugar.

En 1980 se declaró oficialmente la erradicación de la viruela, lo cual constituyó un éxito sin precedentes para la OMS, que no fue reeditado. El mismo año, la Asamblea Mundial de la Salud prometió “el acceso a la salud para todos en el año 2000”…

Electa el 13 de mayo de 1998, la actual directora general, la noruega Gro Harlem Brundtland, ex primera ministra de su país, había adquirido celebridad al publicar en 1987, bajo la égida de la ONU, un informe sobre el medio ambiente que introducía el concepto de desarrollo duradero. Designada con el apoyo de los principales países contribuyentes para poner orden en una organización debilitada por varios casos de corrupción y por la mala gestión de su predecesor, el japonés Hiroshi Nakajima, la señora Brundtland concentró sus esfuerzos de reorganización en cinco direcciones principales: la reestructuración de las antiguas subdirecciones generales4; la concentración de las actividades; la descentralización de los servicios administrativos; la reducción de la cantidad de contratos a largo plazo en beneficio de contratos temporarios5; y por último, un nuevo intento de unificar la OMS, obligando a las seis oficinas regionales a alinearse tras la política decidida en Ginebra. Una gran parte de la alta jerarquía fue modificada.

El presupuesto de la OMS se eleva a cerca de 1.000 millones de dólares anuales. Sólo el 41% proviene de las contribuciones obligatorias de los Estados miembros, las que disminuyeron en un 20% en diez años. El resto corresponde a contribuciones voluntarias provenientes en un 61% de los Estados, en un 17% de fundaciones y en un 16% de empresas privadas. Esas contribuciones voluntarias financian acciones bilaterales que escapan al control del Consejo Ejecutivo y hacen a la OMS cada vez más dependiente de los principales donantes.

En reemplazo de la cincuentena de programas que existían previamente, se definieron once prioridades de salud. Los proyectos llamados “del gabinete” con nombres muy mediáticos -”Hacer retroceder el paludismo”, “Iniciativa para un mundo sin tabaco”6, “Asociaciones para el desarrollo del sector sanitario”- ocupan el primer lugar, seguidos de cerca por “Alto a la tuberculosis” y por el programa de lucha contra el sida. Esta reestructuración7 fue bien recibida por la mayoría de los países ricos y en particular por Estados Unidos, que esperaba una reducción de costos y un aumento de la eficacia. Los resultados no son probatorios.

La enérgica política de control de la organización que acompañó a esa reestructuración despertó notoriamente menos entusiasmo entre el personal8. Las reformas, que muchos no terminaron de entender, se realizaron bruscamente y sin real concertación. Además, las asociaciones de personal cuestionan el aumento de la cantidad de contratos precarios. Una encuesta realizada en 2001 muestra que la moral del 70% de los empleados está en un nivel medio, bajo o muy bajo9.

  1. Ver Utopies sanitaires (bajo la dirección de Rony Braumann), Le Pommier-Fayard, París, 2000.
  2. Se trata de las oficinas regionales del Mediterráneo oriental, África, Europa, las Américas y el Pacífico occidental, y el sudeste asiático. La Organización Panamericana de la Salud –dotada de un estatuto independiente– cumple además el papel de oficina regional de las Américas. Creada antes que la OMS y muy cercana a Estados Unidos, se presenta a sí misma como ejemplo para las demás oficinas regionales.
  3. El informe del año 2000 se tituló: Mejorar el desempeño de los sistemas de salud. El de 2001, Salud mental: nueva concepción, nuevas esperanzas.
  4. El nuevo organigrama implica 35 departamentos distribuidos en 9 “grupos orgánicos” (clusters) que reemplazan a las 9 subdirecciones anteriores.
  5. Al 31-12-2000 existían 3.486 contratos a largo plazo y 8.547 contratos a corto plazo.
  6. Esta iniciativa, a la que se opusieron violentamente las industrias tabacaleras, debe desembocar en 2003 en la firma de una convención internacional contra el tabaquismo.
  7. Las otras prioridades detalladas en el proyecto de presupuesto para los años 2002-2003 son la erradicación de la poliomielitis; la lucha contra el cáncer, las enfermedades cardiovasculares y la diabetes; la salud materna; la salubridad de los alimentos; la salud mental; la seguridad en las transfusiones y los sistemas sanitarios.
  8. En las organizaciones de la familia de las Naciones Unidas, los empleados no tienen derecho a sindicalizarse, sino sólo a reunirse en asociaciones de personal con poderes y competencias muy limitados.
  9. En cuanto al reglamento interno de la OMS, el mismo no menciona el derecho de huelga, pero la dirección de la Organización afirma que existe.


Autor/es Jean-Loup Motchane
Publicado en Edición Cono Sur
Número de ediciónNúmero 37 - Julio 2002
Páginas:26,27
Traducción Carlos Alberto Zito
Temas Desarrollo, Neoliberalismo, Patentes, Salud